Sé que el heavy metal y sus derivaciones (las mismas que paulatinamente fue encarnando Metallica: NWOBHM, thrash, speed metal, neo heavy metal, neo hard rock y -horror- sinfónico) provee de chistes, parodia y menosprecio a críticos, periodistas y el indie de Pitchforkmedia. Tengo claro que es cierta la acusación de “bastardizar el blues” (desde Cream y Small Faces en adelante). También reconozco cierto machismo en las letras y la glorificación de lo infantil, a través de la épica medieval.
Los fans tampoco ayudan: el ensayo Flamigera Bola de Rock de Kiko Amat sobre Saxon provocó violentas y algo descerebradas defensas en el ambiente heavy metal hispano. Uno se esperaba un debate de alturas, algo de autocrítica (la misma que le faltó a la Concertación y antes al MIR) o al menos una tesis interesante.
Sin embargo Metallica escapa, sospecho que sin planearlo, de esta caricatura. Mientras Slayer y el resto del thrash cometía la torpeza de marketearse con la estética ocultista, la banda intentaba articular un desesperado mensaje que se podría resumir en alienación hacia el capitalismo tardío estadounidense. “Master of Puppets”, “Fade to Black”, “Search and Destroy” y todas las demás, no sólo atrapaban por lo rápido, fuerte, bien armada que eran. Había algo que hacía que te identificaras.
A los catorce yo vivía en un estado muy propicio para el heavy metal: odiaba a mis compañeros, no me interesaba estudiar (aunque me iba muy bien en Castellano, Historia y Francés), no tenía novia y me lo pasaba encerrado en la pieza de arriba sin saber adonde ir. En cierto punto necesitas escuchar una descarga eléctrica que vaya hacia algún lado. Me imagino que en los cincuenta eso pasaba con el hard bop, o antes con Wagner, o ciertos pasajes de La Consagración de la Primavera, o Bach. Y durante un verano al menos, no dejaba de escuchar a Metallica.
Que raro, nunca lo había reconocido así.
Supongo que es la madurez: no tienes que fingir tus gustos para quedar bien con el colectivo.