“Mito del Reyno de Chile”: la invención ilustrada de un Chile secreto

Ilustración 26 April 2010 | 0 Comments

Para entender el Bicentenario, también es necesario remitirse a las historias legendarias y personajes secundarios de nuestro país. Esta “investigación gráfica”, encabezada por el ilustrador Marcelo Escobar y publicada por Lom, recopila veintidós episodios que permanecen en la mitología colectiva nacional, pero a la que los libros de historia dedican pocas líneas.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 25 de abril 2010

Al ilustrador Marcelo Escobar (39) siempre le obsesionaron los sucesos extraños y personajes secundarios de nuestra historia nacional. Un “Chile secreto” que fue recopilando y documentando gracias a los libros heredados de su padre o las célebres obras de Oreste Plath, aunque en los textos oficiales de estudio “siempre se mencionaban a la pasada, en un par de líneas nada más”, dice. Junto a la periodista Marcela Araneda (40) y el artista gráfico Marcelo Baeza (37) se embarcaron en “Mito del Reyno de Chile” (Lom Ediciones). Una investigación que parte en 1533 con el “El Desorejado”, un mutilado soldado sevillano que escapa de Machu Picchu a Quillota, aterrando a la caravana de Diego de Almagro, y termina en el año 1907 con el fusilamiento de Emilie Dubois, enigmático personaje que un año antes, en pleno terremoto de Valparaíso, había escapado de la cárcel (ver recuadro). “Eran buenas historias para ser ilustradas. El objetivo de esos dibujos fue también recuperar la tradición gráfica chilena como La Lira Popular”, explica Escobar. De ahí la referencia en la portada del libro a estas clásicas publicaciones de poesía popular y dibujos de fines del siglo XIX. “Muchos me han dicho que es Arturo Prat el de la tapa, pero no. Es un chileno común y corriente de la época, sosteniendo la bandera”, dice el dibujante.

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Paul Anka: La metáfora perfecta del festival

En Vivo 23 February 2010 | 0 Comments

El crooner canadiense hizo delirar la Quinta Vergara en la primera noche de Festival. Su energética mezcla de swing, hits de la era pre-Beatles, referencias rockeras, piropos al público y homenajes a sus amigos muertos era lo que el público y la “memoria festivalera” necesitaba.

Por J. C. Ramírez Figueroa para Emol, 23 de febrero 2010.

A las dos de la mañana Twitter ardía: “viejo seco”, “tengo que levantarme a las seis pero no puedo apagar la tele”, “¡ahora hace un cover de Nirvana!”, “mi abuelita tenía razón: Paul Anka es un grande”. En la Quinta Vergara, el público –incluyendo por supuesto al fan club que lo seguía desde fines de los años cincuenta– estaba en éxtasis. Y es muy probable que los televidentes sintieran lo mismo, mientras el experimentado crooner pasaba de cantar sus hits a relatar anécdotas, saludar a la gente o recordar, emocionado, lo mucho que quería a Michael Jackson o a Sammy Davis Jr.

Tal como Tom Jones el 2007, Paul Anka enloqueció al “monstruo”. Su repertorio y puesta en escena es todo lo que el Festival necesitaba. Desde que emergió entre la platea cantando “Diana” en clave disco-funk hasta el gran finale con “My way”, el cantante emocionó, sorprendió, entretuvo y escenificó todo lo que entendemos por “show festivalero”. Porque, ¿no es nuestro Festival de Viña el último espacio donde aun respira la canción popular melodramática?

El homenaje a Michael Jackson, donde interpretó “This is it” y por la pantalla gigante se vió al malogrado músico, provocó aplausos y gritos. Es curioso que cuando la canción fue exhumada tras la muerte de Jackson, el mismo Anka denunció que era un plagio. Ahora, sin embargo, narraba que él se acercó a su casa y fue fruto de un trabajo conjunto.

Su interpretación de “Smells like teen spirit” de Nirvana fue reveladora. Despojada de toda su furia rockera (que precisamente desbancó a Michael Jackson de los rankings en 1991), la canción sonaba domesticada y amable, gracias a su irónico cancherismo swing. Al igual que la energética “Jump” (Van Halen) contenida en el disco Rock swings (2005), donde Anka adapta hits del rock en otros formatos.

Y esta idea de “volver a la inocencia de los años cincuenta, antes de que los Beatles arruinaran todo” fue el punto fuerte de Paul Anka. Su interpretación de “You are my destiny”, “Tonight my love, tonight” o incluso “Twist and shout” (original de Phil Medley y Bert Russell) fueron pruebas de esto. Su banda, un ensamble que sólo se soltaba hacia el final cuando los dejaban improvisar, lo apoyaba en esta misión: una presentación correcta, emocionante y edulcorada, a la medida del festival. ¿Cómo iba a faltar entonces “Let my try again”, de la que es compositor y que precisamente en este escenario hizo historia?

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¿A Qué Vinimos Sino A Caer?

Scrapbook 15 January 2010 | 1 Comment

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Locos por Synco

Archivo Periodístico,Entrevistas,Política,Reportajes,Tecnología 21 September 2008 | 0 Comments

Una obra de ciencia ficción, una cátedra y una instalación que deslumbró a los alemanes presionan los botones de un proyecto tecnológico alucinante que un inglés vendió a Salvador Allende en 1971. Antecedente de internet, el Sistema de Información y Control (Synco) es estudiado hoy como un hito. El escritor Jorge Baradit entrega detalles de la novela que presentará en octubre: “Es como el yeti de nuestra historia”, dice.

Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 21 de septiembre 2008.

Un científico inglés de cabello largo le muestra planos al Presidente Salvador Allende. Le dibuja una especie de “hombrecito” cabeza, tronco, extremidades hecho de cuadrados, flechas y círculos. Le dice que su proyecto Synco funcionaría igual que el cuerpo humano. Que en vez de huesos o músculos, este sistema trabajaría con el Gobierno de la Unidad Popular.

El hombre suena convincente. En el Chile de 1971, su facha rockera, sus lentes y sus teorías vanguardistas pegaron bien.

“¿Qué le parece, doctor Allende?”, le dice el investigador, quien gustaba recordarle al Mandatario su profesión. De hecho, comparar el cuerpo humano con el sistema que creó para comunicar las fábricas, ministerios y reparticiones de Gobierno fue perfecto.

Entonces, Allende le indica la “cabeza” del dibujo. “Ahí estará la base de su Gobierno”, le dice el científico, refiriéndose a él. Pero el Presidente le responde: “Excelente. Ahí estará el pueblo, entonces”.

UN DELIRIO MUY CUERDO. Aquel científico se llamaba Stafford Beer (1926-2002), un excéntrico heredero de un millonario inglés, que hizo su servicio militar en la India y que se paseaba por el Londres de los Rolling Stones en autos de lujo. Pero también había editado libros fundacionales, como “Cibernética y gestión” (1959), “Decisión y control” (1966) y el clásico “Brain of the firm” (1972).

En ellos postulaba una inédita relación entre tecnología, computación y organización social-laboral. Una teoría que bautizó como Synco (Sistema de Información y Control), también conocida como Cybersin (Sinergia Cibernética) o Modelo de Sistemas Viable.

Invitado a Chile por Fernando Flores fan de su trabajo y en esos años encargado de Corfo , Beer recorrió las poblaciones, compuso el himno del proyecto junto a Ángel Parra y carreteó con Humberto Maturana. A pesar de haber sido retratado como un episodio freak de la UP por “The Clinic” hace un par de años, la historia no terminó allí.

Mientras que Beer se convierte en un referente para gente como David Bowie o Brian Eno, un grupo de chilenos sigue rayando con el capítulo que puso a Chile en la historia de la tecnología mundial.

LA ESTÉTICA. El diseñador René Castillo Ibaceta abre su laptop y muestra una charla inédita de Stafford Beer. La grabación, hecha en Inglaterra a mediados de los setenta, pertenece a Raúl Espejo, otro de los chilenos que trabajó con Beer. Ahora vive en Inglaterra y se ha escrito con Castillo. En esas imágenes, Beer mueve las manos y muestra los mismos planos que veía con brillo en los ojos Salvador Allende.

“La idea de cuerpo humano fue vital para venderle el proyecto a Allende. A Beer le sorprendió mucho que el Presidente señalara que a la cabeza irían los obreros y no él”.

Castillo es un estudioso de la figura de Beer. Incluso imparte una clase sobre Synco en la Escuela de Diseño de la Universidad de Talca y prepara la cátedra para dictarla el segundo semestre en la Universidad del Desarrollo. Para él, este proyecto es uno de los más notables modelos de gestión y también antecedente directo del diseño de interface.

“Muchos de los conceptos computacionales que conocemos ahora, Beer ya los había desarrollado, incluso el autoformateo. Él había visualizado una forma en que el computador pueda aprender de sus propios errores, corregirlos y seguir adelante”.

Mientras tanto, Beer concluye su charla hablando en el video: “Bueno, el proyecto tuvo que terminarse debido al golpe militar”. Luego, viene un silencio y la tristeza.

Además de reconstruir la historia de Synco, Castillo se ha dedicado a hacerlo gráficamente. Basado en los planos de Beer, el diseñador ha trabajado en réplicas de los cuarteles centrales de Synco. Desde la estricta norma de seis sillones que rodean al sillón central o detalles como un pocillo especial para dejar vaso y cigarrillos.

“Muy acorde con la mentalidad de la época. Aparte de los comandos y las pantallas que permitirían visualizar lo que pasa en las fábricas o ministerios, había espacio para dejar el vaso o botar las cenizas del cigarrillo”, explica.

“La estética era muy retrofuturista. Como una versión avanzada de los muebles de la época”, dice, marcando la similitud gráfica de Synco con la película “2001 Odisea en el Espacio”, de Stanley Kubrick.

LA RECONSTRUCCIÓN. “Hay mucho mito en torno a Synco. Decir que fue la internet de Allende es una manera muy simplista de definirlo”, explica Enrique Rivera, cineasta que forma parte de un equipo dedicado a reconstruir Synco, no sólo rediseñarlo a nivel gráfico.

El fruto de su trabajo se encuentra en la muy documentada página web www.cybersyn.cl. Allí hay fotos y textos de Beer, tesis, investigaciones e imágenes de los famosos sillones retrofuturistas de Synco.

“Queremos desempolvar todo lo referente a Synco y desmentir algunas cosas. Por ejemplo, que fue apenas un prototipo de internet. O que fue un delirio de la UP. Las ideas de Beer eran muy coherentes e inteligentes. Y lo sorprendente es que el Gobierno de Chile le compro la idea. Synco puede ser aplicado en el mundo del arte y la cultura. Es un gran mecanismo de organización y gestión”, indica.

Rivera, junto a Catalina Ossa, fueron invitados por el Centro de Arte y Nuevas Tecnologías (ZKM) en Alemania, donde trabajaron en una exposición en torno a Synco el año pasado. “En lugar de hacer un documental sobre el tema, decidimos presentarlo usando precisamente las teorías de Beer”, cuenta el cineasta, entusiasmado.

Así, en “Multinodo Metajuego/Cybersyn: Sinergia Cibernética”, el público alemán pudo manipular réplicas de las sillas de Synco, escuchar canciones de Brian Eno inspiradas en Synco e inteactuar grabando sus opiniones sobre el sistema o manejando la pantalla tal como si el proyecto estuviese funcionando.

Rivera no cree para nada que Synco fuese un delirio. Para él, es un proyecto muy serio que pudo haber revolucionado el mundo. La misma exposición fue trasladada a Chile y se encontrará desde noviembre en el Centro de Documentación del Palacio de La Moneda.

“Chile fue el único país donde se trató seriamente convertir el proyecto en realidad. En Uruguay se intentó algo parecido, pero se robaron la plata”, dice.

CIENCIA, HISTORIA Y FICCIÓN. “Synco” se llama la nueva novela de Jorge Baradit, que ficcionará lo que hubiese pasado si el proyecto Synco no se hubiese venido abajo tras el golpe militar. Se editará en octubre y parece el paso definitivo del hecho freak de la UP a una fantasía retrofuturista.

“La sola idea de un proyecto para convertir a Chile en un Estado cibernético es insólita. La frase de Stafford Beer: ‘Quiero dotar a Chile de un sistema nervioso electrónico’, parece sacada de la mejor literatura que recién comenzó a escribirse ¡diez años después! Es decir, cómo no interesarse en una idea tan adelantada a la época, además cruzada por uno de los hechos más trágicos de nuestros últimos años, el golpe y la tragedia socialista”, explica el también autor de la notable “Ygdrasil” (2006).

Baradit reconoce que la documentación es fragmentaria. Sin embargo, basado en la citada página Cybersyn (“un dossier virtual amplio y confiable”), revisando los documentos y mirando la gráfica “parecen fotos de ovnis, como si Synco fuese una leyenda urbana, un yeti de nuestra historia” , la ficción comenzó a armarse en su cabeza.

Un drama nostálgico y horriblemente trágico: “La posibilidad cierta de haber convertido a Chile en una Camelot de la tecnología mundial y haberla perdido de modo tan espantoso. Por último, es insólito que un proyecto de esta envergadura haya permanecido escondido durante tantos años, secreto a la vista. Confirma que en Latinoamérica la tecnología, la magia, los sueños y las pesadillas se cruzan en la realidad sin concierto aparente, dotándola de un espesor surrealista tangible, alucinatorio y desconcertante”, señala.

Baradit es un creador de mundos que se nutren de muchos canales, entre ellos la cultura pop, la tecnología, los mitos galácticos, las urbes apocalípticas, el hombre doblegado por los chips, la destrucción del planeta. ¿Se imaginan qué hubiera pasado si Pinochet decide seguir el ejemplo de Prats y apoya a Allende, desarticulando el golpe del ’73?

Esa es una de las líneas gruesas del argumento de su nueva novela “¿Se imaginan que hubiera pasado si Synco se desarrolla completamente y Chile se convierte en Sylicon Valley 15 años antes de Sylicon Valley? ¿El primer país con una producción industrial administrada cibernéticamente, en tiempo real. Próspero y progresista?

¿Qué habría pasado con América Latina si Chile exporta la experiencia Synco y se organiza algún tipo de cyberbolivarismo? ¿Se imaginan a Miguel Serrano y su visión mágico-totalitaria organizando un movimiento en las sombras tras el Gobierno chileno?”.

Por supuesto, siempre hay un costo de sangre y muerte que pagar.

¿Cuál fue el precio que tuvo que pagar Allende para obtener las llaves del paraíso socialista? Lea la novela en octubre o, mientras, viaje por los circuitos de Synco, el sistema nervioso de Chile muerto ahora en un chip manipulado en el sudeste asiático.

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Miguel Bosé: “¿Siete veces en Viña? No me había fijado”

Archivo Periodístico,Emol,Entrevistas 20 February 2008 | 0 Comments

Pega Miguel, pega. Más que un tipo musical, se reconoce como alguien obligado por una fuerza misteriosa a subirse al escenario y matar.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 20 de febrero 2008.

Miguel Bosé abrirá esta noche la 49 versión del Festival de Viña del Mar, en una jornada que también contará con el combo adolescente Six Pack y los veteranos funk-disco Earth, Wind & Fire. Ésta será la séptima presentación del cantante, desde su mítico show de 1981. Allí donde, enfundado en un apretadísimo traje de lycra, cantaba hits como “Te amaré” y “Voy a ganar”.

“¿Siete? (sorprendido) ¡Wow! No lo sabía, no las he contado… cada público es distinto, pero claro que conservo buenos recuerdos de Chile. Recuerda que no sólo se trata del Festival de Viña del Mar, sino que estamos en gira por este país. Me gusta actuar”.

El currículum de Miguel Bosé (en abril cumple 52 años) es ciertamente más impresionante que la mayoría de sus canciones. Hijo de torero (“¿hay algo más fuerte que tu propio padre te llame maricón?”, confesaba al periodista español Javier Menéndez Flores en 2001, explicando la falta de apoyo en sus primeros años como cantante-bailarín) y apadrinado por el cineasta italiano Luchino Visconti, su infancia la pasó entre gente como Pablo Picasso y Ernest Hemingway, amigos de la familia.

Luego, se convirtió en un suceso de la balada latina melodramática no sólo en España, sino en Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, Japón y América Latina. Incluso se dio el lujo de pasar de la new wave del hit ”Voy a ganar” (1980) a la elegancia crooner en el disco Bandido (1984), y de ahí a la electrónica intimista de Velvetina (2005).

Sorprendentes giros que, acompañados de su trabajo en el cine -especialmente el travesti de “Tacones Lejanos” (1991), de Almodóvar- y sus comentadas apariciones mediáticas -embarazado en la revista española Gran Musical o besando a Cecilia Bolocco en “Viva el Lunes”-, le crearon un aura “provocadora” tan rentable que ha sido comparado con el camaleónico David Bowie.

“Sucede que en Bandido estuve más presente en el proceso de grabación, no sólo cantando o revisando las letras”, explica a Emol desde la lujosa suite presidencial del Hotel San Cristóbal Tower. “No soy tan musical tampoco, lo que hago no viene estrictamente desde ahí. Escucho de todo, claro, incluso rock antiguo como Yes. Pero cuidado con el término rockero. A Sting lo tratan de rockero y él dice ‘pero tío, que lo mío es el pop’. Me interesa la actitud del rock más que nada”.

Con los pies en la tierra

Bosé es consciente de su mito, a pesar de lo normal que se le ve, atento, pero marcando las distancias (no fotos, diez minutos solamente, encargados de prensa). Como si fuera un caso más de los artistas que se comen el mundo cuando se encienden los focos y la multitud grita. “Sería imposible grabar un disco sin tener los pies en la tierra”, dice.

Sin embargo, hay algo en el cantante, en la forma de elaborar las respuestas que rozan el piloto automático, y en el entusiasmo que le provocan otras. Por ejemplo, sobre sus años de La Movida Española: “No estuve muy cercano a ella, porque estaba grabando en otros países, pero claro que conozco a gente como Carlos Berlanga (fallecido compositor español, junto a Alaska, parte fundamental del circuito independiente hispano). De hecho, vivía al frente mío y estábamos viendo la posibilidad de convertirnos en una nueva versión del Dúo Dinámico, un grupo que fue muy popular acá”.

“Fue todo muy repentino”, dice. ”Aparecí un martes en televisión y el miércoles ya era conocido. Mi inicio fue un episodio de una violencia tremenda. Después vino el aprendizaje para seguir una línea coherente. Bandido fue un salto, ya que antes era muy tímido en cuestiones de grabación”.

-Hace tiempo decías que uno canta no para cumplir expectativas personales ni del público. ¿Mantienes la idea?
-Uno hace las cosas por necesidad. Es algo dentro tuyo que te obliga a cantar, escribir, actuar. No sé definirlo, pero es una forma de traducirse. Al cantar o actuar yo me traduzco.

No me preguntes eso

Al parecer lo único que lo molesta -aparte de la repetida pregunta en torno a su sexualidad, que él se limita a enredar más, pero sin perder la diplomacia- es que le pregunten por sus titulares de prensa. “Por favor, que un periodista como tú me pregunte eso” dice, mientras se lavanta de la silla.

Han pasado los diez minutos de la entrevista y Bosé ni siquiera sonríe cuando se le pregunta si volvería a comer donde Cecilia Bolocco, donde anteriormente sufrió una mediática intoxicación.

“Sé que la noticia salió en todos lados, pero es que los periodistas…”, espeta. Cero humor para una pregunta que, si juzgamos su reacción, debe esconder una buena historia aún no difundida.

Pero Bosé está acostumbrado a este tipo de cosas. Ya a fines de los ’80 la prensa española especulaba con que Bosé tendría sida. O la revista Rolling Stone, citando las palabras del músico español Albert Pla, quien decía que “con esos padres, con esa formación y con ese look, ¿cómo es posible que (Bosé) lo haya hecho tan mal?”.

Bosé aguanta todo eso porque sabe que para promocionar su música es necesario pasar por ruedas de prensa, preguntas impertinentes y artículos mala leche. ”Al final la obra de uno es patrimonio de la gente”, dice. “Y si me dices que ‘Voy a ganar’ fue una canción que marcó tu infancia, ya eres parte también de ella”.

“Tan importante como grabar un disco decente es presentarlo a los periodistas. Si se hace mal, evidentemente influirá en el mal resultado de la grabación”.

“Éste es el lugar donde paso el tiempo”, dice indicando la suite presidencial de uno de los hoteles de lujo de la ciudad. “No se trata de descansar, sino que desde acá coordino, por ejemplo, el viaje a México que tengo programado. Es un país inmenso, ¿sabes? Y desde acá hacemos entrevistas, además de todos los preparativos que tienen que ver con la gira” (Papitour 2008).

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Se oyen los pasos, el rock chileno reeditado

Archivo Periodístico,Entrevistas 31 December 2007 | 0 Comments

Reeditan libro que documenta el nacimiento del rock chileno

Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación, 31 de diciembre 2007.

El texto muestra cómo en apenas cinco años las bandas pasaron de imitar a Los Beatles a mezclar el canto nuevo con las guitarras eléctricas. Una evolución paralela a los intensos cambios que se vivían. Ambos, claro, fueron interrumpidos por el golpe militar.

Su autor, dividió un año entero entre los ensayos con su banda Matorral y la Biblioteca Nacional. En esta última, se dedicó a hojear uno por uno todos los diarios y revistas de los sesentas hasta encontrar noticias relacionadas con el naciente rock nacional.

Y se topó con cosas como la cobertura al récord de Los Jockers quienes batieron un récord Guinnes tocando 52 horas seguidas en octubre de 1967; el festival de Piedra Roja en 1970 (“¡8 lolas jipies todavía no se ponen la ropa!”, tituló Clarín); o la reproducción en La Segunda de la célebre portada de Aguaturbia donde Denisse y Carlos Corales aparecían desnudos, en la misma época.

Luego, las fotocopió y aprovechó de contactarse con coleccionistas -algunos eran muy celosos de sus discos- y claro, los mismos músicos. Todo eso le sirvió para su muy documentada historia de los primeros años del rock en Chile “Se oyen los pasos” (2004, Capsula libros) que este mes fue relanzada en una versión corregida y aumentada.

Más datos, discografías y fotos de una historia que comienza copiándole todo a Los Beatles, continúa con Los Mac s, Vidrios Quebrados y Los Beat 4, las primeras bandas que hicieron canciones propias; y finaliza con la fusión de rock y folclore encabezada por Los Jaivas, Los Blops y Congregación entre otros. Un final interrumpido en 1973.

“No sé si sea justo echarle toda la culpa al golpe. Pero ciertamente influyó, al prohibir por decreto incluso ciertos instrumentos folclóricos. O al censurar letras. La evolución tan rápida desde lo imitativo a un folk rock con características propias, tiene que ver con la misma inmediatez de los cambios sociales que vivíamos”, explica su autor.

SIN MEMORIA NI HISTORIA

A Planet le sorprende que todas estas viejas bandas todavía sean ilustres desconocidas acá, sobre todo considerando que nuestra sicodelia y luego, el folk rock corrían paralelos a lo que pasaba en EEUU o Inglaterra. “El año pasado viajando con mi novia por Estados Unidos encontré en San Francisco una copia pirata del Fictions de los Vidrios Quebrados. Era inglesa y estaba cuidadosamente editada. Se la mostré a integrantes de la banda y no lo podían creer”.

Sin embargo, gracias a internet, estas viejas copias siguen dando vueltas. “Al final como me decía otro músico, al que le interesa va a terminar encontrando estos discos”, explica. No por nada, cuando presentó este libro en la SCD de Bellavista, Matorral interpretó completo el “Fictions” (1967) junto a Juan Mateo O Brien compositor y vocalista original. Y el público -mayoritariamente veinteañero- se sabía las letras de memoria. “Él me dijo al final que gracias a eso sus nietos lo miran de otra manera”.

VICTOR JARA ELÉCTRICO

El momento cumbre del rock nacional fue la colaboración entre Víctor Jara y Los Blops con la canción “El derecho de vivir en paz”. Unos rockeros que fueron ninguneados por el mismo Pablo Neruda, que los reprendió por tocar con guitarra eléctrica en un acto pro Allende. Una agridulce reflexión sobre Vietnam donde se consigue un sonido inédito, fusionando el Canto Nuevo con las guitarras eléctricas. Un hito que Los Bunkers incluyeron en su disco debut de 2001.

Incluso su propio sello, Dicap, los boicoteó escondiendo las copias. Desconfiaban de su pelo largo y porque no participaban en los sesudos debates políticos de la izquierda. El bueno de Jara los defendió “a garabato limpio” y además participaba en los ensayos porque admiraba el sonido de las guitarras -a lo Hendrix- de Eduardo Gatti y Julio Villalobos.

“Me acuerdo que llegaba en citroneta con su guitarra y un día empezamos a tocar algo. Por ahí empezó la cosa y Víctor nos dijo: “Bueno, ¿y por qué no graban conmigo?”. “Después nos invitó a tocar a algunos recitales”, explica Gatti en el libro.

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Sabina y Serrat, tan jóvenes y tan viejos. Velódromo Estadio Nacional

En Vivo 26 November 2007 | 0 Comments

Una noche de trova, chistes de grueso calibre y algo de rock and roll. Y allí ante un lleno total Sabina demostró que su cancionero está tan consolidado como el inoxidable Serrat, cuyos hits de alegre melancolía impactan incluso a quienes no crecieron escuchándolo demasiado.

Por JC. Ramírez Figueroa para Emol, 26 de noviembre 2007.

Hacia el final del concierto, cuando la platea vip se levantó por fin de las sillas instaladas frente al escenario, Joan Manuel Serrat cantó: “tenemos el sexo, el rock y la droga / los pies en el barrio y el grito en el cielo”. Su colega -y autor de estos versos- Joaquín Sabina lo miraba orgulloso. Es el momento exacto en que el profesor reconoce al alumno, calzándose no sólo un trozo de su canción (“Más de cien mentiras”) sino también la actitud rocker. Antes, improvisando en medio de otra canción, Sabina había dicho “yo siempre quise ser Serrat” y el catalán le decía cuando abandonaba el escenario “en verdad, él siempre quiso ser Florcita Motuda”.

El público estuvo entregado desde el principio. Sobre todo las mujeres, maduras, progresistas y que conocían todas las letras de memoria. Ellas aprovecharon cada silencio entre canciones para gritar lo “bueno” que estaban ambos. Sabina asegura que siempre envidió a las musas de su colega, sobre todo porque no cobran. Una chica gritó: “¡yo te cobro!”. Y Serrat contestó de inmediato: “no me delates, rubia”. Arriba, la luna llena y abajo, estos lobos de la canción ibérica.

La escala santiaguina de la gira “Dos pájaros de un tiro” sirve para comprobar varias cosas sobre Serrat y Sabina. Primero, el poderío inoxidable de la obra del catalán: “Cantares”, “Mediterráneo” y “Arriba en mi calle” siguen generando esa elegante y alegre melancolía, que es marca registrada de Serrat. Segundo, la justa consolidación del cancionero de Sabina, tomando en cuenta que éste jamás gozó del consenso histórico de Serrat. “19 días y 500 noches” fue tan celebrada como “Penélope”. Tercero, la coqueta complicidad alcanzada por ambos songwriters que permite a Sabina decir cosas como “el amor lo inventaron los catalanes como Serrat: así no tienen que pagar por follar”.

¿Es esto trova’n roll?

Y en esta dimensión desconocida donde la trova se fusiona con el rock (Sabina pasó un largo exilio en Londres donde escuchó a los Stones, Dylan e incluso tocó para el cumpleaños de George Harrison), algunas cosas no cuadran. Por ejemplo la discreta banda de apoyo (piano, batería, coristas, algunas guitarras) que apenas se limitó a dejar que ambos cantantes se lucieran. Por eso “La del pirata cojo”, que es un hit perdido de Sabina, sonó tan “blandito” a pesar de esa letra “guarrilla” donde se proponen todos los modelos de vida peligrosa existentes: “viejo verde en Sodoma / comunista en Las Vegas / mejor tiempo en Le Mans”.

Atrás, las galería del velódromo estaban repletas. En las plateas, la gente sentada, poniéndole “oreja” a ambos. Es entendible: hubo más guitarras acústicas que electricidad. Convengamos además que el fuerte son las letras. De esas que se saborean y mueven los mecanismos de la melancolía en los mayores de 40, el público mayoritario. Un milagro en un contexto donde Sabina dixit: los músicos escriben como “futbolistas haciendo declaraciones antes de salir a un partido”.

El momento cumbre de la noche fue el homenaje a Violeta Parra, cuando Serrat se despachó una excelente “Mazúrquica modérnica” y luego Sabina se sumó con una blusera y “mississippiana” “Arriba quemando el sol”. Ahí la gente se fue sumando al estribillo agregado: “pregúntale a los milicos / qué hicieron con La Moneda”.

Sabina y Serrat jugaron, se miraron con las guitarras, intercambiaron canciones, aparecieron y desapareciero del escenario, tomaron fotos al público y coquetearon con las chicas. Tan a gusto estaban los cantantes en el escenario que se dieron el lujo de deconstruir la canción “No hago otra cosa que pensar en ti”. En el original de Serrat “el pelado se rascaba la cabeza”. Acá fue “la bragueta”. Eso ya se había escuchado en el cover de Sabina. Lo sorprendente fue atestiguarlo en vivo y con el homenajeado presente, que incluso también le cambió la letra. Es que las canciones cuando se vuelven estatuas, hay que romperlas para volver a gozarlas.

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De gira con Alejandro Jodorowsky

Archivo Periodístico,La Nación Domingo,Reportajes 30 April 2006 | 0 Comments

Seguimos al mesías en su visita al país.

NO SOMOS DIGNOS

Jodorowsky es pop. Pasó por Chile y todos quisieron estar cerca de él. Barbones, damas cuicas, revolucionarios místicos, “CQC”, Felipe Lamarca y Carlos Cardoen escucharon al hombre de pelo blanco. Él recordó el “talento vaginal” de la hija del ocultista Gurdjieff y pidió mar para Bolivia. Pensar que si el manager de los Rolling Stones no lo hubiera estafado no tendríamos psicomagia. Si usted no tuvo las lucas ni el tiempo para verlo, pase y lea.

por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 30 de abril 2006.

“¡VIEJAS CUICAS, VIEJAS CUICAS FEAS!”, dice Gloria apuntando a la fila que espera impaciente en las puertas del Café Literario de Providencia. Ella estudió teatro y faltó a su trabajo en una empresa de aseo para ver de cerca a Alejandro Jodorowsky. Y, claro, tratar de colarse en el taller de psicomagia que dictó el miércoles pasado antes de recibir (jueves) la Orden al Mérito Artístico y Cultural Pablo Neruda, de manos de Michelle Bachelet, es tan difícil como juzgar a Pinochet.

“Debiste haber ido a la conferencia de Matucana 100. Ahora perdiste no más”, explica un flaco crespo que está en la cola. “Se quebran, sólo porque tienen las 90 lucas para pagarse el curso”, contesta Gloria enrabiada. Todos entran y ella se queda afuera, sentada en el parque. Hasta que de siglo XXI”–, armado solamente de un micrófono, tiene a los participantes en trance. Así aprovecha de bromear con su nombre –“me dicen Jodo, de joder”–, recalca la importancia histórica de tener una mujer Presidente –“un mensaje para todos ustedes que son de derecha, ¿no? Drepente aparece caminando su gurú, amable y sonriente, acompañado de los organizadores.

–Ya pues, don Jodorowsky. Déjeme entrar con usted.

Él mueve las manos y la mira con sincera e infinita compasión.

–No puedo hacer nada.

COMO UNA ESTRELLA DE ROCK. Lunes por la tarde en Matucana 100. “Esto es maravilloso. Ustedes tienen preguntas y yo estoy lleno de respuestas”, asegura Alejandro muerto de la risa frente al casi millar de universitarios que se lo toman bien en serio y le aplauden y gritan y anotan sus frases en los cuadernos. Porque el maestro dice cosas como “la felicidad sicológicamente sería estar menos angustiado que el día de ayer. Pero, en verdad, es hacer lo que te gusta, realizar tu sueño. Mi sueño de toda la vida, por ejemplo, era sentarme en una sillita y hablarle al público”.

Y así cae bien. Porque, mientras gente como Paulo Coelho realmente se creen mesías enviados a cambiar al mundo (y sus automóviles y mansiones y pareja), Alejandro viene simplemente a contar una historia moldeada por su amistad con Nicanor Parra o sus giras con Marcel Marceau o su teatro Pánico o su “Montaña sagrada” o sus experiencias con chamanes, magos o maestros zen. Al final, dijo, inventó la psicomagia porque Allen Klein –el mismísimo manager de los Rolling Stones y los Beatles en su última etapa– lo estafó con sus películas y necesitaba sobrevivir con lo último que le quedaba: las cartas del tarot.

Shlomit Baytelman fue la primera en entrar. Su padre trabajó en teatro con él y se lo presentó en los ’90. “Conocerlo es un privilegio. Es una persona capaz de sanar y de entregarte toda su experiencia de vida gratuitamente”. Un barbón dice que no puede creer estar acá, mientras una señora elegante pide una botellita del vino que se repartirá al final. “Yo soy amiga de Alejandro”, dice cuando vuelve a sentarse.

–Miren. Les hablo del libro; si no, el empresario me va a matar y luego ustedes me hacen preguntas.

Entonces, “El maestro y las magas” narra su amistad en México con el monje budista Enzo Takata, quien le enseñó que una mente y un corazón vacío llevaban a un delirio intelectual; una mente vacía y un corazón lleno conducen a la realidad. La segunda parte nos muestra a tres mujeres que cambiaron su vida: la pintora surrealista Leonora Carrington, la masajista doña Magdalena, y Reyna D’Assia, la hija del ocultista Gurdjieff, quien tenía un impresionante talento vaginal. “Podía hacerla vibrar como una avispa”, relata como si fuera lo más natural del mundo, ante la risa picarona de la concurrencia. “Uno ya está cansado de escuchar sobre maestros. Las mujeres también merecen un lugar”. La gente aplaude a rabiar cuando concluye la presentación con un “el sentido de la vida es vivirla”.

Pero el delirio comienza cuando le pasan el micrófono al público. Se pelean la oportunidad de establecer algún diálogo con él. Cada “Jodorowskyto” daría su vida porque él le viera el tarot. El problema es que todos quieren lo mismo y al mismo tiempo.

Una tipa de suéter rosado sube al escenario y le pide que le saque el tarot. Un chico flaco y de lentes le dedica un poema. Está muy nervioso al leerlo: “El sol da energía a los seres/ para vivir y alimentar/ todo es hacia fuera/ por su combustión de gratuidad”. El sicomago lo mira y le dice que lo lea nuevamente. Luego, pide que lo aplaudan. La gente engancha y aclama al “joven poeta”. “Esto no lo vas a olvidar nunca, ¿eh?”, le dice. Cuando baja del escenario, el amigo chascón que está con él lo mira con cara de “eres mi héroe” y lo abraza. Todos levantan la mano. “¿Qué onda con Marilyn Manson?”. “Hazme psicomagia”. “¿Cómo se lucha contra el ego”. “Acá, acá”. Alejandro sonríe y dice que es imposible atender a todo el mundo. “Lean ‘La danza de la realidad’, entonces”.

EL MAR A BOLIVIA. Martes en la mañana. Hotel Crowne Plaza. Estamos en el seminario “El poder de la creatividad”, y Jodorowsky –presentado como “el Da Vinci del ejen surgir a Bachelet, porque de ella depende el destino de toda Latinoamérica–, y la necesidad de entregarle mar a Bolivia.

Cuando aceptas entrar a su universo y caes en el trance –“yo no sé qué pasará mañana, porque yo también caeré en trance, no preparé nada ni sé en qué me metí”, había dicho ayer–, compruebas que está en permanente evolución. Porque la idea de la salida marítima se fue repitiendo desde la conferencia de prensa del lunes en la mañana en el restaurant Bambú, y evolucionando. Al principio era –para no quitar la frontera con Perú– creando un puente entre Bolivia y el mar. Ahora, era también un túnel. “Así no tenemos un ganador y un perdedor, sino dos ganadores. Le daríamos un ejemplo al mundo”, dijo recibiendo el aplauso de gente como Felipe Lamarca, Carlos Cardoen y Héctor Soto, participantes del evento.

Porque Jodorowsky es pop. Porque donde todos ven una pieza negra, él encuentra un gato con cinco patas. Porque en un evento centrado en el poder de la creatividad al servicio del éxito empresarial, un poquito de espíritu hacía falta. Y él, algo sabe del tema. A Matías del Río, el presentador, no le quedó otra que invitar al público a hacer las preguntas en la última parte del encuentro. Todos corren a que les firme sus libros, a escuchar una palabra, a saludarlo. Cuando subieron al escenario Jaime de Aguirre, Cardoen y Coco Legrand, el gurú seguía firmando.

Todos querían escuchar a Jodorowsky. Por eso, todas las preguntas recayeron en él. Alguien le pregunta a De Aguirre por qué no le dan un espacio de 30 minutos en Chilevisión. Él responde, muy orgulloso de su honestidad: “30 minutos es imposible. Pero me comprometo públicamente a hablar del tema con él a la salida”. Jodorowsky no dice nada, pero sonríe. Una señora habla sobre el amor de Dios: “Soy una loca, pero de locura divina”, dice muy convencida. Pero algo le pasa al autor de “El topo” y les dice a todos: “No soy comunista ni cristiano. Soy simplemente un ser humano que se pregunta qué vamos a hacer con los pobres”. Y eleva la voz, tratando de decir que es muy bonito ser creativo en una empresa, pero ¿y la gente que no pudo entrar en este juego?

Luego, todos –equipo de “CQC” incluido– corren al salón donde va a firmar sus libros. ¿Habrán entendido algo?

SÓLO SOCIOS. Miércoles en la mañana. Café Literario de Providencia. “Es tan bonito él. Estoy contenta. Conseguí mi objetivo”. Gloria pone cara de iluminada y se aleja. El resto de la gente que no pudo pagar espera en la entrada. Desde ahí se ve el movimiento de los organizadores, a Jodorowsky entrando en la sala, el puestito con sus libros y la puerta, que finalmente queda abierta. Adentro, los afortunados “Jodorowskytos” –mucho pelo largo, blusas hippies, mujer adulta mística– le contarán sus problemas: mala suerte en el amor, enfermedad de la piel, un trabajo que no prospera, una suegra de temer. Y él, seguramente, lo hará sentir la persona más importante del universo y le leerá el tarot o lo invitará a algún acto sicomágico, como cuando aconsejó a una persona a sembrar moneditas de oro porque solamente haciendo eso podría cosechar dinero.

Un par de chicas logran entrar y cuando están a punto de ingresar al taller la organización las saca. Debieron conformarse con ver al maestro de lejos e imaginar qué cosas les estará diciendo a los asistentes. Es que ellas no le prestaron mucha atención al cartel que decía sólo socios. Distinción que ningún acto sicomágico puede soslayar.

Coitus interruptus

por Martín Huerta

La editorial Random House Mondadori organizó un ordenado encuentro proletario con Alejandro Jodorowsky en el otrora barrio bravo de Matucana, lugar donde el artista iconoclasta vivió parte de su juventud en los tiempos de la gran bohemia.

En el 908 de esa avenida, sus padres eran propietarios de la tienda El Combate, donde según la poeta Stella Díaz Varín, “La Colorina”, vendían calzones color calzón.

Hasta ahí, todo santo y bueno.

Durante una comida en casa de Fernán Meza, junto a los escritores José Miguel Varas y Poli Délano, recordábamos la vida cultural en las décadas del ’40 al ’60. Nos aparecía el recuerdo cuando Jodorowsky, junto a Julio Escámez, convivían en un galpón en calle Villavicencio; en el sector llamado “el triángulo de las Bermudas”. En el altillo de la estructura pintaba y dormía Julio y ensayaba el grupo de los Mimos de Noisvander. La seriedad de Escámez y la vida estrambótica de Alejandro eran una paradoja que ningún sicólogo de esos tiempos podría explicar.

Cierto día, su padre, de origen judío ucraniano, y Sarah, su madre, llegaron al galpón gritando en su media lengua judía ucraniana española: ¡Alejandro, Alejandro, estamos “robinados*”…! ¡Se quemó “nigocio”, se quemó casa, ¡Estamos “robinados”.

–¿Qué pasó? –saltó Alejandro

–Estamos “robinados” ¡Se quemó casa, se quemó “nigocio”!

–¿Todo, papá?

–Sí, hijo…Todo.

Y Alejandro se lamenta: “¿Oh, mis escritos, mis apuntes!”.

Así de relajado era el muchacho.

Ahora, en el 2006, Alejandro ha venido a visitar “Shile”.

Arrastra su bien ganada fama y las glorias de su acierto. Cientos acudimos a esa cita popular. Allí apareció Jodoroswky, se encaramó en el escenario y comenzó una letanía acerca de la vida, la felicidad, la muerte, la vagina, el tarot, el amor, el pene…

Todo demasiado estructurado para mi gusto, casi mesiánico.

La cosa que hasta ese instante había sido coloquial y casi simpática, se tornó insoportable cuando invitó a Gabriela, según él, su alumna más aventajada, a subir al proscenio. La mujer no pronunció palabra, rió sonsamente y bajó. Luego, Gabriela se hizo cargo de ubicar a las personas que querían dialogar con el gurú. Ahí, la prepotencia de la alumna se hizo infinita y lo echó todo a perder. Lamentablemente, era el inevitable cerco de púas en torno a Jodorowsky. Al cabo de dos horas, caminamos por Matucana abajo rumiando nuestro “coitus interruptus” con el gurú.

* “Robinados”, según entendidos, significa arruinados.

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