Gufi, levántate y toca
Gufi es una banda fantasma. Tiene dos súper hits, grupos de fans y un contrato multinacional, pero su disco no está en ninguna parte. Acá, la historia de la banda punk creada por hijos de gringos misioneros bautistas instalados en Chile, que se sobrepuso al asesinato de su baterista y logró popularidad gracias a los mp3. Punk adolescente para la generación MSN.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Wikén/Zona de Contacto, 3 de junio 2005

Fines de 2003. Sintonizas una radio lola y te topas con unos guitarrazos tipo Blink 182 o Green Day. Nada raro dentro de las decenas de bandas con angustia-punk-adolescente que salieron ese año. Pero vaya, era en español y sonaba bien. El coro te enganchaba con la historia de un tipo que extraña a su novia suicida –“Por ella”-, y luego con la de “Paul”, un adolescente compulsivamente onanista que no puede parar de hacer lo que todos hacen a esa edad. La misma canción que este año fue portada de LUN cuando Tronic la versionó en el patio del Verbo Divino ante el espanto de los profesores. Pero nadie podía asegurar que Gufy, quienes grabaron el tema que suena insistentemente en las radios lolas, extitiera: no había disco, ni entrevistas ni fotos de sus integrantes. Entonces los crecientes fans tenían varias alternativas y muchos rumores:
1.- Son un invento.
2.- Es el proyecto paralelo de Koko Stambuck. O sea, un invento.
3.- Son monitos animados tipo Gorillaz.
4.- No existen.
5.- Me contaron que son argentinos
Tim Pichetti (25 años, guitarra y voz, sosteniendo el contrato en la foto), sonríe sabiendo que esto tendrá que aclararlo mil veces. Y como en las pelis, dice que es una larga historia. Y él, un superviviente.
SONY KILL THE PUNK ROCK STARS. La llamada era de Sony Music México. Contesta Tim. Habían escuchado un demo y encontraron lo que andaban buscando: canciones que detienen el tiempo. Dramas de quinceañeros cuya peor pesadilla es imaginarse de terno y corbata cumpliendo horarios. Síndrome Peter Punk para la generación MSN. Dos minutos y medio de soledad, papás ausentes, sexo casual y un futuro donde ser empleado del mes en un McDonalds equivale al éxito. Eso era Gufy. Única sugerencia: cantar más en español. Es que Tim y Chiwawa (Emmanuel Finlayson, batería) eran gringos, rockeros, hijos de misioneros bautistas instalados en Chile y amigos de toda la vida. En una fiesta habían conocido a Koko Stambuck, quien ayudó a chilenizar los textos y les presentó al bajista Chabín (Gustavo Labrín, también de Glup!, y ahora líder de Tronic).
Mientras los Gufi grababan el disco “Historias de la Calle” a mediados de 2002, soñaban con México, las giras, distribución regional y rotación de singles. Era la promesa que se selló al firmar el contrato. Pero la confirmación no llegaba nunca. Apestado, Tim viajó a San Francisco, para ver a sus hermanos y trabajar en lo que viniera: instalando baldosas y limpiando alfombras. El teléfono suena de nuevo: “Al fin!”, pensó. Pero no era la seria voz de un ejecutivo disquero sino otra más familiar, entrecortada y llorosa. Habían matado a Chiwawa, su amigo desde los cuatro años y baterista de la banda, de una cuchillada en el corazón en una calle de Puente Alto. Unos tipos habían empezado a seguirlo, molestándolo por su pelo rubio y ojos claros. Murió en brazos de su hermano mientras esperaban la ambulancia. El teléfono cayó al suelo. La banda y su vida también.
HITS WONDERS. Una noche antes, Marcelo Aldunate decidió rotar “Por ella” en la Rock and Pop. Número uno. Lo siguieron la Hit y 40 Principales. Número uno también. Chabín, ya estaba en Tronic y Tim se enteró en U.S.A. Pero no había ni una maldita copia del disco. En Sony les retenían el master y cambiaron de jefe, por lo que todo estaba paralizado. De la misma copia pirata y sin sello, las radios empezaron a tocar “Paul”, la primera canción del rock chileno en hablar directamente de “hacerse la paja”. Otro éxito. La única forma de escuchar estas canciones, aparte del pirateo de mp3, era en los recitales de Tronic. Raro. Dos canciones en el número uno de las principales radios juveniles del país, un montón de gente pidiendo sus temas y cantándolos de memoria gracias a Soulseek y el pirateo de la cuneta, en los recitales de otra banda (Tronic). El éxito de una banda que ya no existía. Tim sólo entendía lo que pasaba cuando llamaba a sus amigos desde Atlanta.
RESISTIRÉ. “Con lo de Chiwawa ya no daba más. Su espíritu estaba en una bodega. Empujamos tanto para lograr algo supergrande con sello, plata y todo, y perdimos de vista lo más importante: componer y tocar. A veces la música que amamos nos hace daño”, dice Tim. Con todo en contra suyo, Tim logró hace un par de meses acordar con Sony México la devolución del master. En el avión de vuelta a Chile sabía que junto a Jorge Fuentealba (26 años, bajo, tapándose la cara en la foto) y Darío Maldonado (19 años, batería, quemando el contrato en la foto) resucitarían a Gufi. Y hace a un par de semanas re debutaron en el escenario junto a 800 adolescentes sub 20 que coreaban de memoria sus temas. Nada mal para una banda con un disco que no existe más que en el mundo virtual.
A la espera de la liberación del contrato y de la gira “Punk Superstar Tour” que los llevará a recorrer las principales ciudades de Chile desde la próxima semana, Tim espera en la sala de ensayos con su guitarra eléctrica en la mano. Que Tronic toque sus canciones no le molesta porque Chabín fue parte de la banda. Tampoco le preocupa que piensen que fabrican punk pop para adolescentes, a pesar de tener ya 25 años. Lo único que le importa ahora es hacer canciones por la memoria de su amigo y por demostrar que tener una actitud de adolescente eterno es algo bueno cuando la madurez se traduce en horarios de oficina y chequeras. Que el punk puede cambiar la vida, aunque no el mundo. Pensamiento que comparten sus fans en las tres páginas que seguidores del grupo ya han creado. Mientras tanto, Tim sigue esperando el momento en que la gente sepa que su banda es de verdad. Eso, cuando las cenizas de su contrato ya no importen.
[/spoiler]

BOCAS CON JABÓN: “El Desjueves” era el “CQC” de la transición y García Huidobro se creía el rey del destape. Hasta que Mauricio Redolés recitó en pantalla una particular versión del poema de Nicanor Parra “El poeta y la muerte”, que remataba con el verso “hay viejos culiados que no creen en el amor”. Uuuuyyyy. El primer garabato televisivo de repercusión masiva. Escandaloso escándalo que antecedió al Show de Benni. “Humbertito” – a quien luego se le escaparía un testículo en pantalla- declaró que lo del poeta-rockero no era compartido por su equipo, mientras la central telefónica de La Red colapsaba. El gorro de lana no volvió a ser el mismo. Redolés se defendía: “Me sorprende que hagan escándalo por el lenguaje popular y no cuando se transmite por televisión la matanza de dos jóvenes -aludiendo a una noticia de la época-, lo que me parece cien mil veces más obsceno”. Reynaldo Sepúlveda, director del programa, aseguraba a la prensa que “El Desjueves” era un espacio “irreverente pero no insolente”. Ahora los garabatos en los medios son permitidos como parte del show. Uno que los hace ver open mind y reales. Desde “Morandé con Compañía” hasta “La Granja“, pasando por las rutinas de El profesor Salomón y el fenómeno Súper Taldo, reflejaron el cambio.
EL MINUTO MILLONARIO: Las pechugas tienen una larga tradición en la tele. Durante años, la Vedetón mantenía insomnes a los televidentes que esperaban alguna que se escapara en pantalla. Pero la primera vez que un desnudo fue usado como recurso del guión y televisado para todo Chile, fue en una teleserie. Ángela Contreras (alias, la mujer del mar) se sumergió una noche en las aguas de Zapallar y dejó ver a 5.000 metros de distancia, su cuerpo completo. No se veía nada, pero el desnudo en “Sucupira” abrió una discusión sobre el supuesto destape de la televisión chilena. Ante las críticas, Contreras declaraba: “Han vulgarizado un trabajo súper profesional”.
JOE PINO: Dentro de la cancha Eduardo Bonvallet se hizo conocido por la exquisita técnica de pegar patadas. Fuera de ella lo hizo por algo parecido. Porque Bonva fue el primer opinólogo del país. El tipo que grita en un micrófono lo que el chileno medio vocifera desde la galería. El hooligan que todos llevamos dentro. Con su propio espacio radial – Más Deporte, CB 114, Radio Nacional- elevó los números de audiencia a niveles estratósfericos y llegó a la tele con “Bonvallet en la Red” acompañado de Marco Sotomayor – su Sancho Panza radial, que en ese entonces era víctima del “sisismo”: “sí, Eduardo, sí”- . Con “Tejedores de ilusión” de La Ley como fondo, se dedicaba a despotricar contra todo lo que usara camiseta o fuera D.T en las clasificaciones de 1997 y el Mundial de Francia 1998. Hasta que el tipo entrevistó inofensivamente a Pinochet y comenzó a caer solito. Pero antes Bonvallet dejó un legado trascendental, una fórmula que años más tarde daría origen a la opinología de farándula: no importa lo que digas, sino cómo lo digas. Que lo digas fuerte y convencido. Eso sí, siempre que se trate de temas tan idiotas como el fútbol, los famosos o, ehh, la tele.
TITI KILL THE ROCK AND ROLL STARS: Un mítico momento que todos recuerdan, pero que casi nadie vio, fue el escándalo que ayudó a terminar con las bandas de rock tocando en vivo en la tele. Titipelakables era un programa tween, pero mamón y sin actitud, que los niños de la nueva generación no aguantaban. Su momento de gloria fue cuando Koko Stambuck, vocalista de Glup!, declaró que “los roqueros eran suuuuper drogadictos” y desarmó un micrófono mientras un guardia se le tiraba encima. Andrea Ocampo, columnista de la Zona, tenía 13 años y estaba de público: “Después del ballet de la Titi se presentaron los Glup! Desarmaron micrófonos, parlantes, y los cables se los tiraron al público. Cuando volvieron de comerciales la Titi pedía disculpas y lloraba”. Ahí comenzó la pelea. “Estaban en una onda un poco volada, y tocaron con una actitud muy displicente”, señaló Titi Pelakable (a.k.a Fernanda García Huidobro). “Koko trató de hacer una ironía mal entendida”, señaló Norberto Berríos, representante del grupo. Desde esa tarde las bandas en vivo casi no tendrían espacio en la tele y “Rojo” se tomaría las pantallas con sus solistas de canción fotocopiada. Salvo, por el notable momento del Festival de Viña 2003, cuando Los Prisioneros atacaron al mismo canal que los ponía al aire. Y que decidía no cortarlos. Por fin estaba bueno el 13.
ARMAGGEDON 2: Marcelo Comparini despidió “Plaza Italia” sin saber que se terminaba el proyecto. Así, a la mañana siguiente fuimos testigos del fin del primer canal hecho “por y para jóvenes”. Como si se tratase de un gigantesco sketch de “Plan Z“. Y lo era: muchos se enteraron por la prensa que ya no tenían pega. Sniff. Independiente de las razones de su fin, el aporte a la cultura pop del Canal 2 es indiscutible: programas de culto como “Plan Z”, “Gato por liebre“, “Plaza Italia“, “Maldita sea” y “Factor humano” aún se piratean. A la larga, sus rostros pasarían a ser anclas de otras señales donde se apostaba por lo contrario: el anquilosamiento y el entretenimiento tonto. Monserrat Álvarez y Consuelo Saavedra a los noticieros. Díaz y Peirano millonarios gracias a “31 Minutos“. Comparini e Iván Valenzuela a los matinales. Salfate y Pera a panelistas friks de “Mekano” y “SQP“. Carcavilla y Gumucio en las páginas del The Clinic. Un semillero parecido a la cantidad de rostros que han salido de la Zona en sus 14 años. ¿Copano tendrá su late show?, ¿Pepa conducirá un reality?, ¿Barry almorzará con los ejecutivos de TVN?, ¿Fabrizio será el nuevo Larry David? Mmm, estamos detrás del puzzle, pero seguimos intentándolo.
BOYS DON’T CRY: El Sapito Livingstone alegando por los papeles sobre “el césped” de las canchas sudamericanas. Julio Martínez recordando a un zaguero que nadie conoce. Carcuro hablando de “pases malos pero con buena intención”. Todos los comentaristas deportivos tienen su clisé. Y el de Solabarrieta llegó en las Olimpiadas de Atenas, cuando Massú y GonzálezMichael Müller, logró conectarse con el público y se transformó en un protagonista más de la victoria. Las lágrimas siempre han sido rentables en la tele. Pero esta vez no era el llanto de los entrevistados, sino del entrevistador. De ahí a los lagrimógenos despachos de Andrea Molina en el tsunami – como una víctima más, aunque maquillada, claro- y a los corresponsales en el Vaticano llorando la muerte de Juan Pablo II, hubo sólo un paso.
JUVENTUD EN ÉXTASIS, Carlos Cuauhtémoc Sánchez.
UN VIEJO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR, Luis Sepúlveda.
AMI, EL NIÑO DE LAS ESTRELLAS, Enrique Barrios.
JUAN SALVADOR GAVIOTA, Richard Bach
20 POEMAS DE AMOR Y UNA CANCIÓN DESESPERADA, Pablo Neruda
DAVID BOSSA
LISTO Y RE LISTO. Wes Anderson tiene un amigo que aparece en todas su películas: Owen Wilson. Juntos son a la comedia gringa, lo que Tarantino es al cine de acción de los 90s.
Bill Murray Recargado. Si hay una cosa bella y justa en el cine es que no hay que ser un gran actor para hacer un gran papel. Grandes actores hay pocos, y son esa raza de artistas totales que le dan peso moral a cada fotograma en que están presentes. Los otros, los actores que hacen grandes papeles, a veces ni siquiera son muy buenos actores. Son tipos fiables que nos podemos quedar mirando solo porque nos causan gracia, o curiosidad, o nos recuerdan a un tío que tenemos. Bajo este prisma, Jeremy Irons es un gran actor, pero Bill Murray hace grandes papeles. Jeremy Irons podría agarrar una zanahoria y convencernos que es un conejo, y Bill Murray no (aunque sería total que lo intentara) porque es de esos actores que tienen ocho expresiones faciales y cuatro tonalidades de voz que repiten en todas sus películas. Y pagamos una entrada al cine para ir a verlos. Porque los tipos que hacen grandes papeles son como los amigos: los queremos ver, a veces, solo para escucharlos hablar. Mucho de eso tiene que ver con la resurrección indie de Bill Murray de los últimos años. Los directores que lo han rescatado (John McNaughton fue el primero con “Perro Bravo y Gloria”, luego vendrían los hermanos Farrelly, Tim Burton, Wes Anderson, Sophia Coppola y hasta Jim Jarmusch) quieren volver a verlo, pero esta vez sin fantasmas navideños molestando en el camino. Lo quieren como lo quiso su amigo cazafantasma Harold Ramis cuando lo eligió para “Hechizo del tiempo” aka “El día de la marmota” aka “Groundhog day”: para verlo una y otra y otra vez, ad infinitum, solo por ser él mismo. Ese cariño por Bill Murray se traspasa, y en esta “Vida acuática” la hipótesis queda probada. A mi parecer, la película guatea porque tenemos a un director que se copia a sí mismo, pero eso da lo mismo con Bill Murray. Que Bill Murray se repita es una verdadera fiesta (Gonzalo Maza)
