ROLLING STONES Y “EXILE ON MAIN ST.”: VIAJE A LA SEMILLLA

Uncategorized 16 May 2010 | 0 Comments

Los Rolling Stones reeditan su obra maestra. Una exploración apasionada y excesiva a las raíces de la música estadounidense. La misma que aprendieron a amar en una Inglaterra destruida por la guerra. Y grabada en una situación de leyenda: en la Riviera Francesa, huyendo de la justicia, en un camión-estudio que arrendaron a Deep Purple.

Robert Frank heredando al rock su trabajo de Americans

J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 16 de mayo 2010.

Ya es tradición. Cada vez que The Rolling Stones lanza un disco original -no grandes éxitos ni devedés en vivo-, la mitad de la crítica los acusa de multinacionales del rock. O peor, una pandilla de abuelitos que sacan mediocres álbumes sólo para justificar sus lucrativas giras mundiales. La otra mitad, más generosa, nos asegura que ésta sí es, por fin, “su mejor producción desde…”. Y los puntos suspensivos los rellenan con el lujurioso “Voodoo Lounge” (1994), el animado “Tatto you” (1981, el de “Start me up”) o el bailable “Some girls” (1978). Incluso, el más lejano “It`s only rock and roll” (1974). Puntos de restauración de una carrera extensa, en la que lograron reinventarse o, al menos, sumar nuevos hits globales para sus futuras compilaciones. Pero nadie, jamás, se atrevería a comparar un nuevo lanzamiento de los ingleses con el doble “Exile on Main St.” (1972).

Una obra maestra y punto cúlmine en su exploración por las raíces estadounidenses. También conocido como “el último gran disco Stone” -junto a Sticky Fingers (1971), Let it bleed (1969) y Beggars banquet (1968)- que se relanza este lunes 17 de mayo con diez inéditos, temas descartados, libro y documental. Sin embargo, como suele suceder en estas reediciones, uno siempre termina volviendo al núcleo, en este caso las dieciocho piezas desesperadas, urgentes y bañadas del Estados Unidos profundo, afroamericano. Esa Norteamérica de predicadores, carreteras, armas, vicio y redención.

EL JEFE: KEITH RICHARDS. “Mick Jagger necesita tener programado el día. Yo, en cambio, soy feliz con despertarme y comprobar que no estoy solo”, sonríe Keith Richards en el documental incluido en esta edición deluxe. Y todos tienen claro -desde el histórico productor Jimmy Miller hasta sus compañeros de banda- que en este disco el que mandó fue el guitarrista y su método basado en improvisar más que en planificar. Y en 1972 los Stones necesitaban urgente una dirección artística. A pesar del éxito de “Sticky Fingers” y la polémica por sus letras explícitas y esa portada diseñada por Andy Warhol que incluía un auténtico cierre de pantalón masculino. La persecución mediática a causa de las drogas, Mick Jagger convertido al jet set internacional gracias a su matrimonio con la modelo Bianca Pérez, y la flojera de Charlie Watts (batería), Bill Wyman (teclados) o Mick Taylor (guitarra), hicieron a Richards tomar el control. “Los discos dobles tienen un montón de cosas en contra. Es obvio que al existir tanto material también hay cierta confusión. Exile… fue creciendo en el tiempo hasta simbolizar una época. Se filtró lentamente… Ni siquiera queríamos hacerlo doble, simplemente se fue dando. Un desastre maravilloso”, confesaba Richards a la revista Mojo en 1997.

LA GRABACIÓN: CAOS EN LA RIVIERA FRANCESA. Villa Nellcôte es un lujoso conjunto de casonas francesas que sirvió de “asilo político” para los Rolling Stones. No sólo querían evadir los altísimos impuestos británicos (tema que atormentó a Los Beatles también), sino también las redadas de Scotland Yard por microtráfico de drogas. Keith Richards y su esposa, Anita Pallemberg, traen el camión/estudio “Rolling Stones Mobile Unit”, que también utilizarían Led Zeppelin y Deep Purple y conectan todo a la red central de electricidad. El mito -nunca comprobado ni negado del todo- dice que todo el que entró en la villa entre julio y noviembre de 1971 experimentó un extraño proceso de animalización. Mucho sexo, drogas y fiestas interminables. Jornadas maratónicas donde aún bajo los efectos de la juerga se pasaba a grabar. También pasarían a visitarlos amigos como John Lennon y Yoko Ono.

LAS CANCIONES: UN DESASTRE MARAVILLOSO. El título del disco también es revelador: “Exiliados de las grandes avenidas”. Por un lado alude a este escape a Francia para rebelarse al puritanismo y economía capitalista anglosajona. Pero también por explorar, con respeto y pasión, una música que en parte gracias a su generación (Beatles, Kinks, Byrds, Dylan) terminaría siendo global: el folclore estadounidense. Desde el riff crudo y el grito (“Oh yeah”) de “Rocks off”, el primer tema del disco hasta los intensos gospels que lo cierran, “Exile on Main St.” se hace cargo de la profunda identificación que tuvieron los jóvenes ingleses de la postguerra con la música negra y el folclore de la primera mitad del siglo XX. Pobres, bombardeados, víctimas de los juegos del poder, la generación de Los Beatles y Rolling Stones tenían motivos para sentirse parte de los lamentos y dolores del blues, folk, country, boogie-woogie, bluegrass, hillbilly o sentidas baladas que plagan este disco. Tan desordenado como el Álbum Blanco de Los Beatles, acá los instrumentos suenan todos arriba, al punto que Mick Jagger debe destrozarse las cuerdas vocales por encima de la batería, las secciones de viento y las guitarras (“Rip this joint”). También hay temas que parecen ser grabados en una sola toma (“Sweet Virginia”) y otros que terminarían por fundar el estilo que sobre todo en Argentina se perpetuaría como “sonido rollinga” (el single “Tumbling dice”). También hay piezas que el britpop terminaría rescatando como la hermosa “Let it loose” que el grupo Ride copia desde el efecto de la guitarra hasta la estructura en “Only know”. Volver a este disco es acompañar a los Rolling Stones no como mito del periodismo rock o gran corporación, sino como a un grupo de compiladores folclóricos, no muy distintos de Violeta Parra, Chico Buarque o Atahualpa Yupanqui, buscando un poco de verdad en la música ancestral y -como viajeros del tiempo- rescatarla primero en vinilo y ahora en mp3. ¿Cómo no respetarlos?

MAÑANA SE LANZA

“Exile on Main St.” se lanza mundialmente vía sello Universal en formato CD simple y CD doble este lunes 17 de mayo, incluyendo la versión remasterizada y diez temas inéditos, como la ya estrenada en radios “Plundered my soul”. Destacan, además, la balada “Following the river”, “Dancing in the light” y “Pass the wine” en la misma línea de rescate folclórico del disco homenajeado. Además, se anuncian versiones alternativas de “Soul survivor” y “Loving cup”. También se estrenará el documental “Stones in exile” en el Festival de Cannes este 19 de mayo, que posteriormente se convertirá en DVD.

www.rollingstones.com

 

 

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Rolling Stones, la película

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 11 June 2008 | 0 Comments

Se estrena en Chile la comentada colaboración entre Scorsese y los Rolling Stones: Shine A Light. El “documental”, que en realidad no es más que un estupendo recital en vivo. El mismo que deja en claro que si el rock de estadios sigue un guión, los Stones fueron los primeros en escribirlo. Porque no sólo son la banda más longeva de la historia: crearon las mega giras y encarnaron a la perfección un mito. Acá, la historia en cuatro actos de cómo lo hicieron.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Zona de Contacto, 11 de junio 2008.

SO GANGSTA. “Jumpin’ Jack Flash” (1968) acompañando a Robert de Niro en la iniciática Mean Streets(1973) o “Gimmie Shelter” (1969) por partida doble: en la intro de The Departed(06) y coronando los excesos tóxicos de Ray Liotta en Goodfellas(1990).

Dos canciones escritas por los Stones en su etapa más mafiosa, la época en que expulsaron a su propio fundador y guitarrista Brian Jones (1969), que apareció muerto en su piscina un mes después. Un momento clásico del rockandroll que varios artículoscalificaron como asesinato premeditado.

Dos años antes Jones, Jagger y Richards habían sido encarcelados por posesión de marihuana y eran el demonio rockandrollero que azotaba al mundo. Y ellos golpeaban de vuelta titulando su disco como “déjalos sangrar”, Let it Bleed (69), en abierta burla a los peleados Beatles del Let it Be (disco “póstumo” de los fab four grabado ese año, pero editado al siguiente).

El mismo año en que los Stones dieron un concierto gratuito en Altamont, San Francisco, para presentar aquel disco, y donde un fan terminó asesinado por los motoqueros Hell’s Angels encargados de la seguridad.

No es de extrañar entonces, que la elegancia gangsteril de los Rolling Stones de aquella época fascinara tanto a Martin Scorsese.

“Cuando era estudiante, yo daba vueltas alrededor de la música de los Stones. Los escuchaba e imaginaba escenas de cine. Y esas canciones me inspiraron para hacerlo… En mi cabeza hice esta película hace cuarenta años. Simplemente sucedió que recién pude filmarla ahora”, declaró “Marty” (como le dicen sus amigos Jagger y Richards), durante el estreno de Shine a Light(08).

Ese es el “documental” -en rigor es el registro de dos shows realizados en el neoyorkino teatro Bacon en septiembre de 2006- que junta a dos leyendas, y que se estrena el jueves 19 de junio en cines chilenos.

No es una película, ni un documental. Aquí no hay arqueología rocker como lo hizo Scorsese con Bob Dylanen su celebrada No Direction Home(05). Shine a Light (08) está más cerca de The Last Waltz(1978), la sentida filmación que hizo del adiós de The Band o a su primer trabajo como asistente de dirección en Woodstock:Un escaneo a rostros, muecas y actitudes, que generalmente se ven desde lejos. O en una pantalla gigante.

Pero Shine a Light también es el registro de una banda que protagonizó la revolución y posterior estandarización del rock and roll. Una banda que no sólo no ha muerto, sino que ha dado con la fórmula para vivir entre el reviente y las giras siempre fastuosas, siempre energéticas, siempre predecibles, sin importar el disco que lancen. Igual que U2 o Kiss.

A continuación, cuatro razones para entender cómo el rock and roll pasó de ser una revolución cultural a un parque de diversiones: un lugar seguro pero aparentemente arriesgado, que no molesta nadie. Y todo eso lo hicieron primero los Stones.

COPIAR Y PEGAR. Los Stones son de una generación pobre, posterior a los bombardeos alemanes de la II Guerra. Por eso las letras y la moral del blues y r&b que escuchaban por onda corta, les resultaron más inspiradoras que los “teen idols” de la época como Paul Anka o Cliff Richards. Así se conocieron Mick Jagger y Keith Richards: con una colección de discos bajo el brazo.

Liderados en un comienzo por Brian Jones, los Stones fueron profundos investigadores de la raíz estadounidense, por algo ahora son los primeros en presentar sus respetos al fallecido Bo Didley.

Sus primeros tres discos —el homónimo de (1964), Rolling Stones 2 y Out of Our Heads, ambos del 65— son antológicas versiones del rock and roll, soul y blues urbano estadounidense.

En la sexualidad de “I’m just want to make love with you” (Willie Dixon) o “Walking the dog”(Rufus Thomas), la velocidad de “Carol” (Chuck Berry) o “Route 66″ (Bobby Trump) y el soul de “Good times” (Sam Cooke), están casi todas las claves del sonido Stone.

Una revolución seguida por The Animals, Small Faces, The Kinks y The Who, que sorprendió y enojó a los autores originales, que acusaban a los Stones de robarles todo.

Eso, hasta que recibieron el golpe de vuelta cuando Otis Redding sacó su cover para Satisfaction, una original de los Stones.

A continuación, Redding tocándola en vivo en 1966. Ojo con la cara de Jagger al final del video: no sabe dónde esconderse. Al final no le quedó otra que declarar “Ottis la toca mejor que nosotros”. Es que en esa época los Stones recién se sacaban el uniforme de chicos buenos.

Los increíbles Aftermath (1966) y Between the Buttons (1967) fueron sus primeros discos compuestos íntegramente con material propio ¡Y cómo tocaban! Pero volvamos atrás: Los Stones presentados por Dean Martin en 1964, haciendo una versión de “Not fade away”, canción popularizada por Buddy Holly.

EL ROCK ES UNA MARCA. Casi siempre detrás de una gran mega banda, hay un muy buen manager. El de los Stones era un veintiañero y ex publicista de los Beatles llamado Andrew Loog Oldham, que les ofreció llevarlos a la cima el 64 con un plan claro: definirse como la antítesis de los Beatles. “Si ellos eran Cristo, nosotros seríamos el Anticristo”, teorizó. Así nació la marca Stones.

“Más que una banda, son un estilo de vida”, fue el primer slogan que escribió para su debut homónimo del 64. Le siguieron otros como: “¿Dejaría a su hija salir con un Rolling Stone?” y “Madres: encierren a sus hijas en casa porque vienen los Rolling Stones”.

Para cerrar la operación Oldham se reunió con Brian Epstein, manager de los fab four, y juntos acordaron planificar los lanzamientos de singles y discos de ambas bandas. Incluso los Beatles les dieron una canción: “I wanna be your man”, un año antes que Oldham encerrara en el baño a los Stones, para obligarlos a componer una canción propia.

Aunque Richards y Jagger señalen que no fue “exactamente así”, lo cierto es que el resultado a la salida del baño fue “As tears go by” (1964)

Durante la primera mitad de los 60s, mientras los de Liverpool sonaban limpios y disciplinados, los Stones eran sucios y salvajes. Todo eso se puede apreciar en este videocomparativo de “I wanna be your man”, tocada por ambas bandas.

Hasta que los Beatles se separaron, los Stones no dejaron de ser una respuesta a Lennon y McCartney. Sólo un par de ejemplos: cuando los Beatles sacaron Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band (67), los Stones editaron Their Satanic Majesties Request. Tras “All you need is love”,ellos lanzaron “We love you”. Y la lista sigue.

“Me gustaría listar todo lo que hicimos, contra todo que hicieron los Stones dos meses después”, diría un furioso Lennon en la famosa Rolling Stone Interview de octubre de 1970, cuya versión grabada la estrenó la BBC el 2005. Para oírla, acá.

Sexuales, malvados, rudos, viciosos y feos, parece que los Stones nunca se separaron sólo para seguir llevándoles la contra. A continuación dos clásicos videos del Rock & Roll Circus (1968). Primero tocando “Jumping Jack Flash”, para una audiencia top que incluía a Lennon y Yoko Ono.

PROTAGONIZAR EL MITO. Los Stones se adueñaron del concepto “rock and roll” completo, al convertirse en su mejor sinónimo.

Asesinatos, arrestos, drogas, supermodelos y muchos, muchos clásicos, cruzan su trayectoria. Una asociación de sexo, drogas y rock and roll que se convirtió en marca registrada, y que ha logrado resistir desde el punk que asoló Londres al “rock alternativo” noventero. Un grupo cuyos integrantes tienen más de sesenta años y que a pesar de su salvajismo, siguen de pie y llenando estadios.

Lo hicieron conjugando la calidad musical con el mito. Tenemos por una parte indiscutibles momentos de perfección rockera, como esa panorámica del pop psicodélico y beat inglés Between the Buttons (1967), el incendiario Beggars Banquet (1968, considerado por muchos, el mejor disco de los Stones) o el fundacional doble Exile On Main Street (1972) que sintetizó riffs, tres tonos y rock desesperado.

Esa forma de tocar estaba unida tanto en letras como sonido, al mito fundacional del rock. Y en los Stones siempre hubo perfectos protagonistas para encarnarlo: Richards el reviente. Jagger el sex symbol. Watts, el intelectual que iguala al sucio rock, con las expresiones artísticas más clásicas de la humanidad.

Las aventuras de los Stones se cuentan por cientos. Del libertinaje salvaje de las noches blancas de Keith Richards (64 años), quien siempre tenía una cajita con cocaína al alcance de la mano mientras grababa Exile… en París -en el mismo estudio que usó Deep Purple para registrar el himno del heavy metal “Smoke on the water”- a declarar que se jaló las cenizas de su padre, sólo hay casi cuatro décadas de distancia.

Mick Jagger (64 años) partió quitándole la novia a Keith (la italiana Anita Pallenberg, quien a su vez fue esposa de Jones) y ahora tiene siete hijos reconocidos de cuatro supermodelos (su novia actual es L’Wren Scout).

Nótese lo bajito de Mick, cosa que sorprende a todo el mundo, en esta foto.

Y Charlie Watts (67), el baterista que quería ser pintor, pero que renunció a ello por no tener talento. El único atormentado del grupo, el mismo que arma y desarma grupos de jazz para tributar a Charlie Parker y apoyó las “acciones de arte” del grupo como incluir una foto de un baño público(Beggars Banquet, 1968) o un cierre diseñado por Warhol(Sticky Fingers, 1971).

Todo eso se ve en Shine a Light: Un mega energético Jagger perreando con una entregada Christina Aguilera. Un muy pero muy carreteado Keith Richards mirando de reojo, haciendo chistes picantes y fumando como carretonero.

La diferencia de estilos de vida se nota: aunque seis meses mayor que Richards, en el escenario Jagger parece su nieto.

Watts haciendo gala de un sentido del humor parco, potenciando las canciones con la misma precisión de Ringo. Y la solidez de Ron Wood (que venía de los Faces de Rod Stewart), el guitarrista que se quedó en los Stones casi por casting a partir del 73-74.

Un “estilo de vida” que comenzó a suavizarse tras las internaciones de Richards y la vida sana publicitada por Jagger. Aunque en el imaginario, los Stones siempre serán salvajes y drogadictos.

Los dejamos con dos clásicos con 16 años de diferencia. Primero “ (I can`t get no) Satisfaction”, en su famosa versión censurada durante una aparición de tele en 1965.

UN PARQUE TEMÁTICO STONE. Los Rolling Stones fueron los primeros en tomar conciencia que el dinero estaba en los shows en vivo. Mientras los Beatles experimentaban en el estudio, ellos organizaban giras cada vez más monumentales. Si bien entre el 67-69 se tomaron un relativo descanso por drogas, de ahí casi no pararon más.

Con el devenir de las décadas, pasaron del salvajismo a convertir los mega shows en una montaña rusa: arriesgados sólo en apariencia. Porque eso que llamamos “rock de estadios” comenzó a fundarse con los Stones, y terminó de definirse con Led Zeppelin, Kiss y Pink Floyd.

Desde experimentos como el show televisivo Rock & Roll Circus (1968), que salió recién treinta años después, porque estaban celosos de lo bien que tocó The Who, al histórico concierto de Altamont donde murió un fan en cámara asesinado por los Hell’s Angels —la pandilla de motociclistas que le hacían la seguridad a los Stones, como se puede ver en el imperdible documental Gimmie Shelter(70)— ellos definieron los megaconciertos.

A continuación, los Stones tocando “Sympathy for the Devil”, con Jagger parando el tema y pidiendo que los “hermanos y hermanas se calmen” antes de proseguir. Pero el diablo ya había metido la cola: la “seguridad” había acuchillado a un fan en las primeras filas, sin que la banda lo notara.

Precisamente esos incidentes marcarían sus posteriores mega giras: seguridad, luces, puesta en escena, amplificación, espectáculo masivo. El lenguaje del rock de estadios. El refugio más digno que encontraron los Stones.

Es que desde el Tatto You (1981), sus discos son poco más que souvenirs de gira, justificativos del despliegue técnico y las notas de prensa que anuncien que “no, no se separan, aunque esta podría ser la última gira” y promocionan cada disco como “el mejor desde los clásicos de los setentas”. Pero basta escuchar los singles, para darse cuenta que sólo son una excusa para justificar las giras mundiales.

De su última gira es Shine a Light. Un show presentado por Bill Clinton, que incluye a un tímido Jack White, una canchera Christina Aguilera y al blusero Buddy Guy, el único que obliga a la banda a salirse de la rutina de saltos, miradas y frases perfectamente estudiadas, que de tanto repetir ya forman parte de ellos.

A no confundirse con su campaña promocional: Shine a Light no es ni una película ni un documental, menos una biografía. Es un encuentro de amigos de alta calidad. Un imperdible para cualquier rollinga y/o amante de Scorsese.

Un “Marty” en su expresión más payasa, transmitiendo a la perfección el show ultra controlado, de la banda más longeva de la historia del rockandroll. Todo salpicado con breves, divertidas y reveladoras entrevistas de archivo.

Una filmación que deja en claro por una parte que el sexo es mejor que las drogas (cosa de comparar a Jagger con Richards), pero sobre todo, que si el rock de estadios sigue un guión, los Stones fueron los primeros en escribirlo.

Shine a Light se estrena en cines el 19 de junio.

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1967, el año milagroso del rock

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 11 March 2007 | 0 Comments

Por J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 11 de marzo 2007.

FUE EN MAYO DE 2003 que el gruñón de Roger Waters incomodó a un adolescente periodista alemán, que estaba más interesado en preguntarle sobre política y bares underground, que de conmemorar los treinta años del Dark Side of the Moon y su remasterizada edición surround 5.1. El disco de los cuarenta millones de copias vendidas y los catorce años en la -¿influyente?- revista Billboard , que el músico inglés presentará el próximo miércoles en el Estadio Nacional. “Jamás nos tomamos la calle. La sociedad era tan cuadrada como ahora. Después de cumplir sus horarios de trabajo venían a desmadrarse a los recitales. Si encuentras ese ‘Londres vibrante’, avísame, porque para mí jamás existió”, le respondió al desprevenido joven.

Waters parecía haber olvidado la imagen de Syd Barret frente al micrófono, empuñando la guitarra y mirando el techo, en la Navidad de 1966. Pink Floyd inauguraba el UFO Club, situado en el subterráneo de un cine londinense, frente al célebre teatro Dominion: Barret murmuró la palabra “ignición” e inmediatamente se lanzó con el riff de Interestelar overdrive, mientras, entre luces y diapositivas de colores, la banda subía el volumen, despegando con público y todo, lo más lejos que sus perversas melodías bluseras, ambientes interplanetarios e impecables trajes mods los podían llevar. Al final de ese concierto, la EMI les extendió un contrato para grabar su debut en los estudios Abbey Road, lugar donde se encontrarían con unos bigotudos Beatles, que trabajaban en las históricas sesiones del Sgt. Pepper`s Lonely Hearts Club Band; disco inigualable, con sus orquestas sinfónicas, cintas unidas al azar pasadas al revés y silbatos para perros en 15KHz de frecuencia, puestos por Lennon a última hora, sólo para ocupar un surco vacío de un disco que debía escucharse completo. Ellos, ya dos años antes, con Rubber Soul, habían renunciado a fabricar colecciones de singles, asumiento el formato larga duración como una aventura “autoral” total, donde todo es importante, desde el filtro de la fotografía en la portada hasta el sonido que eran capaces de lograr en el estudio.

Barret tomó nota y compuso The Piper at the Gates of Dawn (editado exactamente hace cuarenta años). Un disco áspero y sofisticado, repleto de referencias al espacio e improvisaciones sobre densos riffs. Con un éxito moderado, el disco creció con los años hasta transformarse en un significativo testimonio del año 1967; de cuando los discos de rock and roll se convirtieron en obras de arte. A meses del lanzamiento, Waters se disculpaba ante la Melody Maker por “no sonar tan bien como quisiéramos”, aunque remarcaba su confianza en “el gran talento como músico y letrista de Syd Barret”. Pero años después, más en confianza, confesaba ante unos espantados periodistas que esa música le parecía un caos y que jamás le gustó la banda hasta que él tomó el control, comprometiéndola con sus traumas en lugar de la original locura espacial.

CUANDO TODOS LOS DISCOS ERAN BUENOS. Mick Jagger, autocensurándose en el show de Ed Sullivan para poder presentar Let`s Spend the Night Together (cantaba Let`s Spend Some Time Together), que abría la edición estadounidense del melancólico y rotundo “Between the Buttons”. Los Beatles sonriendo con sus trajes señoriales a los asistentes del lanzamiento del Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band (para muchos el mejor álbum de todos los tiempos). Jimi Hendrix aprendiendo este último de memoria y tocando el tema homónimo en un festival de Londres, y luego en el Monterrey Pop Festival, donde deja a Eric Clapton en ridículo y eleva la apuesta destructora de Pete Townshend (The Who) -quien ya tenía en mente su ópera rock/show de radio, The Who Sell Out-, en el mismo festival donde se presentó la sorprendente Janis Joplin. Jim Morrison escandalizando con su psicodrama en el Whisky A Go Go, mostrando los temas de su extraordinario primer disco con The Doors. Los neoyorquinos de Velvet Underground polarizando belleza y sordidez en The Velvet Underground and Nico. Brian Wilson tratando de superar el Pet Sounds con el misterioso , fallido y finalmente rescatado Smiley Smile. Love descubriendo el pop de cámara y sus arreglos de cuerda o corno francés en Forever Changes. Rolling Stones nuevamente, respondiéndoles a los Beatles en el incomprendido y psicodélico Their Satanic Majesties Request. The Kinks asumiéndose como cronistas sociales en Something Else.

¿Hubo otro año en que se corriera tanto a las disquerías sin jamás sentirse estafado?

No fue la contracultura hippie ni el LSD -un factor contextual, más que el inductor definitivo de la creatividad-. Tampoco Vietnam, la Guerra Fría o el movimiento estudiantil. Menos, esa idealización boba del rock como “vehículo de la rebeldía y transgresión”. La extraordinaria producción discográfica de 1967 se explica primero, por la lógica (aunque aceleradísima) evolución del rock and roll. Segundo, por una competencia entre los artistas ya no por encabezar el hit parade, sino por grabar el disco más genial. Tercero, porque la industria permitía y estaba abierta al riesgo y la creatividad. Las bandas empezaron a desentrañar partituras de Bach, acordes de bossanova, canciones medievales, efectos de sonido o ritmos latinos. Las letras -desde Strawberry Fields Forever a White Rabbit- retornaban a la niñez como una burbuja más o menos cínica de la realidad. Eso hasta que la música explotó con la violencia social del año siguiente y se inventó la rentable mitología del rock de estadios, con sus promotores, giras y prensa asociada, mandando todo al carajo.

VOLVER AL FUTURO. Ahora nadie corre a las disquerías. Ni siquiera se bajan completos los álbumes. Volvimos a la era pre-Rubber Soul, salvo que los singles se llaman mp3 y se almacenan en un pendrive o un iPod. La industria se cerró, descafeinando la embestida punk los setentas, cuando John Lydon de los Sex Pistols se paseaba con una polera que decía “Yo odio a Pink Floyd”. Asimismo sucedió con la new wave ochentera y la moral alternativa/college de los noventas. La industria pauteó cada disco-megabanda-que-prometió-salvar-el-rock-and roll como U2, Oasis, The Strokes, Franz Ferdinand o incluso Coldplay, volviéndolo un “producto” predecible donde se adivina en cada “corte” el insano esfuerzo por agradar a todos sin arriesgar absolutamente nada.

Tal vez el Ok Computer de Radiohead y específicamente su single Paranoid Android fue un canto de cisne al espíritu del ’67. Muchos compararon la banda de Thom Yorke con Pink Floyd, obviando que los primeros lograron posicionar en los medios una canción larga, irresistible y que no se parecía a nada, mientras los dos mayores éxitos de Pink Floyd bajo la administración Waters fueron una balada acústica (Wish You Where Here) y una canción-disco (The Wall).

Roger Waters aseguró recientemente tener nuevas canciones, pero que aún no es el momento de mostrárselas a la humanidad. Por eso prefiere eternizar Dark Side of the Moon y los grandes éxitos de “su” banda. Cuando Syd Barret comenzó con los indicios de locura, Waters tomó las riendas del asunto y aterrizó a Pink Floyd, transformándolo en un espectáculo que dejó a todo el mundo con la boca abierta. Pero ya estaba lejos de aquel año 67, en que escoltaba a Barret, como en la imagen que encabeza este artículo. Ahora era él el protagonista, aunque insistiera en negarlo. Protagonista del “Londres vibrante”, que nos había regalado tantas satisfacciones estéticas y discográficas.
Años más tarde Waters diría que la banda fue un caos, hasta que el tomó las riendas, tras la partida de Syd Barret (elc ompositor de la obra) y la condujo al lado oscuro de la luna.

1967. 3 DISCOS

The Velvet Underground – The Velvet Underground and Nico.
Ruido, literatura, esmog, resaca y belleza. Y la portada de Warhol.

The Kinks – Something Else byThe Kinks.
El rock como forma de reportaje.

The Jimi Hendrix Experience – Are You Experienced?
“Jamás en la historia de la humanidad se había escuchado algo así”, sentenció Sting.

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BRIAN JONES: el Rolling Stone perdido [Artes y Letras, pdf]

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 30 July 2006 | 0 Comments

El rubio guitarrista fue el más salvaje y talentoso de la banda. Amó el blues por sobre todas las cosas. Inauguró la tradición de morir a los 27 años cuando terminó sus días flotando en una piscina en extrañas circunstancias. Avasallado por los planes comerciales del mánager de la banda que fundó, terminó luchando contra voces invisibles.

por J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 30 de julio 2006.

Todo puede pasar en el Londres de 1969. Jimi Hendrix enchufa su Fender Stratocaster blanca e improvisa un blues. Es seguido por John Lennon en la guitarra rítmica y voz, mientras Brian Jones -el responsable de la insólita junta- sonríe como no lo hacía en mucho tiempo. Ya en las grabaciones del Rock and Roll Circus Lennon y Jones reconocieron estar aburridos de sus respectivas bandas. “Formemos una, entonces. Hablé con Jimi y está en la misma. Dejaremos la cagada”, se entusiasmó Brian. Días después, recibió la llamada de un asesor desconocido. “No te recomiendo hacer lo que estás haciendo. Este grupo supondría el fin de la Jimi Hendrix Experiencie, Beatles y nuestros Stones. O sea, las más grandes atracciones del pop británico y junto a ellas cientos de contratos de giras, mánagers, representantes, publicidad. Millones de libras ¿comprendes? Y hay gente que tal vez tú nunca hayas oído nombrar que no lo va a permitir. Y te lo digo en serio. ¡No lo van a permitir!”. Pasaron seis meses de la amenaza cuando el cuerpo de Jones, de 27 años, flotaba en la piscina de su mansión en Cotchford Farm en Sussex. La autopsia asegura sobredosis de drogas. Nadie estuvo muy convencido.

El capítulo es un eslabón perdido de la historia del rock. No hay grabaciones de los ensayos del grupo Lennon-Hendrix-Jones y ninguno de los involucrados está vivo para contarlo. La conexión ocurre cuando el cineasta británico Stephen Woolley en la reciente “Stoned” -disponible en dvd- replantea la tesis del asesinato. El culpable, según él, tras una década de investigación, sería Frank Thorogood, un obrero fallecido en 1991, que hacía reformas en su mansión.Varios biógrafos, como Geoffrey Giuliano, coinciden en que fue enviado por algún mafioso de la música británica para matarlo. En 1991, Steve Marriott líder de Humble Pie -histórica banda estadounidense- señaló “(…) Que alguien me explique la jodida razón por la que alguien llamó por teléfono a mi casa tres días antes de su muerte a las cinco de la mañana y me dijo ‘Sería mejor que no te mezclases con Brian Jones (…) Esto es sólo una advertencia amistosa: no te relaciones con Jones’ y colgó el teléfono”.

Marriott, quien también tenía en mente un proyecto junto al rubio Stone, falleció una semana después de estas declaraciones en un incendio en su casa. Raro ¿no?

La vida de Brian

Brian Jones fue el alma de los Rolling Stones. Pero ellos la vendieron para ganarles a Los Beatles. Y la encrucijada fue el éxito comercial. El mánager Andrew Loog Oldham -autor de los eslóganes: “¿Dejaría a su hija salir con un Rolling Stone? o “Los Rolling Stones son un estilo de vida”- en una reunión urgente en 1964, les señaló que si querían ser tan grandes como los Fab Four, deberían tener composiciones propias. Brian, que desde chico estaba obsesionado con el jazz de Charlie Parker y blues de Muddy Waters, prefería seguir investigando y haciendo versiones. El resto se alió con Oldham: la fama, el dinero y las chicas estarían a la vuelta de la esquina. Mick Jagger y Keith Richards se encargarían de las canciones.

Sin querer queriendo, fue dando su banda por perdida. Ni siquiera protestó. Inseguro y carente de afecto, prefería refugiarse en su condición de guitarrista principal y multiinstrumentista, además de las drogas para no contradecir al resto del grupo. Y eso que su aporte no fue menor: se le ocurrió el nombre, gestionaba personalmente las tocatas en los clubes londinenses, era el único con estudios de música y para los fans era considerado el líder. Obvio, porque al lado de él, los demás parecían adolescentes de pastoral juvenil. A pesar de su origen noble, de su brillantez en los estudios y lo mal que lo hacían sentir en clases debido al asma que le impedía hacer deporte, visita los clubes de jazz, decide comprarse un saxo alto y convierte a la música en el lugar donde nada le puede hacer daño. A los 15 años embarazó a una chica de 14 y, para evitar el escándalo, lo mandan a Escandinavia.

Sin mucho dinero, recorrió toda Europa, vivió en casas okupadas, se perfeccionó en el clarinete, saxofón, guitarra slide y piano, comenzó a presentarse en cafés y bares. Ya a los 19 años, con dos críos más a su haber y perfeccionado como músico, decidió fundar su propia banda de rock and roll, para lo que reclutó a unos desconocidos Jagger y Richards. Realmente entusiasmado con su proyecto, arrienda un sucio departamento con ellos. Hacía tanto frío que tenían que ensayar arropados en sus camas. A pesar del hambre y penurias, él los anima y enseña a Richards todo lo que sabe de guitarras. Rápidamente los Rolling Stones se convirtieron en la banda más negra y salvaje de toda Inglaterra, y no tardaron en aprovechar el camino trazado por Los Beatles, asumiéndose como su antítesis. Sobre el escenario, Brian se sentía como en casa.

Sí. Brian era el alma, porque esos 23 gramos que dicen que pesa no están en los otros discos de Los Rolling Stones. Es cosa de enfrentar el “Aftermath” (1966) o “Beetween The Buttons” (1967) con cualquier obra de los ’70 en adelante. Y aunque no aparece firmando nada, es el hombre tras los arreglos. Sin él fueron simplemente una banda de rock and roll. Como Kiss, como Aerosmith, como AC/DC. Agrupaciones respetables, por supuesto, pero sin el factor sorpresa, dormidas en los laureles y sólo para estadios. Tras estos álbumes, comienza a sufrir serios ataques de paranoia e inestabilidad, consume más y más drogas y se relacionacon la modelo Anita Pallenberg, con quien comparte colchón, juergas y golpes. Una noche de aquellas, ella corre a los brazos de Keith Richards, quien lo golpea de vuelta. Incapaz de controlarse y totalmente frágil, va recluyéndose en su mansión, grabando música folclórica en Tánger y viendo enemigos en todas partes.

Mariposas en el suelo.

Hacía un mes los Stones lo habían expulsado, y a él no le importó demasiado. Aparte del proyecto con Lennon, había recibido una invitación de Dylan para unirse a su banda. Nunca se quejó del abandono en que lo dejaron sus compañeros, que él mismo había reclutado. Estaba de novio con una chica sueca, Anna Wohlin y había contratado unos obreros liderados por Frank Thorogood para arreglar su casa. La pareja y los obreros estuvieron comiendo y bebiendo. Brian luego de tomar unos tranquilizantes prescritos por su médico va a nadar con Anna y Frank. Luego, Anna fue a secarse y Frank a buscar cigarrillos. Los gritos de la esposa de éste anunciaron la tragedia -y esta versión oficial- que rápidamente dio la vuelta al mundo. Y volvemos al principio. Se dice que los demos fueron secuestrados, que van a exhumar el cadáver, que los Rolling Stones sabían de esto y por eso no se sorprendieron mucho, que todo era contradictorio, que era imposible que estuviera drogado, que hubo llamadas desesperadas del músico. La película y las biografías no se topan. Pero se relacionan. En el filme, se dice que Frank-que representaba a la Inglaterra conservadora- intentó darle un susto por unas deudas impagas fingiendo ahogarlo. En los textos, se asegura que este obrero estuvo obligado a matarlo, porque Brian era el chico talentoso, superestrella y querido (no por los Stones, claro está) y que podía desestabilizar la industria del disco.

En un concierto gratuito, Mick Jagger se despidió de él liberando mariposas de unas cajas. El problema es que la mayoría estaban muertas y cayeron al suelo. Y, además, el show fue horrible. Algo debe significar eso, aunque, como su muerte, seguirá en el más rockero de los misterios.

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De gira con Alejandro Jodorowsky

Archivo Periodistico,Libros,Reportajes 30 April 2006 | 0 Comments

Seguimos al mesías en su visita al país.

NO SOMOS DIGNOS

Jodorowsky es pop. Pasó por Chile y todos quisieron estar cerca de él. Barbones, damas cuicas, revolucionarios místicos, “CQC”, Felipe Lamarca y Carlos Cardoen escucharon al hombre de pelo blanco. Él recordó el “talento vaginal” de la hija del ocultista Gurdjieff y pidió mar para Bolivia. Pensar que si el manager de los Rolling Stones no lo hubiera estafado no tendríamos psicomagia. Si usted no tuvo las lucas ni el tiempo para verlo, pase y lea.

por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 30 de abril 2006.

“¡VIEJAS CUICAS, VIEJAS CUICAS FEAS!”, dice Gloria apuntando a la fila que espera impaciente en las puertas del Café Literario de Providencia. Ella estudió teatro y faltó a su trabajo en una empresa de aseo para ver de cerca a Alejandro Jodorowsky. Y, claro, tratar de colarse en el taller de psicomagia que dictó el miércoles pasado antes de recibir (jueves) la Orden al Mérito Artístico y Cultural Pablo Neruda, de manos de Michelle Bachelet, es tan difícil como juzgar a Pinochet.

“Debiste haber ido a la conferencia de Matucana 100. Ahora perdiste no más”, explica un flaco crespo que está en la cola. “Se quebran, sólo porque tienen las 90 lucas para pagarse el curso”, contesta Gloria enrabiada. Todos entran y ella se queda afuera, sentada en el parque. Hasta que de siglo XXI”–, armado solamente de un micrófono, tiene a los participantes en trance. Así aprovecha de bromear con su nombre –“me dicen Jodo, de joder”–, recalca la importancia histórica de tener una mujer Presidente –“un mensaje para todos ustedes que son de derecha, ¿no? Drepente aparece caminando su gurú, amable y sonriente, acompañado de los organizadores.

–Ya pues, don Jodorowsky. Déjeme entrar con usted.

Él mueve las manos y la mira con sincera e infinita compasión.

–No puedo hacer nada.

COMO UNA ESTRELLA DE ROCK. Lunes por la tarde en Matucana 100. “Esto es maravilloso. Ustedes tienen preguntas y yo estoy lleno de respuestas”, asegura Alejandro muerto de la risa frente al casi millar de universitarios que se lo toman bien en serio y le aplauden y gritan y anotan sus frases en los cuadernos. Porque el maestro dice cosas como “la felicidad sicológicamente sería estar menos angustiado que el día de ayer. Pero, en verdad, es hacer lo que te gusta, realizar tu sueño. Mi sueño de toda la vida, por ejemplo, era sentarme en una sillita y hablarle al público”.

Y así cae bien. Porque, mientras gente como Paulo Coelho realmente se creen mesías enviados a cambiar al mundo (y sus automóviles y mansiones y pareja), Alejandro viene simplemente a contar una historia moldeada por su amistad con Nicanor Parra o sus giras con Marcel Marceau o su teatro Pánico o su “Montaña sagrada” o sus experiencias con chamanes, magos o maestros zen. Al final, dijo, inventó la psicomagia porque Allen Klein –el mismísimo manager de los Rolling Stones y los Beatles en su última etapa– lo estafó con sus películas y necesitaba sobrevivir con lo último que le quedaba: las cartas del tarot.

Shlomit Baytelman fue la primera en entrar. Su padre trabajó en teatro con él y se lo presentó en los ’90. “Conocerlo es un privilegio. Es una persona capaz de sanar y de entregarte toda su experiencia de vida gratuitamente”. Un barbón dice que no puede creer estar acá, mientras una señora elegante pide una botellita del vino que se repartirá al final. “Yo soy amiga de Alejandro”, dice cuando vuelve a sentarse.

–Miren. Les hablo del libro; si no, el empresario me va a matar y luego ustedes me hacen preguntas.

Entonces, “El maestro y las magas” narra su amistad en México con el monje budista Enzo Takata, quien le enseñó que una mente y un corazón vacío llevaban a un delirio intelectual; una mente vacía y un corazón lleno conducen a la realidad. La segunda parte nos muestra a tres mujeres que cambiaron su vida: la pintora surrealista Leonora Carrington, la masajista doña Magdalena, y Reyna D’Assia, la hija del ocultista Gurdjieff, quien tenía un impresionante talento vaginal. “Podía hacerla vibrar como una avispa”, relata como si fuera lo más natural del mundo, ante la risa picarona de la concurrencia. “Uno ya está cansado de escuchar sobre maestros. Las mujeres también merecen un lugar”. La gente aplaude a rabiar cuando concluye la presentación con un “el sentido de la vida es vivirla”.

Pero el delirio comienza cuando le pasan el micrófono al público. Se pelean la oportunidad de establecer algún diálogo con él. Cada “Jodorowskyto” daría su vida porque él le viera el tarot. El problema es que todos quieren lo mismo y al mismo tiempo.

Una tipa de suéter rosado sube al escenario y le pide que le saque el tarot. Un chico flaco y de lentes le dedica un poema. Está muy nervioso al leerlo: “El sol da energía a los seres/ para vivir y alimentar/ todo es hacia fuera/ por su combustión de gratuidad”. El sicomago lo mira y le dice que lo lea nuevamente. Luego, pide que lo aplaudan. La gente engancha y aclama al “joven poeta”. “Esto no lo vas a olvidar nunca, ¿eh?”, le dice. Cuando baja del escenario, el amigo chascón que está con él lo mira con cara de “eres mi héroe” y lo abraza. Todos levantan la mano. “¿Qué onda con Marilyn Manson?”. “Hazme psicomagia”. “¿Cómo se lucha contra el ego”. “Acá, acá”. Alejandro sonríe y dice que es imposible atender a todo el mundo. “Lean ‘La danza de la realidad’, entonces”.

EL MAR A BOLIVIA. Martes en la mañana. Hotel Crowne Plaza. Estamos en el seminario “El poder de la creatividad”, y Jodorowsky –presentado como “el Da Vinci del ejen surgir a Bachelet, porque de ella depende el destino de toda Latinoamérica–, y la necesidad de entregarle mar a Bolivia.

Cuando aceptas entrar a su universo y caes en el trance –“yo no sé qué pasará mañana, porque yo también caeré en trance, no preparé nada ni sé en qué me metí”, había dicho ayer–, compruebas que está en permanente evolución. Porque la idea de la salida marítima se fue repitiendo desde la conferencia de prensa del lunes en la mañana en el restaurant Bambú, y evolucionando. Al principio era –para no quitar la frontera con Perú– creando un puente entre Bolivia y el mar. Ahora, era también un túnel. “Así no tenemos un ganador y un perdedor, sino dos ganadores. Le daríamos un ejemplo al mundo”, dijo recibiendo el aplauso de gente como Felipe Lamarca, Carlos Cardoen y Héctor Soto, participantes del evento.

Porque Jodorowsky es pop. Porque donde todos ven una pieza negra, él encuentra un gato con cinco patas. Porque en un evento centrado en el poder de la creatividad al servicio del éxito empresarial, un poquito de espíritu hacía falta. Y él, algo sabe del tema. A Matías del Río, el presentador, no le quedó otra que invitar al público a hacer las preguntas en la última parte del encuentro. Todos corren a que les firme sus libros, a escuchar una palabra, a saludarlo. Cuando subieron al escenario Jaime de Aguirre, Cardoen y Coco Legrand, el gurú seguía firmando.

Todos querían escuchar a Jodorowsky. Por eso, todas las preguntas recayeron en él. Alguien le pregunta a De Aguirre por qué no le dan un espacio de 30 minutos en Chilevisión. Él responde, muy orgulloso de su honestidad: “30 minutos es imposible. Pero me comprometo públicamente a hablar del tema con él a la salida”. Jodorowsky no dice nada, pero sonríe. Una señora habla sobre el amor de Dios: “Soy una loca, pero de locura divina”, dice muy convencida. Pero algo le pasa al autor de “El topo” y les dice a todos: “No soy comunista ni cristiano. Soy simplemente un ser humano que se pregunta qué vamos a hacer con los pobres”. Y eleva la voz, tratando de decir que es muy bonito ser creativo en una empresa, pero ¿y la gente que no pudo entrar en este juego?

Luego, todos –equipo de “CQC” incluido– corren al salón donde va a firmar sus libros. ¿Habrán entendido algo?

SÓLO SOCIOS. Miércoles en la mañana. Café Literario de Providencia. “Es tan bonito él. Estoy contenta. Conseguí mi objetivo”. Gloria pone cara de iluminada y se aleja. El resto de la gente que no pudo pagar espera en la entrada. Desde ahí se ve el movimiento de los organizadores, a Jodorowsky entrando en la sala, el puestito con sus libros y la puerta, que finalmente queda abierta. Adentro, los afortunados “Jodorowskytos” –mucho pelo largo, blusas hippies, mujer adulta mística– le contarán sus problemas: mala suerte en el amor, enfermedad de la piel, un trabajo que no prospera, una suegra de temer. Y él, seguramente, lo hará sentir la persona más importante del universo y le leerá el tarot o lo invitará a algún acto sicomágico, como cuando aconsejó a una persona a sembrar moneditas de oro porque solamente haciendo eso podría cosechar dinero.

Un par de chicas logran entrar y cuando están a punto de ingresar al taller la organización las saca. Debieron conformarse con ver al maestro de lejos e imaginar qué cosas les estará diciendo a los asistentes. Es que ellas no le prestaron mucha atención al cartel que decía sólo socios. Distinción que ningún acto sicomágico puede soslayar.

Coitus interruptus

por Martín Huerta

La editorial Random House Mondadori organizó un ordenado encuentro proletario con Alejandro Jodorowsky en el otrora barrio bravo de Matucana, lugar donde el artista iconoclasta vivió parte de su juventud en los tiempos de la gran bohemia.

En el 908 de esa avenida, sus padres eran propietarios de la tienda El Combate, donde según la poeta Stella Díaz Varín, “La Colorina”, vendían calzones color calzón.

Hasta ahí, todo santo y bueno.

Durante una comida en casa de Fernán Meza, junto a los escritores José Miguel Varas y Poli Délano, recordábamos la vida cultural en las décadas del ’40 al ’60. Nos aparecía el recuerdo cuando Jodorowsky, junto a Julio Escámez, convivían en un galpón en calle Villavicencio; en el sector llamado “el triángulo de las Bermudas”. En el altillo de la estructura pintaba y dormía Julio y ensayaba el grupo de los Mimos de Noisvander. La seriedad de Escámez y la vida estrambótica de Alejandro eran una paradoja que ningún sicólogo de esos tiempos podría explicar.

Cierto día, su padre, de origen judío ucraniano, y Sarah, su madre, llegaron al galpón gritando en su media lengua judía ucraniana española: ¡Alejandro, Alejandro, estamos “robinados*”…! ¡Se quemó “nigocio”, se quemó casa, ¡Estamos “robinados”.

–¿Qué pasó? –saltó Alejandro

–Estamos “robinados” ¡Se quemó casa, se quemó “nigocio”!

–¿Todo, papá?

–Sí, hijo…Todo.

Y Alejandro se lamenta: “¿Oh, mis escritos, mis apuntes!”.

Así de relajado era el muchacho.

Ahora, en el 2006, Alejandro ha venido a visitar “Shile”.

Arrastra su bien ganada fama y las glorias de su acierto. Cientos acudimos a esa cita popular. Allí apareció Jodoroswky, se encaramó en el escenario y comenzó una letanía acerca de la vida, la felicidad, la muerte, la vagina, el tarot, el amor, el pene…

Todo demasiado estructurado para mi gusto, casi mesiánico.

La cosa que hasta ese instante había sido coloquial y casi simpática, se tornó insoportable cuando invitó a Gabriela, según él, su alumna más aventajada, a subir al proscenio. La mujer no pronunció palabra, rió sonsamente y bajó. Luego, Gabriela se hizo cargo de ubicar a las personas que querían dialogar con el gurú. Ahí, la prepotencia de la alumna se hizo infinita y lo echó todo a perder. Lamentablemente, era el inevitable cerco de púas en torno a Jodorowsky. Al cabo de dos horas, caminamos por Matucana abajo rumiando nuestro “coitus interruptus” con el gurú.

* “Robinados”, según entendidos, significa arruinados.

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