Jorge Edwards y el reventón del siglo

Archivo Periodistico,Entrevistas,Libros 18 June 2008 | 0 Comments

En un relato iniciático, el escritor retrata las noches de poesía, sexo, alcohol e incluso opio, protagonizada por sus amigos. Edwards presentó ayer su libro junto al colombiano Fernando Quiroz, finalista del premio que ganó el chileno.

Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación, 18 de junio 2008.

Jorge Edwards (1931) se sorprendió cuando una periodista española de veintitrés años le señaló que “La casa de Dostoievsky” (Planeta) era una novela para esta generación. “Puede ser. La escribí como la historia de mis amigos, de las lecturas de poesía en el Parque Forestal, de mi propia experiencia en París y Cuba”, dice el escritor, mirando hacia el horizonte desde su amplio departamento frente al Santa Lucía.

Lo cierto es que el libro, ganador del Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2008, tiene mucho de iniciación. Comienza con un delirante grupo de universitarios en el Santiago de fines de los cuarenta, que intentan escribir poemas que ericen los pelos. Entre lecturas de Rimbaud, Sartre o T. S. Eliot, conversaciones regadas hasta las cinco de la mañana en Il Bosco o La Unión Chica, sorprendentes fumaderos de opio (“Efectivamente había uno en el centro, aunque en la novela ficcioné la ubicación”, se ríe) y descubrimientos sexuales, comienza a destacar la figura del enigmático protagonista, bautizado como El Poeta.

“Es y no es Enrique Lihn”, explica Edwards. “Yo era amigo de Jodorowsky y de él, aunque terminaron peleados. Estuvo en París, como el protagonista del libro, pero la parte de Cuba, donde se involucra en el Caso Padilla, es invención mía”.

Esta primera parte se llama “La espalda de Teresita”, debido a una memorable fiesta en la Escuela de Danza, que terminó con los botones del traje de la muchacha destruidos por los intentos eróticos de El Poeta. “Así era nuestro carrete”, dice Edwards. Tanto como las camisas con restos de sal. “Era normal verlas en los bares, porque alguien había asegurado que borraban las manchas de vino”.

Sin embargo lo que comienza como un relato coral -incluyendo al Chico Adriazola y Eduardito Villaseca, también amigos de Edwards y ficcionados, desesperados por volverse escritores- se centra en El Poeta, desde que abandona su destartalada pieza (bautizada con el nombre que da título al libro), se refugia donde Nicanor Parra (acá se llama Antipoeta), se marcha a París y luego a Cuba (“de tránsito”) y finalmente regresa al Santiago infernal de la dictadura (“La ciudad del pingüino”).

“Eso es lo importante de las novelas, que los acontecimientos arrastren a sus personajes y los hagan crecer. No sé si los nuevos escritores hayan leído tanto. De repente aparece un funcionario de gobierno que te dice que además de economista, también tiene una novelita. Desde el primer párrafo es evidente que ni siquiera sabe manejar las palabras”.

Edwards además adelantó que tiene un libro de cuentos “casi terminado” y que se plantea escribir “algún tomo de memorias muy remotas de su infancia, adolescencia y primera juventud”, cuando conoció a importantes personalidades de la vida política nacional.

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Observatorio El Elke: el universo en el patio de la casa.

Archivo Periodistico,Entrevistas,Reportajes 18 March 2008 | 0 Comments

El Elke es el sueño de cualquier astrónomo y su heredero Paris Bustos lo sabe. Hijo de un célebre investigador, consiguió fondos y auspicios para terminar este delirio de la tecnología que además de acercar las galaxias a la comunidad de la Octava Región, le permite estar cerca del cielo, sin salir de su casa.

Por J. C. Ramírez Figueroa Figueroa para La Nación, 18 de marzo 2008.

En la carretera que une Concepción con Tomé, entre un montón de casas de madera, se divisa una cúpula blanca. Una sorprendente estructura futurista visible también para los camioneros de la autopista interportuaria Talcahuano-Penco o buses interregionales que deben pasar obligatoriamente por la cercana Chillán. Es el observatorio astronómico Elke, ubicado en la parte más alta de Villa Los Radales, en Penco, allí donde las calles tienen nombres de estrellas como Antares, Canopus o Sirio.

“Fue una iniciativa de Arnoldo, mi padre. Logró que la Municipalidad de Penco las bautizara con el nombre de las estrellas que están justo sobre nosotros”, explica Paris Bustos (28 años), su hijo y heredero del proyecto inaugurado en 1962.

En efecto, fue el fallecido Arnoldo Bustos, un astrónomo aficionado que llegó tan lejos como su objetos de estudio: diseñó y construyó el observatorio, se hizo célebre por sus talleres en la Universidad del Biobío o la Técnica Federico Santa María y fue un gestor cultural que,en la época del cometa Halley en los ochenta, tenía hasta una tribuna en la televisión regional. “Todo lo aprendí de él. Cuando niño me empezaba a hablar de las estrellas, el espacio, las constelaciones. Me llevaba a sus charlas para apoyarlo con la información que me enseñaba”, explica Paris con nostalgia.

Éste no sólo heredó este delirio llamado Elke, sino que también la fuerza de la porfía. Más que sorprender por los cientos de proyectos en que participa, lo notable es que los gana. Precisamente el Fondart, la Municipalidad de Penco y el Observatorio Europeo Austral (ESO) permiten que el observatorio esté equipado y en perfecto funcionamiento.

ODISEA EN EL ESPACIO. Paris se ríe, pero literalmente es capaz de llegar al cielo sin salir de su casa. “A veces me quedo toda la noche escudriñando las galaxias con el telescopio”, explica. En lugar de la calma de los observatorios gigantes del norte del país, acá se escuchan micros, ladridos de perros y a veces hasta reggaeton proveniente de las fiestas de barrio. Pero a él no le importa mucho.

Este verano realizó, como cada año, “La Semana del cielo”, un apasionante inicio de temporada que logra juntar a los niños, pobladores de las villas cercanas y a los astrónomos profesionales de la zona. En el primer piso hay un escenario para las charlas donde se explica el origen del cosmos, los eclipses o cómo a partir de una fotografía se puede estudiar la composición de una estrella. En el segundo está el telescopio principal, además de otros secundarios, una máquina para tomar fotos y computador. “Es una de las cosas novedosas que hay en la comuna. No creo que haya otro abierto al público, ya que generalmente pertenecen al ámbito de las universidades. Vivo cerca y hace un año que lo voy a ayudar. Incluso Paris me ha enseñado a manejar los telescopios. Es infatigable, pero siento que necesita más apoyo. “, dice Roberto Villanueva (31 años).

En la municipalidad, en tanto, aplauden a Paris. “No en todos lados tenemos la posibilidad de contar con un observatorio “a la mano” como ocurre con el Elke. Es importantísimo para la comunidad y para la enseñanza. La mayoría de los colegios lo visitan. Además turísticamente es importante. La gente que viene en el verano pregunta por él para visitarlo. Por eso lo apoyamos”, dicen en la municipalidad.

UN LUJO PARA LA COMUNA. Tanta actividad tiene a Paris tranquilo, aunque algo tenso. Quiere dedicarse a la astronomía profesionalmente (ha estudiado otras carreras) y está reuniendo dinero para eso. Mientras tanto, construye telescopios a pedido, dicta clases en colegios y centros turísticos y continúa administrando el sueño de su padre.

“Somos hijos de una estrella que dejó su reflejo sobre nosotros, moviéndonos hacia lo desconocido. Tenemos que ser partícipes de nuestro pasado y viajar hacia el conocimiento de las estrellas”, dice Paris.

Paris Bustos, el responsable.

Este joven penquista tiene un observatorio en el patio de su casa. Y aparte de hacer telescopios e investigar la formación del universo, tiene un proyecto electrónico con Yogui Alvarado (Emociones Clandestinas) ¿Un genio? Mejor que eso: un tipo dando tumbos que duerme mirando las estrellas.

Por Juan Carlos Figueroa para La Nación Domingo, 24 de septiembre 2006,

Cuando explico que tengo un observatorio astronómico en el patio de mi casa, la gente me mira de arriba hacia abajo y no me cree. Es cosa de tomar una micro a Penco y bajarse en la villa Los Rodales. Distinguirás la cúpula blanca entre los techos y antenas. Arnoldo Bustos, mi papá, era un astrónomo autodidacta. De aquellos tipos desesperados por saber qué había sobre su cabeza. Con el primer sueldo en la refinería de azúcar CRAV donde trabajaba, compró un telescopio. No le costó conseguir financiamiento para su proyecto estrella, el Centro Astronómico Elque, inaugurado en 1962. Para mí, era un genio: hacía clases en la Universidad del Biobío, la Técnica Federico Santa María y Diego Portales, organizaba talleres en la comuna y tenía un espacio en la televisión. Sufrí mucho cuando falleció de un infarto el año 2000. En verdad, fue una mierda todo, pero entendí lo que significa ser el heredero de esto. Y me gusta.

Donde vivo, las calles tienen el nombre de la estrella que pasa por encima de ellas: Canopus, Antares, Sirio. Yo vivo en Alfa Centauro. Fue otra idea de mi papá. Tenía seis años cuando pasó el cometa Halley y los vecinos estaban vueltos locos acá y él les enseñaba feliz de la vida. A mí me interesaba el fútbol solamente. Recién a los 11 años, con un eclipse que vi -por la tele, más encima-, algo hizo click. Era como encontrar un pasadizo secreto en tu pieza y perderte allá adentro.

AISLADO. En el colegio no me pescaban mucho. O sea, hablaba de astronomía y mis profesores me hacían callar. Nunca me entendieron. Creían que yo estaba rayado o algo así. Es que no sabía quedarme callado. Lo que me salvaba eran los congresos de astronomía en los que me inscribía. Era genial para un adolescente penquista viajar, recorrer los observatorios grandes, como La Silla o El Tololo, y compartir con gente de mi edad que estaba en la misma. Ahí uno se siente acompañado. Mi viejo realmente me tomó en serio, cuando lo acompañé a una reunión con el director del Observatorio Europeo Austral.

“Paris, estoy orgulloso de ti. De verdad”. Eso me dijo en el bus de vuelta. Ahí sí que se me infló el pecho. Y créeme que no es normal que alguien de 17 años se demore menos de diez segundos en tener el objeto listo en el telescopio, de saberse la ubicación de cinco mil estrellas y que realmente pueda disertar de corrido las teorías sobre el origen de la galaxia o la composición de ella. Sentí una especie de vértigo. Me llegaba a dar miedo.

ADIÓS, PLUTÓN. Ahora yo soy responsable de este observatorio. El 2001 logré sacar adelante un proyecto Fondart y lo remodelamos. Ahora tiene una sala de conferencias, además de nueva implementación. Cinco telescopios, una cámara para fotografiar galaxias, un computador, biblioteca, sala de clases y una oficina. A pesar de dictar charlas, hacer cursos en colegios o centros vacacionales como las Termas de Chillán, estudiar astronomía bajo un convenio con la Universidad de Lancashire de Inglaterra siento que no he logrado tanto. Yo quiero ser astrónomo, pero siempre hay algo que me impide lograrlo. No sé muy bien qué es.

En los veranos organizo la Semana del Cielo. Es bacán porque vienen todas las familias, incluyendo los cabros chicos, a ver las estrellas. Les muestro mi observatorio, les cuento anécdotas, les explico cómo es posible saber de qué está hecho el universo con sólo fotografiar una galaxia. También estoy con el Yogui Alvarado, de Emociones Clandestinas, en un proyecto llamado Cosmofonic. Él se dedica a hacer música electrónica y yo voy lanzándole imágenes de galaxias. En estos momentos estoy investigando las estrellas de tipo binario en contacto, se llaman estrellas variables cataclísmicas. Puedo estudiar su evolución y compartimiento solamente por los cambios en su luminosidad. También construyo telescopios a pedido.

¿Plutón? Ya pasó a la historia. Ahora es un planeta menor, porque son restos de la formación del sistema solar hace 4.600 millones de años. Es bueno saber eso, porque vamos precisando cómo se comporta nuestro sistema. Esa es la gracia de la ciencia: cambiar el curso de lo que se conoce. Antes, por ejemplo, se creía que el universo estaba fijo, ahora en expansión.

Me gusta mucho esta vida. Tal vez estoy loco, no sé. Lo único que quiero es que mi padre siga estando orgulloso de mí. Y bueno, ¿sabes qué es lo mejor de todo? Que yo duermo acá, en el observatorio. O sea, lo más cerca del cielo que se puede estar en Penco.

En acción

Observatorio Elque. Centauro 13, Villa Los Radales, Penco. VIII Región. Concertar visitas: (41) 245 84 37.

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Chary García por Sergio Marchi: “Está reconstruyendo su mito”

Archivo Periodistico,Entrevistas 17 December 2007 | 0 Comments

“No digas nada”, su actualizada biografía recién fue lanzada en Chile. Su autor, un periodista de rock que llegó a tocar con su banda, explica las tesis y estupideces del cantante, como tirarle un vaso a Björk.

Por Juan Carlos Ramírez Figueroa para La Nación, 17 de diciembre 2007.

Sergio Marchi (44) es un periodista que parece fugado del film “Casi famosos”. A Charly García lo conoció en 1985, por casualidad, en la casa de Andrés Calamaro. Cruzaron palabras y chistes, para luego ir todos a un show de Fito Páez y Juan Carlos Baglietto. Más tarde resolvería esta insana relación prensa/rock cuando el mismo García lo invitara a las sesiones de “Parte de la religión”. El plan era hacer una entrevista para la radio Rock And Pop porteña.

“Interrumpió el ensayo por la mitad para la entrevista y él hizo la nota; tomó el grabador, indagó a sus músicos, les pidió que hicieran sonar algunos efectos para revelar trucos del show y además me ofreció que grabara directamente de la consola algunas cositas para que tuviera más material”, relata en “No digas nada” la biografía de Charly García (Sudamericana, 1997) cuya edición actualizada acaba de lanzarse en Chile.

De pronto, el baterista le dijo que iba a llamar a su novia y si quería podía reemplazarlo. Tras la aprobación de Charly agarró las baquetas y se embaló. “Charly parecía más sorprendido que yo”, dice, Tanto así que lo invitó a su gira, jornadas de ensayos y, claro, a acompañarlo en varios recitales. En algún momento hasta le diría: “Loco, ¡estuviste bárbaro! Desde ahora en adelante sólo voy a leer tus notas”.

NO SOY UN EXTRAÑO. “No es para tanto” -reconoce Marchi, quien actualmente hace clases de periodismo rock, tiene myspace y escribe para “La Mano”, al teléfono desde Buenos Aires-. “Toqué con él en algunos shows, pero creo que eso no me transforma en músico de Charly. A veces faltaba un baterista y entraba yo”.

Sin embargo, al leer su libro -bien documentado, rápido, repleto de anécdotas sabrosas- queda claro que Marchi fue más que un observador participante en la vida de García. “Esta semana lo vi en el lanzamiento del disco de Hilda Lizarazu, en el Opera. Y se portó extraordinariamente dulce. Leí lo que pasó en el cumpleaños del Negro Piñera, que no sé muy bien quien es, y me pareció un desastre, pero ¿a quien puede parecerle una buena idea invitarlo a tocar a una fiesta privada? El vaso que le lanzó a Bj rk también fue una estupidez. Arruinó el encuentro de dos mentes brillantes. Pero, ahora, estaba muy bien”

La primera parte de “No digas nada” narra la conocida historia del niño genio del piano que se encontró con “There s a Place” de Lennon-Mc Cartney (“me volví loco: pensaba que era música marciana. Música clásica de Marte”). Después comenzaría a caminar a dos pasos del suelo con Sui Generis al tiempo que escapaba del servicio militar fingiendo demencia al pasear a un soldado muerto en una silla de ruedas (“es que se veía muy pálido”). Tras aprender a sobrevolar con La Máquina de Hacer Pájaros y Seru Girán, en los años ochentas, logró instalar antenas en cada oyente de sus discos solistas, en cada oyente de sus discos solistas, cantándoles con su extraordinario piano rock lo que encontró ahí arriba.

MISTER HYDE. Después eligió la locura para defenderse de la inevitable caída. Como un drama griego con elementos judeocristianos, Charly se extravió en su personaje y, entonces, ensayó una nueva estrategia: el vampirismo.

“El problema es que a Charly lo forman él mismo junto al personaje que creó. Ambos viven en él. Como si tuviera un botón que enciende y apaga todo el tiempo. Pero no es un mal tipo. Es noble e incluso te podría decir que tiene valores sólidos. Pero es un Mister Hyde de sí mismo” piensa Marchi.

En esta segunda parte que comienza en 1997, vemos a un Charly que incorpora el mito de Drácula para defenderse. Incluso aparece relatado el supuesto pacto de sangre que hizo con Annie Lennox o el susto que le dio a Marilyn Manson cuando lo saludó muy relajado, con la misma cara del tenebroso video de “Influencia”.

“Charly ha generado un proceso de reconstrucción de su propio mito y a veces comete torpezas, pero otras te deja pensando. Como cuando se lanzó desde un noveno piso a la piscina del hotel. Eso fue porque la policía lo fue a buscar por un incidente con una chica, del que era inocente. Su salto terminó convirtiéndose, como él mismo explica, en una epopeya por la libertad”.

Y esta teoría se sustenta, cuando Charly deja de fingir el malditismo como cuando murió Pappo y María Gabriela Epumer -su muy querida y talentosísima guitarrista- y él no podía contener las lágrimas en el funeral. O cuando vio a Pete Townshend -de los Who- en Texas junto Andrew Oldham el histórico ex manager de los Stones con quien grababa su nuevo disco, el demorado “Kill Gil”. Mientras el ruidoso Who cantaba “deja que el amor abra la puerta de tu corazón” Charly se desmayó. Era la música que escuchaba de adolescente. Le hicieron una transfusión de sangre. Cuando los doctores le preguntaron por qué tantos cortes en el brazo él cabro chico de Charly dijo: “es que estoy estudiando tatuaje por correspondencia”.

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¿Que pasó con las primeras mediaguas de Curanilahue?

Archivo Periodistico,Reportajes 25 July 2007 | 0 Comments

En 1997 se inició un proyecto social destinado a terminar con los campamentos del país. El primer paso se dio en la Octava Región. La mediagua era sólo un peldaño para que las familias recuperaran la dignidad y salieran a luchar por la vivienda definitiva. ¿Qué pasó con los primeros beneficiados?

J.C. Ramírez Figueroa para La Nación, 25 de julio 2007.

Acceso norte a Curanilahue. Una gran mano tallada en madera saluda. Abajo se lee: “Tengo las manos partidas, pero hay pan en mi mesa”. La frase puede pasar inadvertida. Perdida. Como esta húmeda ciudad de 30 mil habitantes, entre la Ruta de la Madera, los bosques de pino y las empresas forestales. Sin embargo, ayuda a entender el sur de Chile post-reconversión minera. Ése que apareció en los noticiarios, cuando el trabajador Rodrigo Cisternas, durante la huelga de la Forestal Arauco en mayo pasado, embistió tres vehículos policiales con una máquina cargadora y fue muerto por Carabineros. Una zona protagonista frecuente de reportajes televisivos por sus récords nacionales de alcoholismo, sida y desempleo. El lugar donde exactamente hace diez años se construyeron las primeras 350 mediaguas de Un Techo Para Chile.

“Espere, que le mostraré el certificado que me dieron ellos”, dice Margarita del Carmen Aravena. En 1997, ella juntó los 20 mil pesos “simbólicos” (una cifra asequible que, sin embargo, evitaba convertir a la mediagua en una “limosna”) y postuló a este proyecto nuevo ideado por el Hogar de Cristo, un grupo de universitarios y el sacerdote jesuita Felipe Berríos. “Eran esforzados los chiquillos. Los recuerdo recorriendo toda la ciudad, embarrados y nosotros ayudándolos en la construcción y preparándoles un buen almuerzo”. Y lo cuenta, mientras sirve café y sopaipillas junto a sus nietos, con la estufa encendida.

Su mediagua, ubicada en la empinada avenida Libertad, les duró una década. En ese tiempo la forraron con zinc, la ampliaron y la “enchularon” para que vivieran más o menos bien diez personas, entre hijos, nietos, parejas. Este año, sin embargo, la construcción original se cayó debido a los fuertes temporales. Afortunadamente, Chile Barrio se encargó de reconstruirla. “Resistió bien, fíjese. Nosotros sabíamos que esto era una solución de emergencia y realmente nos ayudó a tirar para adelante”.

Mediagua con ampliación. Benito Baranda, director social del Hogar de Cristo, explicaba en esa época que las mediaguas eran una “medida de parche”, entendida como incentivo para familias que vivían en condiciones de pobreza y hacinamiento. La idea era entregarles dignidad para que pudieran “salir a pelearla” por su vivienda definitiva. Y basta recorrer Curanilahue y comprobar como el proyecto ha cambiado el perfil de la ciudad.

Aunque algunos abandonaron sus mediaguas, las usaron de gallineros o las terminaron arrendando, la mayoría -690 de 700- las transformó y las mejoró. Y eso se nota mirando los cerros: colores luminosos, techos firmes, ampliaciones.

“Es impresionante ver como la gente las transforma” -dice Javier Ponce, coordinador social Arauco del Hogar de Cristo-. “Un caballero le construyó un segundo piso a su mediagua. Porque el gran problema de Curanilahue es que no hay terrenos. Estamos rodeados por cerros”

Ponce tiene grabada la imagen de 200 universitarios con impermeables amarillos acarreando paneles, tablas y vigas, “desparramados por la ciudad”, empapados. De hecho, el libro de Felipe Berríos que explica la historia de Un Techo Para Chile se llama “Todo comenzó en Curanilahue”.

Emilia Morales vive con sus 7 nietos, la mayoría trabajadores forestales. A ellos les pesa lo sucedido con Cisternas. Se dice que los carabineros lo remataron, aunque tienen claro que no fueron efectivos de Curanilahue. “Su esposa vio el cuerpo y dijo que tiene más balazos de los que se dijo”, explicó uno de ellos. Emilia nos muestra la mediagua, que ha resistido precariamente esta década. “La casa donde estábamos antes era muy vieja y éramos muchos. Y con la mediagua que nos construyeron el 97 la situación se alivió”.

Inteligentemente, convirtieron la mediagua en dormitorios, anexándola a la casa antigua. Chile Barrio se encargó -como un proceso ya prácticamente establecido- a construirles una casa nueva, más amplia, integrando la antigua mediagua.

“En verdad, la mediagua misma fue una solución, porque permitió el emprendimiento, desde esa misma mediagua” -piensa Ponce, mientras mira el humo proveniente de las estufas a leña, tan común en Curanilahue.

El Chile que queremos. Marisol y Juan Carlos tienen esa sonrisa que en Santiago simplemente no existe. Están haciendo el aseo de su amplia y luminosa casa. La mediagua se la dieron a su hijo mayor (“la privacidad es importante”). También se ganaron un proyecto para convertir el barro que corre frente a su hogar en pavimento. “Lo pasamos bien con esos cabros”, cuenta Marisol. “Nosotros, como mucha gente, necesitábamos tener un lugar digno para criar a nuestra familia. Curanilahue está más bonito ahora. Y la gente todavía se ayuda, especialmente en situaciones complicadas como los temporales”.

Los niños juegan sobre el suelo de madera. En Curanilahue está empezando a llover otra vez.

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Victor Jara bajo cero: una noche con los indigentes albergados

Archivo Periodistico,Reportajes 6 July 2007 | 0 Comments

Los indigentes que pasan la noche en el albergue habilitado en el Víctor Jara son un espejo. Aquí se refleja Chile. Cansados de las miradas lastimeras y el desprecio de la gente, prefieren taparse con las sábanas. Dicen que necesitan trabajo, no limosnas.

Juan Carlos Ramírez Figueroa para La Nación, 6 de julio 2007.

Nico juega con una botella plástica frente al Estadio Víctor Jara. Hace frío y todas las personas en “situación de calle” ya están instaladas en la cancha. Viejos, punks, embarazadas, adolescentes, vendedores ambulantes. Primero se ducharon y sometieron a revisión médica. Después comieron. Ahora, bajo los inmensos calefactores a gas, se instalan en las colchonetas. Algunos putean, otros tiran la talla. Varios miran el techo escuchando reggaeton en su pendrive. La mayoría intenta dormir, escondiendo la cara. No quieren hablar con nadie.

Una mujer se ríe. “Cállate, vieja culeada”, grita otro tipo. Acá no hay pianos lacrimógenos tipo programa de ayuda. Tampoco sonrisas. “Esta es la realidad, pues”, dice Mónica Pérez, responsable del albergue provisorio que se cerrará recién a fines de agosto.

Afuera, Nico sigue jugando. Abraza a los muchachos de Defensa Civil que custodian el recinto, pide cigarrillos sin éxito y se sube al camión de la Cruz Roja. Dice que su polerón Adidas se lo robó a un borrachito. Lo dice muerto de la risa y con la mirada perdida. Parece un niño, pero ya tiene 12 años.

El líquido de la botella es tolueno.

ESTRELLAS DE LA CALLE. “Entre una mina y una bolsa de pasta base, me quedo con la segunda”, dice Hugo. Después, muestra su mochila: ropa, vasito para café, botella con jugo. Tiene 45 años, pero ha perdido más de la mitad en moteles, alcohol y polvillo blanco. Arrastra -como todos los que se refugian acá- una familia desintegrada. En los setenta, cuando vivía en Arica, se escapaba a Perú o Bolivia y en el camino abandonó su carrera de odontólogo. Sobrevive trabajando en supermercados y durmiendo en hospederías. Dice no estar arrepentido y mira a los ojos para que le creas.

“Está puro cuenteando. La gente está tan sola que descargan la tremenda historia, sólo para validarse” , lanza Cristian Bravo. Tiene 22 años, es flaco como un palo y le brilla una chapita de Robert Smith, el vocalista de The Cure. Saluda a Jonathan -alias “Cachaña”-, un payaso de micro que llegó sin quitarse el traje.

El tony está triste porque perdió a su mujer. Y ella duerme acá esta noche. “Intento alegrar a la gente que vive esa situación durísima y además, intentar recuperarla. Tú comprenderás lo terrible que es encontrarla acá. Quiero salvar lo que tenemos y que me perdone mis celos”. Se conocieron en Peñaflor el 95. Ella trabajaba en un club nocturno. Él la sacó de ahí y comenzaron a trabajar juntos en las micros de Santiago. Se llamaban “Los Magníficos del Humor”.

Los pasajeros de Providencia eran los peores, cuenta. Siempre mirando por la ventana, sin encontrarle gracia a su rutina. En las comunas más periféricas cambia la recepción. En un buen mes se hacía 50 ó 70 lucas. Lo justo para “parar la olla”. Ahora trabaja solo y quiere recuperar a su mujer.

Manuel, Juan y Víctor, ajenos a estos dramas afectivos, no se pueden quedar dormidos. Es su primera noche acá. A diferencia de los viejos que culpan al Gobierno y la sociedad del abandono, ellos, que rozan los veinte años, se hacen responsables. “Todos tenemos hijos que no vemos. Ojalá que no vivan como nosotros. Hemos estado en la cárcel donde es realmente brígido. La pasta base es una mierda porque es imposible dejarla. Por eso uno asalta, para seguir comprando esa mierda. La culpa, amigo, es de nosotros y del ambiente en que nacimos. Puta que es difícil empezar de nuevo”, dice Juan.

ABANDONADOS. Cristian se maneja en la cancha porque se crió en el Hogar Esperanza y sabe lo que es vivir al día. “Obvio que varios han tenido un pasado delincuencial. ¿De qué otra forma podís comer? Y es verdad que esa campaña ‘Piteate Un Flaite’ fue la venganza de la clase media que le ha tocado sufrir asaltos y lanzasos. Pero a nadie le enorgullece llamarse ‘flaite’”.

Existe un video de You Tube llamado “El chuña”. Se trata de un indigente alcohólico que le habla incoherencias a la cámara. Lo graba un chico alto y de polera musculosa. Muchas veces trata de abrazarlo, lo que delata su abandono. Tiene 35.000 visitas y todos postean burlándose del pobre viejo. A nadie le importa borrar esa infame grabación.

Y esta noche, sobre las colchonetas del Víctor Jara, muchos “Chuñas” están soñando con otra vida y sin idiotas que se burlen de ellos. Pero acá no hay inocencia. Los medios de comunicación no son bienvenidos. Ya se han visto muchas veces en reportajes lastimeros o beneficencia. “Yo hice muchas leseras en mi vida. Ahora soy ambulante. Pero nadie confía en uno. No necesito limosna, sino que exista trabajo. Hasta para vender sopaipillas en la calle te arman atados”.

Los voluntarios vigilan el local. Cristian les pregunta a algunos si quieren salir en el diario. Un indigente alega contra los medios. “Al final nunca aparecemos o escriben puras huevadas mamonas sobre nosotros”. Sobre las colchonetas del Víctor Jara lo que menos hay es inocencia. Acá duermen las cifras de los estudios sobre la pobreza. Acá sus números son carne y hueso. “Hoy fui a una iglesia, por primera vez. Estoy de cumpleaños y la pasé solo. Me gusta la calle, pero prefiero tener una casa donde morir al menos”, dice Gitano.

NO FUTURE. Patricia tiene 26 años y muestra orgullosa su guata. Espera un bebé y lo único que quiere es que estudie en la universidad y sea profesional. Ella abandonó su casa y ha vagado por las calles. Ahora aspira a ser una asesora de hogar y ahorrar plata.

“Es cierto que muchas veces se trata el tema de la pobreza desde una oficina, desde arriba. O con lástima. Yo creo que sí, que hay que tener lástima, pero de uno mismo. El estadio Víctor Jara es un espejo y Chile se está mirando en él”, dice Soledad Pérez. No ha dormido nada desde el lunes, pero tiene la fuerza para coordinarse con los carabineros que patrullan el sector o conversar con Nico que ahora la molesta con una pistola de juguete que sacó del basurero.

Unos tipos de parkas húmedas que dormían en la calle entran al estadio. Apenas cargan con una bolsa con sandwiches y bebidas. El payaso ahora está vestido de enfermero colaborando con la Cruz Roja.

Alguien logra quitarle a Nico la botella maldita y lo hacen entrar. Ya es tarde y Cristian confiesa que en realidad no es voluntario, sino un chico de la calle que se escapó del Hogar de Cristo para recorrer la ciudad. Se ducha en hospederías, se alimenta en el comedor de Fray Andrecito, duerme en la Posta Central, baila en la Blondie y espera, cuando salga de esta etapa, estudiar historia. Y lo dice muy seguro de sí mismo. Con actitud. “Ni cagando viviré siempre en la calle y terminar como estos viejos del saco”.

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