Chary García por Sergio Marchi: “Está reconstruyendo su mito”

Archivo Periodístico,Entrevistas,La Nación 17 December 2007 | 0 Comments

“No digas nada”, su actualizada biografía recién fue lanzada en Chile. Su autor, un periodista de rock que llegó a tocar con su banda, explica las tesis y estupideces del cantante, como tirarle un vaso a Björk.

Por Juan Carlos Ramírez Figueroa para La Nación, 17 de diciembre 2007.

Sergio Marchi (44) es un periodista que parece fugado del film “Casi famosos”. A Charly García lo conoció en 1985, por casualidad, en la casa de Andrés Calamaro. Cruzaron palabras y chistes, para luego ir todos a un show de Fito Páez y Juan Carlos Baglietto. Más tarde resolvería esta insana relación prensa/rock cuando el mismo García lo invitara a las sesiones de “Parte de la religión”. El plan era hacer una entrevista para la radio Rock And Pop porteña.

“Interrumpió el ensayo por la mitad para la entrevista y él hizo la nota; tomó el grabador, indagó a sus músicos, les pidió que hicieran sonar algunos efectos para revelar trucos del show y además me ofreció que grabara directamente de la consola algunas cositas para que tuviera más material”, relata en “No digas nada” la biografía de Charly García (Sudamericana, 1997) cuya edición actualizada acaba de lanzarse en Chile.

De pronto, el baterista le dijo que iba a llamar a su novia y si quería podía reemplazarlo. Tras la aprobación de Charly agarró las baquetas y se embaló. “Charly parecía más sorprendido que yo”, dice, Tanto así que lo invitó a su gira, jornadas de ensayos y, claro, a acompañarlo en varios recitales. En algún momento hasta le diría: “Loco, ¡estuviste bárbaro! Desde ahora en adelante sólo voy a leer tus notas”.

NO SOY UN EXTRAÑO. “No es para tanto” -reconoce Marchi, quien actualmente hace clases de periodismo rock, tiene myspace y escribe para “La Mano”, al teléfono desde Buenos Aires-. “Toqué con él en algunos shows, pero creo que eso no me transforma en músico de Charly. A veces faltaba un baterista y entraba yo”.

Sin embargo, al leer su libro -bien documentado, rápido, repleto de anécdotas sabrosas- queda claro que Marchi fue más que un observador participante en la vida de García. “Esta semana lo vi en el lanzamiento del disco de Hilda Lizarazu, en el Opera. Y se portó extraordinariamente dulce. Leí lo que pasó en el cumpleaños del Negro Piñera, que no sé muy bien quien es, y me pareció un desastre, pero ¿a quien puede parecerle una buena idea invitarlo a tocar a una fiesta privada? El vaso que le lanzó a Bj rk también fue una estupidez. Arruinó el encuentro de dos mentes brillantes. Pero, ahora, estaba muy bien”

La primera parte de “No digas nada” narra la conocida historia del niño genio del piano que se encontró con “There s a Place” de Lennon-Mc Cartney (“me volví loco: pensaba que era música marciana. Música clásica de Marte”). Después comenzaría a caminar a dos pasos del suelo con Sui Generis al tiempo que escapaba del servicio militar fingiendo demencia al pasear a un soldado muerto en una silla de ruedas (“es que se veía muy pálido”). Tras aprender a sobrevolar con La Máquina de Hacer Pájaros y Seru Girán, en los años ochentas, logró instalar antenas en cada oyente de sus discos solistas, en cada oyente de sus discos solistas, cantándoles con su extraordinario piano rock lo que encontró ahí arriba.

MISTER HYDE. Después eligió la locura para defenderse de la inevitable caída. Como un drama griego con elementos judeocristianos, Charly se extravió en su personaje y, entonces, ensayó una nueva estrategia: el vampirismo.

“El problema es que a Charly lo forman él mismo junto al personaje que creó. Ambos viven en él. Como si tuviera un botón que enciende y apaga todo el tiempo. Pero no es un mal tipo. Es noble e incluso te podría decir que tiene valores sólidos. Pero es un Mister Hyde de sí mismo” piensa Marchi.

En esta segunda parte que comienza en 1997, vemos a un Charly que incorpora el mito de Drácula para defenderse. Incluso aparece relatado el supuesto pacto de sangre que hizo con Annie Lennox o el susto que le dio a Marilyn Manson cuando lo saludó muy relajado, con la misma cara del tenebroso video de “Influencia”.

“Charly ha generado un proceso de reconstrucción de su propio mito y a veces comete torpezas, pero otras te deja pensando. Como cuando se lanzó desde un noveno piso a la piscina del hotel. Eso fue porque la policía lo fue a buscar por un incidente con una chica, del que era inocente. Su salto terminó convirtiéndose, como él mismo explica, en una epopeya por la libertad”.

Y esta teoría se sustenta, cuando Charly deja de fingir el malditismo como cuando murió Pappo y María Gabriela Epumer -su muy querida y talentosísima guitarrista- y él no podía contener las lágrimas en el funeral. O cuando vio a Pete Townshend -de los Who- en Texas junto Andrew Oldham el histórico ex manager de los Stones con quien grababa su nuevo disco, el demorado “Kill Gil”. Mientras el ruidoso Who cantaba “deja que el amor abra la puerta de tu corazón” Charly se desmayó. Era la música que escuchaba de adolescente. Le hicieron una transfusión de sangre. Cuando los doctores le preguntaron por qué tantos cortes en el brazo él cabro chico de Charly dijo: “es que estoy estudiando tatuaje por correspondencia”.

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