Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 2 de diciembre 2011
Convertir en pop la música popular ha sido una operación común en buena parte del rock nacional. De hecho, es un buen punto de vista para narrar nuestra historia, desde Los Golpes fusionando bolero y soul hasta Los Vásquez resucitando —y modernizando— la balada melodramática. Ay bonita! de Jano (Alejandro Kemp, antes Jano Soto) se adscribe perfecto en esa tradición —y ambición— de bucear por géneros nobles del pasado y envolver esos descubrimientos con la modernidad. Y si consideramos la transición desde el funk/rock de La luz del cuerpo (1995) hasta su acercamiento con el tango o bolero enLágrimas de hombre (2005), este disco es la exposición pública y definitiva de tales intereses.
Esto no significa que el disco sea un mero ejercicio de estilo. La segunda canción, “Ay bonita”, es un sorpresivo y alegre ska que podría sacarle una sonrisa hasta a la mujer más hostil. “Desdichado” es una animada pieza que, haciendo gala del fatalismo latinoamericano, termina con guitarras eléctricas y un ritmo que remite al son cubano. “Cerquita mío” o “Beso a beso” se destacan por algo que podríamos llamar “ritmo Beatle”, que hace imposible no mover la cabeza para seguirlas. “Tu llegaste” es un rockabilly por donde se le mire, pero en lugar de la voz con eco excesivo de rigor, Jano la canta tal como en todo el disco. Pequeñas disidencias que hablan de un compositor respetuoso de los géneros, pero no por eso miedoso de jugar con ellos.
Ay bonita! claramente es un disco adulto, en el sentido de privilegiar la pasión por la historia de la música popular (bolero, ska, rock and roll, baladas) y la temática de la conquista. Dos aspectos que en la juventud —el mismo autor lo ha reconocido en entrevistas— son pasados por alto a la hora de armar un proyecto musical. Y al escuchar los amables silbidos de “Nadie como tú” quizá es cierto eso de que la música que termina acompañando la vida es aquella que tiene una sola cualidad: Ser “bonita”. El desafío es crearlas cuando ya pareciera que están todas inventadas.
Jano / ”Ay, bonita!” (2011, Independiente)
1. Beso a beso, 2. Ay, bonita!, 3. Cerquita mío, 4. Nadie como tú, 5. Toma el tren, 6. Aunque me duela, brindaré, 7. Solo te pido que, al menos, me dejes tu corazón, 8. Desdichado, 9. Otra vez me equivoqué, 10. Tú llegaste, 11. Vive tu vida aquí conmigo.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 16 de diciembre 2011. Ojo con la graciosa “insatisfacción” de los lectores, como si el disco permitiera mayor análisis ;)
Es posible que las obras por las que Noel Gallagher pasará a la historia del rock se reduzcan a Definitely maybe (1994), (What’s the story) Morning glory? (1995) y algunas canciones aisladas como “The Masterplan” o colaboraciones como “Let forever be”. El resto de su discografía sería un comentario a pie de página sostenido por su autodeclarada devoción por los Beatles, la invasión británica de los sesenta, Burt Bacharach, Pink Floyd, Neil Young y el country/rock estadounidense. Nada de ambiciones experimentales o aventuras con destino incierto.
Ni siquiera se detectan intenciones de volver a la cima con “esa canción que ni Lennon-McCartney olvidaron componer” (cita recurrente en la prensa inglesa de los noventa). Podemos aventurar que desde el fallido Be here now, —a pesar de ser un disco más que aceptable—, Oasis y su forma de construir canciones se cristalizaron de la misma forma que Some Girls (1978) lo hizo con los Rolling Stones.
Así, el debut solista del mayor de los Gallagher no hace nada por romper este marco. Canciones como “(I wanna live in a dream on my) Record machine” o “Stop the clocks”, obedecen a ese rock “monumental” de ritmo aletargado y guitarras eléctricas que hacen un buen contrapunto a las cosas más folk, como “Everybody’s on the run”. Un estilo que dominaba los últimos discos de su ex banda y que a los fans les encantará. De hecho se complementa perfecto con lo que ha publicado Liam Gallagher.
Está claro que a Noel —un tipo inteligente y con un conocimiento avanzado de la historia del pop— le gusta componer así. Es más: si singles como “The death of you and me” son tan clasicistas es porque su política de sonido apunta hacia ese ritmo marchante, el estribillo dramático, el aire baladístico a lo Ray Davies. Aunque, considerando lo que hizo entre 1993 y 1997 —donde pasó del shoegaze al rock de estadios, pasando por el pop orquestado— no debería costarle mucho esfuerzo escribir hits destinados al éxito comercial. O quizá ése sea precisamente su problema.
Noel Gallagher / ”Noel Gallagher’s High Flying Birds” (2011, Sour Mash)
1. Everybody’s on the run, 2. Dream on, 3. If I had a gun, 4. The death of you and me, 5. (I wanna live in a dream on my) Record machine, 6. AKA… what a life!, 7. Soldier boys and Jesus Freaks, 8. AKA… Broken arrows, 9. (Stranded on) The wrong beach, 10. Stop the clocks.
Músicos: Noel Gallagher (voz, guitarra, bajo, batería, teclado, sítar y piano), David McDonnell (guitarra), Mike Rowe (teclados, piano), Russell Pritchard (bajo) y Jeremy Stacey (batería).
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 16 de diciembre 2011.
Que Guille Milkyway —la “identidad” tras La Casa Azul— sea uno de los compositores más aventajados del pop hispano es una obviedad. Desde la irrupción del ep El sonido efervescente de La Casa Azul(2000, Elefant) hasta el algo subvalorado La revolución sexual, el músico patentó un estilo heredero del sonido de los sesenta, al mismo tiempo que de la música dance o el pop japonés. Pero también patentó una ética cancionera escrita desde el territorio del adolescente tardío que escucha discos encerrado en su pieza y que, por todos los medios, necesita adaptarse a la realidad. Lo que en verdad sorprende en La polinesia meridional es su voluntad por reinvindicar al baile como el único refugio en el cual sentirse libre —y, por qué no, inmortal—, al punto de comprometer su voz, las melodías (magistrales, por momentos) y los arreglos en pos de un ritmo machacante, adictivo e imposible de no seguir con los pies.
Es este marco, descaradamente bailable y ruidoso, el que camufla textos que hablan del miedo a la gente (“La vida tranquila”), el fraude de las mujeres autosuficientes (“Todas tus amigas”) o la crisis de la economía neoliberal (“Europa superstar”, “Sálvese quien pueda”). De hecho, la discografía oficial de La Casa Azul puede interpretarse como un ensayo sobre el fin de la juventud. El sonido efervescente… era una colección de postales de ese sentimiento de excepcionalidad típicamente adolescente. El personaje de las canciones se siente especial por gustar de Woody Allen, salir al parque a comer galletas, tomar café o conocer a Brian Wilson. En Tan simple como el amor(2003) el muchacho confirma lo anterior, al lograr que se enamoraran de él para luego desenamorarse y terminar furioso de haber actuado “como un fan”, precisamente el título de un hit. En La revolución sexual(2007) nuestro amigo —como el Antoine Doinel, de “Besos robados”— se va de fiesta, se mete en los bares y reconoce que su vida, a ratos, es “como una cerveza sin alcohol”.
Así, La polinesia meridional se estructura a partir de esa tristeza —que algunos psiquiatras llaman “post-coital”—. En “La vida tranquila”, el personaje declara que a las 6:30 de la mañana, antes de ir a trabajar, se aburre en un café leyendo la prensa. Curiosamente el mismo escenario que utilizaba para sentirse “especial” en el primer disco. Tampoco es casual que ésta sea la primera producción donde la banda falsa que armó —al estilo de The Archies— haya desaparecido. Ahora estamos, en cierto sentido, frente a frente con Milkyway, sin intermediarios. Algo que ha indignado a los viejos fans que todavía esperan un disco que celebre el (des) enamoramiento y la inocencia.
El mismo compositor fantasea en “¿Qué se siente ser tan joven?” con tener una nueva oportunidad, asumiendo que jamás podrá detener el tiempo. Acá, más bien, se reinvindica la individualidad frente a la estupidez reinante, como en la aceleradísima “Los chicos hoy saltarán a la pista”, y especialmente en ”La fiesta universal”. Pero también cierto sentimiento de desesperanza, como en “Colisión interminante” donde declara que cuando todo parecía bien, se encendieron todas las alarmas. Es posible que en una primera escucha lo que más llame la atención son las tradicionales referencias a escenas musicales algo olvidadas, como el sonido de Fidadelfia, Norman Harris o los personajes de la extraordinaria “Terry, Peter y yo”. Pero si lo escuchamos varias veces más terminamos totalmente involucrados en el sentimiento de fin de la juventud —y de la historia occidental— que se explicitan en “Sálvese quien pueda” (ojo con la velocidad de los nombres citados), pero también con el amor de pareja como el único antídoto posible y que otorga luces sobre el disco que Milkyway —ya como autor— está preparando en el cierre llamado “La niña más hermosa”.
La Casa Azul / ”La Polinesia Meridional” (2011, Elefant Records) 1. Los chicos hoy saltarán a la pista, 2. ¿Qué se siente ser tan joven?, 3. La fiesta universal, 4. Sucumbir, 5. La Polinesia Meridional, 6. Colisión inminente (red lights, red lights), 7. Terry, Peter y yo, 8. Una mañana, 9. Todas tus amigas, 10. Europa superstar, 11. La vida tranquila, 12. Salvese quien pueda, 13. La niña más hermosa.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 25 de noviembre 2011
Lo bueno de los proyectos solistas es que nos permiten “fragmentar” los talentos de una banda y entender los intereses particulares de sus integrantes. Y si con God help the girl, Stuart Murdoch, director de Belle & Sebastian mostró de donde venía el pop de cámara (chamber pop); acá se nos muestra la conexión con el glam y el country/folk de la banda. De hecho, I can´t get no puede entenderse como un debate entre canciones eléctricas y acústicas junto a un innegable talento para ubicar las melodías donde tienen que estar.
“Man of god” es un ejemplo perfecto para entender esto. Una introducción de piano, primero. Los discretos violines que dan paso a la banda completa, después. Y una melodía demasiado pegajosa para ser una estrofa. Sin embargo ese es el truco, que permite que el puente y el estribillo suenen más duros y percusivos. Una sensación de sorpresa y de darle una vuelta a las composiciones que -significativamente- está presente en sus aportes para Belle & Sebastian.
Canciones como “Pure at heart” (cuya letra puede ser tan ñoña como reivindicativa), la energética “Try me” o la marchante “Where do all the good girls go?” tienen una marcada influencia del glam británico más clásico. No sólo por la producción cargada a los efectos de guitarra o piano y la reverberancia en la voz, sino también por cierta cosa irónica que se corona con “Richie now”. La extraña historia del mejor amigo del colegio que era “guapo y cool” y cuyas compañeras lo rodeban todo el tiempo. Y como si esto fuese poco “Tenía cada uno de los discos de los Beatles/Y yo apenas tenúa uno/ El Twist and shout ep de 1963″, canta Jackson. Aunque también hay sorpresas como la funky setentero de “Just. just so to the point”.
La sección acústica del disco es particularmente interesante, con un equilibro entre el folk más dulce (“Bird’s eye view”) hasta las baladas más rápidas y con secciones de vientos (“Kurosawa”). El mismo autor reconoce en las notas del disco que esta última queria dedicarsela al director japonés pero terminó sonando “más Ozu”. También hay piezas explícitamente country como “Feel the morning”, lo que demuestra que el amor que sienten los compositores británicos por la música de raíz estadounidense sigue vigente. Aspectos que de más está decir, Belle & Sebastian ha ido incorporando progresivamente.
Para cualquier seguidor de la banda, que Jackson se anime a sacar un disco completo (y no sólo colaboraciones o homenajes a Beach Boys) es todo un acontecimiento. No sólo por la simpatía natural que transmite en la banda, sino porque es el integrante más ansioso por hablar de la historia del rock. Algo que se nota en las referencias contenidas en las letras o citas musicales del disco.
También por una anécdota que es bueno ventilar: el famoso productor de Ramones, Talking Heads y Madonna; Seymour Stein quería conocer a su banda y viajó de Nueva York a Glasgow. En una apoteósica cena -donde los amigos del grupo metieron en la bolsa hasta los panes sobrantes- Stein se devolvió sin concretar nada y algo contrariado. A nadie de Belle & Sebastian le importó mucho porque no lo conocían. Sólo Jackson -lector de enciclopedias y revistas de música- sabía su importancia y no pudo juntarse con él: tenía que lavar platos hasta tarde al otro lado de la ciudad. ¿Cómo no simpatizar más con él?
Stevie Jackson/”I can’t get no” (Bachory, 2011)
1. Pure at heart, 2.Just, just so to the point, 3. Try me, 4. Richie now, 5. Dead man´s fail, 6. Bird´s eye view, 7. Man of God, 8. Kurosawa, 9. Where do all the good girls go?, 10. Telephone send, 11. Feel the morning
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 30 de septiembre 2011
Kasabian es una banda británica enfocada en comerse el mundo. Como sus coterráneos Oasis, Radiohead, Coldplay o, en menor medida, Arctic Monkeys. Sin embargo, tras varios discos editados aun no aciertan. Y méritos le sobran: buenas melodías, arreglos cuidados, una estética musical levemente manchesteriana y una producción que los hace sonar más potentes, especialmente en su sección rítimica. Pero estamos en una época en que la el formato “banda de rock” ha sido desplazado sobre todo por solistas-espectáculo como Lady Gaga o Justin Bieber. Por ende, centrarse en una carrera de hits, fama y revuelo mediático no es el mejor camino para una banda de rock con inquietudes creativas. Especialmente con tantas micro-escenas donde los grupos experimentan con el ruidismo, el folclor africano o las orquestaciones.
Aun así, Velociraptor! no deja de ser una pieza interesante. Los muchachos de Kasabian, tal como Arctic Monkeys en su último disco, brillan cuando abrazan las melodías en lugar del riff monocorde. Esto puede comprobarse tras escuchar “Days are forgotten”. Algunos podrán decir que es “himnótica”, sin embargo su ritmo y el estribillo -que más parece puente- parece ser sólo una cáscara para ocultar la falta de ideas. En cambio, la siguiente pieza, “Goodbye kiss” es todo lo contrario. Melódica, con los arreglos correctos y hasta las palmas avisando que se viene un coro adorablemente tierno. También hay detalles como la atmósfera “a lo Vangelis” de “I hear voices”.
Pero lo más característico de la banda es cierta tensión no resuelta con lo bailable. Muchísimos temas presentan un ritmo que trata de ser duro y bailable a la vez. Como si olvidaran las diversas formas que hay de encausar con la batería una canción. Acá es siempre el mismo: batería atronadora y la melodía encima. Lo bueno es que independiente de ello, este es uno de esos raros discos que al escucharlo seguido van gustando más. Aunque aun está lejos de convertirse en ese clásico del britpop tardío que quieren crear.
Kasabian / ”Velociraptor!” (2011, RCA/Columbia)
1. Let’s roll just like we used to, 2. Days are forgotten, 3. Goodbye kiss, 4. La fée verte, 5. Velociraptor!, 6. Acid turkish bath (shelter from the storm), 7. I hear voices, 8. Re-wired, 9. Man of simple pleasures, 10. Switchblade smiles, 11. Neon noon
El músico regresa con Ay, bonita, un disco inspirado en Elvis, Sinatra y los boleros, y del que ya se desprende el single “Cerquita mío”. Jano la compara con la fruta que te dan a probar en la feria del domingo. “Así ves si te decides a comprar el resto”.
Por J.C. Ramírez figueroa para Emol, 13 de septiembre 2011
Jano Soto era un pseudónimo más que reconocible en el pop chileno de los ’90. Canciones -y videos- como “La luz del cuerpo” competían en iguales condiciones con bandas rápidamente consagradas como Los Tres, Chancho en Piedra o La Ley. Sin embargo, Alejandro Kemp (su verdadero nombre) comenzó a combinar su trabajo como publicista con intereses musicales alejados del hit radial. De ahi salieron dos discos: El último vuelo (1997) y Lágrimas de hombre (2005). Además de música para teatro y trabajar con músicos que posteriormente formaron la banda funky Matahari.
Ay bonita! es su nuevo disco, del que ya puede escucharse “Cerquita mío”. Una pieza que, tal como el disco de boleros de Carlos Cabezas, demuestra que acercarse a la canción popular clásica -por más melodramáticas que hayan parecido para el viejo rock noventero- es un recurso más que interesante.
-¿Cual fue el disparador para componer las canciones de este disco? -El disparador principal fue, paradójicamente, dejar de hacer canciones por muchos años. Alejarme de la música, desde un lugar emocional, incrementó mis ganas de volver a ella. Sobre todo, dejar los discos anteriores bien atrás en el tiempo. Y así, limpiarme de esa experiencia para encontrar una nueva voz artística. Y cuando la encontré, me decidí.
-¿Y qué música influyó directamente en este proceso? -Diría que son dos reencuentros. El primero, fue con artistas que siempre estuvieron sonando en mi casa desde niño y que, por tonteras de inseguridad o simple estupidez, los olvidé: Tito Rodríguez, Sinatra, Lucho Gatica, Pedro Infante, Roy Orbison, Elvis y otros. En esa época había que ser “rockero”. O algo parecido a eso. Y, bueno, me salió pésimo.
-Sabemos que influyó un recorrido que hiciste por Latinoamérica… -El segundo reencuentro fue con la música latinoamericana. Volví a descubrirla, aprovechando varios viajes de trabajo por la región. Me di cuenta que mucho de mi identidad estaba ligada a ella.
-¿Cómo fue el proceso de grabación? ¿Ensayaste mucho o inventaste cosas en el estudio? -El proceso fue rápido. Junto al productor, Ernesto Duboy, trabajamos las maquetas primarias de las canciones. Paralela y separadamente. Por otro lado, desarrollé los coros con el músico Marcelo Vergara. Después, juntamos a la banda y comenzaron los arreglos finales. No fueron tantos ensayos. Yo tenía bastante claro lo que quería, lo conversamos con Ernesto, y cuando se sumaron los demás músicos todo fluyó muy rápido y fácil.
-¿Cuales son para ti los puntos más altos de este disco? -Esto es como preguntarle a un papá a qué hijo quiere más (sonríe). Yo quedé razonablemente feliz con cada una de las canciones. Es posible que un crítico diga algo distinto, pero cada una de ellas tiene una función muy relevante en el andamiaje del disco.
-Es muy bueno el video promocional de “Cerquita mío”, ¿nos puedes contar como nació? -Quería baile y coreografía. Barajamos varias posibilidades de guión, pero no nos satisfacía ni uno por completo. En un momento, la coreógrafa me ordenó: “si quieres coreografías, dinos con qué pasos te sientes cómodo, y lo trabajamos”. Una semana después les mostré a los directores la idea de estos tres personajes en un primer plano con sus respectivas coreografías. Las ajustamos, agregamos otras, y cambiamos algunas. Y sobre esa base se sumaron las parejas que están en el fondo.
El tiempo que dure la canción
-A nivel musical, vemos que te interesan otras “músicas”, distintas al funk pop de los ’90 ¿Cuáles son las cosas más importantes que han ido influyendo en el último tiempo en tu trabajo? -Lo que hoy me interesa comunicar con mis canciones es cierto estado de ánimo. Cierta emoción. Todo recurso que sirva para cumplir el objetivo, bienvenido sea. Si una persona se emociona o, al menos, se entretiene con Ay, bonita!, estoy pagado. Este es un disco poco pretencioso, simple, sencillo. ¡Es pop, no olvidemos! Es para que la gente sea feliz, aunque sea por el tiempo que dure una canción.
-¿Qué te parece el escenario musical chileno? Sigue siendo sorprendente la cantidad de jóvenes que siguen el viejo modelo: esperan que los “descubran”, pasen en la radio o llegar a la televisión… -Tengo la impresión que la autogestión es el modelo cada vez más usado, y me parece muy bien. Este camino te obliga a conocer todos y cada uno de los eslabones de la cadena de producción. Por ende tienes más y mejor conocimiento de lo que significa producir cultura, música popular en este caso.
-¿Alguna nostalgia por esos ’90, donde la industria discográfica pre-internet estaba en su apogeo? -Ni una.
Canciones en la feria del domingo
Ay, bonita! se presentará durante todos los jueves de octubre, en un formato desenchufado. “Seguro que se irán sumando más fechas. Esto es un camino de largo aliento, y estamos recién calentando motores”, dice el compositor. Pero antes, a fines de este mes se presentará el segundo single, con su respectivo video.
“Así como en la feria, en donde te dan de probar la fruta antes de comprar, estamos regalando ‘Cerquita mío’ en Portaldisc. Y si les gustó, puede sobrevolar el disco y descagarlo en la misma página”, explica con humor Kemp.
“A la gente si le gustó Ay, bonita!, sugiero que lo compre. No sólo por este proyecto, sino por la música chilena en general. Ustedes son el último y más importante eslabón. Son los que dinamizan la escena yendo a conciertos y comprando discos. Si no pasa esto último, todo se va a las pailas. De verdad”.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 6 de mayo 2011.
No es casual la cantidad de entrevistas de Nacho Vegas dispersas por la red. Como todo compositor respetable, sus canciones dejan tal cantidad de interrogantes en el oyente que el primer impulso es ir a preguntarle el sentido de las letras al propio autor. Pero, a diferencia de sus admirados Bob Dylan o Tom Waits, él intentará ayudar a entender su música. Por ejemplo, que el título del disco apela al automovilismo y al lugar de la pista más complicado para el arranque de la carrera. O que cuando fue a México junto a Christina Rosevinge (tienen un EP conjunto, Verano fatal, editado en 2007), les recomendaron conocer el mercado de Sonora, pero al mismo tiempo les dijeron “no les conviene ir”. O que “Taberneros” es la columna central del álbum.
Y si bien esta información, especialmente la última, sirve para entender La zona sucia, no queda más remedio que aceptar que sus canciones son “inexplicables”. En el sentido que sólo pueden entenderse viviendo dentro de ellas, cantándolas, involucrándose. Al menos con Nacho Vegas, el protagonista de sus letras es quien las escucha.
Así, dependiendo del auditor, el disco puede ser una colección de canciones de (des)amor despiadadas. Pero también una reflexión sobre la destrucción de los vínculos afectivos entre amigos o padres e hijos. O incluso una parábola del renovado miedo al fin de mundo. Lo cierto es que a nivel musical por un lado ganó la sencillez en la construcción de las canciones. También hay cierta aproximación a la canción popular mexicana (ojo con el “Ay de mí” de “Cuando te canses de mí”) o a clásicos como “Un velero llamado libertad” de José Luis Perales en el estribillo de “Reloj sin manecillas”). Pero sobre todo se destacan temas enormes como “La gran broma final” donde se describe el desfondamiento emocional comparándolo con las torres gemelas de Nueva York o con dar entrevistas mientras el mundo se cae en mil pedazos. También la mencionada “El mercado de Sonora” (que explora magistralmente el imaginario pagano latinoamericano) y “Lo que comen las brujas” una especie de canción infantil donde utiliza uno de sus recursos favoritos: el coro de niños al estilo “The wall”. Lentamente va emergiendo el resto de las canciones que, particularmente en este disco, crece a medida que se escucha. Algunos llaman a eso madurez compositiva.
Nacho Vegas / ”La zona sucia” (Marxophone, 2011)
1. Cuando te canses de mí. 2. La gran broma final. 3. Incendios. 4. Reloj sin manecillas. 5. Taberneros. 6. Perplejidad. 7. La comedia humana. 8. Lo que comen las brujas. 9. Cosas que no hay que contar. 10. El mercado de Sonora.