Top Of The Pops #2: Piano Rock

Uncategorized 10 February 2010 | 0 Comments

“Landed” – Ben Folds (2005)

[spoiler show="escuchar mas canciones con piano"]

“I go to sleep” – Ray Davies/The Kinks (1965)

“Nothing on my way” – Keane (2006)

“Bennie and the jets” – Elton John/Bernie Taupin (1974)

“Year of the cat” - Al Stewart (1976)

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The Kinks – “Picture Book” [compilación, 2009]

Archivo Periodistico,Críticas,Musica 20 March 2009 | 0 Comments

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 20 de marzo 2009.

“The Kinks: ¿Mejores que los Beatles, los Stones y The Who?”. La interrogante fue lanzada por la revista británica Uncut el 2004, a propósito de la reedición de The village green preservation society(1968). Aunque el veredicto fue un empate con los Beatles, hay razones para sostener que en la historia del pop-rock no hay banda más subvalorada que los Kinks.

A diferencia de Velvet Underground, que a los pocos años de su disolución ya eran celebrados como héroes del art-rock, The Kinks, en cambio, aún hoy son reducidos como los excéntricos ingleses de “You really got me”. Ni la devoción de la generación britpop (especialmente Oasis, Blur y Pulp) o los robos disfrazados de homenaje de Green Day (compare usted “Warning” con “Picture book” de los Kinks) han podido revertir es percepción hacia The Kinks. Así, los seis volúmenes de este Picture book vendrían a ser el exhaustivo intento por poner las cosas en su lugar.

Disco 1: Del garage a la canción perfecta

No es casual que esta antología abra con “You really got me” (1964). Con apenas este single, los Kinks pusieron a prueba todas las convenciones de sus contemporáneos. Partiendo por los Beatles, inmersos aun en el rock and roll de los ’50 y el pop alegre del sello Tamla/Motown. Continuando luego con los Rolling Stones, que seguían practicando conservadoras versiones del R&B americano. Y finalmente, The Who, que fueron “aconsejados” por su cuestionado manager Shel Talmy -que también trabajaba con los Kinks- a escribir canciones como “You really got me”. Por cierto, aprovecharon de superar en potencia y agresión incluso al garage rock nortemericano de los Sonics y The Kingsmen, cuya versión de “Louie louie” (1963) ciertamente inspiró esta canción.

Pero el itinerario de The Kinks también incluye detenciones en el mersey beat (“I’m a hog for you baby” o “I believed you”, guiño a Lennon incluído), el rhythm and blues (“Everybody’s gonna be happy”, “Time will tell”) y el blues eléctrico (“I need you”, “Milk cow blues”). Paradas que si bien comparten con el resto de la “invasión británica”, en The Kinks terminarían armando al grupo de recursos para avanzar hacia nuevas formas de hacer canciones.

Así llegamos a su avanzada lectura del folk con “This I know”, los arpegios electrificados de “See my friends”, las resoluciones melódicas de “A little bit of sunlight” o “I’m on the island”, la fotografía de época en “This strange effect” o la increíble “I go to sleep”. La pieza que parecía anunciar el advenimiento de la new wave se sostiene en un staccato de piano y una progresión armónica estremecedora. De hecho, The Pretenders la versionó en The Pretenders II (1980), al igual que “Stop your sobbing”. No deja de ser curioso que su líder, Chrissie Hynde, terminara casada con Ray Davies, en uno de las grandes relaciones tortuosas del rock.

Discos 2 y 3: Nostalgia y pop victoriano

Un segundo hito de los Kinks: la maestría literaria de Ray Davies. Mientras avanzan las canciones podemos apreciar como va elevándose del estandar romántico/existencial de Lennon y McCartney, de Jagger o de Townshend (The Who). Apenas unos meses desde “You really got me”, The Kinks empezaban a hablar de Inglaterra y de sus habitantes. “A well respected man” (1965) es un hombrecito gris que se levanta a hora, que respeta a su jefe y no se despega de su madre. “Dedicated follower of fashion” (1966) ironiza sobre los moda (¿y los “mods”?) y la contradicción de individualizarse vistiéndose como todos. Pero la clave está en “I not like everybody else” (1966), un amargo y temprano manifiesto de Davies sobre sus ganas de separarse del colectivo y mirar la fiesta desde lejos.

Y estos deseos efectivamente se reflejaron en canciones como la grandiosa “Waterloo sunset” (1967) o “Village green” (1968) donde se narra el regreso desde la ciudad al campo y comprobar con horror que “los recuerdos están llenos de turistas estadounidenses”. Tampoco hay que olvidar “Lola” (1970), una delirante historia sobre un tipo que conoce a una mujer que “abrazaba demasiado fuerte para serlo”.

Discos 4, 5 y 6: De vuelta a la raíz americana

El último hito en The Kinks es el que se contiene entre el cuarto y sexto volumen de esta colección. Su vuelta a las raíces estadounidenses y su giro hacia el rock de arenas, o sea de estadios bajo techo. “¿Era necesario sonar como Dire Straits?”, se preguntaba un crítico del Observer inglés. Sin embargo esta última evolución es perfectamente defendible, considerando que The Kinks corrió siempre solo. “Celuloid heroes”, “Misfits”, “State of confution” y, sobretodo, “Rock and roll fantasy”, son extraordinarios estudios sobre la “americanización” de la cultura y el fin de la inocencia.

Es esta mirada entre nostálgica y amarga de Ray Davies y su sincero acercamiento a la raíz estadounidense lo que redime el último capítulo de esta antología. Como si The Kinks, actualmente desactivados, fuesen al rock lo que Clint Eastwood al cine: activistas de los tiempos perdidos, pero que no por eso renuncian a la dureza. Porque desde los ’60 que la banda insiste en riffs, letras y estribillos acerca de que éste no es un mundo hecho para los viejos.

The Kinks / ”Picture book” (2008, Sanctuary)

Disco 1: Brian Matthew introduces The Kinks, 2. You really got me, 3. I´m a hog for you baby, 4. I believed you, 5. Long tall Sally, 6. I don´t need you anymore, 7. Stop your sobbing, 8. I gotta move, 9. Don´t ver let me go (demo), 10. All day and all of the night, 11. Tired of waiting for you, 12. Come on now (outtake), 13. There is a new world opening for me (Kassner Publishing demo), 14. Everybody´s gonna be happy, 15. Who´ll be the next in line (demo), 16. Time will tell, 17. Set me free, 18. I need you, 19. See my friend, 20. Wait till the summer comes along, 21. I go to sleep, 22. Little bit of sunlight (Kassner Publishing demo), 23. This I know (demo), 24. A well respected man, 25. This strange effect , 26. Milk cow blues, 27. Ring the bells, 28 I´m on an island, 29. Till the end of the day, 30. Where have all the goof times gone, 31. All night stand (demo), 32. And I will love you, 33. Sittin´on my sofa.

Todas las canciones del disco aquí

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1967, el año milagroso del rock

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 11 March 2007 | 0 Comments

Por J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 11 de marzo 2007.

FUE EN MAYO DE 2003 que el gruñón de Roger Waters incomodó a un adolescente periodista alemán, que estaba más interesado en preguntarle sobre política y bares underground, que de conmemorar los treinta años del Dark Side of the Moon y su remasterizada edición surround 5.1. El disco de los cuarenta millones de copias vendidas y los catorce años en la -¿influyente?- revista Billboard , que el músico inglés presentará el próximo miércoles en el Estadio Nacional. “Jamás nos tomamos la calle. La sociedad era tan cuadrada como ahora. Después de cumplir sus horarios de trabajo venían a desmadrarse a los recitales. Si encuentras ese ‘Londres vibrante’, avísame, porque para mí jamás existió”, le respondió al desprevenido joven.

Waters parecía haber olvidado la imagen de Syd Barret frente al micrófono, empuñando la guitarra y mirando el techo, en la Navidad de 1966. Pink Floyd inauguraba el UFO Club, situado en el subterráneo de un cine londinense, frente al célebre teatro Dominion: Barret murmuró la palabra “ignición” e inmediatamente se lanzó con el riff de Interestelar overdrive, mientras, entre luces y diapositivas de colores, la banda subía el volumen, despegando con público y todo, lo más lejos que sus perversas melodías bluseras, ambientes interplanetarios e impecables trajes mods los podían llevar. Al final de ese concierto, la EMI les extendió un contrato para grabar su debut en los estudios Abbey Road, lugar donde se encontrarían con unos bigotudos Beatles, que trabajaban en las históricas sesiones del Sgt. Pepper`s Lonely Hearts Club Band; disco inigualable, con sus orquestas sinfónicas, cintas unidas al azar pasadas al revés y silbatos para perros en 15KHz de frecuencia, puestos por Lennon a última hora, sólo para ocupar un surco vacío de un disco que debía escucharse completo. Ellos, ya dos años antes, con Rubber Soul, habían renunciado a fabricar colecciones de singles, asumiento el formato larga duración como una aventura “autoral” total, donde todo es importante, desde el filtro de la fotografía en la portada hasta el sonido que eran capaces de lograr en el estudio.

Barret tomó nota y compuso The Piper at the Gates of Dawn (editado exactamente hace cuarenta años). Un disco áspero y sofisticado, repleto de referencias al espacio e improvisaciones sobre densos riffs. Con un éxito moderado, el disco creció con los años hasta transformarse en un significativo testimonio del año 1967; de cuando los discos de rock and roll se convirtieron en obras de arte. A meses del lanzamiento, Waters se disculpaba ante la Melody Maker por “no sonar tan bien como quisiéramos”, aunque remarcaba su confianza en “el gran talento como músico y letrista de Syd Barret”. Pero años después, más en confianza, confesaba ante unos espantados periodistas que esa música le parecía un caos y que jamás le gustó la banda hasta que él tomó el control, comprometiéndola con sus traumas en lugar de la original locura espacial.

CUANDO TODOS LOS DISCOS ERAN BUENOS. Mick Jagger, autocensurándose en el show de Ed Sullivan para poder presentar Let`s Spend the Night Together (cantaba Let`s Spend Some Time Together), que abría la edición estadounidense del melancólico y rotundo “Between the Buttons”. Los Beatles sonriendo con sus trajes señoriales a los asistentes del lanzamiento del Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band (para muchos el mejor álbum de todos los tiempos). Jimi Hendrix aprendiendo este último de memoria y tocando el tema homónimo en un festival de Londres, y luego en el Monterrey Pop Festival, donde deja a Eric Clapton en ridículo y eleva la apuesta destructora de Pete Townshend (The Who) -quien ya tenía en mente su ópera rock/show de radio, The Who Sell Out-, en el mismo festival donde se presentó la sorprendente Janis Joplin. Jim Morrison escandalizando con su psicodrama en el Whisky A Go Go, mostrando los temas de su extraordinario primer disco con The Doors. Los neoyorquinos de Velvet Underground polarizando belleza y sordidez en The Velvet Underground and Nico. Brian Wilson tratando de superar el Pet Sounds con el misterioso , fallido y finalmente rescatado Smiley Smile. Love descubriendo el pop de cámara y sus arreglos de cuerda o corno francés en Forever Changes. Rolling Stones nuevamente, respondiéndoles a los Beatles en el incomprendido y psicodélico Their Satanic Majesties Request. The Kinks asumiéndose como cronistas sociales en Something Else.

¿Hubo otro año en que se corriera tanto a las disquerías sin jamás sentirse estafado?

No fue la contracultura hippie ni el LSD -un factor contextual, más que el inductor definitivo de la creatividad-. Tampoco Vietnam, la Guerra Fría o el movimiento estudiantil. Menos, esa idealización boba del rock como “vehículo de la rebeldía y transgresión”. La extraordinaria producción discográfica de 1967 se explica primero, por la lógica (aunque aceleradísima) evolución del rock and roll. Segundo, por una competencia entre los artistas ya no por encabezar el hit parade, sino por grabar el disco más genial. Tercero, porque la industria permitía y estaba abierta al riesgo y la creatividad. Las bandas empezaron a desentrañar partituras de Bach, acordes de bossanova, canciones medievales, efectos de sonido o ritmos latinos. Las letras -desde Strawberry Fields Forever a White Rabbit- retornaban a la niñez como una burbuja más o menos cínica de la realidad. Eso hasta que la música explotó con la violencia social del año siguiente y se inventó la rentable mitología del rock de estadios, con sus promotores, giras y prensa asociada, mandando todo al carajo.

VOLVER AL FUTURO. Ahora nadie corre a las disquerías. Ni siquiera se bajan completos los álbumes. Volvimos a la era pre-Rubber Soul, salvo que los singles se llaman mp3 y se almacenan en un pendrive o un iPod. La industria se cerró, descafeinando la embestida punk los setentas, cuando John Lydon de los Sex Pistols se paseaba con una polera que decía “Yo odio a Pink Floyd”. Asimismo sucedió con la new wave ochentera y la moral alternativa/college de los noventas. La industria pauteó cada disco-megabanda-que-prometió-salvar-el-rock-and roll como U2, Oasis, The Strokes, Franz Ferdinand o incluso Coldplay, volviéndolo un “producto” predecible donde se adivina en cada “corte” el insano esfuerzo por agradar a todos sin arriesgar absolutamente nada.

Tal vez el Ok Computer de Radiohead y específicamente su single Paranoid Android fue un canto de cisne al espíritu del ’67. Muchos compararon la banda de Thom Yorke con Pink Floyd, obviando que los primeros lograron posicionar en los medios una canción larga, irresistible y que no se parecía a nada, mientras los dos mayores éxitos de Pink Floyd bajo la administración Waters fueron una balada acústica (Wish You Where Here) y una canción-disco (The Wall).

Roger Waters aseguró recientemente tener nuevas canciones, pero que aún no es el momento de mostrárselas a la humanidad. Por eso prefiere eternizar Dark Side of the Moon y los grandes éxitos de “su” banda. Cuando Syd Barret comenzó con los indicios de locura, Waters tomó las riendas del asunto y aterrizó a Pink Floyd, transformándolo en un espectáculo que dejó a todo el mundo con la boca abierta. Pero ya estaba lejos de aquel año 67, en que escoltaba a Barret, como en la imagen que encabeza este artículo. Ahora era él el protagonista, aunque insistiera en negarlo. Protagonista del “Londres vibrante”, que nos había regalado tantas satisfacciones estéticas y discográficas.
Años más tarde Waters diría que la banda fue un caos, hasta que el tomó las riendas, tras la partida de Syd Barret (elc ompositor de la obra) y la condujo al lado oscuro de la luna.

1967. 3 DISCOS

The Velvet Underground – The Velvet Underground and Nico.
Ruido, literatura, esmog, resaca y belleza. Y la portada de Warhol.

The Kinks – Something Else byThe Kinks.
El rock como forma de reportaje.

The Jimi Hendrix Experience – Are You Experienced?
“Jamás en la historia de la humanidad se había escuchado algo así”, sentenció Sting.

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