La silenciosa “japonización” adolescente

Archivo Periodistico,Reportajes 1 November 2009 | 0 Comments

En cinco días se agotaron las entradas VIP para el único concierto en Chile de Dir en Grey, padres del rock japonés moderno. Además, las inscripciones en el Instituto Cultural Chileno Japonés se duplicaron este año. Y el interés por la cultura japonesa va en aumento al punto de armar bandas folclóricas de música de ese país. A continuación una mirada a un fenómeno que va más allá de los dibujos animados.

Por Juan Carlos Ramírez Figueroa, para Reportajes El Mercurio, 1 de noviembre 2009.

Cinco rockeros orientales posan frente al Paseo Ahumada. Los adultos que pasan los miran extrañados. En cambio, los adolescentes que vuelven del Eurocentro comentan sueltamente el precio de las entradas. Es el afiche gigante de Dir en Grey, quizá la banda más popular del rock japonés contemporáneo, instalado en la disquería Feria Mix.

El recital, anunciado para el viernes 6 de noviembre en el court central del Estadio Nacional, será el debut de una banda de rock oriental en el recinto y la coronación de la insólita serie de visitas de estrellas del JMusic (música pop japonesa) a nuestro país en el último tiempo.

Artistas como Eizo Zakamoto (agosto, 2008), el dúo LM.C (enero 2009), los cantantes Hiroshi Kitadani y Massaki Endoh (11 y 12 de octubre, 2009) o los rockeros Mucc el 29 de octubre. Muchos incluso vienen directo a Chile como Dir en Grey y continúan su gira en el Hemisferio norte.

Pero uno de los hitos fue la primera presentación en Chile de Miyavi, un compositor de rock japonés. Las 4.000 entradas para su show del 22 de mayo de 2008 en el Teatro Teletón se agotaron en apenas quince minutos. Los organizadores no lo podían creer. Al igual que la gente que pasaba por ahí, al ver los raros peinados de los fans y escenas de fanatismo dignas de barra brava, con chicos cantando a gritos, casi en trance.

Pop naciente. Definir la JMusic y sus ramificaciones es complicado. Tanto como intentar separarlo de lo “visual kei”, término que engloba la estética de las bandas y sus fans: pelos de colores, trajes victorianos, diseños orientalistas. Básicamente es la forma en que Japón procesa el rock y pop estadounidense, pero con guitarras fuertes, ritmos bailables rápidos, baladas muy melodramáticas y puesta en escena teatral.

Para Sebastián Quevedo (20), estudiante de bibliotecología y seguidor de la música oriental, esta generación se formó a consecuencia de las oleadas de información japonesa. “En los ochenta, las series del programa Pipiripao (“Candy”, “Meteoro”). En los noventa, las exposiciones de comic del dibujante Fito Manga y los ciclos de cine del Cine Arte Alameda. Y en el pasado reciente, el programa Resident Hit de la radio Fm Hit”.

Para él hay un renovado interés que se nota caminando por Ahumada los viernes por la tarde y viendo que está repleto de jóvenes “hablando de cosas japonesas”. También gracias a los sushi-bar (hay más de 50 locales locales en Santiago y al menos 3 cadenas importantes) y los juegos de baile como el “Dance Dance Revolution” o el “ParaParaParadise” donde ellos se suben a una plataforma y deben seguir las complicadas coreografías que aparecen en la pantalla.

Esto ha permitido el surgimiento de eventos como el “Anime Festival”, “Anime Expo” o las comunidades Otakuyakuza.cl y Otaku-Usach.cl. El nivel de organización llega a que grupos en el sitio Facebook pidan llevar a la banda “L’Arc~En~Ciel” al Festival de Viña del Mar.

Pensar en japonés. Mientras cae la última lluvia sobre Santiago, un grupo de jóvenes se refugia en una casona de Alcántara para exponer sobre rock o política. Pero no en castellano, sino en japonés.

Es difícil entender sus extrañas modulaciones y sonidos. Por eso antes, repartieron al público asistente fotocopias con los textos traducidos al castellano. Se trata de la versión 27 del Concurso de Oratoria en idioma Japonés, celebrada el sábado 24 de octubre y cuyo premio consistió en becas para seguir estudiando el idioma en el Instituto Chileno Japonés.

“El boom por estudiar japonés viene del animé y el rock. La diferencia con las generaciones anteriores que también rayaban con lo ‘japo’, es que ahora existe internet como disparador de la curiosidad. Así, pueden ver las series en su idioma original y de ahí empezar a investigar la cultura de donde provienen”, explica María Cristina Pérez de Arce, la encargada de asuntos culturales.

El Instituto se formó en 1940 y hoy está ubicado en una casa de cuatro pisos de calle Seminario. En la entrada hay folletos anunciando el mes de Japón que se está celebrando entre octubre y noviembre. También afiches, cuadros costumbristas orientales y hasta una figurita de acción de un transformer. Y, por supuesto, muchos alumnos repasando las materias o estudiando en grupo. El año pasado había treinta inscritos. Ahora hay sesenta, y quedaron decenas en la lista de espera.

Los cursos duran cuatro años, ya que el idioma japonés es bastante más complejo que el inglés. Se compone de dos silabarios distintos: hiragana y katakana, además del kanji, los conocidos ideogramas que son representaciones gráficas del idioma.

Fabiola Niefergold (20) estudia bibliotecología en la UTEM y habla japonés. En el colegio, empezó a asistir a los ciclos de animé del Cine Arte Alameda. Antes de google, estos festivales junto a las revistas y las tiendas especializadas eran las únicas instancias para japonizarse. “De repente empezó a llegar mucha gente. A veces se llenaba tanto que quedaba público afuera”, explica.

A la salida de una de estas proyecciones se quedó leyendo un folleto del Centro de Estudios Integrales de Japón (CEIJA), la otra institución que imparte el idioma en nuestro país. “Viendo estas series en el idioma original a uno le despierta la curiosidad por entender qué dicen. Uno se interesa por su cultura y códigos. Sobre todo al entender cómo ellos, que son muy reservados, explotan a través de sus animaciones. Acá aun se relaciona con algo para niños, pero allá todo el mundo lee y se identifica con las historietas. Y cuando a ti te gusta algo distinto a lo occidental que se te impone, se te abre el mundo”.

Lo mismo piensa Marcelo da Venecia, ex bajista de la banda Weichafe, que armó junto a un par de amigos hijos de japoneses, la banda Akatambo. Ellos hacen folclore japonés usando instrumentos occidentales como violín o flauta traversa y editaron el año pasado el disco “Camino de la luna”. “Antes de unirme a ellos no conocía nada de la música japonesa. Está muy arraigada con la naturaleza: si la letra te habla del océano, las notas intentan reproducir lo que te provocan las olas”. Da Venecia aclara que lo que tocan no tiene nada que ver con la JMusic (pop japonés) sino con raíces mas ancestrales. Ya están invitados para las Semanas Musicales de Frutillar.

“El público siempre estuvo, lo que pasa es que ahora la cosa explotó”, piensa Patricio Subiabre asesor comunicacional de Bizarro, productora del show de Dir en Grey. En apenas cinco días se agotaron las 500 entradas VIP de $49.500. Otra prueba más que la mejor promoción se hace por internet, ya que esta banda jamás ha sonado en los medios tradicionales.

“Fue gracias a internet y las redes sociales. Antes habría sido imposible acceder a esta música, y ahora hay un interés genuino”, explica Rodrigo Sáez, de Backstage Producciones, responsable también del regreso de Miyavi el 17 de octubre y el debut de la banda Mucc en el Teatro Novedades.

Y Subiabre remata: “Los adolescentes chilenos son una generación tan huérfana de identidad nacional que están abiertos a recibir culturas extranjeras. Si te bombardean con reggaeton, es obvio que vas a buscar algo más. Y estas bandas japonesas lo tienen”.

Tagged in , , , , , ,

Gufi, levántate y toca

Archivo Periodistico,Musica,Reportajes 3 June 2005 | 0 Comments

Gufi es una banda fantasma. Tiene dos súper hits, grupos de fans y un contrato multinacional, pero su disco no está en ninguna parte. Acá, la historia de la banda punk creada por hijos de gringos misioneros bautistas instalados en Chile, que se sobrepuso al asesinato de su baterista y logró popularidad gracias a los mp3. Punk adolescente para la generación MSN.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Wikén/Zona de Contacto, 3 de junio 2005

Fines de 2003. Sintonizas una radio lola y te topas con unos guitarrazos tipo Blink 182 o Green Day. Nada raro dentro de las decenas de bandas con angustia-punk-adolescente que salieron ese año. Pero vaya, era en español y sonaba bien. El coro te enganchaba con la historia de un tipo que extraña a su novia suicida –“Por ella”-, y luego con la de “Paul”, un adolescente compulsivamente onanista que no puede parar de hacer lo que todos hacen a esa edad. La misma canción que este año fue portada de LUN cuando Tronic la versionó en el patio del Verbo Divino ante el espanto de los profesores. Pero nadie podía asegurar que Gufy, quienes grabaron el tema que suena insistentemente en las radios lolas, extitiera: no había disco, ni entrevistas ni fotos de sus integrantes. Entonces los crecientes fans tenían varias alternativas y muchos rumores:

1.- Son un invento.

2.- Es el proyecto paralelo de Koko Stambuck. O sea, un invento.

3.- Son monitos animados tipo Gorillaz.

4.- No existen.

5.- Me contaron que son argentinos

Tim Pichetti (25 años, guitarra y voz, sosteniendo el contrato en la foto), sonríe sabiendo que esto tendrá que aclararlo mil veces. Y como en las pelis, dice que es una larga historia. Y él, un superviviente.

[spoiler show="leer más"]

SONY KILL THE PUNK ROCK STARS. La llamada era de Sony Music México. Contesta Tim. Habían escuchado un demo y encontraron lo que andaban buscando: canciones que detienen el tiempo. Dramas de quinceañeros cuya peor pesadilla es imaginarse de terno y corbata cumpliendo horarios. Síndrome Peter Punk para la generación MSN. Dos minutos y medio de soledad, papás ausentes, sexo casual y un futuro donde ser empleado del mes en un McDonalds equivale al éxito. Eso era Gufy. Única sugerencia: cantar más en español. Es que Tim y Chiwawa (Emmanuel Finlayson, batería) eran gringos, rockeros, hijos de misioneros bautistas instalados en Chile y amigos de toda la vida. En una fiesta habían conocido a Koko Stambuck, quien ayudó a chilenizar los textos y les presentó al bajista Chabín (Gustavo Labrín, también de Glup!, y ahora líder de Tronic).

Mientras los Gufi grababan el disco “Historias de la Calle” a mediados de 2002, soñaban con México, las giras, distribución regional y rotación de singles. Era la promesa que se selló al firmar el contrato. Pero la confirmación no llegaba nunca. Apestado, Tim viajó a San Francisco, para ver a sus hermanos y trabajar en lo que viniera: instalando baldosas y limpiando alfombras. El teléfono suena de nuevo: “Al fin!”, pensó. Pero no era la seria voz de un ejecutivo disquero sino otra más familiar, entrecortada y llorosa. Habían matado a Chiwawa, su amigo desde los cuatro años y baterista de la banda, de una cuchillada en el corazón en una calle de Puente Alto. Unos tipos habían empezado a seguirlo, molestándolo por su pelo rubio y ojos claros. Murió en brazos de su hermano mientras esperaban la ambulancia. El teléfono cayó al suelo. La banda y su vida también.

HITS WONDERS. Una noche antes, Marcelo Aldunate decidió rotar “Por ella” en la Rock and Pop. Número uno. Lo siguieron la Hit y 40 Principales. Número uno también. Chabín, ya estaba en Tronic y Tim se enteró en U.S.A. Pero no había ni una maldita copia del disco. En Sony les retenían el master y cambiaron de jefe, por lo que todo estaba paralizado. De la misma copia pirata y sin sello, las radios empezaron a tocar “Paul”, la primera canción del rock chileno en hablar directamente de “hacerse la paja”. Otro éxito. La única forma de escuchar estas canciones, aparte del pirateo de mp3, era en los recitales de Tronic. Raro. Dos canciones en el número uno de las principales radios juveniles del país, un montón de gente pidiendo sus temas y cantándolos de memoria gracias a Soulseek y el pirateo de la cuneta, en los recitales de otra banda (Tronic). El éxito de una banda que ya no existía. Tim sólo entendía lo que pasaba cuando llamaba a sus amigos desde Atlanta.

RESISTIRÉ. “Con lo de Chiwawa ya no daba más. Su espíritu estaba en una bodega. Empujamos tanto para lograr algo supergrande con sello, plata y todo, y perdimos de vista lo más importante: componer y tocar. A veces la música que amamos nos hace daño”, dice Tim. Con todo en contra suyo, Tim logró hace un par de meses acordar con Sony México la devolución del master. En el avión de vuelta a Chile sabía que junto a Jorge Fuentealba (26 años, bajo, tapándose la cara en la foto) y Darío Maldonado (19 años, batería, quemando el contrato en la foto) resucitarían a Gufi. Y hace a un par de semanas re debutaron en el escenario junto a 800 adolescentes sub 20 que coreaban de memoria sus temas. Nada mal para una banda con un disco que no existe más que en el mundo virtual.

A la espera de la liberación del contrato y de la gira “Punk Superstar Tour” que los llevará a recorrer las principales ciudades de Chile desde la próxima semana, Tim espera en la sala de ensayos con su guitarra eléctrica en la mano. Que Tronic toque sus canciones no le molesta porque Chabín fue parte de la banda. Tampoco le preocupa que piensen que fabrican punk pop para adolescentes, a pesar de tener ya 25 años. Lo único que le importa ahora es hacer canciones por la memoria de su amigo y por demostrar que tener una actitud de adolescente eterno es algo bueno cuando la madurez se traduce en horarios de oficina y chequeras. Que el punk puede cambiar la vida, aunque no el mundo. Pensamiento que comparten sus fans en las tres páginas que seguidores del grupo ya han creado. Mientras tanto, Tim sigue esperando el momento en que la gente sepa que su banda es de verdad. Eso, cuando las cenizas de su contrato ya no importen.

[/spoiler]

Tagged in , , , , , , , , , ,

Queremos tanto a Wes Anderson

Archivo Periodistico,Cine,Reportajes 20 March 2005 | 0 Comments

¿Por qué Wes Anderson es nuestro cineasta preferido de la última década? ¿Cómo Bill Murray se convirtió en un comediante de culto? ¿Quién es el brasileño que canta los mejores temas de Bowie versión bossa en “La vida acuática de Steve Zissou”, la última cinta de Anderson aún en cines?. Acá, cuatro columnistas de la Zona te lo cuentan.

Wikén/Zona de Contacto, 20 de marzo 2005

PADRE DE FAMILIA. Un hijo (Owen Wilson) enfrenta a su desconocido padre (Bill Murray) sobre un barco que flota en la noche. A sus espaldas, la mujer de la que ambos se están enamorando, escucha la conversación. “Odiaba a los padres, así que nunca quise ser uno de ellos”, explica el progenitor ausente. El “yo soy tu padre” de Darth Vader en clave indie.

Los lacanianos dicen que a través del padre uno ingresa al orden simbólico. Hasta que llega el momento de la sublevación. De eso se trataría crecer: de odiarlos por arruinarte la vida, y dejar de hacerlo para ser uno mismo. Si tienes suerte, tu papá es Bill Murray, tú eres Owen Wilson, te filma Wes Anderson y un mar azul te acompaña de fondo.

Enfrentar al padre está en el centro del cine de Anderson. En “Rushmore” (1998, un neo clásico), el colegio apesta pero Max Fischer, perno iluminado y presidente de cuanta actividad extraprogramática hay, tiene las cosas claras. Hasta que se enfrenta al revivido Bill Murray por el amor de una profe. Así Murray se vuelve el papá que Fischer niega y que a la vez quiere ser y tener.

En “Los Excéntricos Tenenbaums” (2001, otro neo clásico) el conflicto se vuelve frontal. Los genios de la familia acusan al papá del clan, Royal, de convertirlos en unas rarezas. Es enfrentando al padre que los Tenenbaums pueden dejar que el dolor de ser un freak, emerja sin vergüenza.

En “La Vida Acuática de Steve Zissou” (2004) unirse a una expedición de locos sirve para aceptarse, descubrir que nadie es tan egoísta y que por más disfuncionales que seamos, los problemas se solucionan en familia. Divertido y doloroso, el mundo de Anderson plantea que puedes ser quien quieras ser. Que al principio serás visto como un inadaptado, pero que el compromiso contigo mismo finalmente te convertirá en lo que todos desean: alguien menos solo y más feliz. (Carmen Duarte)

DAVID BOSSA. ¿Quien rayos es ese tipo que interpreta canciones de David Bowie en plan bossa, aunque se aproxime un grupo de piratas? El mismo que en “Ciudad de Dios” encarnaba a Mané Gallina, aquel ex cadete de puntería perfecta que para vengar a su familia, ingresa al mundo de las pandillas en Rio de Janeiro. Precisamente ahí se crió Seu Jorge hasta que, tras el asesinato de su hermano menor, decidió ganarse la vida con su destartalada guitarra acústica, para terminar convertido en una celebridad pop en Brasil.
En “La vida acuática…”, Seu Jorge interpreta a Pelé dos Santos, guitarrista que abre y cierra la última cinta de Anderson. Un personaje que en lugar de hablar, canta. Un gran candidato para Soulseek.

“Aunque sólo dice una línea, es vital en la continuidad y emocionalidad de la película”, señaló Wes Anderson sobre las versiones de Seu Jorge para canciones como Starman, Life On Mars?, Rebel Rebel, Rock And Roll Suicide y Five Years, obras cumbres de la época dorada de David Bowie.

Como el guión requería un personaje brasileño -cuyo nombre es un obvio homenaje al futbolista-, Anderson pensó en Jorge sólo por su rol en “Ciudad de Dios”, sin conocer su trabajo musical. Seu Jorge dudó al principio -”me sentía como el ketchup de un plato de comida”-, tras estudiar las canciones de Bowie -solo conocía Let’s Dance-, las tradujo libremente, despojándolas de su electricidad glam. Bowie sólo dijo que las versiones estaban “ok”. (J.C. Ramírez Figueroa)

LISTO Y RE LISTO. Wes Anderson tiene un amigo que aparece en todas su películas: Owen Wilson. Juntos son a la comedia gringa, lo que Tarantino es al cine de acción de los 90s.

Owen Wilson y Wes Anderson se conocieron en la Universidad de Texas mientras Wilson estudiaba Lengua Inglesa y Anderson “parece que filosofía o algo así, no estoy realmente seguro”. Ambos asistieron por un semestre a un taller de guiones juntos, pero jamás cruzaron palabra: los dos solían llegar tarde y siempre terminaban sentados en los extremos opuestos de la sala. Aún así terminaron escribiendo juntos el guión de la primera cinta de Wes, “Bottlerocket”, una historia sobre cómo fracasan tres tipos realmente estúpidos al intentar convertirse en serios y respetables criminales. Tan estúpidos que terminan robando la propia casa de uno de ellos.

Wilson ha co-escrito tres de las cuatro películas de Anderson, además de aparecer en todas ellas: es un inseguro escritor yonki amante de los trajes de cowboy en “Los Excéntricos Tenenbaums”, asaltante limítrofe y sicótico en “Bottlerocket”, el improvisado hijo de Bill Murray en “La Vida Acuática de Steve Zissou” y en “Rushmore” aparece en una foto: es el difunto esposo de la profesora Rosemary Cross, el amor platónico del hiperactivo post-púber interpretado por Herman Blume (alterego de Copano en el universo Wesandersoniano).

“Richard Gere es realmente un héroe para mí. Sting, Sting también es otro héroe. La música que ha creado durante todos estos años. Yo no la escucho, pero el hecho de que esté haciéndola: yo respeto eso. Me preocupa desesperadamente lo que hago. ¿Qué si acaso estoy al tanto de qué producto estoy vendiendo? No. ¿Qué si sé lo que voy a hacer hoy? No. Pero aquí estoy, y voy hacer lo mejor posible por que todo resulte bien.” La cita es de Hansel, el modelo/divo masculino que interpreta Owen Wilson en “Zoolander”, pero refleja bastante bien la carrera de Wilson, un tipo que tiene la nariz fracturada en dos parte y que nunca tomó clases de actuación. Pero que quería hacer algo más aparte de escribir guiones. Y como Anderson ya se había adueñado de la silla del director, bueno, se quedó con lo que había. El tipo de cosa que harían dos verdaderos amigos en el universo Anderson. (Matías Correa)

Bill Murray Recargado. Si hay una cosa bella y justa en el cine es que no hay que ser un gran actor para hacer un gran papel. Grandes actores hay pocos, y son esa raza de artistas totales que le dan peso moral a cada fotograma en que están presentes. Los otros, los actores que hacen grandes papeles, a veces ni siquiera son muy buenos actores. Son tipos fiables que nos podemos quedar mirando solo porque nos causan gracia, o curiosidad, o nos recuerdan a un tío que tenemos. Bajo este prisma, Jeremy Irons es un gran actor, pero Bill Murray hace grandes papeles. Jeremy Irons podría agarrar una zanahoria y convencernos que es un conejo, y Bill Murray no (aunque sería total que lo intentara) porque es de esos actores que tienen ocho expresiones faciales y cuatro tonalidades de voz que repiten en todas sus películas. Y pagamos una entrada al cine para ir a verlos. Porque los tipos que hacen grandes papeles son como los amigos: los queremos ver, a veces, solo para escucharlos hablar. Mucho de eso tiene que ver con la resurrección indie de Bill Murray de los últimos años. Los directores que lo han rescatado (John McNaughton fue el primero con “Perro Bravo y Gloria”, luego vendrían los hermanos Farrelly, Tim Burton, Wes Anderson, Sophia Coppola y hasta Jim Jarmusch) quieren volver a verlo, pero esta vez sin fantasmas navideños molestando en el camino. Lo quieren como lo quiso su amigo cazafantasma Harold Ramis cuando lo eligió para “Hechizo del tiempo” aka “El día de la marmota” aka “Groundhog day”: para verlo una y otra y otra vez, ad infinitum, solo por ser él mismo. Ese cariño por Bill Murray se traspasa, y en esta “Vida acuática” la hipótesis queda probada. A mi parecer, la película guatea porque tenemos a un director que se copia a sí mismo, pero eso da lo mismo con Bill Murray. Que Bill Murray se repita es una verdadera fiesta (Gonzalo Maza)

Tagged in , , , , , , , , ,