Creo que Greil Marcus exagera en todo, no sé si como un extraño juego humorístico o realmente estima que “Like a Rolling Stone” es el evento cultural más importante de la historia de la civilización.
Hoy, después de acompañar a Daniela por el Santiago más frío del año, anduve en bicicleta escuchando el Live 1966 y me quedé pegado en los conocidos versos:
The ghost of ‘lectricity howls in the bones of her face
Y me sentí eléctrico como ese cuento de Skarmeta y pensé en Daniela y mi trabajo y lo que estoy escribiendo y mi edad y el fin de la juventud y el maremoto y Talcahuano y mi vida y aceleré hacia la Quinta Normal, donde alguna vez la República fue, con defectos, real.
Una vez, entrevisté por teléfono a Rodrigo Fresán y -evidentemente- se puso a hablar de Bob Dylan. Me relató cosas obvias como su paso por la escena folk neoyorkina o su “electrificación” en Newport. Pero ya cuando iba en lo del incidente del “Royal Albert Hall” (aunque en verdad fue en Manchester) le dije que ya sabía todo eso, que lo había leído, que había escuchado los discos. Fue chistoso.
Para no ser menos también he escrito sobre B.D: reseñas (1, 2 y 3) y un repaso aqui y acá a propósito de su visita a Chile de 2008.
Ah, y a la salida del recital, me encontré con la van que lo llevaba de vuelta. Fue en un semáforo, por la calle Vergara. Andaba con sombrero. Me dieron el paso. Después me fui a comer una hamburguesa. Eso me pasa por irme inmediatamente para no saludar a nadie.
El rock está obsesionado con la religión más de lo que se cree. Específicamente con el cristianismo. Desde la influencia gospel en Elvis hasta la vocación hímnica de U2, pasando por la oscuridad del metal o la crítica del punk, la figura de Cristo, aunque ha inspirado más dudas que certezas, raras veces ha sido vista desde un ateísmo militante.
“Muchos sacerdotes católicos venían a nuestros shows. Y conversábamos. Deberían cantar el Evangelio, les decíamos. Eso atraería a los jóvenes. Dénle más vida al asunto… Estábamos convencidos de que la Iglesia debería cambiar”.
Así recuerda Paul Mc Cartney, en la biografía “Anthology” (2000), cómo surgió el tema del cristianismo en la famosa entrevista de 1966. Ésa donde John Lennon declaraba que Los Beatles eran más populares que Cristo. “En realidad éramos muy pro Iglesia… Él intentaba decir algo en lo que todos creíamos: no están insistiendo lo suficiente en Jesucristo, deberían hacer algo más al respecto”.
El cristianismo ha sido una obsesión en el rock. Como si el sexo, drogas y rock & roll fueran una cáscara para ocultar una búsqueda espiritual desesperada.
“Hay dos opciones”, decía Bono en una entrevista de 2005. “O Jesucristo estaba loco o realmente es el Hijo de Dios. La idea de que el curso entero de la civilización en la mitad del globo haya cambiado su destino a causa de un loco, para mí es exagerado”.
VERBO, NO SUSTANTIVO
“No, no creo en nada. Muéstrenme algo en qué creer y conversamos”, decía Bob Dylan durante su gira por Inglaterra de 1965. Ya había logrado el éxito con “Blowin’in the wind” justamente basada en un himno cristiano y sus discos estaban llenos de citas de la Torá judía, es decir el Antiguo Testamento. En 1979 terminaría predicando La Palabra ante sus desconcertados fans.
Tanto el rock and roll como el folk que influyeron en la generación de Dylan se emparentaban con el cristianismo. El primero tenía una importante base del gospel (literalmente: “Evangelios”) cantados en las iglesias afroamericanas. El segundo estaba bajo la influencia lírica y musical protestante propia del interior de los Estados Unidos. Por eso no extraña que Elvis grabara discos bíblicos (y que llamara de madrugada a su pastor pidiendo consejos) o que el rocker Little Richard se volviera ministro. Tampoco que los Byrds sacaran una bella adaptación del Eclesiastés, original de Pete Seeger (“Turn!, Turn!, Turn!”, 1965).
Cuatro años después lanzarían: “Jesús is just allright”, adelantándose, por cierto, a años luz de lo que intentó hacer Arjona, en “Jesús verbo, no sustantivo”.
En California, Brian Wilson, de Los Beach Boys, hacía que su banda rezara antes de componer y grabar. De esas sesiones surgirían piezas sublimes como “God only knows” (1966). ¿Es éste un mundo cristiano?, se preguntaban Los Rolling Stones en “Simpathy for the devil” (1968). Una canción generalmente malinterpretada donde Mick Jagger teatraliza la dualidad demonio-hombre como causante de la traición de Judas, el holocausto y el asesinato de Kennedy. George Harrison en 1971 llegaría al número uno con “My sweet lord”, un auténtico himno donde le cantaba al Dios -cristiano e hindú. En esa misma época, Big Star, la banda del recientemente fallecido Alex Chilton, compondría “Jesus Christ”.
SALVACIÓN
El rock ha visto al cristianismo con más dudas que certezas. Pero nunca desde un ateísmo militante. Basta volver a la opera rock “Jesucristo Superstar” (1970). Allí, la dupla Tim Rice y Andrew Lloyd Webber muestran a un Cristo cansado y sin poderes. Algo así como su imagen “laica”. De hecho, Judas es mucho más importante y el Mesías es más bien un líder político ligado a la contracultura de los sesenta. Sin embargo, hacia el final, después de su espantosa crucifixión (con unas percusiones y sonidos electrónicos desesperantes), la música queda inconclusa. Como si realmente no fuera solamente un revolucionario que muere crucificado. Como sugiriendo la posibilidad anunciada en la Biblia.
Paralelamente comienza a gestarse el “rock cristiano” como género en Estados Unidos. Sin embargo, sus músicos son mas bien “versiones cristianizadas” (es decir con letras exclusivamente de alabanzas) de la música que suena en las radios. Aunque bandas como Stryper (versión del hair metal ochentero), Sixpence none the richer (versión indie pop) o P.O.D. (versión del niü metal) terminarían siendo masivas.
Por otro lado, en el indie actual hay varios ejemplos notables: los suecos de Club 8 (“Jesus, walk with me”, 2008), las referencias bíblicas de Arcade Fire o, sobre todo, enterarse que el lider de Belle and Sebastian, Stuart Murdoch participa en la pastoral juvenil de Glasgow. Tan curioso como conocer las conversiones de Alice Cooper o Dave Mustaine de Megadeth. “¿Qué hacen escuchando a Kiss? Yo vengo a hablarles del único que puede salvarlos. Vengo a hablarles de Jesucristo”, decía en 1979 antes de tocar prácticamente integró sus nuevas canciones. Dylan, acorralado por los periodistas decía que creía que Cristo era el hijo de Dios y que si se hubiera hecho hindú lo hubieran jodido menos. También explicaba, casi didácticamente para molestar a los desconfiados, que “Él me dijo: Bob, por qué te me estás escapando…”.
Su trilogía cristiana, especialmente “Slow train coming” (1979), estaba muy lejos de la beatería y la obviedad. Había ironía, citas a Nixon o Kissinger, críticas a Estados Unidos y la declaración que, aunque todos lo traten de loco, él tiene la certeza de Dios (“I believe in you”). Luego volvería al judaísmo, aunque es difícil olvidar su rostro emocionado cuando cantó ante Juan Pablo II en Bolonia en 1997. En una entrevista reciente dijo: “Sigo siendo un hombre de fe. Aunque tengo claro que ser creyente no es algo para todo el mundo”.
REZANDO POR UN HIT
“Lamento informar que Américo no es “cristiano” y su postura religiosa no la ventila públicamente. Gracias por el interés”. Respondió Meliton Vera, mánager de Américo, por mail. Tamaña reacción refleja perfecto la relación de la música tropical y el cristianismo. Porque no es lo mismo ser un “músico cristiano” que hacer “música cristiana”. Si bien algunos integrantes de La Noche o reggaetoneros como Tito El Bambino hablen de Cristo, están lejos de la música cristiana. La división evangélica entre música “secular” y música “cristiana” es brutal. Si no es música de adoración, no es música cristiana como se explica en los foros dedicados a la gigante escena cristiana. Aunque sus agrupaciones sean -tal como en el rock- “versiones cristianizadas” de la música comercial. Postura muy diferente al catolicismo que nunca rechazó oficialmente el rock: “Revolver” de Los Beatles fue elegido recientemente por la prensa vaticana como el mejor disco de la historia. LCD
Hablé con Nacho Vegas por teléfono. Aun no entiendo cómo un songwriter que canta sobre violaciones, heroína e infernales grietas espirituales sea tan tímido y educado
Una de las primeras canciones de Nacho Vegas (Gijón, 1974) que sonó en Chile fue “El ángel Simón”. Venía en el cedé de regalo que acompañaba a la revista catalana Rockdelux en un número dedicado a lo mejor de 2001. El tema era un impresionante monólogo de un padre ante su hijo recién suicidado donde le decía cosas como “y desde cualquier lugar / dondequiera que ahora te estés pudriendo / sólo quiero que sepas / que ya no te tengo miedo / que ahora estoy cansado / y sólo tengo miedo de mi propia vida”. Ocho minutos de piano y bandoneón que apretaban la garganta como pocos songwriters en español saben hacerlo.
Esta pieza abre la antología doble Canciones inexplicables, recién editada en Chile por el sello Infanta Terrible. Son veintitrés temas que demuestran cómo Nacho Vegas ha “hispanizado” como nadie la belleza y sordidez de pilares de la canción de autor americana. Dos ejes por los que transitan y padecen los héroes que protagonizan las canciones de Tom Waits, Leonard Cohen o el propio Bob Dylan. Al mismo tiempo podemos detectar radiaciones noise que vienen de su participación en grupos históricos del indie español de los ’90 como Eliminator Jr. y Manta Ray.
Sin embargo el músico también ha investigado la extensa tradición de la música asturiana en canciones como “Añada de Ana la friolera”, que es una canción de cuna regional (que en Asturias llaman “añadas”), o el proyecto Lucas XV. Además ha coescrito discos junto a Enrique Bunbury, Aroah y la recordada Christina Rosevinge, junto con publicar el año pasado el libro “Política de hechos consumados” que también edita aquí Infanta Terrible. En esas páginas el músico aprovecha de extender las correrías de sus personajes e intenta una especie de autobiografía donde admite que “hay que arder hasta apagarse”.
La entrevista a Nacho Vegas, sus escritos sobre canciones como la citada y una reseña a su libro Política de Hechos Consumados tras el salto [...]