Alberto Fuguet y los 20 años de MALA ONDA: “Mi debut fue con odio y desprecio” [entrevista, La Segunda]
El escritor celebrará en la Feria del Libro los 20 años de “Mala Onda” Además, estrena en cines “Música campesina”. “Hacer cine mejoró mi narrativa”, señaló.
Por J.C. Ramírez Figueroa para La Segunda, 27 de octubre 2011.
¿Podemos decir que una película más “pequeña” o “de garage” le da al director una profundidad e intimidad que una gran producción no lo permiten o al menos interfiere?
Absolutamente. Hay algo profundamente extraño o errado cuando sé que se necesitan 25 personas para filmar a alguien lavándose los dientes. El cine garage, el cine indie, el cine sin fines de lucro, vuelve al cine como un arte, te saca los intermediarios, te permite prescindir de los fondos y los productores con acentos raros y te permite filmar rápido—no hay que esperar tres años entre idea e idea. Y, si, lo hace parecerse mucho a escribir una novela. Ojalá que los que vean la película capten que hay cosas que las novelas hacen bien y que el cine es capaz de hacer muy bien cuando quiere: crear personajes, producir empatía, emocionar, reír, hacer ingresar a una ciudad.
“Música campesina” es muy distinta -más allá de la estética y del modo de grabarla- a “Se arrienda”. Algo que ya lograste en “Velódromo”. ¿Crees que encontraste un lugar haciendo un cine más “de adentro”, más “mublecore” (por ponerle un nombre)?
Creo que no es tan, tan distinta a Se arrienda. De departamentos vacíos pasé a moteles vacíos. Pero es una evolución natural, supongo. Uno aprende y tiene más seguridad y ahora entiendo más de luz y arte y pintura. Y sé decir no entre otras cosas porque ya no hay tanta gente en el set. Te las arreglas con lo que tienes en tu disco duro. USA ayudó, claro, porque la USA profunda es como un gran set. Pero sí, no sé qué nombre es, pero creo que estoy encontrando mi estilo, mi marca; de eso al final se trata, ¿no?
Le debo mucho a Velódromo (ojo, está en www.cinepata.com) y ahí creo que se produjo el bing bang. Algunos la odian pero creo que para mí es clave y MC no existe sin Velódromo. Este el tipo de cine que me gusta ver y, claro, hacer: un cine para adentro, pero no tanto que no pueda dejar que el resto ingrese.
¿Tienes alguna ansiedad que quieras reconocer al momento del estreno?
Que ojalá no se vea que compitamos con las otras películas nacionales que parten ese día. O que crean que somos grandes porque lo cierto es que somos quizás tan o igual de chicos que el resto. ¿Ansiedad? Ni tanta, además de la vergüenza de tener que hablar mucho en público, claro. La verdadera ansia fue en el Bafici, luego en NY y, claro, en Valdivia. Ahí estaba medio ansioso pero me tomé un ravotril y porque volvía al festival donde Se arrienda fue avasallada por la crítica. Ganar el Pudú sirvió para que la ansiedad se transformara en ganas de hacer otra, de promocionar algo que pensamos que era chica y ahora tiene la posibilidad de conectar con más gente. Ganó Música campesina pero más que nada, para mí, ganó el cine-garage y eso si es un medio triunfo.
Esta película coincide con los 20 años de “Mala onda”. ¿Cómo nació la idea de “conmemorarlo” con una reedición?
Fue una idea de mi nueva agente y de la editorial. La novela se reedita en dos ediciones distintas todos los años pero 20 años y 300.000 ejemplares es, al parecer, un momento para hacer algo bonito: un libro tapa dura, limpiado, corregido, remasterizado, con un par de palabras menos. Creo que es más una celebración que una conmemoración porque no ha muerto, al revés. Para mí es raro: yo me creí la crítica del 91 que decía que “la moda duraría hasta q terminara el verano del 92”. Aún vive. Ahora tiene lectores menores que el libro. Raro. Pero bien.
¿Has descubierto algo tras releer/revisitar “Mala Onda”?
Que escribo bastante parecido; que no he evolucionado tanto; que para una primera novela no está mal aunque está lejos de ser perfecta; que el personaje central me cae bien y lo quiero y sin duda tiene el mismo ADN que los que han venido después. Quizás Vicuña en Nashville reaccionaría parecido.
¿No te inmovilizó en algún momento que, por un lado, el público insistiera en celebrarte “Mala Onda” mientras un sector de la crítica estaba espantada por el lenguaje o por la descripción que hacías de cierta clase acomodada?
Supongo, sí, uno siempre quiere debutar y que te quieran; mi debut fue con odio, desprecio y algo así como “es cool odiar a esta huea”. Pero cada uno nace como puede y depende de uno superar lo que te tocó o quedar de pegado aterrado. Igual me demoré su resto en sacar la novela dos, pero por suerte poco a poco capté que también existía el exterior y que el Opus Dei no es tan poderoso y que además, lo que yo contaba no era nada tan fuerte como lo que estaba sucediendo en la calle. Captar que tenía lectores ayudó y nada: igual me gustaba escribir y para alguien malo para comunicarse, no puedes lograr que te doblen tan rápido. Ahora al parecer, con Missing, soy mejor escritor, pero yo de verdad creo que soy algo más viejo, tengo más libros en el cuerpo y que ahora hay otros a quien odiar. Creo que hacer cine mejoró mi narrativa y me alejó de ser parte del mundo literario.
¿Eres de los que publican una obra e inmediatamente se ponen a trabajar en otra? Si es así, cuales son tus nuevos proyectos.
Acabo de terminar una suerte de biografía de un escritor uruguayo que murió hace un año y que es parte del libro Los malditos de Leila Guerreiro. Estoy afinando un libro raro, híbrido, de cine y crítica y apuntes y trozos de guiones llamado Cinepata. Y ando terminando un documental acerca de La ley de la calle y su lazo con los cinéfilos del cono sur llamado Locaciones. Y con Cerda queremos ir a filmar algo a la selva amazónica. Y otras cosas más como cortos, cuentos…. Ya capté que me quede poco tiempo y quiero aprovecharlo en crear. Creo que tengo más ideas que años y no quiero desprovecharlos. Yo partí como cineasta ya no tan joven así que siento que debo ponerme al día



En la mañana estaba escribiendo, escuchaba una extraña compilación de la Wire y al lado tenía la colección de Apsis de 1991.
Woody Allen explicó en una entrevista que no quería demorarse 20 años en producir una obra maestra. “Prefiero hacer una película por año. Así voy aprendiendo. Si algo sale mal, bueno, lo corregiré en la siguiente. Si a la gente no le gustó, que espere un tiempito y aparecerá otra”. Sergio Lagos se ríe y dice que el director neoyorquino tenía la razón.
Javier Barría tiene 28 años y es el mejor ejemplo del self made man (el tipo hecho con sus propias manos) aplicado a la canción de autor chilena. O mejor dicho, self made band: graba en un computador con muy poca memoria ram, yendo, literalmente, de la cama hacia el living. Edita y distribuye sus discos, a razón de dos por año. Gestiona vía MySpace conciertos como los que ofreció durante marzo en Buenos Aires. Viaja apenas acompañado de su guitarra. En vivo también toca solo, entre amplificadores, efectos y secuencias.
Finalmente decidió que todos sus ingresos vendrían de la música. Se transformó en un compositor wi-fi. Pero se conecta a Internet sólo para hacer mejores canciones. Sorprende su productividad (el 2006 editó los discos Piola y El ciclista, el 2005, Limpio y Desayuno eléctrico). Y acá está, entre colaboraciones (ha tocado con Mariel y Alüzinati), decenas de canciones y contactos con Argentina. Barría quiere llegar lejos. O mejor aun, que sus canciones lleguen lejos.


PUNKSTAR. Marky es una estrella de rock, pero se comporta como si nunca hubiera salido del garage. “Dylan ni en broma haría esto, ¿pero qué más da?”, dice mientras algunos oficinistas parecen reconocerlo pero no se atreven a saludarlo.
SI PICASSO PUDO. Y uno intenta preguntarle por detalles escabrosos de su vida carcelaria, pero ella, que no es tonta, deriva la conversación a interminables frases promocionales de buena crianza, de esas donde no puedes salir, pero con entrelíneas. “Bueno, también te darás cuenta que tuve mucho tiempo para componer”.

