Gepe – ”Audiovisión” (2010, Quemasucabeza)

Discos 4 June 2010 | 3 Comments

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 4 de junio 2010.

En Chile, siempre ha existido una brecha entre el folclor y la música popular. Hits radiales -y sociales- como “Todos juntos” o “Lejos del amor” aun hoy son excepciones. En este contexto, el gran aporte de los nuevos cautores -Gepe, Camila Moreno, Diego Peralta, Pedropiedra- ha sido llenar las grietas y vacíos a pura intuición. En lugar de remitirse a una estructura o tradición, en su obra hay mucho de imaginación y riesgo. Aunque alcancen o no buen puerto. Por algo el autor de Audiovisión elude “explicar” su música. O la influencia de Víctor Jara, el pop, el post-rock o la electrónica. Elementos que ciertamente están en su propuesta desde el elogiado 5×5 (2004). Simplemente porque su estilo no viene de un lugar definido, sino que está en desarrollo.

Este disco continúa esa línea evolutiva. ¿Cómo podríamos definir si no “Amigos vecinos”?. Una canción que comienza con un dejo de tonada y está acomañada de palmas, pero al rato entra un piano y un coro. O “Alfabeto”, que a pesar del arpegio de guitarras que remite al canto nuevo, tiene una excelente percusión nortina y una línea vocal más cercana al dream pop que a la música de raíz. La misma idea que Gepe desarrolla en “Estado de vista” y la excelente “La bajada”: ritmo y arreglos folclóricos acompañados de melodías del más fino pop de estilo internacional.

Por otro lado, hay en Audiovisión una interesante conexión con cierto pop que se hace en Europa (a diferencia de la tendencia rockera-electrica-fluorescente de Estados Unidos). En concreto: “Salón nacional de tecnología”, el single “Por la ventana” o las canciones “Budapest” y “Lienza” (con Javiera Mena) son melodías hermosas y calmadas, pero tocadas con programaciones y finos efectos. Recuerdan fuertemente las producciones de los sellos suecos Labrador y Bonjour (Sambassadeur, Radio Dept, Club 8).

Pero hay más puntos altos: “12 minerales”, con un gran trabajo de voces o la hermosa “Vitoria Roma”. Son piezas que no sólo confirman a Gepe como un gran compositor que abandonó ciertos vicios en la entonación o la escritura, sino también abren nuevas puertas a la compleja relación entre música de raíz y modernidad, entre folclor y pop, que más que opción es una necesidad.

Gepe / ”Audiovisión” (2010, Quemasucabeza)

1. Amigos vecinos, 2. Por la ventana, 3. 12 minerales, 4. Alfabeto, 5. Ayelén, 6. Estado de vista, 7. Lienza8. Salón nacional de tecnología, 9. Un día ayer, 10. Victoria Roma, 11. La bajada, 12. Budapest

Gepe (Daniel Riveros): voz, guitarras, teclados y piano, percusion y sonidos, secuencias.

Músicos invitados: Pedro Subercaseaux: bajo electrico, y guitarra electroacustica “12 minerales”, Danae Morales: corno frances en “12 minerales”, Felicia Morales: cello en “Victoria Roma” y “Un dia ayer”, Valeria Jara: voz en “Salón nacional de tecnologia”, “Alfabeto” y “Victoria Roma”, Pamela Sepulveda: voz en “Estado de vista”, Gonzalo Canales: guitarra electrica en “Estado de vista”, Jorge González: voz en “salon nacional de tecnologia”, Javiera Mena: voz en “Lienza y Cristian Heyne: programaciones y voz en “Alfabeto”

Producción: Cristián Heyne y Gepe

www.myspace.com/gepe
www.quemasucabeza.com

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Manuel García: “Es Hora Que Chile Deje De Mentirse A Sí Mismo”

Archivo Periodístico,Emol,Entrevistas,Rock Chileno 3 June 2010 | 0 Comments

El cantautor lanza S/T, un disco marcado por el terremoto y los cambios vividos por el país. Una obra que fue prácticamente reescrita entre comunicaciones que se caían, réplicas y visitas de amigos a la Sala Master. Este sábado lo tocará íntegro en la SCD de Plaza Vespucio.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 3 de junio 2010.

Manuel García entró a grabar el disco S/T un par de días después del terremoto del 27 de febrero. Si bien ya tenía las canciones definidas, la catástrofe modificó todo. Sobre todo a nivel emocional. El músico confesaría que muchas canciones fueron grabadas entre las fuertes réplicas que vinieron durante los días posteriores, cuando los músicos instalaron en la Sala Master como punto fijo.

El músico también reconocería cuánto lo afecta cantar. Algo que se insinuaba en los celebrados álbumes Pánico (2005) y Témpera (2008) y que se explicitaba en sus shows en vivo, donde muchas veces se le escapaba una lágrima en plena interpreteación. Acá eso vuelve a ocurrir con “Amistad”, la estremecedora canción que cierra el disco y que se hizo pensando en la dramática historia dos niños que fueron arrastrados por el mar en Constitución.

Porque García no sólo protagonizó un rescate del folclor, la herencia de la Nueva Canción Chilena y, sobre todo, la trova en el pop nacional. También regresó a lo “social” del movimiento. Una perspectiva vinculada con la actualidad, que precisamente necesitan las nuevas generaciones. Él mismo diría antes de cerrar esta conversación: “hay que cortarla con eso de que el músico no puede tener una opinión política y social”.

-¿Donde estabas para el terremoto?
-En Barcelona. Después tomé el avión y me quedé atascado en Argentina, sin saber nada. Había muchos chilenos en los aeropuertos, gente llorando, sin poder comunicarse con la familia. No encontramos respaldo en las aerolíneas ni consulados, tampoco en el plano político. De eso se ha hablado súper poco, de la indefensión y la total incomunicación de los chilenos en el exterior. Había muchos que no tenían plata para alojamiento ni comida. Y nadie dio la cara.

-Esto modificó tu proyecto de disco, me imagino…
-Totamente. Lo bonito fue que los músicos empezaron a grabarlo antes que yo volviera. Montaron el estudio en la Sala Master y le instalaron sillones, para que venieran a acompañarnos los amigos. Eso me emociona mucho. En el disco hay una carga humana fuerte. Fue grabado para agradecerle al público, cantando con mucha emoción, sintiendo el miedo, el valor de enfrentarlo. Sin saber qué iba a pasar. En el fondo canté con la mente en la tragedia.

-¿Te tocaron réplicas fuertes mientras lo grababas?
-Unas tres réplicas importantes. Me acuerdo de una. Mientras comezó a moverse mis músicos empezaron a poner los ojos de plato, pero siguieron tocando igual. Fue así durante los cinco días que grabamos.

-¿Cuál sería la canción que mejor representa todo eso?
-”Amistad”. Es sobre los dos niños que “se fueron” en una camioneta en Constitución. La historia la contó un obrero que se puso a rescatar gente, y los vio desaparecer en un vehículo. En esos dos hermanos pensé cuando la cantaba…

-Y se te quebra la voz. Cuando cantaste “Te recuerdo Amanda” en un Festival del Huaso de Olmué y te pasó lo mismo.
-Sí, es cierto … me suele pasar cantando. Yo creo que el virtuosismo es una trampa donde quedas atrapado si no sabes administrarlo. Tienes que sacar la voz, la fuerza de tu interior. Me emociono también cuando compongo. Voy en la mitad y no puedo seguir… Hay varias cintas donde me pasa eso. Acá me pasó con “Amistad” y “Joan”. Me tiembla la voz un poquito.

Folclor, rock y música de cámara popular

-Tú fuiste cara visible de un movimiento de cantautores a mediados de la década que demostró a los músicos jóvenes que no era necesario tener una banda para expresarse… ¿estás de acuerdo?
-A mí me honraría mucho participar de ese fenómeno. Tuve la suerte de estar trabajando con esa esa intención, que ya era la hora de revisar la guitarra, catalizar lo que habia sido el rock cruzándose con el folclor y cantar sobre otras cosas. Me tocó grabar un disco muy valiente como Pánico, que iba muy a la orillla de lo que los medios iban trabajando. Pero era algo que iba a ocurrir en algún minuto. He sido afortunado al vivir eso…

-¿Vives de la música?
-Puedo decir que sí. Sabiendo todas las complicaciones de esto, nunca he hecho otra cosa que no sea música. Siempre he defendido eso, ya sé un poquito como arreglármelas económicamente.

-Acá hay una mitad acústica y otra eléctrica, en la vieja tradición dylaniana. O de Sabina…
-Sí, S/T recogió varias instancias: está presente la guitarra, la banda de rock y la orquesta con piano y pandero.

-¿Pop de cámara?
-De cámara popular (asiente).

-Tengo entendido que la canción dedicada a Joan Jara es la primera que se le compone directamente…
-Es un tema que yo comencé a trabajar acá, pero terminé en México. Era un puro estribillo que fue creciendo. Cuando fue el funeral de Víctor Jara lo enviamos como manera de saludo, en un video. Pero al final se convirtió en parte de este LP. Es una canción muy sencilla que habla de la persona que más ha tenido vivo su recuerdo.

-A propósito, ¿cómo ves la situación del Chile Bicentenario?
-Como ciudadano estoy muy preocupado por los nuevos tiempos, No quiero que se acaben las píldoras de solidaridad, ni que abandonemos a la gente del sur. No me siento afín con el nuevo gobierno, pero creo en los jóvenes, los pingüinos y la gente que desde la base haga cosas: los músicos callejeros, los titiriteros, los artistas. Hay que apostar al futuro y para que en el siglo XXI Chile deje de mentirse a sí mismo.

S/T, es decir Sin título

Manuel García adelantó el recital del 5 de junio en la Sala SCD de Plaza Vespucio a las 20:30. Dice que tocará el disco íntegro y prácticamente en el orden original. Además habrá un cover de “Gente” de Florcita Motuda y otro de Gustavo Cerati.

Los músicos invitados serán Fernando Julio y Camilo Salinas, integrantes de Los Bipolares. “También habrá descartes del disco, tres temas que no quedaron y da mucho gusto tocar”, explica. Y por supuesto un bis dedicado a sus discos anteriores: Pánico y Témpera, los únicos álbumes con título claro. Porque éste se titula Sin título.

www.myspace.com/manugarpez

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Paul Anka: La metáfora perfecta del festival

En Vivo 23 February 2010 | 0 Comments

El crooner canadiense hizo delirar la Quinta Vergara en la primera noche de Festival. Su energética mezcla de swing, hits de la era pre-Beatles, referencias rockeras, piropos al público y homenajes a sus amigos muertos era lo que el público y la “memoria festivalera” necesitaba.

Por J. C. Ramírez Figueroa para Emol, 23 de febrero 2010.

A las dos de la mañana Twitter ardía: “viejo seco”, “tengo que levantarme a las seis pero no puedo apagar la tele”, “¡ahora hace un cover de Nirvana!”, “mi abuelita tenía razón: Paul Anka es un grande”. En la Quinta Vergara, el público –incluyendo por supuesto al fan club que lo seguía desde fines de los años cincuenta– estaba en éxtasis. Y es muy probable que los televidentes sintieran lo mismo, mientras el experimentado crooner pasaba de cantar sus hits a relatar anécdotas, saludar a la gente o recordar, emocionado, lo mucho que quería a Michael Jackson o a Sammy Davis Jr.

Tal como Tom Jones el 2007, Paul Anka enloqueció al “monstruo”. Su repertorio y puesta en escena es todo lo que el Festival necesitaba. Desde que emergió entre la platea cantando “Diana” en clave disco-funk hasta el gran finale con “My way”, el cantante emocionó, sorprendió, entretuvo y escenificó todo lo que entendemos por “show festivalero”. Porque, ¿no es nuestro Festival de Viña el último espacio donde aun respira la canción popular melodramática?

El homenaje a Michael Jackson, donde interpretó “This is it” y por la pantalla gigante se vió al malogrado músico, provocó aplausos y gritos. Es curioso que cuando la canción fue exhumada tras la muerte de Jackson, el mismo Anka denunció que era un plagio. Ahora, sin embargo, narraba que él se acercó a su casa y fue fruto de un trabajo conjunto.

Su interpretación de “Smells like teen spirit” de Nirvana fue reveladora. Despojada de toda su furia rockera (que precisamente desbancó a Michael Jackson de los rankings en 1991), la canción sonaba domesticada y amable, gracias a su irónico cancherismo swing. Al igual que la energética “Jump” (Van Halen) contenida en el disco Rock swings (2005), donde Anka adapta hits del rock en otros formatos.

Y esta idea de “volver a la inocencia de los años cincuenta, antes de que los Beatles arruinaran todo” fue el punto fuerte de Paul Anka. Su interpretación de “You are my destiny”, “Tonight my love, tonight” o incluso “Twist and shout” (original de Phil Medley y Bert Russell) fueron pruebas de esto. Su banda, un ensamble que sólo se soltaba hacia el final cuando los dejaban improvisar, lo apoyaba en esta misión: una presentación correcta, emocionante y edulcorada, a la medida del festival. ¿Cómo iba a faltar entonces “Let my try again”, de la que es compositor y que precisamente en este escenario hizo historia?

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Ok Go – “Of the blue colour of the sky” (2010, EMI)

Discos 18 February 2010 | 0 Comments

Del hype viral a la lata indie mainstream americana

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 18 de febrero 2010.

Esta es la banda que se hizo famosa el 2006 por un video donde ejercían una extraña coreografía en una sala de ejercicios. Esta producción de YouTube (“Here it goes again”) fue linkeada, repetida e incluso parodiada en Los Simpsons. Detrás de este ruido mediático, el grupo no destacó demasiado. Simplemente fueron uno de los hitos de la viralización del pop por Internet. Y otro one hit wonder para las compilaciones americanas de power pop.

Para Of the blue colour of the sky, su primer álbum tras Oh no (2005), donde se incluía aquel single, los muchachos intentan comenzar de nuevo. Para esto reclutaron a Dave Fridmann, ex Mercury Rev y productor del Soft bulletin (1999) de Flaming Lips. De ahí la “psicodelia” de su producción en canciones como “WTF?”,  “While you were asleep”, “In the glass” o “Back from Kathmandu”, saturadas, sobreproducidas y a kilómetros de la amabilidad de los singles que los hicieron famosos.

Pero, como buenos indies estadounidenses, el monocordismo les puede jugar malas pasadas. “This to shall pass”, tendrá baterías altísimas en la mezcla, un piano y efectos “épicos”, pero esta fundado sobre los mismos tres acordes rockandrolleros de “La bamba”. Esta idea de saturar canciones vulgares con efectos “novedosos” persigue a todo el disco: la reverberancia y saturación de “All is not lost”, la distorsión del bajo a lo Primus en “Needing gething”, el funky con estupefacientes de “White knuckles”.


Sólo cuando los OK Go son ellos mismos -o al menos como los conocimos- la cosa funciona. “Skycrapers” es una melancólica pieza soul, con saludable “aire” entre la percusión, el bajo, el jangle de la guitarra y la voz. Nada de saturaciones. Al igual que “I want you so bad I can’t breathe”. Triste, contenida, guitarreada, más cercana a Stevie Wonder que Flaming Lips. “Before the earth was round” cantada con vocoder o el synthpop de “End love”, que recuerdan el disco de Julian Casablancas, también funcionan. Incluso hay una baladita con guitarra acústica: “Last leaf”.

Esta dualidad entre la megaproducción indie estadounidense y el sonido negro hacen que el disco suene contradictorio. Está claro que OK Go es una banda que se acerca peligrosamente al montón de agrupaciones que buscan nuestra atención por Internet. Pero que tuvieron el ingenio y la inteligencia de tener como “capital simbólico” el video de YouTube. ¿Cuantas más lograron eso en la década pasada?

Ok Go / ”Of the blue colour of the sky” (2010, EMI)

1. WTF?, 2. This too shall pass, 3. All is not lost, 4. Needing/Getting, 5. Skycrapers, 6. White knuckles, 7. I want you so bad i can`t breathe, 8. End love, 9. Before the earth was round, 10. Last leaf, 11. Back from Kathmandu, 12. While you were asleep, 13. In the glass

Músicos: Damian Kulash (voz y guitarra), Andy Ross (guitarra, teclados y coros), Tim Nordwind (bajo y coros) y Dan Konopka (batería).

www.okgo.net
www.myspace.com/okgo


más reseñas de discos acá.

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Ken Stringfellow: “El Power Pop Me Hace Sentir Transgresor”

Archivo Periodístico,Emol,Entrevistas,Pòwer Pop,Rock 25 March 2009 | 0 Comments

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 25 de marzo 2009.

¿Existe una etiqueta más clara para definir un estilo que “power pop”? Surgido a principios de los ’70 con agrupaciones como Big Star, Flamin’ Groovies o Badfinger el power pop fue una reacción ante los excesos del hard rock o el perezoso folk hippie.

La premisa era simple: canciones melódicas como las de los Beatles, los Byrds o los singles de la Tamla o Motown más un sonido fuerte y guitarreado.

El glam inglés y el punk de los Ramones fueron variaciones de la idea. O la genealogía de bandas que incluyen a The Cars, Blondie, Replacements, R.E.M o My Teenage Fanclub. De ese mundo viene Ken Stringfellow, el músico que esta noche se presenta en el ñuñoíno y tradicional espacio rockero de La Batuta.

Integrante de The Posies y R.E.M, durante un período de los ’90. También ha tocado con Neil Young y los celebrados Snow Patrol. Y lo más notable: grabó con los sobrevivientes de Big Star el excelente disco de regreso In space (2005).

“Big Star fueron una de las bandas más olvidadas del rock. Fueron, porque gracias a internet ya nadie es olvidado”. Y continúa: “El power pop es mi equivalente a la new wave ochentera. Soy feliz de pertenecer a un genero tan inhabitado. ¡Me hace sentir transgresor!”, dice riéndose.

El disco que viene a presentar junto a su banda The Disciplines es Smoking kills (2008, S Music/Sony BMG) una actualización de todas las virtudes del género: guitarras potentísimas, excelentes melodías y la conexión con el sonido garage (y de ahí naturalmente al blues, R&B y la raíz americana).

“Me gusta la música simple y que se mueva en el terreno de lo espontáneo. Cuando toco, no pienso en nada, porque es precisamente el momento en que soy libre y simplemente vivo”.

Sobre el show, adelanta: “es impredecible. Mi espectáculo depende mucho de la reacción del público y su nivel de interés. Es como si fueran parte de la banda. Así que veremos que pasa”.

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A Keane le interese. Arena Santiago.

Archivo Periodístico,Emol,En Vivo,Uncategorized 6 March 2009 | 0 Comments

Con el Movistar Arena a tres cuartos de su capacidad, los ingleses desmintieron eso de que son una banda melodramática. Más bien, demostraron que son capaces de conseguir algo emocional a escala humana. Justo lo que U2 o Coldplay ya no logran hacer.

JC. Ramírez Figueroa para Emol, 6 de marzo 2009.

-No somos unos blanditos-, declaraba Keane textual a la prensa inglesa, hace unos meses, mientras promocionaban su flamante Perfect simmetry. Incluso se habían arriesgado lanzando como single, la ochentrónica “Spiralling”. La canción, que recordaba el pop de sintetizadores más comercial de los ’80 (Duran Duran, The Power Station) parecía una toma de posesión ante la fiebre post-punk y electro que azota al pop inglés. Y viéndolos tocar en el Arena Movistar, con la excelente voz de Tom Chaplin, el característico staccato del piano de Timothy James Rice-Oxley (principal compositor), sobretodo, la intensidad de sus canciones, queda clarísimo que Keane no son los Coldplay en miniatura que nos quieren hacer creer.

Porque sería fácil desacreditar los recursos de Keane. Después de todo es piano rock, con canciones de estructura clásica -sin el enfermizo cut & paste o guiños afrolatinos del pop, supuestamente, más aventajado- y enraizado con lo emocional más que con la angustia adolescente, que tan buenos dividendos da a los rockers verdaderamente duros.

Después de un respetado teloneo de Francisco González, cargado a las guitarras y elogiado por la misma banda, los ingleses abrieron con “The lovers are losing”. Esta canción, segundo single de Perfect simmetry, tales “Crystall ball” o “Is it any wonder” tienen toda la fuerza y escala humana perdida por U2 Y Coldplay, y que Travis intentó recuperar. Tres bandas que fracasan en lo que Keane vuelve totalmente explícito en “This is the last time”, “Somewhere only we knows” y la extraordinaria “Nothing in my way”. Una marca registrada, que sus detractores llamarán “fórmula”, y que es simplemente encontrarle un cuerpo melódico e instrumental a un estado de ánimo.

¿Suena complicado? Entonces, hay que remitirse al cierre del concierto. Sí, porque después de los bonitos motivos ochenteros en la pantalla (gráficas de Atari, por ejemplo) y de los sinceros saludos de Chaplin, que incluso tocó con chupalla (“¡No sabía que teníamos tantos fans en Chile!” o “Ésta es para ti”, decía con enternecedoras fallas en su traducción) vino el bis. Primero, “Under pressure” (Queen con David Bowie) y finalmente, la impresionante, “Bedshaped”.

Ahí está resumido todo el poderío de Keane, en esta segunda visita a Chile tras el Vive Latino 2007. Un piano en primer plano, una melodía tristísima (heredera del gran trabajo de The Hit Parade, notable influencia de Keane) y un Chaplin que le saca el brillo a la voz. Es imposible no involucrarse con la canción mientras desemboca en un monumental estribillo. Porque meter ruido o incitar al baile es mucho más fácil que emocionar. Esto último, no lo lograrían agrupaciones supuestamente “blandas” como insisten en categorizar a Keane.

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Calexico – ”Carried to dust” (2008, Quarterstick Records)

Discos 14 November 2008 | 0 Comments

Sud-Americana

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 14 de noviembre 2008.

Me siento solo y perdido / una vela alumbra mi camino / cruzando tierras que nunca he visto / cruzando el río de mi destino / sólo soy un chico más / que sueña en alto y mira al mar”. Así parte el nuevo disco de Calexico, experimentados cultures de americana, la música de raíz estadounidense. La gira que los trajo a Chile el año pasado los afectó de tal manera que Carried to dust no sólo homenajea a Víctor Jara en esta primera canción (“Víctor Jara’s hands”) sino que le canta a Valparaíso (“House of Valparaíso”) e integra aires de fusión latinoamericana.

En efecto, ambas canciones citadas abrazan ese sonido que Sting intentó imitar en Nothing like the sun (1987) y su clásico anti dictadura “They dance alone”. La diferencia es que Calexico lleva años investigando no sólo las raíces country-folk sino también el sonido fronterizo llegado desde México. No por casualidad son de Tucson, Arizona, porque el sonido el sonido es desértico e intenso. Por cierto, en el imaginario folk estadounidense el desierto es una metáfora bíblica que remite a la búsqueda y redención.

“Two silver trees” y “The new about William” son canciones que tienen mucho de eso, con sus precisos arreglos de cuerdas y sus tiempos lentos. También hay mucho de alt country, el country alternativo hecho por gente que en vez de crecer en granjas entre vacas y caballos lo hicieron entre discos de Sonic Youth o Fugazi. “Writer’s minor holiday”, por ejemplo, con su estribillo pop, “Fractured air” con su ritmo marchoso o “Slowness”, una hermosa balada country. Lo mejor, sin embargo es escuchar cosas como “Inspiration”, bolero eléctrico cantado en español, con las clásicas trompetas de Calexico y que delata la fascinación de la banda por cruzar las fronteras e integrar todo lo que encuentren allí. Cómo se agradece eso: que los músicos sean inquietos.

Calexico / ”Carried to dust” (2008, Quarterstick Records)

1. Víctor Jara’s hands, 2. Two silver trees, 3. The news about William, 4. Sarabande in pencil form, 5. Writer´s minor holiday, 6. Man made lake, 7. Inspiration, 8. House of Valparasíso, 9. Slowness, 10. Bend of road, 11. El gatillo (trigger revisisted), 12. Fractured air (tornado watch), 13. Failling from sleeves, 14. Red blooms, 15. Contention city.

Músicos: Joey Burns (voz, guitarra), John Convertino (batería, percusión, banjo), Paul Niehaus (pedal steel, guitarra), Jacob Valenzuela (trompeta, vientos), Martin Wenk (acordeón, guitarras, sintetizadores), Volker Zander (bajo).

Invitados: Sam Beams (coros), Pieta Brown y Amparo Sánchez (voces), Michael Fan (violin), Nick Luca (guitarra y organo Hammond), Douglas McCombs (guitarra), Bo Ramsey (guitarra doce cuerdas), Mickey Raphael (harmonica).

www.myspace.com/casadecalexico

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Javier Barría: self made man

Archivo Periodístico,Entrevistas 8 May 2008 | 0 Comments

Ya es hora que este compositor pase de ser el secreto mejor guardado de la canción de autor nacional al conocimiento público. Sus canciones son una inédita exploración por el oficio rocker y la exploración melódica que jamás logra que pierdas la atención. Tras exitosos shows en Buenos Aires regresa a jugársela con un enésimo disco La edad de las moscas.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 8 de mayo 2008,

Javier Barría tiene 28 años y es el mejor ejemplo del self made man (el tipo hecho con sus propias manos) aplicado a la canción de autor chilena. O mejor dicho, self made band: graba en un computador con muy poca memoria ram, yendo, literalmente, de la cama hacia el living. Edita y distribuye sus discos, a razón de dos por año. Gestiona vía MySpace conciertos como los que ofreció durante marzo en Buenos Aires. Viaja apenas acompañado de su guitarra. En vivo también toca solo, entre amplificadores, efectos y secuencias.

—Así tocan también Jorge Drexler y Juana Molina. Es interesante, porque cada uno lo usa a su manera. Por eso nunca suena igual. Es un sistema interesante porque es fácil de armar y desarmar. Incluso se gana más plata—, explica Barría, riéndose.

Sin embargo, al escuchar Ciudadano B (2007, autoedición), su último álbum, todo lo anterior se va volviendo apenas una anécdota, un dato al pasar, una metodología de trabajo. Tal es la intensidad emocional de su voz y guitarra, la pulsión rockera-songwriter en los estribillos y la calidad de sus canciones, que hay que rendirse ante la evidencia. Y ésa es que estamos posiblemente ante el compositor más aventajado del rock nacional. ¿Logrará escapar del incómodo estatus del “secreto mejor guardado”?

Confiemos en que sí, porque Barría tiene la muy notable capacidad de torcer los acordes tradicionales y aun así construir canciones que se pueden escuchar una y otra vez. De ésas que cuando se interpretan en vivo te pegan fuerte.

Compositor wi-fi. Criado por los Beatles, las grabaciones radiales nocturnas y el aprendizaje guitarrero de Led Zeppelin, un Barría adolescente cayó rendido ante la intensidad de Los Tres a mediados de los ’90. Como muchos, se instalaba cerca de Ángel Parra para comprobar su técnica y los pedales que usaba. Después estudió música en la Universidad de Chile y aunque descubrió las canciones brasileñas (tiene una banda paralela llamada Os Desafinados) también le aburrió el academicismo. “Se miraba la música popular en menos, simplemente porque es un género joven”.

Finalmente decidió que todos sus ingresos vendrían de la música. Se transformó en un compositor wi-fi. Pero se conecta a Internet sólo para hacer mejores canciones. Sorprende su productividad (el 2006 editó los discos Piola y El ciclista, el 2005, Limpio y Desayuno eléctrico). Y acá está, entre colaboraciones (ha tocado con Mariel y Alüzinati), decenas de canciones y contactos con Argentina. Barría quiere llegar lejos. O mejor aun, que sus canciones lleguen lejos.

-Tus canciones tienen mucho de ese rock de autor que gusta tanto en Argentina y que curiosamente acá no pega tanto. ¿Qué tal estuvo?
-Sí. Regresé a Chile muy potenciado, aunque igual me deprimí un poco. Acá no hay tanta vida en las calles y a uno le dan ganas de regresar allá. Toqué en El Noavestruz y El Nacional de San Telmo. Son locales donde se presentan muchos compositores como Antonio Birabent y Daniel Melero. Me contacté vía MySpace, tomé un bus y toqué. ¡Es mi primer viaje de trabajo a Buenos Aires! Ahora planeo regresar a fin de año.

-Tu haces dos discos por año, ¿todo en solitario?
-Siempre. Lo hago en un PC de 256 ram. Esa falta de memoria para algunos es un crimen. Pero es un buen entrenamiento. Antes grababa apenas hacía la canción. Ahora voy desarrollándola en vivo. Cuando dejé de usar el formato de banda adopté este estilo de trabajo. Así, a medida que se toca se perfecciona y se termina armando. A mí no me gusta repetir lo mismo en vivo, la idea es que se reversione.

-Como Dylan, aunque no todos lo entendieron así.
-Es verdad. Pero transformar las canciones en vivo le permite disfrutar y seguir vivo. Es una lata cuando las bandas tocan igual que en el disco.

-¿Qué pasa que hay tan poca canción de autor rockera a diferencia de Argentina?
-Yo tengo una teoría que no está comprobada. La mayoría de las bandas de acá, hacen canciones con la idea de “pegar”. Entonces, hacen una música para que el público rockee y tararean encima, convirtiendo a la letra en una especie de guitarra secundaria que faltó por grabar. Evidentemente hay que huir de eso.

Confiar en el oficio. Próximamente Barría editará su primer disco bajo un sello. Se trata de La edad de las moscas, que recuperará diez nuevas versiones de su extenso repertorio. “Están grabadas como las interpreto actualmente en vivo”, dice, reconociendo que ha pasado bastante tiempo y ya se puede hablar de “obra”. Será bajo el naciente sello Infanta Terrible. Mientras tanto se pueden escuchar sus canciones en el MySpace. La pulsión rocker contenida en “Morir ahí” o “Abandono” o la melancolía bossa de “Guía triste” (“voy buscando una ruta invisible / que me lleve a casa / y rompa el maleficio (…) la búsqueda será infinita”), se explicitan en “Wild horses” la célebre balada country de los Rolling Stones. Ahí confluyen todas las influencias actuales de Barría. “Es una buena canción. Sí, algo sabía que mucho del mérito es de Gram Parsons amigo de los Stones”.

-Hay bandas que suenan increíbles pero sus integrantes tienen 30 años y nadie los celebra porque “es lo que deben hacer”. Si tuvieran 20 los alabarían. ¿Qué ocurre si todo sale mal, finalmente? ¿Has pensado en eso?
-Entiendo a lo que vas. Lo que pasa es que yo confío en mi talento y mi oficio. Los años tocando y aprendiendo van dándote confianza. Y lo que hago no se va a detener. ¿Sabes? Si me va mal seguiré haciendo música. Siempre. No sé, terminaré haciendo clases en los colegios por último.

Biografía en musicapopular.cl
www.myspace.com/javierbarria

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Jane Birkin: la mujer de los gemidos

Archivo Periodístico,Entrevistas,Música 13 March 2008 | 0 Comments

Jane Birkin actuará este sábado en el Teatro Oriente, pero ojo, que no se ha quedado en el pasado, y tras colaborar con gente como Beth Orton, Franz Ferdinand y Manu Chau está tan potenciada como con sus amigos mods que protagonizaron Blow Up, cinta que con su polémico desnudo, la llevó a la fama.


Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 13 de marzo 2008.

Paul Weller, lider de The Jam y héroe del pop inglés, decía que bastaba ver una foto de los Beatles para entender los ’60. Que la ropa, peinado y sobretodo actitud podían sintetizar perfectamente el espíritu de una época. Lo mismo podría aplicarse a Jane Birkin, cantante inglesa pero residente en Francia que se presenta el 15 de marzo a las 21:00 en el Teatro Oriente de Providencia.

Minifalda, flequillo “modette” y una mirada de estar sumergida para siempre en 1968. El “año eje” para la contracultura del siglo pasado, donde en París “mayo duró doce meses”, en Inglaterra se disfrutaba de la colorida explosión del “Swinging London” y en California se vivía el “Verano del amor”.

“Una revolución sociocultural” -define Birkin dede París y luego, como el juego de asociaciones que hacen los que vivieron fuerte una época, comienza a enumerar: “Minifaldas baratas, Michael Caine, Twiggy, los Rolling Stones, los Beatles… claro que sería genial tener una máquina del tiempo y volver allá”, responde entusiasmada.

La influencia Birkin. Desde Bryan Ferry a Dominique A, desde Manu Chau a Jarvis Cocker (quien tocará la misma noche), todos los músicos que han colaborado con ella en Rendez vous (2004) y Fictions (2006), saben que ella es un ícono, aunque ella no responde cuando se le pregunta por qué. Al parecer Birkin jamás ha dejado de estar “demodé”, tal como sus amigos londinenses de los ’60. Intensa, elegante y pop, sus últimos discos son una extensión de su mito.

Y que además, como si fuera un inmenso plus, los músicos más jóvenes como los mismos Franz Ferdinand la miran desde abajo, porque saben que estuvo más que cercana a Serge Gainsbourg, el renovador de la chanson. Basta verla, con su legendaria blusa transparente, caminando de la mano con Gainsbourg. O gimiendo en el hit del año siguiente: “Je t’aime, moi non plus”. Un bombazo de pop beat que por primera vez explicitaba el acto sexual en una canción. La primera versión fue grabada y censurada por la misma Brigitte Bardot, y ahí apareció Jane Birkin, quien ya se había hecho famosa por su topless en la película “Blow Up” (1966) de Antonioni, donde también aparecían The Yardbirds con el gran Jeff Beck rompiendo su guitarra a lo Townsend o a lo Hendrix.

-¿Sabía que el tema fue un suceso en Sudamérica? ¿Escuchó la versión que grabó el popular puertoriqueño Chayanne (Extasis, 1992)?
-¡No lo sabía! Me gustaría escuchar esa versión. Hay más de cien versiones registradas, incluyendo dúos de chicas japonesas, hip-hop y especialmente la de André Bourvil y Jacqueline Maillán grabada 1970 (parodia de la canción) donde participamos Serge y yo también.

-¿Y valdría la pena construir una máquina del tiempo y retornar a los ’60 a la época del “Swinging London”?
-¡Yo me apuntaría! Siento orgullo, tal como Serge, por los ’60. Creo que jamás me he ido de allí. Pienso en la revolución sociocultural que dejó, las minifaldas baratas, los muchachos “cockneys” (de los barrios bajos británicos) o las fotos de David Bailey (quien introdujo el término “Swinging London” y fue la inspiración del protagonista de “Blow Up”). También en que las guapas eran Jean Schrimpton y Twiggy, cuando la moda dejó de ser para las damas elegantes. Pienso en John Barry (compositor de bandas sonoras), Michael Caine, Terence Stamp, los Stones. Pero antes que todo, la alegría Beatle. Los ingleses de los ’60 eramos los “top of the world”. Por eso Antonioni eligió retratar esta ciudad en “Blow Up”, porque eramos “demodé”. Incluyendo el tocino que comíamos, ja ja.

-La canción popular actual ha perdido todas las grandes orquestaciones de los ’60. ¿Cree que hay que regresar a ello o es simplemente la evolución?
-No debe regresar. Todo evoluciona simplemente. Integrar las tendencias celtas, romanescas, multiculturales y moverse a través de ellas. Por eso Internet y los nuevos sistemas de grabación son geniales. Todo el mundo graba sus propios discos. Eso es más interesante.

-¿Qué le parece el trabajo de su hija Charlotte? Últimamente la vimos encarnado a Sarah, la esposa de Bob Dylan en la película “I’m not there” (2007).
-
Pienso que es lo más “verdadero” de la película. Ejemplar, justa, como siempre. Para mí es la actriz más “rara” de su tiempo. Desde los doce años se me hizo evidente. Su Jane Eyre (1996) de Zeffirelli, era un milagro de calma, y de emoción contenida que en 21 gramos (2003) se fue perfeccionado. La ciencia del sueño (2006) me parece genial. Yo no soy tan actriz como ella.

-En una entrevista reciente usted dice: “Gainsbourg, siempre estará conmigo”. ¿Cree que ustedes fueron la pareja que renovó la canción francesa?
-Él sí y para siempre. Es una referencia constante y yo trato de manatenerla, aunque no es fácil. Si me llaman para un concierto en Sao Paulo, por ejemplo, es porque canté “Je t’aime” con él. Tengo mucho que agradecerle. Entonces, si estoy aquí es porque Serge está conmigo. ¡Y él lo sabía!

-¿Qué vamos a ver de usted esta en Chile?
-¡Encuentro increíble que yo les pueda interesar! Haré todo, para que ustedes no salgan desilusionados. ¡Gracias por venir a verme!

Sexo Pop

Desde Elvis, las canciones que sonaban en la radio jamás aludieron al sexo. Pero con los gemidos de Jane Birkin, en este clásico compuesto por el gran Gainsbourg, pasamos de los dichos a los hechos. Ojo, que esta chica, ícono de los sesenta, nos visita el 15 de marzo.

“Si hubiera sexo de verdad, habríamos grabado un disco doble”. Así justificaba Serge Gainsbourg, el feo más deseado en la historia del pop, el revuelo provocado por los gemidos, textos explícitos y más gemidos de “Je t’aime… mai non plus” (1969).

Aunque fue popularizada junto a Jane Birkin (ver recuadro), la primera versión fue grabada un año antes, cuando el verano del amor, literalmente, acababa.

En un sudoroso estudio de sonido, Gainsbourg y Brigitte Bardot grababan el disco de pop sicodélico “Bonnie and Clyde”.

El compositor francés estaba obsesionado con grabar la “canción de amor definitiva” y convenció al símbolo sexual que gimiera simulando un orgasmo sostenido. El ritmo funk que marcaba la batería y órgano Hammond sólo hacía más accesible el intenso diálogo.

Ella dice que lo ama, él responde jugando con las palabras “yo tampoco”/”a más no poder”. Luego, se entregan a un jadeo que deja bien claro que la controvertida relación entre el amor sentimental de una mujer y el corporal de un hombre, reflejado en la letra, terminan en el mismo lugar.

La grabación incomodó a la Bardot, que al parecer sólo se dejó llevar, y solicitó no divulgarla. Es probable que fuese ante los comprensibles celos que provocaría en su marido, Gunter Sachs, millonario fotógrafo y amigo de Dali y Andy Warhol. También porque podría afectar su imagen, según ella.

La grabación recién se reeditó en los ochenta, hasta hacerse masiva en “Best of BB” (1996). Gainsbourg, enojado, encontró en Birkin, quien ya se había desnudado en “Blow Up”, de Antonioni, a la muchacha perfecta. En lugar de sonar experimentada como Bardot, Birkin delgada y de flequillo sonaba como una Lolita de Nabokov jugando a lo que aún no sabe.

“Je t’aime… mai non plus” se convirtió en un hito y motivo de debate tanto en El Vaticano como en la España franquista. Jamás una relación sexual había sido hecha single.

Después vinieron versiones lamentables como la de Chayanne con Natalie (Éxtasis, 1992), perversas (Brian Molko-Asia Argento, 2003) y curiosas (Cat Power-Karen Elson, para el tributo a Gainsbourg preparado por la revista “Inrockuptibles” el 2006). Lo importante es que desde acá el sexo y no sus insinuaciones se vuelve pop y aparece en las canciones que escuchamos en la radio.

MÓJATE LAS OREJAS. El sexo en las canciones pop puede entenderse como la biografía erótica del “público joven y adolescente”. Hoy cuesta imaginar que este lucrativo target surgió debido a la explosiva tasa de natalidad (baby boom) durante la Segunda Guerra Mundial y el posterior Estado de bienestar propicio para el consumo.

Antes pasabas de niño a adulto y ahora surgía esta etapa intermedia, donde sorpresivamente había tiempo para explorarse mutuamente en lugar de casarse y envejecer juntos. Tampoco existía la música pop como género. Elvis Presley y Cía. eran animales en celo civilizados por el baile; Los Beatles y Los Stones cristalizaban las contradicciones de cualquier aproximación, debatiéndose entre “tomar la mano” o “pasar la noche juntos”: “I wan’t to hold yout hand” y “Let’s spend the night together”, respectivamente.

“Je t’aime ” sería el puente hacia la locura de la música disco, donde el acto se explicita en los gemidos de Donna Summer, Barry White e incluso nuestras Frecuencia Mod con “Duele, duele”. Los brutales gemidos del controvertido clásico house “French Kiss” (1989), de Li’L Louis, eran sexo maquinal y con la protección que permiten las máquinas y las baterías programadas.

BIRKIN VIENE DE VUELTA. El show de Birkin (62 años) está programado para el 15 de marzo en el Teatro Oriente (Pedro de Valdivia Norte 099) a las  21:00 horas. Entradas entre $ 20.000 y $ 25.000. La chica, aparte de ser un ícono de los sesenta casi como Bob Dylan, ha generado el interés de gente como Manu Chau, Beth Gibbons (Portishead) o Bryan Ferry, que participaron en el álbum de duetos “Rendez-Vous” (2004).

En “Fictions” (2006), disco que vienen a presentar, aparte de las versiones de Tom Waits o Neil Young, siguen colaborando músicos como Johnny Marr (el extraordinario guitarrista de Los Smiths), Neil Hannon, de Divine Comedy, el compositor neoyorquino Rufus Wainwright y Dominique A, que también estuvo en Chile a principios de año.

Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 9 de marzo 2008.

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Ringo Starr: el señor de los anillos

Archivo Periodístico,Perfiles 20 January 2008 | 0 Comments

Ringo Starr a pesar de ser el Beatle más querido en Estados Unidos, siempre se sintió inseguro por no hacer solos de batería. Los odiaba, porque sabía que su instrumento debía estar al servicio de las canciones. Después de mucho tiempo haciendo covers con su All Starr Band, regresa con un nuevo disco y con el convencimiento de que el mundo no es capaz de imaginar a Los Beatles sin él.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 20 de enero 2008.

Ringo fue el primero en renunciar a ser un Beatle. Eran las sesiones del “Album Blanco” (1968) y acababa de grabar las baterías de “Helter Skelter”, la canción más bestial jamás compuesta por los Beatles. Una caótica reacción de Paul McCartney ante declaraciones de Pete Townshend sobre lo supuestamente “heavy” y “desmadrado” que sería el nuevo single de los Who. La tercera y penúltima toma de la canción -cuyo título alude a un tobogán en espiral, popular en Inglaterra- duraba 27 minutos. Fue la más larga de toda la historia del cuarteto. Tan estresado estaba el baterista que en la versión que salió en el disco, entre cambios de volumen y guitarras recargadas, quedó registrada su frase: “I’ve got blisters on my fingers!” (“¡tengo ampollas en los dedos!”).

“Me marché por dos razones: pensé que no tocaba bien, y que los otros tres se sentían felices y unidos y yo no encajaba en el grupo” confesó Ringo en “Anthology” (2000). Después fue a visitar personalmente a cada uno de sus compañeros para decirles que no se sentía querido. Tal como en esa profética escena de “A Hard Day`s Night” (1964) donde se siente tan podrido que va a perderse en una playa, mientras de fondo suena “This Boy” (en los créditos aparecía como “Ringo’s theme”)

El renunciado baterista -que firma sus cheques como Richard Starkey- viajó a la isla de Cerdeña y se dedicó a tomar sol y andar en barco. El capitán le explicaba que los pulpos recolectan piedras preciosas, latas y botellas para ponerlas frente a su cueva como un jardín. Al músico le fascinó la idea y compuso “Octopus Garden”. “En aquella época yo también deseaba vivir en el fondo del mar”, declaró.

Hasta que llegó un telegrama firmado por George, John y Paul: “Eres el mejor baterista de rock del mundo. Vuelve a casa, te queremos”. Cuarenta años después del episodio que, aunque produjo el rotundo “Abbey Road” (1969), no logró salvar a la banda, Ringo está aquí, allá y en todas partes gracias a “Liverpool 8″. Si bien no ha parado de colaborar y sacar otros discos, este es el primero en demasiado tiempo que logra hacer tanto ruido como su clásico álbum de covers “Sentimental Journey” (1970) o el “Time takes time” (1992). La pregunta es, ¿podrá el mundo alguna vez tomarlo tan en serio como cuando renunció a su banda?

Con sus dedos llenos de anillos (“rings”), su carisma y conocimiento del mundo del espectáculo, Ringo fue el primer baterista “mediático” del rock. Un inspirador de miles de vocaciones por los bombos y platillos que paradójicamente fue arrasado por la pirotecnia y los solos interminables que dominaron la escena desde Keith Moon (The Who) y Mitch Mitchell (Jimi Hendrix Experience) en adelante. De hecho no es un invitado regular a las listas de grandes bateristas del rock.

Un buen Beatle. Pero con una mano en el corazón: ¿es posible concebir un universo paralelo donde el baterista de Los Beatles no sea Ringo? Beatlemanía, shows de televisión, la polémica gira del 66, viajes a la India, tensión en el estudio, Ringo, firme con las baquetas lo soportó todo. Incluso que sea históricamente reducido al “Beatle divertido”.

Un tipo capaz de decir con una inocencia desconcertante que su único sueño con el dinero que estaba ganando sería montar una “cadena de peluquerías, esas donde van las señoras elegantes”. O también, de bajarse, mover la batería y tocar en esos rudimentarios recitales de estadio estadounidenses, donde debían ir girando para dar la cara a todo el público que los rodeaba.

Sin Ringo, las películas de los Beatles no tendrían gracia. No por casualidad era el más querido de los cuatro en Estados Unidos. Tampoco estarían esas ingeniosas frases-eslogan salidas de su boca como “A Hard Day’s Night” (traducida en España como “Que noche la de aquel día”) o “Tomorrow Never knows”. Lennon las llamó “ringoísmos”. Tampoco habría ni “Yellow Sumarine”, ni los temas uno de las caras b, ni covers de rock and roll como “Honey Don’t” (de Carl Perkins), delirios tipo “You Know my name” (última cara b de la banda) o “With a Little help from my friends”. Temas compuestos por Lennon-McCartney pensando en su voz. Especialmente este último donde eleva su voz al máximo gracias al paciente ensayo en los estudios de Abbey Road. Y claro, tampoco tendríamos la ultramarina “Octopus Garden” compuesta por él.

“Eres el mejor”. Antes de los Beatles, la batería en el rock era cuadrada y algo aburrida. Con Ringo el instrumento recuperó el mismo protagonismo que en el jazz. Primero con el característico sonido de los platillos siempre arriba en clásicos como “Can’t buy me love”, una necesidad sonora debido al alto volumen de gritos de chicas en los conciertos. Luego, con las precisas figuras que creaba con sus instrumentos desde “Ticket to ride” en adelante. En este creaba un “pattern” de batería tan clásico y original como un riff de guitarra. Esto se repetiría en “Come Together” y “Tomorrows Never Knows” que para muchos, marca la cima de la música pop, siendo rescatada durante el auge de la música electrónica de fines de los noventas.

Después de la separación, Ringo se dedicó a colaborar con los otros tres Beatles por separado (es que no podían vivir sin él), participar en algunas películas, sacar discos más por placer que por obligación y salir de gira con la All Starr Band y The Rounheads (con músicos como David Gilmour, Billy Preston o Quincy Jones). Y ojo, que sus discos no están nada mal: “Ringo” (1973), “Goodnight Viena” (1974), Vertical Man (1998) y Ringorama (2003) . Incluso sacó un disco navideño llamado “I Wanna Be Santa Claus” (1999). Y su sentido del humor y citas a su legendaria banda se agradecen, porque debe ser realmente complicado vivir con el peso de haber cambiado la historia de la música Pop.

Ringo odiaba los solos de batería, porque intuía que si el instrumento no está al servicio de la canción, nada puede resultar bien. Pero también sabía que esa actitud generaba ciertos comentarios en otros bateristas que creían que una buena técnica eran 30 minutos de redobles. “Sus mejores cualidades eran la intuición, su sensibilidad y la firmeza de su ritmo. Siempre digo que si puedes dejar a un baterista solo y darle la espalda eres un tipo con suerte. Bastaba con indicar a Ringo la canción que íbamos a tocar, que sonaba fantástico y un ritmo firme y sostenido a tus espaldas”, señala McCartney.

A juzgar por el revuelo provocado durante la presentación del nuevo disco, parece que al fin el gran público está poniéndose de acuerdo en lo último en que The Beatles estaban de acuerdo: qué buen batero es Ringo. ¿Y que dice él?: “No soy un batería técnico de esos que se pasan 9 horas practicando al día. Pero cree un estilo, que con el Ginger Baker es el válido para el rock moderno.”

Ocho razones para amar al cuarto Beatle

Liverpool 8 se llama el nuevo disco del batería. Más que un buen disco (que ciertamente lo es) es un recordatorio de sus virtudes, aunque las listas de grandes bateristas de rock sigan privilegiando los extensos solos a los redobles al servicio de la canción como los hacía él. Con una mano en el corazón: ¿es posible imaginar un mundo paralelo donde Ringo no sea el baterista de los Beatles? Ante las dudas, ocho certezas a favor del “Beatle divertido”.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 22 de enero 2008.

Ringo odiaba los solos de batería, porque intuía que si el instrumento no estaba al servicio de la canción, nada podría resultar bien. Pero también sabía que esa actitud generaba ciertos comentarios en otros bateristas que creían que una buena técnica eran treinta minutos de redobles.

“Sus mejores cualidades eran la intuición, su sensibilidad y la firmeza de su ritmo. Siempre digo que si puedes dejar a un baterista solo y darle la espalda eres un tipo con suerte. Bastaba con indicar a Ringo la canción que íbamos a tocar, que siempre sonaba fantástico y un ritmo firme y sostenido a tus espaldas”, señala McCartney. Aquí otras apreciaciones, además de las de Paul, para recuperar la figura de Ringo.

1. En los duros días de Hamburgo, Ringo era respetado y temido por Lennon y compañía. “Yo seguía siendo un teddy boy (la version inglesa y dura de los rockers americanos) y hasta más tarde no descubrí que los otros me tenían un poco de miedo. Me lo dijo John: Nos infundías un poco de miedo, vestido como ibas a lo teddy boy, aficionado a la bebida y las canciones lentas”, recordaba Ringo en la autobiografía Beatle “Anthology” (2000).

2. Los Beatles lo eligieron. “La verdad es que empezamos a pensar que necesitábamos al mejor batería de Liverpool y, para nosotros, el mejor batería era un tipo, Ringo Starr, que se había cambiado el nombre antes que nosotros, que llevaba barba y que era adulto y del que se decía que tenía un zodíaco de Zafiros”, dijo McCartney. Así que antes de grabar su primer single “Love me do” a fines de 1962, expulsaron al desganado Pete Best y lo contrataron. A pesar de eso, debió conformarse con tocar el pandero durante la grabación.

3. El primer baterista estrella del rock. Aparte de sus anillos (“rings”, de ahí su pseudónimo), Ringo fue el primer baterista mediático de la historia del rock and roll. El responsable de cientos de vocaciones percutivas, a pesar de haber sido arrasado por la pirotecnia de los que vinieron inmediatamente después como Keith Moon (The Who), Mitch Mitchell (Jimi Hendrix Experience) y John Bonham (Led Zeppelín). Gracias al punk y postpunk su figura comenzó a ser recuperada. Ya era hora.

4. Puro estilo. Antes de los Beatles, la batería en el rock era cuadrada y algo aburrida. Con Ringo el instrumento recuperó el mismo protagonismo que tenía en el jazz. Aunque en lugar de solos, se trataba de patterns (patrones rítmicos), auténticos riffs (motivos musicales) creados con esa batería Ludwig que nunca abandonó. El estilo Ringo se puede rastrear en los platillos siempre arriba en clásicos como “Can’t buy me love”, una necesidad sonora debido al alto volumen de gritos de chicas en los conciertos. También, en las precisas figuras que creaba con sus instrumentos desde “Ticket to ride” hasta el funky de “Come together” pasando por “Tomorrows never knows”, una de las grandes cimas de la música pop, homenajeada por Noel Gallagher, Chemical Brothers e incluso Los Tres (en “Bolsa de mareo”). Pero sobretodo en los impresionantes redobles de “A day in the life”. Es que Ringo hace parecer fácil algo que definitivamente requiere maestría.

5. El Beatle más querido. Durante la Beatlemanía estadounidense (febrero 1964), el fab four más popular era Ringo. Los mismos Beatles le entregaban la canción uno del lado B en los discos o después lo honraron al componerle la significativa “With a little help from my friends” (donde le enseñaron a llegar a la nota final de la canción). Él, muy sereno, declaró luego que con el dinero ganado pensaba “abrir una peluquería de estas donde van las señoras elegantes”.

6. El primero en renunciar al grupo. No quiso ser más un Beatle. Eran las sesiones del The Beatles (el Álbum blanco, 1968) y acababa de grabar las baterías de “Helter skelter”, la canción más bestial jamás compuesta por los Beatles. Una caótica reacción de Paul McCartney ante declaraciones de Pete Townshend sobre lo supuestamente “heavy” y “desmadrado” que sería el nuevo single de los Who. Tan estresado estaba el baterista que en la versión que salió en el disco, entre cambios de volumen y guitarras recargadas, quedó registrada su frase: “I’ve got blisters on my fingers!” (“¡tengo ampollas en los dedos!”). “Me marché por dos razones: pensé que no tocaba bien y que los otros tres se sentían felices y unidos y yo no encajaba en el grupo”, confesó Ringo en “Anthology” (2000). Después fue a visitar personalmente a cada uno de sus compañeros para decirles que no se sentía querido. Tal como en esa profética escena del filme “A hard day’s night” (1964), donde se siente tan podrido que se arroja a la soledad de una playa, mientras de fondo suena “This boy” (que en los créditos aparecía como “Ringo’s theme”).

7. El jardín del pulpo. El renunciado baterista -que firma sus cheques como Richard Starkey- viajó a la isla de Cerdeña y se dedicó a tomar sol y andar en barco. El capitán le explicaba que los pulpos recolectan piedras preciosas, latas y botellas para ponerlas frente a su cueva como un jardín. Al músico le fascinó la idea y compuso “Octopus’s garden”. “En aquella época yo también deseaba vivir en el fondo del mar”, declaró. La canción es una de las mejores de Abbey Road (1969). Hasta que llegó un telegrama firmado por George, John y Paul: “Eres el mejor baterista de rock del mundo. Vuelve a casa, te queremos”. Cuarenta años después del episodio que, sin embargo, no logró salvar a la banda, Ringo está aquí, allá y en todas partes gracias a Liverpool 8. Si bien no ha parado de colaborar y sacar otros discos, este es el primero en demasiado tiempo que logra hacer tanto ruido como su clásico álbum de covers Sentimental journey (1970) o el Time takes time (1992). La pregunta es, ¿podrá el mundo alguna vez tomarlo tan en serio como cuando renunció a su banda?

8. Un showman. Después de la separación, Ringo se dedicó a colaborar con los otros tres Beatles por separado (es que no podían vivir sin él), participar en algunas películas, sacar discos más por placer que por obligación y salir de gira con la All Starr Band y The Rounheads (con músicos como David Gilmour, Billy Preston o Quincy Jones). Y ojo, que sus discos no están nada mal: Ringo (1973), Goodnight Vienna (1974), Vertical man (1998) y Ringorama (2003). Incluso sacó un disco navideño llamado I wanna be Santa Claus (1999). Y su sentido del humor y citas a su legendaria banda se agradecen, porque debe ser realmente complicado vivir con el peso de haber cambiado la historia de la música pop.

Ocho momentos de Ringo

1 Ticket To Ride (1965). La batería de Ringo crea un increíble clima que retrata perfecto la idea de Lennon: lo pesado y titubeante de una despedida que desemboca en una acelerada decisión.

2. What Goes On (1965). Ringo, como de costumbre, encabezando el lado b de los discos, sólo que esta vez con una canción compuesta por él. Un guiño country para el público estadounidense que lo había hecho su Beatle favorito.

3. Rain (1966). La cara “B” de “Paperback Writer”. La batería está grabada después que McCartney hizo el bajo. Todos saben la capacidad de Paul de construir catedrales de sonido; lo notable es cómo Ringo es capaz de unirse a estas líneas melódicas, especialmente en la pausa.

4. Yellow Submarine (1966). ¿Alguien imagina que esta canción pudiese ser cantada por otra persona?

5. With a Little Help From My Friends (1967). Literalmente: Los Beatles dedicándole una canción, donde superaría todos sus temores interpretativos.

6. Come Togheter (1969). Una batería imposible de replicar. Simplemente perfecta.

7. You Know My Name (Look up the number) (1970). Cierra el último single Beatle, cantando como el gran cantante de clubes nocturnos que fue.

8. Sentimental Journey (1970). Su primer disco solista, una colección de covers, que lo retrata como el perfecto showman que es.

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Calamaro, una máquina de hacer canciones. Espacio Riesco.

Archivo Periodístico,En Vivo 10 December 2007 | 0 Comments

El argentino vino, rockeó y venció junto a Fitipaldis, ante la desesperación de los fans que apenas podían ver a los lejos su melena tapada por el público VIP que se levantó de sus sillas anoche en Espacio Riesco.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 10 de diciembre 2007.

Exactamente en la mitad del show, Andrés Calamaro improvisó algunas notas en el piano y cantó: “acabo de despertarme / y me pasa algo extraño / pasa que me olvidé de todo / como si por empezar el año / no existiera nada que yo conocí”. La canción, titulada “Lo que no existe más”, está en el “dedo 2″ de ese “suicidio comercial” llamado El salmón. Un disco quíntuple que muy pocos escucharon completo, a juzgar por el silencio desconcertante del Espacio Riesco que estaba repleto (a las 19.00 ya estaban agotadas las entradas). “Y me digo / tengo suerte compañero / se lo va a agradecer el corazón”. Y entonces empezaron a crecer los aplausos, porque esa letra, de un hombre desesperado que encuentra en el “vino del olvido” la única forma de salir del infierno, se entiende perfectamente. Calamaro es la prueba viviente de que sí se puede.

Y por eso mismo, el Calamaro pianista e intimista profesional estuvo prácticamente ausente de su concierto en Santiago, a excepción de este guiño para fans. La noche del domingo 9 de octubre reinó el Calamaro más Rolling Stone, el de guitarras eléctricas. Porque La lengua popular, el disco que venía a presentar, es una obra que desmitifica al artista sufriente y autodestructivo que el mismo creó en Honestidad Brutal (1999) y El salmón (2000). Había que celebrar estar vivo y por eso el mejor apoyo fueron los españoles Fito & Fitipaldis –tal como la Bersuit Vergarabat el 2005, el año de su regreso– que telonearon el show.

Fitipaldis, que ya tenía incluso varios fans gritando sus letras, cataliza perfecto esa devoción tan española por el rock de carreteras: Bruce Springsteen, Dire Straits y los Stones del disco Sticky fingers. Sólo la pasión rockista expresada en riffs, solos bluseros y redobles de batería, unido a buenísimas letras hearbreaker (“elegiste a la más guapa / y a la menos buena”, dice la estupenda “Soldadito marinero”) llevaron a buen puerto una fórmula peligrosa por lo repetida. “Estamos contentos de tocar acá. En serio que sí” decía el buen Fito con su boina en la cabeza. Y le creemos.

Después, silencio. Selectos clásicos funk en los parlantes (“Superstition”, de Stevie Wonder, el hit que le compuso a Jeff Beck, pero que salió tan bueno que no se lo pasó). Espera. Una pantalla que muestra un monito chascón y con guitarra y abajo se lee “Calamaro Planet”. El argentino está hecho un divo. Y sorpresivamente canta algo en inglés, a capella en plan blusero. Después, Fitipaldis reventando el recinto con “El salmón”, ante la desesperación del público de atrás del sector VIP, porque éstos se subían a la silla y con suerte dejaban ver algo de la melena del argentino.

El resto, una colección imbatible de éxitos, la marca de fábrica de Calamaro: “Te quiero igual”, “Loco”, “Me arde”, “Crímenes perfectos”, “Flaca”. El cantante decía hace tiempo que él no se emociona en el escenario. Y es verdad, porque apenas habló aparte de un protocolar saludo a Santiago. El público cantaba, entre la desesperación por no poder mirarlo (por culpa de los inconscientes VIPs) y la identificación inmediata con sus canciones. Ojo, que él ha dicho que muchas veces la chica a la que habla el protagonista de la canción es “La República”, el país. Esto potencia mucho textos como “No me lastimes / con tus crímenes perfectos / mientras la gente indiferente se da cuenta”.

También aparecieron clásicos instantáneos de La lengua popular: la muy Rodríguez “Gin tonic” (influenciada según él mismo dijo por su inoxidable compañero Ariel Rot), “5 minutos más (en el minibar)”, la tremenda “Carnaval de Brasil” y la insospechadamente erótica “Soy tuyo” (“me gusta desarmarme arriba tuyo / me gusta demasiado ensuciarte”).

¿Qué más se puede pedir a una máquina de hacer canciones que no sea cantarlas? Emocionar, por supuesto. Y esto lo logra en “Lo que no existe más”, “Estadio Azteca” y por supuesto en “Paloma” esa catarata de notas que habla sobre “vivir dos veces”, ser un “envase vacío” y de lanzarse sin paracaídas.

Un show rockero en el más Rolling Stone de los términos (antes del bis cerraron con “Alta suciedad” y “Canal 69″); un Calamaro tal vez demasiado profesional (que recuerda sus shows del ’99 antes que se encerrara a sufrir y componer) y una oportunidad para los miles de seguidores de verlo aunque sea de lejos, diez años después de su último aterrizaje en el país.

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