Alvaro Henríquez y el regreso de Los Tres

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 8 July 2006 | 0 Comments

Grandes éxitos

Sus canciones no se tararean, se cantan de memoria. Álvaro Henríquez es el compositor más exitoso de los últimos quince años de rock nacional. Ahora volvió a juntar a Los Tres, sacó nuevo disco y viene por el título de “jefe de jefes”. Acá la historia de todos, cantada por Los Tres, éxito tras éxito, canción a canción.

por  J.C. Ramírez Figueroa (en colaboración con Marcelo Ibañez) para Zona de Contacto, 8 de julio 2006.


JEFE DE JEFES. Álvaro Henríquez llegó a Santiago como un pollo que quería convertirse en gallo. Dieciocho años, flaco y desconocido, Henríquez salió de Pedro de Valdivia, localidad cercana a Chiguayante, como el hijo de un juez que quería ser Lennon; dejó un barrio que limitaba con el psiquiátrico, la cárcel y un sitio eriazo donde se instalaba el circo, para llegar a cantar en corral ajeno.

Henríquez abandonó el primer semestre de música en la U. de Conce y despertó en los años 50s, vistiendo la trajeada elegancia del arrabal populachero. Y lo hizo tocando foxtrots y cuecas en la casa de remolienda más famosa de Chile: la de La Negra Ester en su versión teatrera.

Dieciocho años después, Álvaro Henríquez es el gallo que cacarea con más fuerza. Disco tras disco, hit tras hit, grupo tras grupo, Henríquez se convirtió en el compositor más importante en la música popular chilena de los últimos quince años. Sus canciones no se tararean, se cantan de memoria.

Aprendiz del mejor Maestro Yoda que pudo tener (Roberto Parra), Henríquez supo derrotar el lado oscuro de la cueca: esas historias de huasos con espuelas de plata, la costumbrista pintura del terrateniente tirado a roto, que por tantos años estuvimos obligados a oír. Henríquez recuperó una tradición no registrada, olvidada pero viva: el jazz huachaca, la cueca carcelaria y bluesera, el foxtrot alegre de las casas de remolienda. Y lo hizo ahí, en MTV.

Henríquez y Los Tres volvieron pop lo popular. Fueron “kitsch” antes que Rojo Vip, pero por sobre todo, le devolvieron al país una parte de su identidad. Con el tiempo, mezclar a Los Ángeles Negros con Franz Ferdinand o Violeta Parra con Radiohead, se convirtió en el sello de lo más interesante del rock chileno reciente, desde Los Bunkers a Gepe.

El país, la gran mayoría de él, eligió a Los Tres como la banda de rock chileno más importante post Prisioneros. Y que sean Los Tres y no La Ley, es algo que nos define.

EL Liguria VIP. Los Tres son pop, más que populares. Para hacerlo más gráfico: si Mauricio Redolés toca en La Piojera, Henríquez lo hace en El VIP del Liguria. Si Redoles es la izquierda extraparlamentaria, Henríquez es la Concertación. Él tiene el poder.

En su feudo personal, Henríquez parece moverse como un capo comiendo ravioles en El Ligura, el mismo bar donde, se cuenta, tienen prohibida la entrada algunos ex miembros de Pettinellis por problemas personales con el “jefe”.

Los Tres eran cuatro, pero sólo Henríquez y Titae aparecen componiendo las canciones. Ángel Parra siempre quiso participar (lo hace en dos temas del nuevo disco), pero nunca lo dejaron. A pesar de ello, cuando uno piensa en el particular sonido de Los Tres, siempre lo hace recordando sus inigualables guitarras

Así parece ser el líder de Los Tres: un talento con su genio particular, un Soprano, el capo de la pandilla. “Muchos pollos que apenas nacieron/ ya se quieren pelear con el gallo/ si pudieran estar a mi altura/ pues tendrían que pasar muchos años/ y no pienso dejarles el puesto”, se canta a sí mismo en “Jefe de jefes”, el narcocorrido que reversionó en su disco solista de 2004.

La canción de Los Tigres del Norte es el propio “Sigo siendo el rey” de Henríquez. Y el rey ha vuelto con “Hágalo usted mismo” (06). Acá, una revisión de su carrera, éxito tras éxito, disco a disco (y el cómo cambiamos en el camino).

Cuando Los Tres dejaron de ser Los Tres, 1993. “Nos vemos en el infierno, lleva bronceador”. Es cuestión de hacer memoria., o poner “Se Remata el Siglo” (93), su segundo disco, mientras miras las fotos de adentro.

En 1993 Álvaro Henríquez era joven, inexperto y con ganas de ser famoso. Su meta era entrar al Olimpo de la música popular, y en ningún caso se conformaría con ser un secreto a voces entre universitarios avispados. El precio que tuvo que pagar fue grabar un disco que no sonaba como la banda quería, y ser marketeados como “la respuesta chilena al grunge”.

Los Tres vestían bermudas, camisas floreadas y se veían como si llevaran puesto ropa ajena. Había riffs tipo AC/DC, punteos metaleros con olor a laca glam y una canción donde Henríquez cantaba en inglés (dos, si contamos el bonus de la versión en cd). La elegancia jazzy de “Flores secas”, “Amor violento” o la urgencia avasalladora de “La primera vez”, acá no aparecen por ninguna parte.

Para entonces, la banda estaba pasando a las ligas mayores de un sello multinacional y aprendiendo en el camino. En “La última canción”, la biografía que iba a ser oficial, y que posteriormente fue desautorizada (pero jamás desmentida) por Los Tres, Ángel Parra asegura que “es el peor disco de todos”. Cuenta que en el estudio dejaban las guitarras sonando de una manera, y que cuando volvían, estaba todo cambiado. Y responsabiliza del sonido final, al productor musical que les puso el sello: el argentino Mario Breuer (GIT, Enanitos Verdes, entre tantos otros).

“Se Remata el Siglo” (disco que fue remasterizado para un box set) recuerda a los discos del rock pop latino ochentero, con esa estética sonora “brillante” que uniforma todo lo que aspira a ser radial. Un sonido completamente opuesto a la calidez de su impresionante debut, “Los Tres” (91), un disco que te hace sentir a centímetros de los instrumentos.

“Se remata el siglo” es el momento más “faústico” en la carrera de Los Tres, el momento en que debieron transar para seguir avanzando. El disco vendió bastante bien, convirtiéndolos en la banda de moda, con pósters en TV Grama y tocatas en el Seriatutix del Negro Piñera.

Dos años después, Los Tres tendrían su venganza.

La Espada y la pared, 1995. “Que no se te olvide acordarte que me tienes que olvidar”. Chao bermudas, hola terno. Para el 95 Los Tres habían logrado ganar admiración y respeto gracias a un disco debut espléndido, pero desconocido, y la popularidad con un segundo disco efectivo pero mediocre. “La espada y la pared” fue un disco que hizo crecer la popularidad de la banda, en sus propios términos musicales.

Regresan las guitarras acústicas y las melodías de quinta de recreo, esas que Henríquez aprendió en su trabajo con La Regia Orquesta de La Negra Ester. Aparecen los guitarrazos trémulos y slides de Ángel Parra, se mantienen sus inolvidables solos, revive el contrabajo. Todo eso mezclado con mucho funk y soul versión Tres.

“Déjate caer”, “La espada y la pared”, “Hojas de té”, “Me rompió el corazón” o “Te desheredo” ya no es rock ni pop. Es otra cosa. Es música Los Tres. “Un concepto cazuela donde echas a la olla todo lo que ves”, según Henríquez.

Con el disco además, adelantan el kitsh nacional (“Tú cariño se me va” de Buddy Richard fue el primer single), y comienzan a ganar fama afuera: se hacen amigos de Café Tacuba, Fito Páez los invita a abrir un show suyo en River, y MTV los llama para grabar un unplugged en Miami.

Henríquez reconoce que cuando canta estas canciones se le paran los pelos siempre. Su pelo rojo en el video de “Déjate caer” -un homenaje a Carcuro, según él- era lo último que quedaba del look “grunge”. Ahora eran, ni más ni menos, que Los Tres de terno y corbata. Ya estaban listos para hacer historia.

La cueca larga, septiembre de 1995. “Qué tal, festival”. Las verdaderas cuecas las conocimos por MTV. Era septiembre de 1995 y en los estudios de Miami, Álvaro Henríquez se vistió de militar raso para dedicar “La primera vez”, a los dictadores, todos esos mal bichos que han llenado el mundo con sus “martes de horror”. Pinochet aún era Comandante en Jefe del Ejército, y todos en el estudio de MTV aplaudieron. Los mismos que no entendieron muy bien el chiste, cuando Henríquez partió el ”Unplugged” (95) saludando con un “qué tal, festival”.

Los Tres se peinaron. Interpretaron todos sus grandes éxitos, y la guitarra jazzera de Ángel Parra se lució. Incluso se despacharon un inédito que ahora es clásico: “Traje desastre”. Aunque para los chilenos no era sorpresa enterarnos los secos que eran, igual daba orgullo verlos ahí, dando clases de cueca en MTV.

Muchos aprendimos así, que nuestro baile nacional podía contar historias urbanas,y no sólo retratar paisajes campestres de postal lejana. Con las cuecas choras, el rock chileno había encontrado su blues.

Los Tres ahora eran una banda que conocían todos: niños, micreros, abuelos. El disco vendió más de 150 mil copias, y se aseguraba un sitio en nuestra memoria colectiva. Como dijo Henríquez sobre “Quien es la que viene ahí”: “la cantaron hasta los pacos”.

Después vendrían La Yein Fonda y el disco “Peineta” (98). “Antes con Roberto Parra tocábamos el jazz huachaca y le gustaba a los puros viejos. Pero había que imponerlo a la juventud y Alvarito hizo eso”, decía Don Lalo Parra en la presentación de ese disco.

Tocando fondo, tocando techo. 1997. “Volar en mil pedazos y ser feliz, todo lo que miras se vuelve gris”. Y de repente, “Bolsa de Mareo” de single. Todos desconcertados: guitarras espesas, coro difícil de memorizar, quiebres furiosos, ruido. Estos eran Los Tres rockeando con rabia y dolor.

Acá no hay cuecas, coros pegajosos, ni canciones fáciles de recordar a la primera oída (a excepción de “La torre de Babel” y quizás, “Olor a gas”). Acá hay rabia, amargura y cinismo, condensado en el vals de “Fealdad”, el rock stoner de “Libreta” o la tristeza solitaria de “Me arrendé”.

Gran parte del público dijo “fome”, el disco no vendió bien en comparación con el mega hit del “Unplugged”, la prensa criticó a la banda por no capitalizar ese éxito, y gente como Jorge González y Café Tacuba calificaron a “Fome” (97), como uno de los mejores discos de la historia del rock en español.

“Fome” es rocker, muy rocker, la amarga foto de una banda que se empieza a odiar. Y la clave para leerlo se conoció después, cuando salió a la luz pública el lío de Javiera Parra. Henríquez tenía su Yoko Ono.

Es difícil imaginar cómo algo tan bueno nació en las sesiones de un tipo tocando con los amigos que lo traicionaron con su novia. La herida aún respiraba y “Fome” fue mucho más que un desahogo: fue el salvavidas en medio de la noche ártica, una colección de canciones capaces de detener el tiempo. Henríquez emergiendo rabioso para grabar la caída del amor y la amistad en tiempo real.

Independiente de este dato extra musical, el disco es una tremenda joya.

Volver a empezar, 1999. “Hago lo mejor, para no ser el que era”. “La Sangre en el cuerpo” (99) retoma musicalmente el camino iniciado definitivamente en “La espada y la pared”, después del urgente paréntesis emocional que fue “Fome”.

“La sangre…” además documenta el fallido intento de Los Tres por conquistar México, país donde “Fome” fue muy bien recibido por el publico universitario.

Después de tanto esfuerzo y éxito, para Henríquez resultaba una lata volver a contestar las mismas preguntas, aperrar en giras sin hoteles cinco estrellas y dejar su status de rockstar. Era demasiado exitoso en Chile, y no lo suficientemente joven, como para volver a empezar de cero.

En el disco hay canciones buenísimas como “La feria verdadera”, “Agua fría”, “Morir de viejo” o “No me falles”. Para algunos, es el disco más delicado de Los Tres, el refinamiento mejor logrado de su estilo. Para otros más sordos, sus mejores canciones no logran sostener una obra que es “más de lo mismo”.

Sea cual sea la opinión del oyente, en este disco ya se oyen esos órganos a lo Ángeles Negros en ácido, que serían el nuevo sello de Henríquez. Ese que por la disolución de Los Tres el 2000, conocimos en el disco de Los Pettinellis.

Seis años después, todo pasó muy rápido: la reunión, grabar “Hágalo usted mismo”, lograr disco de oro en una semana y agotar dos shows en otra. Los Tres estaban de vuelta. Habrá que ver si Henríquez seguirá levantando el título de “jefe de jefes”. Las expectativas son altas.

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