Jorge Edwards y el reventón del siglo
En un relato iniciático, el escritor retrata las noches de poesía, sexo, alcohol e incluso opio, protagonizada por sus amigos. Edwards presentó ayer su libro junto al colombiano Fernando Quiroz, finalista del premio que ganó el chileno.
Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación, 18 de junio 2008.

Jorge Edwards (1931) se sorprendió cuando una periodista española de veintitrés años le señaló que “La casa de Dostoievsky” (Planeta) era una novela para esta generación. “Puede ser. La escribí como la historia de mis amigos, de las lecturas de poesía en el Parque Forestal, de mi propia experiencia en París y Cuba”, dice el escritor, mirando hacia el horizonte desde su amplio departamento frente al Santa Lucía.
Lo cierto es que el libro, ganador del Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2008, tiene mucho de iniciación. Comienza con un delirante grupo de universitarios en el Santiago de fines de los cuarenta, que intentan escribir poemas que ericen los pelos. Entre lecturas de Rimbaud, Sartre o T. S. Eliot, conversaciones regadas hasta las cinco de la mañana en Il Bosco o La Unión Chica, sorprendentes fumaderos de opio (“Efectivamente había uno en el centro, aunque en la novela ficcioné la ubicación”, se ríe) y descubrimientos sexuales, comienza a destacar la figura del enigmático protagonista, bautizado como El Poeta.
“Es y no es Enrique Lihn”, explica Edwards. “Yo era amigo de Jodorowsky y de él, aunque terminaron peleados. Estuvo en París, como el protagonista del libro, pero la parte de Cuba, donde se involucra en el Caso Padilla, es invención mía”.
Esta primera parte se llama “La espalda de Teresita”, debido a una memorable fiesta en la Escuela de Danza, que terminó con los botones del traje de la muchacha destruidos por los intentos eróticos de El Poeta. “Así era nuestro carrete”, dice Edwards. Tanto como las camisas con restos de sal. “Era normal verlas en los bares, porque alguien había asegurado que borraban las manchas de vino”.
Sin embargo lo que comienza como un relato coral -incluyendo al Chico Adriazola y Eduardito Villaseca, también amigos de Edwards y ficcionados, desesperados por volverse escritores- se centra en El Poeta, desde que abandona su destartalada pieza (bautizada con el nombre que da título al libro), se refugia donde Nicanor Parra (acá se llama Antipoeta), se marcha a París y luego a Cuba (“de tránsito”) y finalmente regresa al Santiago infernal de la dictadura (“La ciudad del pingüino”).
“Eso es lo importante de las novelas, que los acontecimientos arrastren a sus personajes y los hagan crecer. No sé si los nuevos escritores hayan leído tanto. De repente aparece un funcionario de gobierno que te dice que además de economista, también tiene una novelita. Desde el primer párrafo es evidente que ni siquiera sabe manejar las palabras”.
Edwards además adelantó que tiene un libro de cuentos “casi terminado” y que se plantea escribir “algún tomo de memorias muy remotas de su infancia, adolescencia y primera juventud”, cuando conoció a importantes personalidades de la vida política nacional.

