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Fogwill muestra su “madriguera” (es decir el lugar donde escribe) / Un documentado reportaje al Eastern y sus libros la euforia por la cultura de Europa del Este, desde Zizek a Muñequitosrusos.blogspot.com, pasando por Marta Kubisová algo asi como la France Gall de la disidencia checa: “el tránsito no casual entre las sociedades basadas en el trabajo manual -las dictaduras del proletariado- y las sociedades de la informática e Internet: el paso que va desde un PC (partido comunista) a otro PC (personal computer)”. A nadie se le había ocurrido / Adán en Edén, la nueva novela de Carlos Fuentes sobre México y su violencia y etc. / Nunca fue tan hermosa la basura… así se llama un libro sobre filosofía. Y me interesa. / Un informe sobre literatura canadiense, incluye a Douglas Copland / Gran tesis: Alicia, la de Tim Burton y Lewis Carrol es imperialista / Atención Vampire Weekend: ahora David Byrne está interesado en Filipinas (con Fatboy Slim no me meto: fue el bajista de Housemartins) / Y Diamela Eltit (que pone en su CV que es profesora de la UTEM cuando ni mi novia ni sus compañeros jamás la han visto) escribe sobre el terremoto. Y claro cuestiona a Piñera (lo que está muy bien) y defiende a Bachelet (lo que está muy mal, sobretodo viendo estos videos)

También hay un artículo sobre Marcos de guerra. Las vidas lloradas, el nuevo libro de Judith Butler, Josep Ramoneda, su autor, lo resume así:
Nos movemos en unos marcos mentales que determinan nuestra relación con la vida de los demás y que limitan las posibilidades de reconocimiento. Romper estos marcos significa repensar la precariedad, la vulnerabilidad, la dañabilidad, la interdependencia. El problema no es meramente “cómo incluir más personas dentro de las normas ya existentes, sino considerar cómo las normas ya existentes asignan reconocimiento de modo diferencial”. En este análisis descubriremos cómo las distintas formas de expresión cultural que emanan del poder refuerzan los marcos referenciales, apuntalan los mecanismos de exclusión. Incluso a menudo se acude al discurso de los derechos humanos, a las cuestiones de género y a otros elementos del discurso emancipador para legitimar la negación del reconocimiento a otros.
Y hay varias ideas interesantes: la reinvidación de la fragilidad (no somos “dueños” de nuestro destino) y el cuestionamiento a la exclusión de la muerte en la reflexión sobre la vida.
El derecho a la vida implica “la obligación positiva de suministrar unos apoyos básicos que intenten minimizar la precariedad de manera igualitaria”: la comida, el trabajo, la atención sanitaria, la educación, el derecho a la movilidad y a la expresión, la protección contra los daños y contra la opresión. De modo que nuestras obligaciones, lo que está de nuestra mano, son las condiciones que hacen posible la vida, no la vida en sí.
Judith Butler distingue entre precariedad y precaridad. Las vidas son por definición precarias, la precaridad “designa esa condición políticamente inducida en la que ciertas poblaciones adolecen de falta de redes de apoyo sociales y económicas y están diferencialmente más expuestas a los daños, la violencia y la muerte”. Centrar de nuevo la política contemporánea en los efectos ilegítimos y arbitrarios de la violencia estatal, incluidos los medios coercitivos para aplicar y desafiar la legalidad, podría reorientar perfectamente a la izquierda más allá de las antinomias liberales en las que naufraga actualmente. Nos ayudaría a comprender ¿por qué podemos sentir horror frente a ciertas pérdidas e indiferencia, o incluso superioridad moral, frente a otras? Algunos humanos dan por supuesta su humanidad, mientras que otros luchan por acceder a ella.
El miedo se da por añadidura: es el resultado de esta política de precarización del otro. La representación de la tortura, la fotografía, es ambivalente: es una forma de poner en evidencia los excesos de la violencia de Estado, pero al mismo tiempo es una manera de legitimarse que tiene el propio torturador y es una forma de sembrar el miedo y las dudas: ¿de qué manera las normas que rigen qué vidas son consideradas humanas entran en los marcos mediante los cuales se desarrolla el discurso y la representación visual, y cómo estas delimitan u orquestan a su vez nuestra capacidad de respuesta ética al sufrimiento?
Pero el núcleo del programa teórico de Judith Butler está en esta idea: “Juzgamos un mundo que nos negamos a conocer, y nuestro juicio se convierte en un medio para negarnos a conocer este mundo”. Este nodo sólo puede romperse por la curiosidad y por el conocimiento, pero esto significa descomponer los marcos que nos atrapan. Y para ello el individuo necesita nuevos espacios de ubicación. “Toda forma de individualidad es una determinación social”. Nuestro primer interés por el otro es porque es condición de nuestra supervivencia. “La singularización constituye un rasgo esencial de la socialidad”. Y es necesario asumir el carácter vulnerable de nuestras vidas como vía para la empatía hacia las vidas precarias. Todos estamos en la precariedad.
La primera parte del Marco de guerra acá (pdf vía Babelia)
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