Andrés Calamaro – ”Calamaro on the rock” (2010, Warner)

Uncategorized 25 June 2010 | 0 Comments

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 25 de junio 2010.

Vista en perspectiva, la producción del Calamaro “renacido” brilla por su desprolijidad. O el zigzagueante paso del songwriter al mestizaje latino. Desde el  subvalorado quintuple El salmón (2001) -con 103 canciones grabadas en su propia casa- y su publicitado retorno al negocio del pop cuatro años después, todo ha sido un caos. Ahí están, sobrevivientes, las decenas de mp3 -desde colaboraciones a inéditos-  que en sus años oscuros colgó a internet. También las cajas compilatorias, tributos, discos en vivo y DVDs, en distintos formatos y precios. Y, por supuesto, las grabaciones oficiales: El cantante (2004), El palacio de las flores (2006) y La lengua popular (2007). El primero de versiones del repertorio latinoamericano. Los dos últimos, sostenidos por el mismo repertorio que subió a la red.

On the rock evidencia aun más este tránsito de un cancionista inspirado en Dylan-Waits-Stones a un cantante-para las-masas con serias intenciones de quitarle el lugar a Juanes y Álex Ubago. O, si se quiere, un disco donde el setenta por ciento es flamenco, ranchera, cumbia villera y algo de rapeo. Por cierto, es muy raro escuchar a Calle 13 y Calamaro al mismo tiempo. Pero sólo en ese treinta por ciento restante, la cosa toma vuelo. Canciones donde Calamaro aún no consigue extirpar las artes compositivas concentradas entre el Por mirarte (1988) y Honestidad brutal (1999), además del paso por Los Rodríguez. Rock adulto, letras estremecedoras y una sensación de aventura que conviertieron a Andrés en el “poeta fertil dándose a conocer”, como reza una de sus canciones viejas.

Primero, la extraordinaria “Barcos”. Un auténtico flamenco apasionado y sufriente gracias al desgarrado canto de Diego “El Cigala”. O la emotiva “Todos se van”. Una canción sobre el sentirse solo y ver como todo el mundo se la está pasando bien. Tan influenciada por el Bob Dylan contemporáneo que incluso frasea exactamente como él. Y eso no es nada fácil. Remítase a los versos “de lo que alguna vez fue un corazón” y asómbrese. Tal como “Los divinos” que, si bien, podría considerarse casi una parodia del hablante lírico recurrente de Calamaro (un tipo solo en la ciudad) desarma con una frase tan vulgar que acá se eleva y emociona: “nadie, nadie me da bola”. No es casual que se repita tantas veces, sobretodo hacia el final.

“Gomontonera” es ese hard rock de guitarras cargadas que Calamaro ya había desarrollado en “All you need is pop”, pero que acá tiene un subtexto político. Algo que se hace explícito en otro rescate: “El Perro”, canción usada para el programa de Lanata en los años más duros de la Argentina reciente y que parafrasea una frase maldita que Pinochet usó para justificar el horror de la Moneda bombardeada: “Muerto el perro se acabó la rabia”. Es ese Calamaro, el rabioso, brutal y político el que se está apagando. Pero aun sigue resistiendo dentro de  un disco con clara vocación de romper el cerco que el gran mercado latinoamericano aun le niega

Andrés Calamaro / ”Calamaro on the rock” (2010, Warner)

1. Barcos, 2. Te extraño, 3. El pasodoble de los amigos ausentes, 4. Todos se van, 5. Los divinos, 6. Flor de samurai, 7. Insoportablemente cruel, 8. Tres Marías, 9. Te solté la rienda, 10. Me envenenaste, 11. Gomontonera, 12. El perro, 13. Insportablemente cruel (Puerto Rico mix), 4. Tres Marías (Pablo Lescano mix).

www.calamaro.com

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Bunbury – Las Consecuencias (EMI, 2010)

Uncategorized 23 April 2010 | 1 Comment

Un álbum de cámara

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 23 de abril 2010.

Si en Chile hay tantos que viven dentro de las canciones de Andrés Calamaro, Fito Paez o el Joaquín Sabina en modo rockero, resulta insólita la indiferencia hacia Enrique Bunbury. ¿Será por su impostadísima voz en Héroes del Silencio? ¿O los botellazos recibió esa banda por “osar” telonear a Iron Maiden en 1996? ¿O, quizás, el siniestro y bailable cover de Rafael de su hit “Maldito duende” [ver video acá]?. Lo curioso es que en países como México o Centroamérica es un ídolo. Y para qué hablar de España, donde siempre se aparece en las listas entre Los Planetas y Amaral. Es decir, mientras en otros contextos se toma en serio, acá sólo provoca extrañeza.

Las consecuencias según el mismo Bunbury es su disco más oscuro e intimista. Como si los politóxicas encuentros con Calamaro (de la que salió la gran canción “All you need is pop”, 2000) o los abismos líricos compartidos con Nacho Vegas (remitirse al doble El tiempo de las cerezas, 2006) hubiese enderezado su camino como cancionista. Es díficil explicarlo, pero frases como “fui un turista de la belleza” o “el regateo de mi ficción” musicalizadas y fraseadas por él, tienen una carga simbólica a años de luz de, digamos, Ricardo Arjona. Marca la diferencia también el cuidado en la producción. Nada de mezclar rancheras con country blues, como lo ha hecho antes. “Un disco de cámara” definición que reconoce haberse inventado mientras presentaba su disco anterior Hellville de luxe (2008) “Musica suceptible de ser tocada en una habitación, donde todo instrumento tiene un papel concreto”, dijo al diario El País.

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Y esto se debe no solo a la cuidada instrumentalización y arreglos (violines, órganos Rhodes). Es más bien a cierta forma de trabajar las canciones que sumergen al auditor atento a una profunda melancolía. Esto es evidente en “El boxeador”. Una historia presumiblemente ambientada en México (“La virgen de Guadalupe te protegerá”) y que toma el arquetipo del guerrero del ring y cómo seguir adelante a pesar de los golpes. Lo que puede ser un cliché de la derrota, se redime con una serie de acordes en el puente tan tristes como el órgano Hammond y una guitarra desértica.

Ese estado mental, entre la derrota y la ternura, entre la incomunicación y la ruptura (pareja, política, social) se hace oscuro en “21 de octubre”, amargo en “Nunca se convence del todo a nadie de la nada” y claro en el notable rescate de “Frente a frente”, popularizado por Jeanette, y cantando a dúo con Miren Iza. Si el single de 1981 era ingenuo y algo infantil, la nueva versión reconoce lo catastrófico e intenso de la historia relatada. Es interesante como Bunbury es capaz de la instrospección, el alto vuelo instrumental, una voz teatral (pero mucho más moderada que en su época con Los héroes del silencio) y los estribillos, puentes y acordes irresistibles. Esto incluye la desesperada “Los habitantes”, la balada folk “De todo el mundo” (con violín y órgano dylaniano) o la misma “Las consecuencias”. Un muy buen disco si buscas perderte con canciones en tu idioma.

Bunbury / ”Las consecuencias” (2010, EMI)

1. Las consecuencias (asustar un poco), 2. Ella me dijo que no, 3. El boxeador, 4. Frente a frente, 5. 21 de octubre, 6. Lo que más te gustó de mi, 7. Los habitantes, 8. Es hora de hablar, 9. Nada del otro mundo, 10. Nunca se convence del todo a nadie de la nada.

Enrique Bunbury (voz, guitarra acústica, piano, armónica, violín chino, sintetizador y coros), Álvaro Suite (guitarras, dobro, sitar eléctrico, mandolina y coros), Jordi Mena (guitarras, lap steel, dobro y saw), Jorge “Rebe” Rebenaque (piano, órgano y teclados, vibráfono, tuba y acordeón), Robert Castellanos (bajo y contrabajo) y Ramón Garcés (batería y percusión)

Músicos invitados: Miren Iza (voz y coros), Adam “Sr. Lobo” Vitusá (bajo), Ana Cabañol y Morto (coros), Ana Belén Estaje (violín y viola) y Pablo Valeta Guillén (cello).

www.enriquebunbury.com

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Calamaro, una máquina de hacer canciones. Espacio Riesco.

Archivo Periodistico,Críticas,Musica 10 December 2007 | 0 Comments

El argentino vino, rockeó y venció junto a Fitipaldis, ante la desesperación de los fans que apenas podían ver a los lejos su melena tapada por el público VIP que se levantó de sus sillas anoche en Espacio Riesco.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 10 de diciembre 2007.

Exactamente en la mitad del show, Andrés Calamaro improvisó algunas notas en el piano y cantó: “acabo de despertarme / y me pasa algo extraño / pasa que me olvidé de todo / como si por empezar el año / no existiera nada que yo conocí”. La canción, titulada “Lo que no existe más”, está en el “dedo 2″ de ese “suicidio comercial” llamado El salmón. Un disco quíntuple que muy pocos escucharon completo, a juzgar por el silencio desconcertante del Espacio Riesco que estaba repleto (a las 19.00 ya estaban agotadas las entradas). “Y me digo / tengo suerte compañero / se lo va a agradecer el corazón”. Y entonces empezaron a crecer los aplausos, porque esa letra, de un hombre desesperado que encuentra en el “vino del olvido” la única forma de salir del infierno, se entiende perfectamente. Calamaro es la prueba viviente de que sí se puede.

Y por eso mismo, el Calamaro pianista e intimista profesional estuvo prácticamente ausente de su concierto en Santiago, a excepción de este guiño para fans. La noche del domingo 9 de octubre reinó el Calamaro más Rolling Stone, el de guitarras eléctricas. Porque La lengua popular, el disco que venía a presentar, es una obra que desmitifica al artista sufriente y autodestructivo que el mismo creó en Honestidad Brutal (1999) y El salmón (2000). Había que celebrar estar vivo y por eso el mejor apoyo fueron los españoles Fito & Fitipaldis –tal como la Bersuit Vergarabat el 2005, el año de su regreso– que telonearon el show.

Fitipaldis, que ya tenía incluso varios fans gritando sus letras, cataliza perfecto esa devoción tan española por el rock de carreteras: Bruce Springsteen, Dire Straits y los Stones del disco Sticky fingers. Sólo la pasión rockista expresada en riffs, solos bluseros y redobles de batería, unido a buenísimas letras hearbreaker (“elegiste a la más guapa / y a la menos buena”, dice la estupenda “Soldadito marinero”) llevaron a buen puerto una fórmula peligrosa por lo repetida. “Estamos contentos de tocar acá. En serio que sí” decía el buen Fito con su boina en la cabeza. Y le creemos.

Después, silencio. Selectos clásicos funk en los parlantes (“Superstition”, de Stevie Wonder, el hit que le compuso a Jeff Beck, pero que salió tan bueno que no se lo pasó). Espera. Una pantalla que muestra un monito chascón y con guitarra y abajo se lee “Calamaro Planet”. El argentino está hecho un divo. Y sorpresivamente canta algo en inglés, a capella en plan blusero. Después, Fitipaldis reventando el recinto con “El salmón”, ante la desesperación del público de atrás del sector VIP, porque éstos se subían a la silla y con suerte dejaban ver algo de la melena del argentino.

El resto, una colección imbatible de éxitos, la marca de fábrica de Calamaro: “Te quiero igual”, “Loco”, “Me arde”, “Crímenes perfectos”, “Flaca”. El cantante decía hace tiempo que él no se emociona en el escenario. Y es verdad, porque apenas habló aparte de un protocolar saludo a Santiago. El público cantaba, entre la desesperación por no poder mirarlo (por culpa de los inconscientes VIPs) y la identificación inmediata con sus canciones. Ojo, que él ha dicho que muchas veces la chica a la que habla el protagonista de la canción es “La República”, el país. Esto potencia mucho textos como “No me lastimes / con tus crímenes perfectos / mientras la gente indiferente se da cuenta”.

También aparecieron clásicos instantáneos de La lengua popular: la muy Rodríguez “Gin tonic” (influenciada según él mismo dijo por su inoxidable compañero Ariel Rot), “5 minutos más (en el minibar)”, la tremenda “Carnaval de Brasil” y la insospechadamente erótica “Soy tuyo” (“me gusta desarmarme arriba tuyo / me gusta demasiado ensuciarte”).

¿Qué más se puede pedir a una máquina de hacer canciones que no sea cantarlas? Emocionar, por supuesto. Y esto lo logra en “Lo que no existe más”, “Estadio Azteca” y por supuesto en “Paloma” esa catarata de notas que habla sobre “vivir dos veces”, ser un “envase vacío” y de lanzarse sin paracaídas.

Un show rockero en el más Rolling Stone de los términos (antes del bis cerraron con “Alta suciedad” y “Canal 69″); un Calamaro tal vez demasiado profesional (que recuerda sus shows del ’99 antes que se encerrara a sufrir y componer) y una oportunidad para los miles de seguidores de verlo aunque sea de lejos, diez años después de su último aterrizaje en el país.

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Calamaro y Liniers: sorprendidos por la alegría

Archivo Periodistico,Entrevistas,Musica 25 November 2007 | 0 Comments

El título de esta historia y las canciones corren por cuenta del músico que se presenta en Chile el 9 de diciembre. Los dibujos los pone Liniers, quien nos regala monos y razones para no volvernos locos. Aquí la crónica de un e-mail que se convirtió en el arte del disco “La lengua popular” y una historia de amor y alegría después de transitar por el lado salvaje.

Por Juan Carlos Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 25 de noviembre 2007.

El título de esta historia y las canciones corren por cuenta del músico que se presenta en Chile el 9 de diciembre. Los dibujos los pone Liniers, quien nos regala monos y razones para no volvernos locos. Aquí la crónica de un e-mail que se convirtió en el arte del disco “La lengua popular” y una historia de amor y alegría después de transitar por el lado salvaje.

La niña contempla indecisa una biblioteca junto a su gato y dice: “Seguramente voy a leer muchos libros en mi vida, pero los que lea en mi infancia me los voy a acordar siempre ¡Es mucha presión!”.

Este tipo de diálogos y dibujos increíbles salen de la pluma de Liniers todas las semanas en el diario “La Nación” de Argentina. Andrés Calamaro, lector de “Clarín”, su competencia, lo descubrió tarde y de golpe no tuvo más remedio que enviarle un mail.

“Pensaba que era una joda de mis amigos”, cuenta Liniers, risueño, al teléfono desde Buenos Aires. “Yo era fan absoluto de Andrés y que de repente apareciera escribiéndome y felicitándome era sorprendente. Por las dudas le respondí”.

Pero en vez de un e-mail cortésmente desconfiado, lo hizo con una historieta donde aparece personificado en un conejo como habitualmente lo hace en sus tiras explicándole que Kevin Johansen se le adelantó y que tiene la portada de “Logo” a medio hacer (finalmente la terminó e incluso aparece dibujando en sus shows). Pero también le dice a Calamaro que “como todo el mundo, colecciono tus discos hace años… así que la idea de ver un dibujo mío en uno… ¿En serio sos Calamaro?”.

Así que esta es la historia de un rockero, un caricaturista, un disco llamado “La lengua popular”, un concierto en Santiago y todo lo que hay en el medio.

VIETNAM PERSONAL. “No tengo la costumbre de colgarme de los recuerdos”, dice Calamaro desde Buenos Aires. “Prefiero mi vida como está ahora. Pero tengo recuerdos muy interesantes y atrevidos de mi última década. Y recuerdos entrañables, alegrías y secretos de todas mis vidas anteriores”, dice.

En pleno cambio de milenio estaba claro que el lujoso “Alta suciedad” de 1997 (El de “Flaca” y “Loco”, grabado con músicos de John Lennon y Tom Waits) era apenas el principio. Dos años después vendría el doble “Honestidad brutal”, y el 2000 el quíntuple “El salmón”, con 103 canciones.

Allí, en su departamento madrileño bautizado como Deep Camboya en referencia a “Apocalypse Now” entre teclados, computadores, guitarras, crisis personales semipúblicas, y un portaestudios en “Rec”, decidió grabar una canción por día, abandonando los discos y shows en vivo (ojo, que incluso Bob Dylan lo felicitó por su “Elvis está vivo”).

El músico estaba tan iluminado que en cualquier momento parecía que se autodestruiría. Grababa 10 temas seguidos, literalmente hasta desmayarse, y mientras la “Rolling Stone” española se preguntaba “¿dónde se esconde Andrés Calamaro?”, el “Salmón” continuaba sus aventuras en Buenos Aires. Cada amigo, periodista o fan que entró a su Vietnam particular regresó del edificio con un CDR copiado por él.

“Ir al rescate de esas grabaciones propiamente dichas es un proyecto permanente y que siempre progresa de una forma u otra”, dice. En esa época, recién los músicos de Los Auténticos Decadentes lo obligaron a darse cuenta que a muchos les extrañaban sus canciones, hasta que la Bersuit lo arrastró a cantar de nuevo a fines de 2004.

NERD DE BIBLIOTECA. Hace 20 años, mientras Calamaro esperaba a su chica bajo la lluvia como un perro en Los Abuelos de la Nada, Liniers quien paga sus cuentas como Ricardo Liniers Siri era un niño que lo escuchaba por la radio mientras dibujaba historietas inspirado en Mafalda, Tintin o Condorito (“hace poco me enteré que era chileno, cada tanto incluyo un plop! en mis dibujos”, dice).

Por eso lo puso tan contento la petición de Calamaro. “En una de esas era el verdadero músico. Por eso respondí con un dibujo, ¡para entusiasmarlo! ¡No vaya a ser que se arrepintiera!”. Cuando se juntaron, el autor de “Sin documentos” le mostró el disco, intercambiaron ideas y al final le dijo: “Tienes la libertad de hacer lo que quieras con el arte del disco”.

Tras colaborar con revistas universitarias y publicaciones under, Liniers comenzó el 99 con “Bonjour” en el suplemento No de “Página/12″. Tenía 26 años y le ofrecieron ese espacio a raíz de otras colaboraciones que hacía para ese periódico. “Daba vueltas por la redacción una vez a la semana, cuando entregaba mis trabajos, y me paró un editor y me preguntó si quería colaborar. Creo que hay que tener ese golpe de suerte, pero también debes hacer las tareas”.

“Bonjour” eran unas tiras en blanco y negro, con situaciones como un señor con sombrero que le dice a una señorita: “Yo aún soy virgen y me gustaría que mi primera experiencia sea con usted”. Ella lo mira y le dice: “Ay, las cosas que dice. ¡Es usted un gracioso…! Virgen, jaja”. “Sí, de lo más cómico”, dice él riendo también, hasta que ella se va y él se queda solo y triste.

La saga que incluía sus tradicionales pingüinos, ovejitas y “cameos” de artistas tenía ya todo lo que nos gusta de Liniers y que continuó en “Macanudo”. Primero, la ternura que desprenden los personajes (la vaca cinéfila, Z-25 el robot sensible, Enriqueta y el gato Fellini). Dos, las situaciones (como la del párrafo anterior). Tres, la construcción de un mundo a la manera de las películas de Wes Anderson o los discos de Belle and Sebastian: libros, cafés, plazas, animalitos, el centro de la ciudad. Cuatro, las reflexiones simples pero de alto vuelo en la tradición de Quino. Quinto, un principio de bondad.

Sí, porque cada tira de Liniers es una buena razón para no volvernos tan locos y pegarnos un tiro. O dicho de otro modo, leerlo provoca esa inédita emoción que nos impulsa a querer más a la gente y la vida. Como cuando Enriqueta se dedica a leer, correr y jugar todo el día con su gato Fellini y dice: “Otro sábado bien aprovechado”. O cuando Angie se golpea la cabeza y el conejo Liniers le dice: “Odio verte lastimada”.

“Hay que tener tiempo para dialogar con la infancia. Es una época increíble de la que sin embargo se tienen pocos recuerdos. Un estado muy puro y lúcido que me intriga, tal vez porque en esa época no tienes nada que defender y eres más tú mismo y eres directo, en lugar de andar disimulando”.

LA LENGUA FELIZ. Un hombrecito de sombrero camina digno y orgulloso. Su panza brilla como un sol. “Fue el primer dibujo que hice y a Andrés le encantó, se rió mucho”, explica Liniers. La canción se llama “Sexy & Barrigón”, y en una parte dice: “Soy una buena combinación de Homero Simpson y Rolling Stone”, mientras una voz de mujer gime el título.

- ¿Volvieron las guitarras eléctricas, Andrés?

-Yo toco unas cuantas, la única canción donde no hay otro guitarrista es ésta. La chica sexy es la computadora Apple de Cachorro López. Un poco de buen humor es necesario en el rock y la ironía es importante para las personas. Ese ritmo Motown es de los preferidos de Cachorro, que estaba determinado a incluir una canción así en el álbum. Suerte que se filtró un poco de espiritu Iggy Pop en el disco, de su groove personality. “La mitad de las olas” y “Sexy” tienen aires de este gran ninja de Detroit”.

La clave del disco es ésta. Porque aparte de la lectura “popular” en los ritmos o temáticas como la de “Comedor piquetero”, hay un sorprendente “rediseño de la felicidad”. Porque entre el disco de versiones “El cantante” (donde hacía suyos los versos de Héctor Lavoe: “Si no me quieren en vida, cuando muera no me lloren”); su regreso a los escenarios (con bandas de lujo como Bersuit, Ariel Rot o Fito & Los Fitipaldis) y “El Palacio de las Flores” (a cuatro manos con Litto Nebbia), el planeta Calamaro jamás se había visto tan recién pintado como ahora. Y sin proponérselo, simplemente sucedió como todo lo bueno en la vida: los músicos de la Bersuit lo animaron a regresar a los escenarios, conoció a una buena chica en el lugar menos pensando y, claro, se le aparecieron las historietas de Liniers y sintió que las comprendía perfectamente.

Tan importante como el dibujante, el apoyo de Cachorro López fue clave para Calamaro. Su ex compañero en Los Abuelos de la Nada lo ayudó a rockear las armonías populares aprendidas con Litto Nebbia. “Sí que quise que el disco tenga meneo subtropical y guitarras de rock, me gusta la cumbia y la movida tropicuartetera y era mi deseo incluir esta variedad en un álbum”.

LA LENGUA POP. El disco que Calamaro envió a Liniers quien incluso “dibujó” las letras esconde una gran verdad desde su rockera apertura “Los chicos” hasta el cierre de “Mi Cobain”. Ambos recuperados de su época salvaje de principios de milenio coinciden en que lo esencial no es invisible, como decía el Principito, sino que llega gratis e incluso podemos tocarlo.

“Es verdad. Lo esencial es visible. Al menos todo lo que dibujo es lo que veo. Sería interesante una historieta donde se dijera eso. A mí me gustaba El Principito , pero como lo leí cuando niño. Después, más grande, descubrí un airecillo a metáfora new wave que no me gusta”, opina el dibujante.

Calamaro reconoce no ser ya el “viejo Andrés que no dormía más” en la aceleradísima “La mitad del amor”. En “De orgullo y de miedo” el dibujo es un paisaje otoñal abierto incluso reconoce: “Cualquiera se cansa de milongas/ y quiere querer y también ser querido/ Confieso haber vivido afuera del margen de la moral y lo permitido”. “Es la letra de un corazón cansado que se sorprende latiendo de nuevo por alguien. No siento a diario el peso de la culpa ni creo haber cometido demasiados errores imperdonables, aunque tampoco podría recordarlos todos”, dice el músico.

Porque Calamaro, más que rock, hace canciones, patenta estilos y aunque dice a LCD que le gustaría mucho poder dominar el lenguaje del jazz y de la gran música, “confieso haber surfeado sobre acordes sencillos para hacer y cantar mis canciones Asimismo, mi paleta de acordes no es tan escasa, pero ya formo parte de los autores que hacen muchas canciones con pocos tonos”.

Y si andas tropical e incluyes dibujos en tu disco, es señal que andas más contento que nunca.

Incluso pulió su discurso antiindustria de los años de “El salmón”: “”Yo lamento que la música popular no forme parte de las páginas culturales de los períodicos. Vivimos en un mundo corporativo, pero prefiero no internarme en un laberinto de paranoia y mantener la frialdad para seguir siendo un buen francotirador. Contra el MP3 no tengo nada, pero creo que la música local debería pagarse siempre que exista esa opción. La música importada propongo bajarla Hay tanto para conocer que no se puede comprar todo, pero nuestros discos sí, porque necesitamos ser dignos, seguir encontrándole sentido a grabar discos y vivir en castillos de arena”.

Para Calamaro, lo mejor que le ha pasado fue “volver a Buenos Aires y empezar a vivir de nuevo”, también dar recitales satánicos (como el que promete para el 9 de diciembre en el Espacio Riesco) y el respeto de sus colegas y el pueblo.

“Sí, mi vida es buena. Lo digo yo”, aunque advierte: “La felicidad, finalmente, es más frágil que la tristeza, por lo menos la de los humildes. Eso dicen las canciones”.

Liniers sigue trabajando en sus caricaturas. A veces, cuando sale con su chica (al igual que Calamaro está feliz de al fin estar con una buena nena a quien dibuja siempre), pinta sus caricaturas con café. “Es un lindo color”, dice.

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Andrés Calamaro: operación retorno

Archivo Periodistico,Entrevistas,Musica 31 July 2006 | 0 Comments

Estuvo una larga temporada bajo tierra. Allí grabó discos dobles, quintuples y centenas de inéditos que subió gratis a Internet. Ahora regresó más limpio, más enamorado, pero igual de prolífico, con un disco de tangos en plan flamenco, otro doble donde lo homenajean hasta los Cadillacs, y un gran disco en vivo editado este año en Chile. Acá, conversa con la Zona desde Madrid. Acceso al exceso.


por J.C. Ramírez Figueroa para Zona de Contacto, 31 de julio 2006.

COSQUÍN STATE. Verano del 2005, Cosquín Rock. Los hoteles y las residenciales cordobesas tienen carteles de “no hay lugar” o “lleno”. En la calle los afiches anuncian con letra gigante el one night only de Andrés Calamaro.Y en los bares los chicos sólo hablan de eso, acariciando la entrada que guardan en sus bolsillos.

Hace seis años que no tocaba en vivo. Encapsulado en su depto madrileño y con el corazón roto, Calamaro grababa hasta once canciones por jornada y sólo bajaba para comprar cocaína. Veía salir el sol hasta tres veces por día antes de desmayarse. Su propia temporada en el infierno, entregada en cuotas de cedés quemados.

Canciones, canciones y más canciones que el mundo conoció gracias a Internet, Página 12, Clarín o la Rolling Stone argentina, cada vez que uno de sus periodista lograba internarse en el Vietnam privado de Calamaro. Todos regresaban con unos cuantos cedés inéditos, prueba que se trataba de “un loco, pero un loco trabajando”, según sus propias palabras.

En Cosquín, Attaque 77 termina su show. La Mancha de Rolando se sube al escenario alternativo. Nadie se mueve hasta allá. Las 15 mil personas miran hacia el principal y cantan “olé, olé, olé, olé. Andrés, Andrés”. En el backstage los músicos de La Bersuit Vergarabat, su banda de apoyo para la ocasión, lo abrazan. Finalmente, un Calamaro de barba, chaleco y camisa amarilla, sube al escenario. Y se para frente a un atril con las letras de sus propias canciones.

SOY EL CANTANTE. Como el protagonista de Garden State, Calamaro es el amigo perdido que regresa a casa. El Maradona del rock. “Siempre seguí la misma dirección/ la difícil/ la que usa el salmón” (El Salmón, 2000) es la canción que abre el show, su declaración de principios y metáfora de los días salvajes en España. La gente se la sabe de memoria, como todas las que cantó, hit tras hit.

“Prepárate, porque acá está pasando algo muy serio con tus canciones y tu repertorio” le habían dicho, en plan Nostradamus, Los Auténticos Decadentes, en cuanto se bajó del avión en Baires y –como es su costumbre- se puso a ensayar con bandas amigas.

Era la cuarta etapa del “Plan Retorno”, que continuó en el Luna Park, la edición del disco de tangos interpretados desde el flamenco (“Tinta Roja”, 06), el disco doble tributo donde versionan sus canciones Julieta Venegas, Kevin Johansen, Joaquín Sabina, Pedro Aznar o Los Fabulosos Cadillacs (especialmente reunidos para la ocasión) y un devedé en vivo pauteado para septiembre.

La primera etapa del plan fue cerrar por un tiempo la llave de la locura (personal y creativa), para centrarse en un elegante disco de versiones –que al final incluyó tres suyas también- llamado “El Cantante” (04). La segunda dejar las drogas. La tercera, regresar a su país.

“La amistad y el respeto son sagrados. No se piden. Se ofrecen. Sobre ser el músico argentino más querido y respetado, no creo que sea por méritos musicales, en el caso de ser cierta esa información tan graciosa que me honra tanto”, le dice Calamaro a la Zona desde Madrid, tras presentarse junto a Ariel Rot su ex compañero en Los Rodríguez en el Natural Festival de El Ejido en Almería junto a Placebo, The Pretenders y Guns N`Roses.

EL MEJOR DE LOS AMIGOS. Voy a salir a caminar solito. Sentarme en el parque a fumar un porrito. Y mirar a las palomas comer, el pan que la gente les tira. (“Loco”, Alta Suciedad, 1997).

Calamaro es aquel amigo en el que puedes confiar tus penas. No es sofisticado como Cerati, no juega al divo bohemio como Fito, no te lanza un vaso de whisky en la cara como Charly. Calamaro tiene calle, barra y humo, a pesar de vivir entre aeropuertos y hoteles cinco estrellas.

“Soy del centro. Crecí entre edificios, enfrente de una estación de trenes. No soy exactamente un chico de barrio, ni soy últimamente un chico. Puedes imaginarme egoísta, haragán, ermitaño y hacer un promedio. Tratando que el promedio no estropee esa buena imagen que estoy dando”, responde con esas frases de rocker pasado a ginebra, que tan bien quedan en sus canciones.

La imagen de Calamaro surge con ese chico que espera eternamente bajo la lluvia a su novia. Lo hace como un perro y con un “cohete en el pantalón”.

“Mil horas” (1983) de Los Abuelos de La Nada (grupo donde él era tecladista), fue su primer y sorpresivo hit. El más grande de la banda. Y como todos saben, cuando la mina llegó, lo miró y le dijo “loco/ estás mojado/ ya no te quiero/ na na na”.

Con esa canción nació el Calamaro con el que uno se encariña, el tipo con voz pasada a barra de bar, el “perro ideal que aprendió a ladrar, y a volver al hogar/ para poder comer” (“Flaca”, 97).

En las canciones de Calamaro son las mujeres las que realmente tienen el poder dentro de las relaciones. Ellas son las que mandan, eligen, salvan y condenan. “No entendí si fui tu dueño/ o un borracho que pasaba/ soy grande pero tengo/ algo que aprender”, canta recordando a un ex amor en “El día mundial de la mujer”.

A pesar de eso, Calamaro no es un llorón: aunque el tema central de sus canciones sea el amor no correspondido, el amor perdido y la invención de la soledad, Calamaro nunca canta desde el suelo, siempre lo hace con la dignidad del que sostiene un ramo de flores nunca entregado, con el corazón hecho pedazos. Y lo hace escribiendo frases para el bronce, que se verían excelentes como nicks de msn.

“Te quiero/ pero te llevaste la flor/ y me dejaste el florero…/ me dejaste el vestido y te llevaste el amor/ pero igual/ te quiero” (“Te quiero igual”). Tan simple y brutal como un tipo honesto.

LA MAQUINA DE HACER CANCIONES. “Te dedico mis canciones porque sientes que la vida no está hecha de canciones. Está hecha de pedazos de tormenta. Está hecha de malditas sensaciones”. “Mi Rock Perdido” (Los Rodríguez, Sin Documentos, 1993)

1987. Vicentino y Andrés Calamaro discuten en un estudio de grabación sobre el sonido de “Mi novia se cayó en un pozo ciego”. Calamaro hace algunas recomendaciones sobre el ritmo y mueve las perillas. Meses después esta canción de Los Fabulosos Cadillacs sería número uno, el primer gran clásico de la banda.

Ese fue el primer efecto de la bola de nieve Calamaro: su toque como productor y colaborador en varios hits del rock de los ochenta desde Enanitos Verdes hasta nuestros Upa! Mientras tanto, seguía componiendo y sacando buenos discos, pero sin mucha repercusión. Una máquina de hacer canciones. Aunque los hits propios, vendrían en la década siguiente.

-¿Cuándo te diste cuenta que tenías el “don” de convertir canciones en hits?

-Más que tener el don de las canciones, estaba más compenetrado en pensar: “Dios mío, perdí el don”. Ni siquiera canto lo que me gustaría escuchar. Extrañamente eso hace a mis canciones populares. Es una pregunta también que me hago.

-Tus letras generalmente tienen que ver con el amor y la tristeza…

-Sí. No entiendo como el dolor no me bloqueó totalmente. En cualquier caso es mucho más agradable bloquearse de alegría. No sufrí más que la media de las personas. ¿Si es inevitable pasarla mal? Apostaría por lo contrario. Además, el amor es la salvación. Incluso morir de amor es digno

- ¿Por qué tus discos solistas de los ochentas no tuvieron éxito en Argentina, si estaba en ellos el germen de Los Rodríguez en cuanto a rock, letras y onda?

-Es inevitable que existan tiempos buenos y tiempos medianos. Supongo que habría que mirar el panorama completo de esa época, sumarlo todo. Tampoco soy tan exitoso. Soy desconocido en la gran mayoría de los países del mundo. Con Los Rodríguez tampoco fue un súper éxito. Conseguimos trabajar y vivir de la música. Pero no éramos unos jovencillos tampoco.

-A propósito ¿es cierto lo que contó Pablo Ugarte, que te fuiste a España a fundar Los Rodríguez con tu paga como productor de UPA!?

-Es cierto, aunque no es menos cierto que necesité otras grabaciones para ahorrar los novecientos dólares que me llevé a Europa, descontándole ticket.

Calamaro dice que ”Alta Suciedad” (1997) fue una grabación extraordinaria. En Los Rodríguez su pluma y capacidad compositiva elevó al grupo a kilómetros del resto del rock ibérico, con canciones como “Sin documentos” o “Dulce condena”. Tras ese grupo nació un nuevo punto de partida para Calamaro: el de su éxito en Argentina y Latinoamérica, y la revalorización de sus canciones de los ochentas, como la inigualable “No se puede vivir del amor”.

Con el éxito apareció su muy privada, pero a la vez pública, temporada infernal. Porque Calamaro es el chico terrible del rock con eñe. Un cantautor que tomó la locura, el miedo y asco de seguir apenas vivo después de romper con la chica de su vida (le quedó un tatuaje con el nombre de su ex como marca), y lo convirtió en discos tan impresionantes como el doble “Honestidad Brutal” (1999) o el quíntuple “El Salmón” (00).

“La época fue tremenda. Confieso que buscaba respeto y repertorio y lo encontré. Incluso eligiendo el camino más complicado”, dice recordando su época de exceso, compositivo y del otro.

Y DICEN QUE NO DUERME. Una noche de 1998 Calamaro se quedó solo en su depto. La chica se había ido, la cama era más grande, y la almohada al lado de la suya aún olía a perfume. Calamaro no quería dormir. Tampoco podía hacerlo, pero en lugar de sólo revolcarse en el polvo, empezó a jugar con la portaestudio, el piano y la guitarra. “Creaba sobre los ritmos programados de los teclados baratos”, cuenta.

Calamaro no salió de esa esfera voluminosa de canciones, soledad y pupilas dilatadas hasta cuatro años después. Dejó de dar recitales y entrevistas. Después, comenzaría a grabar 50, 100, 500 canciones que subiría a internet. Su aislamiento fue total, salvo por la edición de “El salmón” (00) un disco quíntuple de 103 canciones. Fue lo único que se supo de él, aparte de algunos reportajes que lo mostraban bastante demacrado, pero impresionantemente productivo. Y claro, una vuelta a Buenos Aires para volver a encerrarse y repetir el procedimiento yonqui-compositivo de Madrid.

-“Eso duró algunos años. Sobreviví al Salmón y remonté ese mismo río una o dos veces más. Lo bueno de esa época-síndrome es que no llegaba mucha información a ninguna parte. La realidad pedía discos que no editaban, canciones ocultas y ocultistas, romper la baraja, no salir de gira. Es doloroso no dar a conocer la obra, pero es funcional y es de un orden artístico, lógico y ético. No compartir la música con el público es noble. Lo que pasó es que pasó”.

-Tú si que viviste en el lado salvaje. ¿Cómo saliste de ahí, entonces?

-No sé si habrá sido para tanto, así tan salvaje. Es que no me acuerdo. Científicamente sigo saliendo de ahí y todavía me estoy recuperando.

Con lo último, Calamaro se refiere al psicoanalista. “Cambié una droga por otra, es verdad”. Y todo lo que vino después: su reclusión en una zona campestre, su disco de versiones y la vuelta definitiva a Buenos Aires. Desintoxicado, recuperado y feliz con su novia, con la que tendrá su primer hijo.

-Andrés, lo último… Hace casi diez años que no tocas acá. ¿Qué onda?

-No tengo una respuesta aceptable para eso !!! Supongo que soy un itinerante regresado. Canto de prestado con agrupaciones que siguen su camino (Bersuit) o se van con Paco de Lucia (sus músicos actuales). Lamento tanta demora. Casi una ausencia…

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