Cristianismo y Rock

Uncategorized 4 April 2010 | 0 Comments

El rock está obsesionado con la religión más de lo que se cree. Específicamente con el cristianismo. Desde la influencia gospel en Elvis hasta la vocación hímnica de U2, pasando por la oscuridad del metal o la crítica del punk, la figura de Cristo, aunque ha inspirado más dudas que certezas, raras veces ha sido vista desde un ateísmo militante.

Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 4 de abril 2010.

“Muchos sacerdotes católicos venían a nuestros shows. Y conversábamos. Deberían cantar el Evangelio, les decíamos. Eso atraería a los jóvenes. Dénle más vida al asunto… Estábamos convencidos de que la Iglesia debería cambiar”.

Así recuerda Paul Mc Cartney, en la biografía “Anthology” (2000), cómo surgió el tema del cristianismo en la famosa entrevista de 1966. Ésa donde John Lennon declaraba que Los Beatles eran más populares que Cristo. “En realidad éramos muy pro Iglesia… Él intentaba decir algo en lo que todos creíamos: no están insistiendo lo suficiente en Jesucristo, deberían hacer algo más al respecto”.

El cristianismo ha sido una obsesión en el rock. Como si el sexo, drogas y rock & roll fueran una cáscara para ocultar una búsqueda espiritual desesperada.

“Hay dos opciones”, decía Bono en una entrevista de 2005. “O Jesucristo estaba loco o realmente es el Hijo de Dios. La idea de que el curso entero de la civilización en la mitad del globo haya cambiado su destino a causa de un loco, para mí es exagerado”.

VERBO, NO SUSTANTIVO

“No, no creo en nada. Muéstrenme algo en qué creer y conversamos”, decía Bob Dylan durante su gira por Inglaterra de 1965. Ya había logrado el éxito con “Blowin’in the wind” justamente basada en un himno cristiano y sus discos estaban llenos de citas de la Torá judía, es decir el Antiguo Testamento. En 1979 terminaría predicando La Palabra ante sus desconcertados fans.

Tanto el rock and roll como el folk que influyeron en la generación de Dylan se emparentaban con el cristianismo. El primero tenía una importante base del gospel (literalmente: “Evangelios”) cantados en las iglesias afroamericanas. El segundo estaba bajo la influencia lírica y musical protestante propia del interior de los Estados Unidos. Por eso no extraña que Elvis grabara discos bíblicos (y que llamara de madrugada a su pastor pidiendo consejos) o que el rocker Little Richard se volviera ministro. Tampoco que los Byrds sacaran una bella adaptación del Eclesiastés, original de Pete Seeger (“Turn!, Turn!, Turn!”, 1965).

Cuatro años después lanzarían: “Jesús is just allright”, adelantándose, por cierto, a años luz de lo que intentó hacer Arjona, en “Jesús verbo, no sustantivo”.

En California, Brian Wilson, de Los Beach Boys, hacía que su banda rezara antes de componer y grabar. De esas sesiones surgirían piezas sublimes como “God only knows” (1966). ¿Es éste un mundo cristiano?, se preguntaban Los Rolling Stones en “Simpathy for the devil” (1968). Una canción generalmente malinterpretada donde Mick Jagger teatraliza la dualidad demonio-hombre como causante de la traición de Judas, el holocausto y el asesinato de Kennedy. George Harrison en 1971 llegaría al número uno con “My sweet lord”, un auténtico himno donde le cantaba al Dios -cristiano e hindú. En esa misma época, Big Star, la banda del recientemente fallecido Alex Chilton, compondría “Jesus Christ”.

SALVACIÓN

El rock ha visto al cristianismo con más dudas que certezas. Pero nunca desde un ateísmo militante. Basta volver a la opera rock “Jesucristo Superstar” (1970). Allí, la dupla Tim Rice y Andrew Lloyd Webber muestran a un Cristo cansado y sin poderes. Algo así como su imagen “laica”. De hecho, Judas es mucho más importante y el Mesías es más bien un líder político ligado a la contracultura de los sesenta. Sin embargo, hacia el final, después de su espantosa crucifixión (con unas percusiones y sonidos electrónicos desesperantes), la música queda inconclusa. Como si realmente no fuera solamente un revolucionario que muere crucificado. Como sugiriendo la posibilidad anunciada en la Biblia.

Paralelamente comienza a gestarse el “rock cristiano” como género en Estados Unidos. Sin embargo, sus músicos son mas bien “versiones cristianizadas” (es decir con letras exclusivamente de alabanzas) de la música que suena en las radios. Aunque bandas como Stryper (versión del hair metal ochentero), Sixpence none the richer (versión indie pop) o P.O.D. (versión del niü metal) terminarían siendo masivas.

Por otro lado, en el indie actual hay varios ejemplos notables: los suecos de Club 8 (“Jesus, walk with me”, 2008), las referencias bíblicas de Arcade Fire o, sobre todo, enterarse que el lider de Belle and Sebastian, Stuart Murdoch participa en la pastoral juvenil de Glasgow. Tan curioso como conocer las conversiones de Alice Cooper o Dave Mustaine de Megadeth. “¿Qué hacen escuchando a Kiss? Yo vengo a hablarles del único que puede salvarlos. Vengo a hablarles de Jesucristo”, decía en 1979 antes de tocar prácticamente integró sus nuevas canciones. Dylan, acorralado por los periodistas decía que creía que Cristo era el hijo de Dios y que si se hubiera hecho hindú lo hubieran jodido menos. También explicaba, casi didácticamente para molestar a los desconfiados, que “Él me dijo: Bob, por qué te me estás escapando…”.

Su trilogía cristiana, especialmente “Slow train coming” (1979), estaba muy lejos de la beatería y la obviedad. Había ironía, citas a Nixon o Kissinger, críticas a Estados Unidos y la declaración que, aunque todos lo traten de loco, él tiene la certeza de Dios (“I believe in you”). Luego volvería al judaísmo, aunque es difícil olvidar su rostro emocionado cuando cantó ante Juan Pablo II en Bolonia en 1997. En una entrevista reciente dijo: “Sigo siendo un hombre de fe. Aunque tengo claro que ser creyente no es algo para todo el mundo”.

REZANDO POR UN HIT

“Lamento informar que Américo no es “cristiano” y su postura religiosa no la ventila públicamente. Gracias por el interés”. Respondió Meliton Vera, mánager de Américo, por mail. Tamaña reacción refleja perfecto la relación de la música tropical y el cristianismo. Porque no es lo mismo ser un “músico cristiano” que hacer “música cristiana”. Si bien algunos integrantes de La Noche o reggaetoneros como Tito El Bambino hablen de Cristo, están lejos de la música cristiana. La división evangélica entre música “secular” y música “cristiana” es brutal. Si no es música de adoración, no es música cristiana como se explica en los foros dedicados a la gigante escena cristiana. Aunque sus agrupaciones sean -tal como en el rock- “versiones cristianizadas” de la música comercial. Postura muy diferente al catolicismo que nunca rechazó oficialmente el rock: “Revolver” de Los Beatles fue elegido recientemente por la prensa vaticana como el mejor disco de la historia. LCD

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Rolling Stones, la película

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 11 June 2008 | 0 Comments

Se estrena en Chile la comentada colaboración entre Scorsese y los Rolling Stones: Shine A Light. El “documental”, que en realidad no es más que un estupendo recital en vivo. El mismo que deja en claro que si el rock de estadios sigue un guión, los Stones fueron los primeros en escribirlo. Porque no sólo son la banda más longeva de la historia: crearon las mega giras y encarnaron a la perfección un mito. Acá, la historia en cuatro actos de cómo lo hicieron.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Zona de Contacto, 11 de junio 2008.

SO GANGSTA. “Jumpin’ Jack Flash” (1968) acompañando a Robert de Niro en la iniciática Mean Streets(1973) o “Gimmie Shelter” (1969) por partida doble: en la intro de The Departed(06) y coronando los excesos tóxicos de Ray Liotta en Goodfellas(1990).

Dos canciones escritas por los Stones en su etapa más mafiosa, la época en que expulsaron a su propio fundador y guitarrista Brian Jones (1969), que apareció muerto en su piscina un mes después. Un momento clásico del rockandroll que varios artículoscalificaron como asesinato premeditado.

Dos años antes Jones, Jagger y Richards habían sido encarcelados por posesión de marihuana y eran el demonio rockandrollero que azotaba al mundo. Y ellos golpeaban de vuelta titulando su disco como “déjalos sangrar”, Let it Bleed (69), en abierta burla a los peleados Beatles del Let it Be (disco “póstumo” de los fab four grabado ese año, pero editado al siguiente).

El mismo año en que los Stones dieron un concierto gratuito en Altamont, San Francisco, para presentar aquel disco, y donde un fan terminó asesinado por los motoqueros Hell’s Angels encargados de la seguridad.

No es de extrañar entonces, que la elegancia gangsteril de los Rolling Stones de aquella época fascinara tanto a Martin Scorsese.

“Cuando era estudiante, yo daba vueltas alrededor de la música de los Stones. Los escuchaba e imaginaba escenas de cine. Y esas canciones me inspiraron para hacerlo… En mi cabeza hice esta película hace cuarenta años. Simplemente sucedió que recién pude filmarla ahora”, declaró “Marty” (como le dicen sus amigos Jagger y Richards), durante el estreno de Shine a Light(08).

Ese es el “documental” -en rigor es el registro de dos shows realizados en el neoyorkino teatro Bacon en septiembre de 2006- que junta a dos leyendas, y que se estrena el jueves 19 de junio en cines chilenos.

No es una película, ni un documental. Aquí no hay arqueología rocker como lo hizo Scorsese con Bob Dylanen su celebrada No Direction Home(05). Shine a Light (08) está más cerca de The Last Waltz(1978), la sentida filmación que hizo del adiós de The Band o a su primer trabajo como asistente de dirección en Woodstock:Un escaneo a rostros, muecas y actitudes, que generalmente se ven desde lejos. O en una pantalla gigante.

Pero Shine a Light también es el registro de una banda que protagonizó la revolución y posterior estandarización del rock and roll. Una banda que no sólo no ha muerto, sino que ha dado con la fórmula para vivir entre el reviente y las giras siempre fastuosas, siempre energéticas, siempre predecibles, sin importar el disco que lancen. Igual que U2 o Kiss.

A continuación, cuatro razones para entender cómo el rock and roll pasó de ser una revolución cultural a un parque de diversiones: un lugar seguro pero aparentemente arriesgado, que no molesta nadie. Y todo eso lo hicieron primero los Stones.

COPIAR Y PEGAR. Los Stones son de una generación pobre, posterior a los bombardeos alemanes de la II Guerra. Por eso las letras y la moral del blues y r&b que escuchaban por onda corta, les resultaron más inspiradoras que los “teen idols” de la época como Paul Anka o Cliff Richards. Así se conocieron Mick Jagger y Keith Richards: con una colección de discos bajo el brazo.

Liderados en un comienzo por Brian Jones, los Stones fueron profundos investigadores de la raíz estadounidense, por algo ahora son los primeros en presentar sus respetos al fallecido Bo Didley.

Sus primeros tres discos —el homónimo de (1964), Rolling Stones 2 y Out of Our Heads, ambos del 65— son antológicas versiones del rock and roll, soul y blues urbano estadounidense.

En la sexualidad de “I’m just want to make love with you” (Willie Dixon) o “Walking the dog”(Rufus Thomas), la velocidad de “Carol” (Chuck Berry) o “Route 66″ (Bobby Trump) y el soul de “Good times” (Sam Cooke), están casi todas las claves del sonido Stone.

Una revolución seguida por The Animals, Small Faces, The Kinks y The Who, que sorprendió y enojó a los autores originales, que acusaban a los Stones de robarles todo.

Eso, hasta que recibieron el golpe de vuelta cuando Otis Redding sacó su cover para Satisfaction, una original de los Stones.

A continuación, Redding tocándola en vivo en 1966. Ojo con la cara de Jagger al final del video: no sabe dónde esconderse. Al final no le quedó otra que declarar “Ottis la toca mejor que nosotros”. Es que en esa época los Stones recién se sacaban el uniforme de chicos buenos.

Los increíbles Aftermath (1966) y Between the Buttons (1967) fueron sus primeros discos compuestos íntegramente con material propio ¡Y cómo tocaban! Pero volvamos atrás: Los Stones presentados por Dean Martin en 1964, haciendo una versión de “Not fade away”, canción popularizada por Buddy Holly.

EL ROCK ES UNA MARCA. Casi siempre detrás de una gran mega banda, hay un muy buen manager. El de los Stones era un veintiañero y ex publicista de los Beatles llamado Andrew Loog Oldham, que les ofreció llevarlos a la cima el 64 con un plan claro: definirse como la antítesis de los Beatles. “Si ellos eran Cristo, nosotros seríamos el Anticristo”, teorizó. Así nació la marca Stones.

“Más que una banda, son un estilo de vida”, fue el primer slogan que escribió para su debut homónimo del 64. Le siguieron otros como: “¿Dejaría a su hija salir con un Rolling Stone?” y “Madres: encierren a sus hijas en casa porque vienen los Rolling Stones”.

Para cerrar la operación Oldham se reunió con Brian Epstein, manager de los fab four, y juntos acordaron planificar los lanzamientos de singles y discos de ambas bandas. Incluso los Beatles les dieron una canción: “I wanna be your man”, un año antes que Oldham encerrara en el baño a los Stones, para obligarlos a componer una canción propia.

Aunque Richards y Jagger señalen que no fue “exactamente así”, lo cierto es que el resultado a la salida del baño fue “As tears go by” (1964)

Durante la primera mitad de los 60s, mientras los de Liverpool sonaban limpios y disciplinados, los Stones eran sucios y salvajes. Todo eso se puede apreciar en este videocomparativo de “I wanna be your man”, tocada por ambas bandas.

Hasta que los Beatles se separaron, los Stones no dejaron de ser una respuesta a Lennon y McCartney. Sólo un par de ejemplos: cuando los Beatles sacaron Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band (67), los Stones editaron Their Satanic Majesties Request. Tras “All you need is love”,ellos lanzaron “We love you”. Y la lista sigue.

“Me gustaría listar todo lo que hicimos, contra todo que hicieron los Stones dos meses después”, diría un furioso Lennon en la famosa Rolling Stone Interview de octubre de 1970, cuya versión grabada la estrenó la BBC el 2005. Para oírla, acá.

Sexuales, malvados, rudos, viciosos y feos, parece que los Stones nunca se separaron sólo para seguir llevándoles la contra. A continuación dos clásicos videos del Rock & Roll Circus (1968). Primero tocando “Jumping Jack Flash”, para una audiencia top que incluía a Lennon y Yoko Ono.

PROTAGONIZAR EL MITO. Los Stones se adueñaron del concepto “rock and roll” completo, al convertirse en su mejor sinónimo.

Asesinatos, arrestos, drogas, supermodelos y muchos, muchos clásicos, cruzan su trayectoria. Una asociación de sexo, drogas y rock and roll que se convirtió en marca registrada, y que ha logrado resistir desde el punk que asoló Londres al “rock alternativo” noventero. Un grupo cuyos integrantes tienen más de sesenta años y que a pesar de su salvajismo, siguen de pie y llenando estadios.

Lo hicieron conjugando la calidad musical con el mito. Tenemos por una parte indiscutibles momentos de perfección rockera, como esa panorámica del pop psicodélico y beat inglés Between the Buttons (1967), el incendiario Beggars Banquet (1968, considerado por muchos, el mejor disco de los Stones) o el fundacional doble Exile On Main Street (1972) que sintetizó riffs, tres tonos y rock desesperado.

Esa forma de tocar estaba unida tanto en letras como sonido, al mito fundacional del rock. Y en los Stones siempre hubo perfectos protagonistas para encarnarlo: Richards el reviente. Jagger el sex symbol. Watts, el intelectual que iguala al sucio rock, con las expresiones artísticas más clásicas de la humanidad.

Las aventuras de los Stones se cuentan por cientos. Del libertinaje salvaje de las noches blancas de Keith Richards (64 años), quien siempre tenía una cajita con cocaína al alcance de la mano mientras grababa Exile… en París -en el mismo estudio que usó Deep Purple para registrar el himno del heavy metal “Smoke on the water”- a declarar que se jaló las cenizas de su padre, sólo hay casi cuatro décadas de distancia.

Mick Jagger (64 años) partió quitándole la novia a Keith (la italiana Anita Pallenberg, quien a su vez fue esposa de Jones) y ahora tiene siete hijos reconocidos de cuatro supermodelos (su novia actual es L’Wren Scout).

Nótese lo bajito de Mick, cosa que sorprende a todo el mundo, en esta foto.

Y Charlie Watts (67), el baterista que quería ser pintor, pero que renunció a ello por no tener talento. El único atormentado del grupo, el mismo que arma y desarma grupos de jazz para tributar a Charlie Parker y apoyó las “acciones de arte” del grupo como incluir una foto de un baño público(Beggars Banquet, 1968) o un cierre diseñado por Warhol(Sticky Fingers, 1971).

Todo eso se ve en Shine a Light: Un mega energético Jagger perreando con una entregada Christina Aguilera. Un muy pero muy carreteado Keith Richards mirando de reojo, haciendo chistes picantes y fumando como carretonero.

La diferencia de estilos de vida se nota: aunque seis meses mayor que Richards, en el escenario Jagger parece su nieto.

Watts haciendo gala de un sentido del humor parco, potenciando las canciones con la misma precisión de Ringo. Y la solidez de Ron Wood (que venía de los Faces de Rod Stewart), el guitarrista que se quedó en los Stones casi por casting a partir del 73-74.

Un “estilo de vida” que comenzó a suavizarse tras las internaciones de Richards y la vida sana publicitada por Jagger. Aunque en el imaginario, los Stones siempre serán salvajes y drogadictos.

Los dejamos con dos clásicos con 16 años de diferencia. Primero “ (I can`t get no) Satisfaction”, en su famosa versión censurada durante una aparición de tele en 1965.

UN PARQUE TEMÁTICO STONE. Los Rolling Stones fueron los primeros en tomar conciencia que el dinero estaba en los shows en vivo. Mientras los Beatles experimentaban en el estudio, ellos organizaban giras cada vez más monumentales. Si bien entre el 67-69 se tomaron un relativo descanso por drogas, de ahí casi no pararon más.

Con el devenir de las décadas, pasaron del salvajismo a convertir los mega shows en una montaña rusa: arriesgados sólo en apariencia. Porque eso que llamamos “rock de estadios” comenzó a fundarse con los Stones, y terminó de definirse con Led Zeppelin, Kiss y Pink Floyd.

Desde experimentos como el show televisivo Rock & Roll Circus (1968), que salió recién treinta años después, porque estaban celosos de lo bien que tocó The Who, al histórico concierto de Altamont donde murió un fan en cámara asesinado por los Hell’s Angels —la pandilla de motociclistas que le hacían la seguridad a los Stones, como se puede ver en el imperdible documental Gimmie Shelter(70)— ellos definieron los megaconciertos.

A continuación, los Stones tocando “Sympathy for the Devil”, con Jagger parando el tema y pidiendo que los “hermanos y hermanas se calmen” antes de proseguir. Pero el diablo ya había metido la cola: la “seguridad” había acuchillado a un fan en las primeras filas, sin que la banda lo notara.

Precisamente esos incidentes marcarían sus posteriores mega giras: seguridad, luces, puesta en escena, amplificación, espectáculo masivo. El lenguaje del rock de estadios. El refugio más digno que encontraron los Stones.

Es que desde el Tatto You (1981), sus discos son poco más que souvenirs de gira, justificativos del despliegue técnico y las notas de prensa que anuncien que “no, no se separan, aunque esta podría ser la última gira” y promocionan cada disco como “el mejor desde los clásicos de los setentas”. Pero basta escuchar los singles, para darse cuenta que sólo son una excusa para justificar las giras mundiales.

De su última gira es Shine a Light. Un show presentado por Bill Clinton, que incluye a un tímido Jack White, una canchera Christina Aguilera y al blusero Buddy Guy, el único que obliga a la banda a salirse de la rutina de saltos, miradas y frases perfectamente estudiadas, que de tanto repetir ya forman parte de ellos.

A no confundirse con su campaña promocional: Shine a Light no es ni una película ni un documental, menos una biografía. Es un encuentro de amigos de alta calidad. Un imperdible para cualquier rollinga y/o amante de Scorsese.

Un “Marty” en su expresión más payasa, transmitiendo a la perfección el show ultra controlado, de la banda más longeva de la historia del rockandroll. Todo salpicado con breves, divertidas y reveladoras entrevistas de archivo.

Una filmación que deja en claro por una parte que el sexo es mejor que las drogas (cosa de comparar a Jagger con Richards), pero sobre todo, que si el rock de estadios sigue un guión, los Stones fueron los primeros en escribirlo.

Shine a Light se estrena en cines el 19 de junio.

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Jane Birkin: la mujer de los gemidos

Archivo Periodistico,Ensayos,Entrevistas,Musica 13 March 2008 | 0 Comments

Jane Birkin actuará este sábado en el Teatro Oriente, pero ojo, que no se ha quedado en el pasado, y tras colaborar con gente como Beth Orton, Franz Ferdinand y Manu Chau está tan potenciada como con sus amigos mods que protagonizaron Blow Up, cinta que con su polémico desnudo, la llevó a la fama.


Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 13 de marzo 2008.

Paul Weller, lider de The Jam y héroe del pop inglés, decía que bastaba ver una foto de los Beatles para entender los ’60. Que la ropa, peinado y sobretodo actitud podían sintetizar perfectamente el espíritu de una época. Lo mismo podría aplicarse a Jane Birkin, cantante inglesa pero residente en Francia que se presenta el 15 de marzo a las 21:00 en el Teatro Oriente de Providencia.

Minifalda, flequillo “modette” y una mirada de estar sumergida para siempre en 1968. El “año eje” para la contracultura del siglo pasado, donde en París “mayo duró doce meses”, en Inglaterra se disfrutaba de la colorida explosión del “Swinging London” y en California se vivía el “Verano del amor”.

“Una revolución sociocultural” -define Birkin dede París y luego, como el juego de asociaciones que hacen los que vivieron fuerte una época, comienza a enumerar: “Minifaldas baratas, Michael Caine, Twiggy, los Rolling Stones, los Beatles… claro que sería genial tener una máquina del tiempo y volver allá”, responde entusiasmada.

La influencia Birkin. Desde Bryan Ferry a Dominique A, desde Manu Chau a Jarvis Cocker (quien tocará la misma noche), todos los músicos que han colaborado con ella en Rendez vous (2004) y Fictions (2006), saben que ella es un ícono, aunque ella no responde cuando se le pregunta por qué. Al parecer Birkin jamás ha dejado de estar “demodé”, tal como sus amigos londinenses de los ’60. Intensa, elegante y pop, sus últimos discos son una extensión de su mito.

Y que además, como si fuera un inmenso plus, los músicos más jóvenes como los mismos Franz Ferdinand la miran desde abajo, porque saben que estuvo más que cercana a Serge Gainsbourg, el renovador de la chanson. Basta verla, con su legendaria blusa transparente, caminando de la mano con Gainsbourg. O gimiendo en el hit del año siguiente: “Je t’aime, moi non plus”. Un bombazo de pop beat que por primera vez explicitaba el acto sexual en una canción. La primera versión fue grabada y censurada por la misma Brigitte Bardot, y ahí apareció Jane Birkin, quien ya se había hecho famosa por su topless en la película “Blow Up” (1966) de Antonioni, donde también aparecían The Yardbirds con el gran Jeff Beck rompiendo su guitarra a lo Townsend o a lo Hendrix.

-¿Sabía que el tema fue un suceso en Sudamérica? ¿Escuchó la versión que grabó el popular puertoriqueño Chayanne (Extasis, 1992)?
-¡No lo sabía! Me gustaría escuchar esa versión. Hay más de cien versiones registradas, incluyendo dúos de chicas japonesas, hip-hop y especialmente la de André Bourvil y Jacqueline Maillán grabada 1970 (parodia de la canción) donde participamos Serge y yo también.

-¿Y valdría la pena construir una máquina del tiempo y retornar a los ’60 a la época del “Swinging London”?
-¡Yo me apuntaría! Siento orgullo, tal como Serge, por los ’60. Creo que jamás me he ido de allí. Pienso en la revolución sociocultural que dejó, las minifaldas baratas, los muchachos “cockneys” (de los barrios bajos británicos) o las fotos de David Bailey (quien introdujo el término “Swinging London” y fue la inspiración del protagonista de “Blow Up”). También en que las guapas eran Jean Schrimpton y Twiggy, cuando la moda dejó de ser para las damas elegantes. Pienso en John Barry (compositor de bandas sonoras), Michael Caine, Terence Stamp, los Stones. Pero antes que todo, la alegría Beatle. Los ingleses de los ’60 eramos los “top of the world”. Por eso Antonioni eligió retratar esta ciudad en “Blow Up”, porque eramos “demodé”. Incluyendo el tocino que comíamos, ja ja.

-La canción popular actual ha perdido todas las grandes orquestaciones de los ’60. ¿Cree que hay que regresar a ello o es simplemente la evolución?
-No debe regresar. Todo evoluciona simplemente. Integrar las tendencias celtas, romanescas, multiculturales y moverse a través de ellas. Por eso Internet y los nuevos sistemas de grabación son geniales. Todo el mundo graba sus propios discos. Eso es más interesante.

-¿Qué le parece el trabajo de su hija Charlotte? Últimamente la vimos encarnado a Sarah, la esposa de Bob Dylan en la película “I’m not there” (2007).
-
Pienso que es lo más “verdadero” de la película. Ejemplar, justa, como siempre. Para mí es la actriz más “rara” de su tiempo. Desde los doce años se me hizo evidente. Su Jane Eyre (1996) de Zeffirelli, era un milagro de calma, y de emoción contenida que en 21 gramos (2003) se fue perfeccionado. La ciencia del sueño (2006) me parece genial. Yo no soy tan actriz como ella.

-En una entrevista reciente usted dice: “Gainsbourg, siempre estará conmigo”. ¿Cree que ustedes fueron la pareja que renovó la canción francesa?
-Él sí y para siempre. Es una referencia constante y yo trato de manatenerla, aunque no es fácil. Si me llaman para un concierto en Sao Paulo, por ejemplo, es porque canté “Je t’aime” con él. Tengo mucho que agradecerle. Entonces, si estoy aquí es porque Serge está conmigo. ¡Y él lo sabía!

-¿Qué vamos a ver de usted esta en Chile?
-¡Encuentro increíble que yo les pueda interesar! Haré todo, para que ustedes no salgan desilusionados. ¡Gracias por venir a verme!

Sexo Pop

Desde Elvis, las canciones que sonaban en la radio jamás aludieron al sexo. Pero con los gemidos de Jane Birkin, en este clásico compuesto por el gran Gainsbourg, pasamos de los dichos a los hechos. Ojo, que esta chica, ícono de los sesenta, nos visita el 15 de marzo.

“Si hubiera sexo de verdad, habríamos grabado un disco doble”. Así justificaba Serge Gainsbourg, el feo más deseado en la historia del pop, el revuelo provocado por los gemidos, textos explícitos y más gemidos de “Je t’aime… mai non plus” (1969).

Aunque fue popularizada junto a Jane Birkin (ver recuadro), la primera versión fue grabada un año antes, cuando el verano del amor, literalmente, acababa.

En un sudoroso estudio de sonido, Gainsbourg y Brigitte Bardot grababan el disco de pop sicodélico “Bonnie and Clyde”.

El compositor francés estaba obsesionado con grabar la “canción de amor definitiva” y convenció al símbolo sexual que gimiera simulando un orgasmo sostenido. El ritmo funk que marcaba la batería y órgano Hammond sólo hacía más accesible el intenso diálogo.

Ella dice que lo ama, él responde jugando con las palabras “yo tampoco”/”a más no poder”. Luego, se entregan a un jadeo que deja bien claro que la controvertida relación entre el amor sentimental de una mujer y el corporal de un hombre, reflejado en la letra, terminan en el mismo lugar.

La grabación incomodó a la Bardot, que al parecer sólo se dejó llevar, y solicitó no divulgarla. Es probable que fuese ante los comprensibles celos que provocaría en su marido, Gunter Sachs, millonario fotógrafo y amigo de Dali y Andy Warhol. También porque podría afectar su imagen, según ella.

La grabación recién se reeditó en los ochenta, hasta hacerse masiva en “Best of BB” (1996). Gainsbourg, enojado, encontró en Birkin, quien ya se había desnudado en “Blow Up”, de Antonioni, a la muchacha perfecta. En lugar de sonar experimentada como Bardot, Birkin delgada y de flequillo sonaba como una Lolita de Nabokov jugando a lo que aún no sabe.

“Je t’aime… mai non plus” se convirtió en un hito y motivo de debate tanto en El Vaticano como en la España franquista. Jamás una relación sexual había sido hecha single.

Después vinieron versiones lamentables como la de Chayanne con Natalie (Éxtasis, 1992), perversas (Brian Molko-Asia Argento, 2003) y curiosas (Cat Power-Karen Elson, para el tributo a Gainsbourg preparado por la revista “Inrockuptibles” el 2006). Lo importante es que desde acá el sexo y no sus insinuaciones se vuelve pop y aparece en las canciones que escuchamos en la radio.

MÓJATE LAS OREJAS. El sexo en las canciones pop puede entenderse como la biografía erótica del “público joven y adolescente”. Hoy cuesta imaginar que este lucrativo target surgió debido a la explosiva tasa de natalidad (baby boom) durante la Segunda Guerra Mundial y el posterior Estado de bienestar propicio para el consumo.

Antes pasabas de niño a adulto y ahora surgía esta etapa intermedia, donde sorpresivamente había tiempo para explorarse mutuamente en lugar de casarse y envejecer juntos. Tampoco existía la música pop como género. Elvis Presley y Cía. eran animales en celo civilizados por el baile; Los Beatles y Los Stones cristalizaban las contradicciones de cualquier aproximación, debatiéndose entre “tomar la mano” o “pasar la noche juntos”: “I wan’t to hold yout hand” y “Let’s spend the night together”, respectivamente.

“Je t’aime ” sería el puente hacia la locura de la música disco, donde el acto se explicita en los gemidos de Donna Summer, Barry White e incluso nuestras Frecuencia Mod con “Duele, duele”. Los brutales gemidos del controvertido clásico house “French Kiss” (1989), de Li’L Louis, eran sexo maquinal y con la protección que permiten las máquinas y las baterías programadas.

BIRKIN VIENE DE VUELTA. El show de Birkin (62 años) está programado para el 15 de marzo en el Teatro Oriente (Pedro de Valdivia Norte 099) a las  21:00 horas. Entradas entre $ 20.000 y $ 25.000. La chica, aparte de ser un ícono de los sesenta casi como Bob Dylan, ha generado el interés de gente como Manu Chau, Beth Gibbons (Portishead) o Bryan Ferry, que participaron en el álbum de duetos “Rendez-Vous” (2004).

En “Fictions” (2006), disco que vienen a presentar, aparte de las versiones de Tom Waits o Neil Young, siguen colaborando músicos como Johnny Marr (el extraordinario guitarrista de Los Smiths), Neil Hannon, de Divine Comedy, el compositor neoyorquino Rufus Wainwright y Dominique A, que también estuvo en Chile a principios de año.

Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 9 de marzo 2008.

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Ian Curtis: dividido por la felicidad

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 28 August 2005 | 0 Comments

“Tengo el espíritu, pero perdí las emociones”, bramaba en el primer disco de Joy Division. El alma de la agrupación británica trabajó en un hospital de enfermos mentales para robar drogas y condujo al punk hacia una habitación ártica, cerrada y oscura. Hace 25 años, el hombre que reemplazó el lema “jódete” por el “estoy jodido” se colgó del techo de su casa. Una película en camino y otra en cartelera nos recuerdan su legado.

Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 28 de agosto 2005.

FUE LA INDOMABLE voz de Iggy Pop y no el silencio, el soundtrack del suicidio de Ian Curtis hace 25 años. Si el aullido punk lo había salvado, era lógico y necesario que también le brindara un abrazo apretado al final, cuando la idea que lo perseguía en camarines, pruebas de sonido y el lecho junto a Deborah Woodruff, su esposa, se materializó en la soga encontrada en algún rincón de su casa en Macclesfield, Cheshire, norte de Inglaterra.

Después de escribirle una carta pidiéndole perdón por sus infidelidades, subrayó una película de Herzog que iban a pasar por televisión y dejó corriendo el disco “The idiot”. Su chica lo encontró tendiendo en la cocina. El elepé hacía mucho que había dejado de rotar y un nuevo miembro ingresaba al selecto club integrado por Brian Jones, Jimi Hendrix, Nick Drake o Tim Buckley. Faltaba una década para Cobain. Y dos para Elliott Smith. Todos ellos varones sensibles, con paredes de amplificadores dentro del pecho y la realidad nublada y rutinaria allá fuera; dos universos en fatídica colisión.

¿Sería tan importante Curtis si no hubiese dejado un cadáver hermoso? Porque hoy todo nos recuerda a él: “24 hours party people” -el delirante retrato de la eclosión musical manchesteriana y que aún sigue en cartelera-; el sonido de bandas hype como Interpol, The Bravery, Kasabian, Franz Ferdinad o The Killers; la recuperación estética del nazismo; el inminente rodaje de “Control”, película basada en “Touching for a distance”, la biografía escrita por Deborah a mediados de los ’90; sus temas encabezando los recuentos de clásicos de la historia pop y, por supuesto, las portadas de la prensa especializada.

Ahí lo contemplamos, siempre en blanco y negro, con su camisa de niño bueno, su impecable corte de pelo y sus ojos al borde de la locura. Pero, definitivamente, la principal razón para extirpar inútiles debates casuísticos es una colección de canciones que si te pillan desprevenido pueden empujarte por escalones que muchos pisaron pero que pocos regresaron para contar lo que vieron.

EL FRÍO MISTERIO. Joy Division, con apenas dos discos oficiales -“Unknow pleasures” (1979) y “Closer” (1980)-, nos enseñó aquella pieza oscura y fría al final de la escalera. ¿Cómo? Definiendo un sonido que -aunque alimentado del Bowie modelo “Low”, The Velvet Underground, Sex Pistols, la vanguardia electrónica alemana o del mismo Iggy Pop- creció y maduró por exclusiva responsabilidad de Bernard Summer (guitarra), Peter Hook (bajo) y Stephen Morris (batería). Ellos -que terminarían creando clásicos tecnopop y usando esas horribles zapatillas adulto joven bajo el nombre de New Order-, junto a Curtis supieron expandir los límites de la canción punk, esculpiendo claustrofóbicos ritmos y atmósferas, quitándole protagonismo a las guitarras para dotar a cada instrumento de un papel creativo, extrayendo nuevas armonías a los mismos viejos acordes de siempre. Conquistando territorios vírgenes tanto líricos como musicales, que van desde el salvajismo punk de “Warsaw” hasta el sublime himno “Atmosphere”; desde la asfixiante “I remember nothing” hasta la historia de la epiléptica que se aferra a los transeúntes en “She lost control”; desde el amargo hit “Love will tear us apart” hasta las ráfagas de viento que sostienen la gravísima voz de Curtis en “Disorder”. Llámenlo postpunk, pop siniestro, gótico, industrial. Lo cierto es que Robert Smith acusó recibo al fundar The Cure, al igual que Bauhaus, Echo and The Bunnymen, Low, Galaxy 500, Jesus and Mary Chain, Pixies, Sonic Youth y Radiohead. El futuro había llegado. Y era una habitación húmeda, donde el eco te devolvía todo lo que gritabas. Pero, al menos, podías bailar en ella mientras todo se caía en pedazos.

Porque Curtis intuía que el baile era una buena respuesta. Especialmente cuando no se entendían las preguntas. En sus directos aprovechaba el novedoso concepto rítmico de la banda -lento pero rápido- para agitar las manos y moverse como si vomitar letras apenas bastara para espantar sus miedos. Aunque era demasiado introvertido para hacerle saber a la gente que estaba mal (un rasgo típicamente inglés, basta recordar la reacción tras los recientes ataques terroristas en el metro).

Sólo quedaban textos, como “tengo el espíritu/ pero perdí las emociones” o “creo que los sueños siempre terminan/ no se elevan/ sólo descienden/ pero ya no me importa”, y sus ataques epilépticos en escena. Para aproximarnos al líder de Joy Division hay que escuchar a quienes subieron al escenario a socorrerlo, mientras los fans construían el mito del rockero maldito y cuyas palabras se recopilan en cientos de reportajes. Deborah decía: “Tenía una personalidad dividida que quería entender. (…) Él necesitaba desesperadamente a alguien que lo aconsejara, pero no iba a actuar para los demás convirtiéndose en lo que querían que fuera”. Jon Savage (periodista): “Su música caga a cualquier banda de hoy. Los pones al lado de Primal Scream y te da risa. (…) Ian en vivo te despejaba hasta el vacío”. Peter Hook (bajista, compañero de banda): “Hacía lo imposible por ocultar una parte de su personalidad”. Martin Hannet (productor del grupo, muerto en 1991): “Era del norte de Manchester. Una ciudad de ciencia ficción. (…) Todo es arqueología industrial, plantas químicas, almacenes, canales, vías de tren. (…) Allí la incidencia de enfermedades es un 50% superior al resto del país. ¿Deprimente verdad?”. Tony Wilson (periodista y jefe del sello Factory que los editó): “Usó el punk para expresar emociones complejas. Pasó del jódete al estoy jodido”.

¿Y qué decía él?

“Ninguna canción es sobre muerte y fatalidad. Vienen más bien de la confusión, porque no sé bien lo que quiero. Aunque ahora me siento bien. Al fin estoy haciendo lo que quiero hacer”.

UN CHICO MUY NORMAL. Natalie, su hija, lloraba desconsoladamente y al músico no le importaba demasiado. Tenía 24 años y le asustaba hacerse cargo. Hasta que los llantos lo desesperaron tanto que la tomó entre sus brazos, le cantó algo al oído y la bebé se calmó. Esa paz era precisamente la que andaba buscando desde siempre. Sensible, ratón de biblioteca, cándidamente obsesionado por el nazismo y el sicoanálisis, generoso con sus libros y discos, del Partido Conservador, fanático de Jean Paul Sartre, Hermann Hesse, James Dean, Jim Morrison y William Burroughs -se dice que éste lo trató pésimo al abordarlo en un encuentro cultural en Bruselas- y los discos de MC5, Bowie y Lou Reed. Cuando era escolar se metió a un programa de reinserción laboral de enfermos mentales sólo para robar las drogas de los estantes. Pero también iba engrosando una carpeta titulada “Canciones, poemas, novelas”, que a Deborah le pareció el colmo de lo pretencioso cuando lo conoció. Ella fue su novia de toda la vida, aunque reconocía que era tan inseguro, posesivo y celoso, que fue capaz de lanzarle en su propio matrimonio un “bloody mary” en la cabeza sólo porque estaba conversando con un tipo que resultó ser su tío. Aparte de estos arranques, parecía un tipo normal. Algo reservado, pero normal. Que trabajaba en una disquería para mantener a su familia. Que pagaba la cuenta del agua, la luz y el gas. Que ensayaba todos los fines de semana hasta pulir el sonido de su banda. Nadie podría adivinar lo que pasaba por su mente. De hecho, sus ex compañeros enumeraban sus maldades como profanar bares de hotel o mear ceniceros.

EL FIN DE LA FIESTA. Faltaba un día para tomar el avión y comenzar la primera gira por Estados Unidos. Pero eso tampoco le importó a Curtis. Nadie podría afirmar bien las razones de su autoinmolación. Claro, no se le veía sonreír demasiado y sus letras evocaban estados mentales tan optimistas como su adorado cuadro “El grito”, de Munch. También hay que reconocer que la obra de Joy Division -cuyo nombre alude al sector de prisioneras judías obligadas a tener sexo con los soldados nazis-, aunque roza la perfección, presiona siempre la misma tecla de la náusea y el miedo de vivir. Es que las emociones de Curtis terminaron respirando en sus grabaciones hasta dejarlo completamente vacío y superado por los laberintos de su enfermedad.

La habitación a la que llegó -y nos invitó a entrar- era tan oscura que él mismo se perdió de vista. El fotógrafo alemán Anton Corbijn, responsable del video de “Atmosphere” -donde unos encapuchados del Ku-Klux-Klan cargaban con una gigantografía de Ian Curtis por una playa-, junto a los New Order, Deborah y el buen Tony Wilson, intentarán iluminar algo en “Control”, film que recién está en etapa de preproducción. Pero mientras la esperamos, detengámonos en una escena de “24 hours party people”, la otra cinta donde es retratado. Citando a John Ford, Wilson afirma que entre la leyenda o la verdad se queda con la primera. Y la leyenda dice que cuando Iggy Pop se detuvo en el tocadiscos y tras enterarse de la noticia, el periodista y jefe del extinto sello Factory pidió a un típico pregonero británico que en ese momento entrevistaba, anunciar a los cuatro vientos y en directo para toda Manchester que había muerto Ian Curtis, vocalista y líder de Joy Division y autor de “El amor nos desgarrará”. Era el 18 de mayo de 1980. Nada de apologías al artista sufrido o el nacimiento de un nuevo mito del rock and roll; menos, un lamento funerario. Sólo las canciones. Porque al final, lo único y definitivo que nos queda es la música.

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Gufi, levántate y toca

Archivo Periodistico,Musica,Reportajes 3 June 2005 | 0 Comments

Gufi es una banda fantasma. Tiene dos súper hits, grupos de fans y un contrato multinacional, pero su disco no está en ninguna parte. Acá, la historia de la banda punk creada por hijos de gringos misioneros bautistas instalados en Chile, que se sobrepuso al asesinato de su baterista y logró popularidad gracias a los mp3. Punk adolescente para la generación MSN.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Wikén/Zona de Contacto, 3 de junio 2005

Fines de 2003. Sintonizas una radio lola y te topas con unos guitarrazos tipo Blink 182 o Green Day. Nada raro dentro de las decenas de bandas con angustia-punk-adolescente que salieron ese año. Pero vaya, era en español y sonaba bien. El coro te enganchaba con la historia de un tipo que extraña a su novia suicida –“Por ella”-, y luego con la de “Paul”, un adolescente compulsivamente onanista que no puede parar de hacer lo que todos hacen a esa edad. La misma canción que este año fue portada de LUN cuando Tronic la versionó en el patio del Verbo Divino ante el espanto de los profesores. Pero nadie podía asegurar que Gufy, quienes grabaron el tema que suena insistentemente en las radios lolas, extitiera: no había disco, ni entrevistas ni fotos de sus integrantes. Entonces los crecientes fans tenían varias alternativas y muchos rumores:

1.- Son un invento.

2.- Es el proyecto paralelo de Koko Stambuck. O sea, un invento.

3.- Son monitos animados tipo Gorillaz.

4.- No existen.

5.- Me contaron que son argentinos

Tim Pichetti (25 años, guitarra y voz, sosteniendo el contrato en la foto), sonríe sabiendo que esto tendrá que aclararlo mil veces. Y como en las pelis, dice que es una larga historia. Y él, un superviviente.

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SONY KILL THE PUNK ROCK STARS. La llamada era de Sony Music México. Contesta Tim. Habían escuchado un demo y encontraron lo que andaban buscando: canciones que detienen el tiempo. Dramas de quinceañeros cuya peor pesadilla es imaginarse de terno y corbata cumpliendo horarios. Síndrome Peter Punk para la generación MSN. Dos minutos y medio de soledad, papás ausentes, sexo casual y un futuro donde ser empleado del mes en un McDonalds equivale al éxito. Eso era Gufy. Única sugerencia: cantar más en español. Es que Tim y Chiwawa (Emmanuel Finlayson, batería) eran gringos, rockeros, hijos de misioneros bautistas instalados en Chile y amigos de toda la vida. En una fiesta habían conocido a Koko Stambuck, quien ayudó a chilenizar los textos y les presentó al bajista Chabín (Gustavo Labrín, también de Glup!, y ahora líder de Tronic).

Mientras los Gufi grababan el disco “Historias de la Calle” a mediados de 2002, soñaban con México, las giras, distribución regional y rotación de singles. Era la promesa que se selló al firmar el contrato. Pero la confirmación no llegaba nunca. Apestado, Tim viajó a San Francisco, para ver a sus hermanos y trabajar en lo que viniera: instalando baldosas y limpiando alfombras. El teléfono suena de nuevo: “Al fin!”, pensó. Pero no era la seria voz de un ejecutivo disquero sino otra más familiar, entrecortada y llorosa. Habían matado a Chiwawa, su amigo desde los cuatro años y baterista de la banda, de una cuchillada en el corazón en una calle de Puente Alto. Unos tipos habían empezado a seguirlo, molestándolo por su pelo rubio y ojos claros. Murió en brazos de su hermano mientras esperaban la ambulancia. El teléfono cayó al suelo. La banda y su vida también.

HITS WONDERS. Una noche antes, Marcelo Aldunate decidió rotar “Por ella” en la Rock and Pop. Número uno. Lo siguieron la Hit y 40 Principales. Número uno también. Chabín, ya estaba en Tronic y Tim se enteró en U.S.A. Pero no había ni una maldita copia del disco. En Sony les retenían el master y cambiaron de jefe, por lo que todo estaba paralizado. De la misma copia pirata y sin sello, las radios empezaron a tocar “Paul”, la primera canción del rock chileno en hablar directamente de “hacerse la paja”. Otro éxito. La única forma de escuchar estas canciones, aparte del pirateo de mp3, era en los recitales de Tronic. Raro. Dos canciones en el número uno de las principales radios juveniles del país, un montón de gente pidiendo sus temas y cantándolos de memoria gracias a Soulseek y el pirateo de la cuneta, en los recitales de otra banda (Tronic). El éxito de una banda que ya no existía. Tim sólo entendía lo que pasaba cuando llamaba a sus amigos desde Atlanta.

RESISTIRÉ. “Con lo de Chiwawa ya no daba más. Su espíritu estaba en una bodega. Empujamos tanto para lograr algo supergrande con sello, plata y todo, y perdimos de vista lo más importante: componer y tocar. A veces la música que amamos nos hace daño”, dice Tim. Con todo en contra suyo, Tim logró hace un par de meses acordar con Sony México la devolución del master. En el avión de vuelta a Chile sabía que junto a Jorge Fuentealba (26 años, bajo, tapándose la cara en la foto) y Darío Maldonado (19 años, batería, quemando el contrato en la foto) resucitarían a Gufi. Y hace a un par de semanas re debutaron en el escenario junto a 800 adolescentes sub 20 que coreaban de memoria sus temas. Nada mal para una banda con un disco que no existe más que en el mundo virtual.

A la espera de la liberación del contrato y de la gira “Punk Superstar Tour” que los llevará a recorrer las principales ciudades de Chile desde la próxima semana, Tim espera en la sala de ensayos con su guitarra eléctrica en la mano. Que Tronic toque sus canciones no le molesta porque Chabín fue parte de la banda. Tampoco le preocupa que piensen que fabrican punk pop para adolescentes, a pesar de tener ya 25 años. Lo único que le importa ahora es hacer canciones por la memoria de su amigo y por demostrar que tener una actitud de adolescente eterno es algo bueno cuando la madurez se traduce en horarios de oficina y chequeras. Que el punk puede cambiar la vida, aunque no el mundo. Pensamiento que comparten sus fans en las tres páginas que seguidores del grupo ya han creado. Mientras tanto, Tim sigue esperando el momento en que la gente sepa que su banda es de verdad. Eso, cuando las cenizas de su contrato ya no importen.

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