Chary García por Sergio Marchi: “Está reconstruyendo su mito”

Archivo Periodistico,Entrevistas 17 December 2007 | 0 Comments

“No digas nada”, su actualizada biografía recién fue lanzada en Chile. Su autor, un periodista de rock que llegó a tocar con su banda, explica las tesis y estupideces del cantante, como tirarle un vaso a Björk.

Por Juan Carlos Ramírez Figueroa para La Nación, 17 de diciembre 2007.

Sergio Marchi (44) es un periodista que parece fugado del film “Casi famosos”. A Charly García lo conoció en 1985, por casualidad, en la casa de Andrés Calamaro. Cruzaron palabras y chistes, para luego ir todos a un show de Fito Páez y Juan Carlos Baglietto. Más tarde resolvería esta insana relación prensa/rock cuando el mismo García lo invitara a las sesiones de “Parte de la religión”. El plan era hacer una entrevista para la radio Rock And Pop porteña.

“Interrumpió el ensayo por la mitad para la entrevista y él hizo la nota; tomó el grabador, indagó a sus músicos, les pidió que hicieran sonar algunos efectos para revelar trucos del show y además me ofreció que grabara directamente de la consola algunas cositas para que tuviera más material”, relata en “No digas nada” la biografía de Charly García (Sudamericana, 1997) cuya edición actualizada acaba de lanzarse en Chile.

De pronto, el baterista le dijo que iba a llamar a su novia y si quería podía reemplazarlo. Tras la aprobación de Charly agarró las baquetas y se embaló. “Charly parecía más sorprendido que yo”, dice, Tanto así que lo invitó a su gira, jornadas de ensayos y, claro, a acompañarlo en varios recitales. En algún momento hasta le diría: “Loco, ¡estuviste bárbaro! Desde ahora en adelante sólo voy a leer tus notas”.

NO SOY UN EXTRAÑO. “No es para tanto” -reconoce Marchi, quien actualmente hace clases de periodismo rock, tiene myspace y escribe para “La Mano”, al teléfono desde Buenos Aires-. “Toqué con él en algunos shows, pero creo que eso no me transforma en músico de Charly. A veces faltaba un baterista y entraba yo”.

Sin embargo, al leer su libro -bien documentado, rápido, repleto de anécdotas sabrosas- queda claro que Marchi fue más que un observador participante en la vida de García. “Esta semana lo vi en el lanzamiento del disco de Hilda Lizarazu, en el Opera. Y se portó extraordinariamente dulce. Leí lo que pasó en el cumpleaños del Negro Piñera, que no sé muy bien quien es, y me pareció un desastre, pero ¿a quien puede parecerle una buena idea invitarlo a tocar a una fiesta privada? El vaso que le lanzó a Bj rk también fue una estupidez. Arruinó el encuentro de dos mentes brillantes. Pero, ahora, estaba muy bien”

La primera parte de “No digas nada” narra la conocida historia del niño genio del piano que se encontró con “There s a Place” de Lennon-Mc Cartney (“me volví loco: pensaba que era música marciana. Música clásica de Marte”). Después comenzaría a caminar a dos pasos del suelo con Sui Generis al tiempo que escapaba del servicio militar fingiendo demencia al pasear a un soldado muerto en una silla de ruedas (“es que se veía muy pálido”). Tras aprender a sobrevolar con La Máquina de Hacer Pájaros y Seru Girán, en los años ochentas, logró instalar antenas en cada oyente de sus discos solistas, en cada oyente de sus discos solistas, cantándoles con su extraordinario piano rock lo que encontró ahí arriba.

MISTER HYDE. Después eligió la locura para defenderse de la inevitable caída. Como un drama griego con elementos judeocristianos, Charly se extravió en su personaje y, entonces, ensayó una nueva estrategia: el vampirismo.

“El problema es que a Charly lo forman él mismo junto al personaje que creó. Ambos viven en él. Como si tuviera un botón que enciende y apaga todo el tiempo. Pero no es un mal tipo. Es noble e incluso te podría decir que tiene valores sólidos. Pero es un Mister Hyde de sí mismo” piensa Marchi.

En esta segunda parte que comienza en 1997, vemos a un Charly que incorpora el mito de Drácula para defenderse. Incluso aparece relatado el supuesto pacto de sangre que hizo con Annie Lennox o el susto que le dio a Marilyn Manson cuando lo saludó muy relajado, con la misma cara del tenebroso video de “Influencia”.

“Charly ha generado un proceso de reconstrucción de su propio mito y a veces comete torpezas, pero otras te deja pensando. Como cuando se lanzó desde un noveno piso a la piscina del hotel. Eso fue porque la policía lo fue a buscar por un incidente con una chica, del que era inocente. Su salto terminó convirtiéndose, como él mismo explica, en una epopeya por la libertad”.

Y esta teoría se sustenta, cuando Charly deja de fingir el malditismo como cuando murió Pappo y María Gabriela Epumer -su muy querida y talentosísima guitarrista- y él no podía contener las lágrimas en el funeral. O cuando vio a Pete Townshend -de los Who- en Texas junto Andrew Oldham el histórico ex manager de los Stones con quien grababa su nuevo disco, el demorado “Kill Gil”. Mientras el ruidoso Who cantaba “deja que el amor abra la puerta de tu corazón” Charly se desmayó. Era la música que escuchaba de adolescente. Le hicieron una transfusión de sangre. Cuando los doctores le preguntaron por qué tantos cortes en el brazo él cabro chico de Charly dijo: “es que estoy estudiando tatuaje por correspondencia”.

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Pedro Villagra: Su Nombre Es Fusión

Archivo Periodistico,Entrevistas,Musica 13 December 2007 | 0 Comments

El saxofonista y compositor relanza su ya clásico disco Otredad, una joyita que sintetiza toda la música que Villagra de su nutrida discoteca. Jazz, MPB, rock, pop, folclor andino, convive en paz en sus trece canciones. De sus años new wave, las mezclas y su relanzamiento conversó con Emol.

Por  J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 13 de diciembre 2007

La casa de Pedro Villagra es también una improvisada sala de ensayos, donde prepara sus shows de relanzamiento de su clásico disco Otredad (2004). Entre partituras, figuritas de los Beatles y libros de ecología, emerge una discoteca que lo define completamente. “Son los discos que me gustan y que he salvado”, explica. Miles Davis, Inti-Illimani, Djavan, Oasis y el Highway 61 revisited de Bob Dylan en sorprendente armonía junto a compilaciones de los diversos tipos de folclor del planeta.

A mediados de los ’80, mientras tocaba flauta y saxo tenor en Santiago del Nuevo Extremo (la histórica agrupación del Canto Nuevo creada junto a sus compañeros de Antropología de la Universidad de Chile), también participaba en Primeros Auxilios, uno de las primeros grupos new wave del país. Una época pre-rock latino, cuando ”la música chilena más interesante se hacía en el exilio”.

“Hay gente que dice que con Santiago del Nuevo Extremos hacíamos folclor urbano, aunque a mi me parece que eso es algo menos elaborado que nosotros. En verdad lo nuestro era folk-rock, aunque al final le metimos jazz. Entonces, era fusión”.  Después de sus años new wave, Villagra elevó la apuesta con Huara, proyecto de fusión latinoamericana encabezado por Claudio Pajarito Araya. Ahora comanda el proyecto de su vida: La Pedroband.

Fusión es la palabra es clave para entender el pequeño universo de Villagra. Todo eso está presente en Otredad, el disco donde las guitarras eléctricas y el noble sonido del piano Rhodes acompañan ritmos brasileños, cuecas modernas y armonías jazzísticas.

El Villagra post-punk

Primeros Auxilios (1984-85) fue una banda chilena que corría en la misma pista que las bandas inglesas del post-punk o las estadounidenses de la new wave.

—Sí, éramos una banda new wave con características especiales—explica Villagra. —Una idea de fusión que integraba diversos mundos musicales. Tenía una parte que era netamente pop, una base de funk, cuyo bajista era Silvio Paredes (el mismo de los Electrodomésticos). Y  tenía una parte de jazz que estaba en función de las canciones que hacíamos. Pero había un tratamiento timbrístico bien elaborado. Estaba Rodrigo Alvarado que tocaba guitarra jazz y que le daba un sonido tipo Pat Metheny. También había metales, mucho de latin jazz y voces femeninas que le daban un sello interesante. Eran los experimentos que se hacían en esa época”.

-Y así sonaban modernos y arriesgados…
-Yo creo que otra cosa importante del grupo y que no quedó registrado era que nos difrazábamos para tocar. Cada concierto era una performance donde teníamos un look diferente. Decíamos: “ya, hoy vamos a ir de enfermeros. O de astronautas”.  Había un equipo que giraba en torno a nosotros que nos hacía la ropa y la escenografía.

Los ’80 fueron tiempos en que el rock estaba muy ligado a las compañías underground de teatro. Y el músico lo confirma. Dice que esa simbioisis de música y teatro potencia mucho lo que quieres decir. La intensidad es mayor, aunque reconociendo que no había tantas bandas como ahora. “Hoy estamos en un momento de mucha actividad, pero en esa época tenía un dejo de prohibido todo lo que se hacía porque había dictadura. Entronces se manifestaba artísticamente todo lo que era contestatario. El undergound y la vida bohemia era re grande. Salías en la noche y era mucha la gente circulando”.

Villagra aún recuerda las fiestas de Navidad y Año Nuevo en El Trolley, “Eran fiestas masivas. No era la fiesta trivial, sino que tenía un plus, una energía que al final se canalizó en el Plebicisto de 1988. Después de eso hubo un reordenamiento y todo esto que vivimos desapareció. Triste, porque terminó con propuestas interesantes que podrían haber tenido continuidad”.

-¿Y de esa energía, qué restacas ahora?
-Por lejos el rescate que hacen Chico Trujillo, Lafloripondio o La Mano Ajena. Hay una actitud de búsqueda que es la idea del rock and roll. Grupos que toman manifestaciones de música caribeña o africana tienen actitud muy rockera. Y al final ese formato llega mucho más, porque las otras fórmulas están muy agotadas.

El mundo cabe en una canción


A Villagra le gusta que gente como el afamado camerunés Richard Bona haya privilegiado el lado cancionero más que el “pirotécnico instrumental”, en su reciente show en el Montecarmelo.

“Él es un jazzista pero que canta fundamentalmente canciones. Un músico africano que se codea con lo mejor del jazz de Nueva York, imagínate, y se da el lujo de cantar en su idioma, que no lo entiende nadie. Eso me parece maravilloso. Lo que está mostrando es su alma, a través del soporte de una música muy elaborada. Él lo toma, elige lo mejor y lo que te ofrece es muy simple, como volviendo al sentido inicial de la cosa”. Es precisamente la idea que sostiene Otredad.

En 2005 el disco ganó una itinerancia del Fondart y se tocó en el sur, incluido Contulmo, la ciudad a dos horas de Concepción donde Villagra nació hace 50 años. Después fue invitado a Ecuador, donde armó una banda junto a artistas locales -”pero la Pedro Band es una sola”- e hizo una gira de ocho ciudades. También conoció al poeta venezolano Eugenio Montejo (ganador del Premio Octavo Paz) de quien musicalizó un poema. “Una vez encontré suyo llamado La Poesía. Dije: esto es una canción. Le pedí permiso para hacerlo y al final terminamos intercambiandos disco y libro”.

Otredad vuelve a las disquerías en 2007 con nuevo arte de tapa y con un CD-rom con poesía y remezclas, el mismo años en que Villagra editó Imprólogo, una sesión grabada en el club de jazz Thelonious. El plan es presentarlo en Perú, Brasil, Ecuador y otros países de la región. Un disco que ya es un punto de referencia y que ha encontrado público entre amantes de la fusión, estudiantes de música y gente conectada con el tema ecológico.

La mezcla es la medicina

Otredad se puede escuchar como un caleidoscopio musical de un continente en permanente estado de emergencia. “Con la carga de agresividad y ternura que nos caracteriza, tal como Violeta Parra y Victor Jara, se define nuestra música. La tapa es menos festiva que la original. Hay un tema de hacerse cargo de una sensibilidad pérdida, una cosa muy ritual. Yo parto los shows con una especie de plegaria, inspirado en el Popol Vuh”.

En el disco hay canciones sabrosas como “Paralelepípedo” (“me gusta jugar con las palabras, si te fijas, suena africano pero es de nuestro uso común, como “Paparapapirocoipi”). Hay insólitas mezclas de ritmos brasileño y nortino al mismo tiempo, como “Luna con Graffiti”. Hay instrumentales latin jazz, como “Omayra” o “Contulmo”, bonitas piezas acústicas como “Adviento” y “A la mar fui por naranjas”, y experimentos con bases electrónicas en “Fanfarria serenata” (“El teclado es muy Ángeles Negros”). Postales de un camino que llega a buen puerto.

Villagra cree que el mejor remedio ante fórmulas agotadas es la mezcla, siempre dentro de las leyes de una canción. “Hay puntos comunes entre el folclor chileno con el brasileño, por ejemplo”, dice. A partir de eso, las posibilidades de una aventura con la guitarra, la voz o el saxofón se le vuelven infinitas.

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Calamaro, una máquina de hacer canciones. Espacio Riesco.

Archivo Periodistico,Críticas,Musica 10 December 2007 | 0 Comments

El argentino vino, rockeó y venció junto a Fitipaldis, ante la desesperación de los fans que apenas podían ver a los lejos su melena tapada por el público VIP que se levantó de sus sillas anoche en Espacio Riesco.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 10 de diciembre 2007.

Exactamente en la mitad del show, Andrés Calamaro improvisó algunas notas en el piano y cantó: “acabo de despertarme / y me pasa algo extraño / pasa que me olvidé de todo / como si por empezar el año / no existiera nada que yo conocí”. La canción, titulada “Lo que no existe más”, está en el “dedo 2″ de ese “suicidio comercial” llamado El salmón. Un disco quíntuple que muy pocos escucharon completo, a juzgar por el silencio desconcertante del Espacio Riesco que estaba repleto (a las 19.00 ya estaban agotadas las entradas). “Y me digo / tengo suerte compañero / se lo va a agradecer el corazón”. Y entonces empezaron a crecer los aplausos, porque esa letra, de un hombre desesperado que encuentra en el “vino del olvido” la única forma de salir del infierno, se entiende perfectamente. Calamaro es la prueba viviente de que sí se puede.

Y por eso mismo, el Calamaro pianista e intimista profesional estuvo prácticamente ausente de su concierto en Santiago, a excepción de este guiño para fans. La noche del domingo 9 de octubre reinó el Calamaro más Rolling Stone, el de guitarras eléctricas. Porque La lengua popular, el disco que venía a presentar, es una obra que desmitifica al artista sufriente y autodestructivo que el mismo creó en Honestidad Brutal (1999) y El salmón (2000). Había que celebrar estar vivo y por eso el mejor apoyo fueron los españoles Fito & Fitipaldis –tal como la Bersuit Vergarabat el 2005, el año de su regreso– que telonearon el show.

Fitipaldis, que ya tenía incluso varios fans gritando sus letras, cataliza perfecto esa devoción tan española por el rock de carreteras: Bruce Springsteen, Dire Straits y los Stones del disco Sticky fingers. Sólo la pasión rockista expresada en riffs, solos bluseros y redobles de batería, unido a buenísimas letras hearbreaker (“elegiste a la más guapa / y a la menos buena”, dice la estupenda “Soldadito marinero”) llevaron a buen puerto una fórmula peligrosa por lo repetida. “Estamos contentos de tocar acá. En serio que sí” decía el buen Fito con su boina en la cabeza. Y le creemos.

Después, silencio. Selectos clásicos funk en los parlantes (“Superstition”, de Stevie Wonder, el hit que le compuso a Jeff Beck, pero que salió tan bueno que no se lo pasó). Espera. Una pantalla que muestra un monito chascón y con guitarra y abajo se lee “Calamaro Planet”. El argentino está hecho un divo. Y sorpresivamente canta algo en inglés, a capella en plan blusero. Después, Fitipaldis reventando el recinto con “El salmón”, ante la desesperación del público de atrás del sector VIP, porque éstos se subían a la silla y con suerte dejaban ver algo de la melena del argentino.

El resto, una colección imbatible de éxitos, la marca de fábrica de Calamaro: “Te quiero igual”, “Loco”, “Me arde”, “Crímenes perfectos”, “Flaca”. El cantante decía hace tiempo que él no se emociona en el escenario. Y es verdad, porque apenas habló aparte de un protocolar saludo a Santiago. El público cantaba, entre la desesperación por no poder mirarlo (por culpa de los inconscientes VIPs) y la identificación inmediata con sus canciones. Ojo, que él ha dicho que muchas veces la chica a la que habla el protagonista de la canción es “La República”, el país. Esto potencia mucho textos como “No me lastimes / con tus crímenes perfectos / mientras la gente indiferente se da cuenta”.

También aparecieron clásicos instantáneos de La lengua popular: la muy Rodríguez “Gin tonic” (influenciada según él mismo dijo por su inoxidable compañero Ariel Rot), “5 minutos más (en el minibar)”, la tremenda “Carnaval de Brasil” y la insospechadamente erótica “Soy tuyo” (“me gusta desarmarme arriba tuyo / me gusta demasiado ensuciarte”).

¿Qué más se puede pedir a una máquina de hacer canciones que no sea cantarlas? Emocionar, por supuesto. Y esto lo logra en “Lo que no existe más”, “Estadio Azteca” y por supuesto en “Paloma” esa catarata de notas que habla sobre “vivir dos veces”, ser un “envase vacío” y de lanzarse sin paracaídas.

Un show rockero en el más Rolling Stone de los términos (antes del bis cerraron con “Alta suciedad” y “Canal 69″); un Calamaro tal vez demasiado profesional (que recuerda sus shows del ’99 antes que se encerrara a sufrir y componer) y una oportunidad para los miles de seguidores de verlo aunque sea de lejos, diez años después de su último aterrizaje en el país.

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El regreso de Sting, Summers y Copland: El legado de The Police

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 2 December 2007 | 0 Comments

Fueron los menos citados de su generación y los tacharon de “infiltrados” en la escena punk londinense. The Police no sólo hizo pop el punk, sino también “inventó” el rock latino. Vuelven el 5.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 2 de diciembre 2007

Dicen que Sting no compra discos. “¿Para qué escuchar otras canciones si tengo las mías?” afirmó, según la leyenda, tras grabar junto a The Police “Sinchronicity” (1983), disolverlos y lanzarse al estrellato solista. También se rumorea sobre su carácter insoportablemente egocéntrico, los insultos a fans, sus peleas con policías y esa obsesión ventilada en entrevistas por el sexo tántrico. Lo único claro con el “Aguijón” es que apenas unos años antes encarnaba a un jovencito estilo mod que engullía anfetaminas, corría en vespa y golpeaba rockers por la ciudad de Brighton en la rara película “Quadrophenia” (1979).

En aquella cinta -producida por The Who y que documentaba el “no future” y la mezcla con los inmigrantes jamaiquinos de la joven clase obrera británica en 1964-, Sting (que firma sus contratos como Gordon Matthew Sumner) era apenas actor de reparto. Pero resulta imposible olvidar su cínica sonrisa cuando Jimmy Cooper, el malogrado protagonista, descubre que no era tan rebelde ni “mod” como parecía, porque trabajaba de empleado en un hotel, atendiendo a los mismos viejos que presumían odiar.

Su banda ya había debutado con “Outlandos D`amour” (1978) y el single “Roxanne” empezaba a sonar en las radios. Este afiebrado grito de amor hacia una prostituta para que “dejara de encender la luz roja” fue un discreto hit. Sonaba demasiado extraño comparado con el “Ever Fallen in Love Again” de los Buzzcocks (en el under) o el “Stayin’ Alive” de los Bee Gees (a nivel masivo). ¿Reggae a lo Bob Marley pero acelerado? ¿Baterías sonando más fuerte que las guitarras? ¿Armonías jazzeras pero punk? Sospechoso.

Y en los shows, Sting generalmente era desenmascarado por los sujetos de pelos parados y alfileres de gancho que acusaban a The Police de ser unos “infiltrados” en la escena punk de Londres. Y es verdad: se tiñeron de rubio para un spot, no vivían de okupas y estaban bastante mayorcitos (Andy Summers, el guitarrista, tenia 35 y fue quien esperó en el aeropuerto a Hendrix en 1966, cuando éste decidió probar suerte en la isla).

Pero el músico sacude el bajo, escucha los abucheos y los mira exactamente como en la película. En un par de meses se olvidaría de los tugurios y los viajes en clase turista. Quería ser estrellas de rock y ésta era la última oportunidad.

No wave

The Police fueron los menos queridos y citados de su generación. Antes de su reunión su marca equivalía a “rancio” y “adulto joven”. Para la nueva generación de bandas, que comenzó hace unos cinco años con The Strokes, White Stripes y el revisionismo ochentero, era más conveniente fotocopiar a Talking Heads, Joy Division o Blondie que a la banda de Swing. Y ojo, que The Police ya usaba los códigos del post-punk en 1978, cuando la efervescencia de los Sex Pistols ya era una caricatura en sí misma.

Este movimiento -cuyo símil en USA sería la “new wave”- fue un intento de “modernizar” el agotado rock and roll, dominado por las “aburridas bandas de rock progresivo y de estadios”, como criticaban los Ramones. Sin embargo, como sostiene el periodista inglés Simon Reynolds: “La apertura y la riqueza de posibilidades habían degenerado en una fórmula comercial. O peor: había terminado convirtiéndose en una inyección rejuvenecedora en el brazo de la industria musical establecida que los punks habían tenido la esperanza de derrocar”.

Después de todo, los Sex Pistols y demases actualizaban en velocidad y distorsión a ese rock a lo Chuck Berry, agregándole en las letras realismo sucio y algo de política, como reacción al barroquismo de bandas como Genesis, Led Zeppelin o Pink Floyd. El post-punk, en cambio, inspirado en el ruidismo de Velvet Underground, los estribillos glam de David Bowie, el arte modernista y la escuela electrónica alemana, desarrolló una insólita forma de hacer canciones. Se mezcló el dub jamaicano con el ritmo eurodisco, las guitarras hacían efectos de percusión, el ritmo era funk y con sintetizadores de última generación.

Y aparecen los astutos The Police capitalizando todo lo anterior, y volviéndolo rentablemente pop. A escala planetaria.

Sin embargo, es rarísimo encontrar bandas “onderas” que lo reconozcan. Algo malo habrá hecho The Police, que es tan raro rastrear su legado hoy. Sólo Beck, el telonero deluxe del evento (ver recuadro,) quien declaró su admiración por el trío. Lo sorprendente es que el mayor -y tal vez único- foco de influencia policíaca está en Latinoamérica.

Sudamerican rockers

The Police fue una de las primeras bandas de clase mundial en bajar a Sudamérica. El amor fue a primera vista. Y desde Soda Stereo (que anunciaron su reunión en las mismas fechas) hasta Los Prisioneros (aunque lo hayan negado), todo el “rock latino” acusó recibo de su onda expansiva. Primero, el sonido bailable y sumergido en el reggae jamaicano. Segundo, por la redefinición de las posibilidades de power trío, donde en lugar del recurrente rock duro, cada músico dibujaba con su instrumento una figura que al entrelazarse pum!, formaban una canción. Y tercero, la actitud reflejada en esas letras, con sus mensajes en botellas, fantasías suicidas o reflexiones sobre la materia y el espíritu. Cada tic de la banda, incluyendo sus extensas improvisaciones dub en los sho

ws, la producción de los discos, la batería en primer plano, la voz o el eco, fue tomada por nuestro rock/pop de la era ochentera

A juzgar por las fotos de “I`ll Be Watching You”, el reciente libro de Andy Summers que relata en sus propias palabras cómo ser un Police, sólo había una cosa más excitante que hacer posar a las fans desnudas al lado de las guitarras: tocar en países en conflicto.

Y ahí están las historias de las patadas a los policías en Buenos Aires o los insultos al público en Viña del Mar. Revisando los míticos shows del 19 y 20 de febrero podemos ver a una banda en plena forma -presentaban “Ghost In The Machine”- y el divismo de Sting, improvisando vocalmente en medio de las canciones. Y la misma cara ganadora de Ace Face en una entrevista para TVN que se desvaneció al contemplar en Santiago a una mujer bailando cueca sin nadie. Años después compuso “They Dance Alone”.

Los infiltrados más rentables del rock and roll, regresarán al país, orgullosos de esas noches sudamericanas en las que se fundó el rock latino.

Claves para entender a la banda

Operación retorno. Su primer show en Vancouver, Canadá, fue “triunfal” según los medios. El baterista Stuart Copeland tituló en el foro de su página web “Nuestro primer desastroso recital”, señalando, con pasión de músico, cada error de tempo y de ejecución de su banda. También dijo que Sting era un “afeminado petulante en lugar de dios del rock, como debería ser”. Lo último que se supo fueron sus declaraciones a Wikén, donde reconoció que Cristina Kirchner estaba mas “buena” que Bachelet.

“Can’t Stand Losing You” (single, 1978). The Police escribieron estupendas canciones heartbreakers, como esta que narra la desesperación de un chico al darse cuenta de que su novia no quiere nada con él. Llamadas telefónicas, palizas del hermano mayor, “no te quiero”, lo hacen tomar una decisión radical. La tapa del single era un ahorcado. Polémica asegurada.

Reggae Blanco. La banda fue capaz de vampirizar más eficazmente que sus colegas The Clash la herencia reggae que vivía Inglaterra, primero en los barrios jamaicanos y luego con el éxito mundial de Bob Marley and The Wailers. La guitarra sincopada y los extensos pasajes dedicados a la improvisación vocal son confirmados en el explícito título de su segundo disco: “Regata de Blanc”, reggae pálido.

“Tráeme la noche” (1998). “Siempre que venía a la Argentina escuchaba hablar de Soda Stereo, y sabía que Cerati era un músico importante. Así que cuando él dijo que estaba de acuerdo en hacer una versión de “Bring On The Night”, pensamos que quizás Andy Summers pudiera estar interesado”, explica el hermano de Stuart y manager de The Police, Miles Copeland. La canción se transformaría en el single de “Outlandos D`Americas”, el tributo latino a The Police.

“I’ll be watching you” (2007). Álbum de fotos publicado por Taschen, con los recuerdos de gira de Andy Summers. Rica en confesiones del tipo: “Una banda en la carretera es como una chusma de niños a los que atienden fieles gnomos cansados. Todo se hace en un mar de bromas escabrosas y sonrojantes comentarios sobre los fallos de los demás. No puedo recordar la última vez que afiné personalmente mis guitarras”.

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Sabina y Serrat, tan jóvenes y tan viejos. Velódromo Estadio Nacional

Archivo Periodistico,Críticas,Musica 26 November 2007 | 0 Comments

Una noche de trova, chistes de grueso calibre y algo de rock and roll. Y allí ante un lleno total Sabina demostró que su cancionero está tan consolidado como el inoxidable Serrat, cuyos hits de alegre melancolía impactan incluso a quienes no crecieron escuchándolo demasiado.

Por JC. Ramírez Figueroa para Emol, 26 de noviembre 2007.

Hacia el final del concierto, cuando la platea vip se levantó por fin de las sillas instaladas frente al escenario, Joan Manuel Serrat cantó: “tenemos el sexo, el rock y la droga / los pies en el barrio y el grito en el cielo”. Su colega -y autor de estos versos- Joaquín Sabina lo miraba orgulloso. Es el momento exacto en que el profesor reconoce al alumno, calzándose no sólo un trozo de su canción (“Más de cien mentiras”) sino también la actitud rocker. Antes, improvisando en medio de otra canción, Sabina había dicho “yo siempre quise ser Serrat” y el catalán le decía cuando abandonaba el escenario “en verdad, él siempre quiso ser Florcita Motuda”.

El público estuvo entregado desde el principio. Sobre todo las mujeres, maduras, progresistas y que conocían todas las letras de memoria. Ellas aprovecharon cada silencio entre canciones para gritar lo “bueno” que estaban ambos. Sabina asegura que siempre envidió a las musas de su colega, sobre todo porque no cobran. Una chica gritó: “¡yo te cobro!”. Y Serrat contestó de inmediato: “no me delates, rubia”. Arriba, la luna llena y abajo, estos lobos de la canción ibérica.

La escala santiaguina de la gira “Dos pájaros de un tiro” sirve para comprobar varias cosas sobre Serrat y Sabina. Primero, el poderío inoxidable de la obra del catalán: “Cantares”, “Mediterráneo” y “Arriba en mi calle” siguen generando esa elegante y alegre melancolía, que es marca registrada de Serrat. Segundo, la justa consolidación del cancionero de Sabina, tomando en cuenta que éste jamás gozó del consenso histórico de Serrat. “19 días y 500 noches” fue tan celebrada como “Penélope”. Tercero, la coqueta complicidad alcanzada por ambos songwriters que permite a Sabina decir cosas como “el amor lo inventaron los catalanes como Serrat: así no tienen que pagar por follar”.

¿Es esto trova’n roll?

Y en esta dimensión desconocida donde la trova se fusiona con el rock (Sabina pasó un largo exilio en Londres donde escuchó a los Stones, Dylan e incluso tocó para el cumpleaños de George Harrison), algunas cosas no cuadran. Por ejemplo la discreta banda de apoyo (piano, batería, coristas, algunas guitarras) que apenas se limitó a dejar que ambos cantantes se lucieran. Por eso “La del pirata cojo”, que es un hit perdido de Sabina, sonó tan “blandito” a pesar de esa letra “guarrilla” donde se proponen todos los modelos de vida peligrosa existentes: “viejo verde en Sodoma / comunista en Las Vegas / mejor tiempo en Le Mans”.

Atrás, las galería del velódromo estaban repletas. En las plateas, la gente sentada, poniéndole “oreja” a ambos. Es entendible: hubo más guitarras acústicas que electricidad. Convengamos además que el fuerte son las letras. De esas que se saborean y mueven los mecanismos de la melancolía en los mayores de 40, el público mayoritario. Un milagro en un contexto donde Sabina dixit: los músicos escriben como “futbolistas haciendo declaraciones antes de salir a un partido”.

El momento cumbre de la noche fue el homenaje a Violeta Parra, cuando Serrat se despachó una excelente “Mazúrquica modérnica” y luego Sabina se sumó con una blusera y “mississippiana” “Arriba quemando el sol”. Ahí la gente se fue sumando al estribillo agregado: “pregúntale a los milicos / qué hicieron con La Moneda”.

Sabina y Serrat jugaron, se miraron con las guitarras, intercambiaron canciones, aparecieron y desapareciero del escenario, tomaron fotos al público y coquetearon con las chicas. Tan a gusto estaban los cantantes en el escenario que se dieron el lujo de deconstruir la canción “No hago otra cosa que pensar en ti”. En el original de Serrat “el pelado se rascaba la cabeza”. Acá fue “la bragueta”. Eso ya se había escuchado en el cover de Sabina. Lo sorprendente fue atestiguarlo en vivo y con el homenajeado presente, que incluso también le cambió la letra. Es que las canciones cuando se vuelven estatuas, hay que romperlas para volver a gozarlas.

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Calamaro y Liniers: sorprendidos por la alegría

Archivo Periodistico,Entrevistas,Musica 25 November 2007 | 0 Comments

El título de esta historia y las canciones corren por cuenta del músico que se presenta en Chile el 9 de diciembre. Los dibujos los pone Liniers, quien nos regala monos y razones para no volvernos locos. Aquí la crónica de un e-mail que se convirtió en el arte del disco “La lengua popular” y una historia de amor y alegría después de transitar por el lado salvaje.

Por Juan Carlos Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 25 de noviembre 2007.

El título de esta historia y las canciones corren por cuenta del músico que se presenta en Chile el 9 de diciembre. Los dibujos los pone Liniers, quien nos regala monos y razones para no volvernos locos. Aquí la crónica de un e-mail que se convirtió en el arte del disco “La lengua popular” y una historia de amor y alegría después de transitar por el lado salvaje.

La niña contempla indecisa una biblioteca junto a su gato y dice: “Seguramente voy a leer muchos libros en mi vida, pero los que lea en mi infancia me los voy a acordar siempre ¡Es mucha presión!”.

Este tipo de diálogos y dibujos increíbles salen de la pluma de Liniers todas las semanas en el diario “La Nación” de Argentina. Andrés Calamaro, lector de “Clarín”, su competencia, lo descubrió tarde y de golpe no tuvo más remedio que enviarle un mail.

“Pensaba que era una joda de mis amigos”, cuenta Liniers, risueño, al teléfono desde Buenos Aires. “Yo era fan absoluto de Andrés y que de repente apareciera escribiéndome y felicitándome era sorprendente. Por las dudas le respondí”.

Pero en vez de un e-mail cortésmente desconfiado, lo hizo con una historieta donde aparece personificado en un conejo como habitualmente lo hace en sus tiras explicándole que Kevin Johansen se le adelantó y que tiene la portada de “Logo” a medio hacer (finalmente la terminó e incluso aparece dibujando en sus shows). Pero también le dice a Calamaro que “como todo el mundo, colecciono tus discos hace años… así que la idea de ver un dibujo mío en uno… ¿En serio sos Calamaro?”.

Así que esta es la historia de un rockero, un caricaturista, un disco llamado “La lengua popular”, un concierto en Santiago y todo lo que hay en el medio.

VIETNAM PERSONAL. “No tengo la costumbre de colgarme de los recuerdos”, dice Calamaro desde Buenos Aires. “Prefiero mi vida como está ahora. Pero tengo recuerdos muy interesantes y atrevidos de mi última década. Y recuerdos entrañables, alegrías y secretos de todas mis vidas anteriores”, dice.

En pleno cambio de milenio estaba claro que el lujoso “Alta suciedad” de 1997 (El de “Flaca” y “Loco”, grabado con músicos de John Lennon y Tom Waits) era apenas el principio. Dos años después vendría el doble “Honestidad brutal”, y el 2000 el quíntuple “El salmón”, con 103 canciones.

Allí, en su departamento madrileño bautizado como Deep Camboya en referencia a “Apocalypse Now” entre teclados, computadores, guitarras, crisis personales semipúblicas, y un portaestudios en “Rec”, decidió grabar una canción por día, abandonando los discos y shows en vivo (ojo, que incluso Bob Dylan lo felicitó por su “Elvis está vivo”).

El músico estaba tan iluminado que en cualquier momento parecía que se autodestruiría. Grababa 10 temas seguidos, literalmente hasta desmayarse, y mientras la “Rolling Stone” española se preguntaba “¿dónde se esconde Andrés Calamaro?”, el “Salmón” continuaba sus aventuras en Buenos Aires. Cada amigo, periodista o fan que entró a su Vietnam particular regresó del edificio con un CDR copiado por él.

“Ir al rescate de esas grabaciones propiamente dichas es un proyecto permanente y que siempre progresa de una forma u otra”, dice. En esa época, recién los músicos de Los Auténticos Decadentes lo obligaron a darse cuenta que a muchos les extrañaban sus canciones, hasta que la Bersuit lo arrastró a cantar de nuevo a fines de 2004.

NERD DE BIBLIOTECA. Hace 20 años, mientras Calamaro esperaba a su chica bajo la lluvia como un perro en Los Abuelos de la Nada, Liniers quien paga sus cuentas como Ricardo Liniers Siri era un niño que lo escuchaba por la radio mientras dibujaba historietas inspirado en Mafalda, Tintin o Condorito (“hace poco me enteré que era chileno, cada tanto incluyo un plop! en mis dibujos”, dice).

Por eso lo puso tan contento la petición de Calamaro. “En una de esas era el verdadero músico. Por eso respondí con un dibujo, ¡para entusiasmarlo! ¡No vaya a ser que se arrepintiera!”. Cuando se juntaron, el autor de “Sin documentos” le mostró el disco, intercambiaron ideas y al final le dijo: “Tienes la libertad de hacer lo que quieras con el arte del disco”.

Tras colaborar con revistas universitarias y publicaciones under, Liniers comenzó el 99 con “Bonjour” en el suplemento No de “Página/12″. Tenía 26 años y le ofrecieron ese espacio a raíz de otras colaboraciones que hacía para ese periódico. “Daba vueltas por la redacción una vez a la semana, cuando entregaba mis trabajos, y me paró un editor y me preguntó si quería colaborar. Creo que hay que tener ese golpe de suerte, pero también debes hacer las tareas”.

“Bonjour” eran unas tiras en blanco y negro, con situaciones como un señor con sombrero que le dice a una señorita: “Yo aún soy virgen y me gustaría que mi primera experiencia sea con usted”. Ella lo mira y le dice: “Ay, las cosas que dice. ¡Es usted un gracioso…! Virgen, jaja”. “Sí, de lo más cómico”, dice él riendo también, hasta que ella se va y él se queda solo y triste.

La saga que incluía sus tradicionales pingüinos, ovejitas y “cameos” de artistas tenía ya todo lo que nos gusta de Liniers y que continuó en “Macanudo”. Primero, la ternura que desprenden los personajes (la vaca cinéfila, Z-25 el robot sensible, Enriqueta y el gato Fellini). Dos, las situaciones (como la del párrafo anterior). Tres, la construcción de un mundo a la manera de las películas de Wes Anderson o los discos de Belle and Sebastian: libros, cafés, plazas, animalitos, el centro de la ciudad. Cuatro, las reflexiones simples pero de alto vuelo en la tradición de Quino. Quinto, un principio de bondad.

Sí, porque cada tira de Liniers es una buena razón para no volvernos tan locos y pegarnos un tiro. O dicho de otro modo, leerlo provoca esa inédita emoción que nos impulsa a querer más a la gente y la vida. Como cuando Enriqueta se dedica a leer, correr y jugar todo el día con su gato Fellini y dice: “Otro sábado bien aprovechado”. O cuando Angie se golpea la cabeza y el conejo Liniers le dice: “Odio verte lastimada”.

“Hay que tener tiempo para dialogar con la infancia. Es una época increíble de la que sin embargo se tienen pocos recuerdos. Un estado muy puro y lúcido que me intriga, tal vez porque en esa época no tienes nada que defender y eres más tú mismo y eres directo, en lugar de andar disimulando”.

LA LENGUA FELIZ. Un hombrecito de sombrero camina digno y orgulloso. Su panza brilla como un sol. “Fue el primer dibujo que hice y a Andrés le encantó, se rió mucho”, explica Liniers. La canción se llama “Sexy & Barrigón”, y en una parte dice: “Soy una buena combinación de Homero Simpson y Rolling Stone”, mientras una voz de mujer gime el título.

- ¿Volvieron las guitarras eléctricas, Andrés?

-Yo toco unas cuantas, la única canción donde no hay otro guitarrista es ésta. La chica sexy es la computadora Apple de Cachorro López. Un poco de buen humor es necesario en el rock y la ironía es importante para las personas. Ese ritmo Motown es de los preferidos de Cachorro, que estaba determinado a incluir una canción así en el álbum. Suerte que se filtró un poco de espiritu Iggy Pop en el disco, de su groove personality. “La mitad de las olas” y “Sexy” tienen aires de este gran ninja de Detroit”.

La clave del disco es ésta. Porque aparte de la lectura “popular” en los ritmos o temáticas como la de “Comedor piquetero”, hay un sorprendente “rediseño de la felicidad”. Porque entre el disco de versiones “El cantante” (donde hacía suyos los versos de Héctor Lavoe: “Si no me quieren en vida, cuando muera no me lloren”); su regreso a los escenarios (con bandas de lujo como Bersuit, Ariel Rot o Fito & Los Fitipaldis) y “El Palacio de las Flores” (a cuatro manos con Litto Nebbia), el planeta Calamaro jamás se había visto tan recién pintado como ahora. Y sin proponérselo, simplemente sucedió como todo lo bueno en la vida: los músicos de la Bersuit lo animaron a regresar a los escenarios, conoció a una buena chica en el lugar menos pensando y, claro, se le aparecieron las historietas de Liniers y sintió que las comprendía perfectamente.

Tan importante como el dibujante, el apoyo de Cachorro López fue clave para Calamaro. Su ex compañero en Los Abuelos de la Nada lo ayudó a rockear las armonías populares aprendidas con Litto Nebbia. “Sí que quise que el disco tenga meneo subtropical y guitarras de rock, me gusta la cumbia y la movida tropicuartetera y era mi deseo incluir esta variedad en un álbum”.

LA LENGUA POP. El disco que Calamaro envió a Liniers quien incluso “dibujó” las letras esconde una gran verdad desde su rockera apertura “Los chicos” hasta el cierre de “Mi Cobain”. Ambos recuperados de su época salvaje de principios de milenio coinciden en que lo esencial no es invisible, como decía el Principito, sino que llega gratis e incluso podemos tocarlo.

“Es verdad. Lo esencial es visible. Al menos todo lo que dibujo es lo que veo. Sería interesante una historieta donde se dijera eso. A mí me gustaba El Principito , pero como lo leí cuando niño. Después, más grande, descubrí un airecillo a metáfora new wave que no me gusta”, opina el dibujante.

Calamaro reconoce no ser ya el “viejo Andrés que no dormía más” en la aceleradísima “La mitad del amor”. En “De orgullo y de miedo” el dibujo es un paisaje otoñal abierto incluso reconoce: “Cualquiera se cansa de milongas/ y quiere querer y también ser querido/ Confieso haber vivido afuera del margen de la moral y lo permitido”. “Es la letra de un corazón cansado que se sorprende latiendo de nuevo por alguien. No siento a diario el peso de la culpa ni creo haber cometido demasiados errores imperdonables, aunque tampoco podría recordarlos todos”, dice el músico.

Porque Calamaro, más que rock, hace canciones, patenta estilos y aunque dice a LCD que le gustaría mucho poder dominar el lenguaje del jazz y de la gran música, “confieso haber surfeado sobre acordes sencillos para hacer y cantar mis canciones Asimismo, mi paleta de acordes no es tan escasa, pero ya formo parte de los autores que hacen muchas canciones con pocos tonos”.

Y si andas tropical e incluyes dibujos en tu disco, es señal que andas más contento que nunca.

Incluso pulió su discurso antiindustria de los años de “El salmón”: “”Yo lamento que la música popular no forme parte de las páginas culturales de los períodicos. Vivimos en un mundo corporativo, pero prefiero no internarme en un laberinto de paranoia y mantener la frialdad para seguir siendo un buen francotirador. Contra el MP3 no tengo nada, pero creo que la música local debería pagarse siempre que exista esa opción. La música importada propongo bajarla Hay tanto para conocer que no se puede comprar todo, pero nuestros discos sí, porque necesitamos ser dignos, seguir encontrándole sentido a grabar discos y vivir en castillos de arena”.

Para Calamaro, lo mejor que le ha pasado fue “volver a Buenos Aires y empezar a vivir de nuevo”, también dar recitales satánicos (como el que promete para el 9 de diciembre en el Espacio Riesco) y el respeto de sus colegas y el pueblo.

“Sí, mi vida es buena. Lo digo yo”, aunque advierte: “La felicidad, finalmente, es más frágil que la tristeza, por lo menos la de los humildes. Eso dicen las canciones”.

Liniers sigue trabajando en sus caricaturas. A veces, cuando sale con su chica (al igual que Calamaro está feliz de al fin estar con una buena nena a quien dibuja siempre), pinta sus caricaturas con café. “Es un lindo color”, dice.

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20 Años Sin The Smiths: Un Ensayo

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 1 November 2007 | 1 Comment

En 1987 la banda más emblemática del pop inglés decidió separarse. Johnny Marr odiaba el divismo de Morrissey y éste declaraba ser más amado que admirado (“a diferencia de Eric Clapton”). The Smiths, la cara más visible de un movimiento que trató de resistir el oscurantismo de Margaret Tatcher a fuerza de buenas canciones, letras inteligentes …y el jangle de la guitarra.

Por J.C. Ramírez Figueroa

1. The Smiths terminaron casi a los balazos. Era 1987 y la banda cargaba con la contradicción de ser venerada por fans y ninguneada en el “mainstream”. Furiosos, titularon su compilatorio “The World Won´t Listen” (“El Mundo No Escucha”). Morrissey había dicho que la diferencia entre él y Eric Clapton es que a éste sólo podrían admirarlo, jamás amarlo como a él. Pero las deudas no se pagan con amor y Johnny Marr, el agudo y talentosísimo guitarrista -que trató de estúpido a Jimi Hendrix por morir de sobredosis y ahora gira con Modest Mouse- se enfrentó al vocalista. Estaba harto de su divismo, sus covers del pop más lastimero de los sesentas y sus múltiples manías de persona “asexuada” (fue celebre por declarar que era virgen) y “vegetariana”, (prohibía a la banda fotografiarse comiendo carne). Andy Rourke y Mike Joyce -bajo y batería, respectivamente- sólo miraban como moría, a los puños, la banda más emblemática del pop inglés de los ochentas.

Hacía apenas tres años que habían debutado con “The Smiths” logrando a) devolver las guitarras -y la “humanidad”- a una escena infectada de sintetizadores, (desde Michael Jackson hasta Van Halen pasando por la banda sonora de “Footlose” número uno ese año); b) letras sorprendentemente directas con titulos como “Girlfriend in a coma”, “Panic” o “Anoche soñé que alguien me amaba”; y c) una colección de canciones gloriosas y sensibles, pero que esquivan el lloriqueo o el lamento torpe, recuperando el rockabilly, el mejor glam de los setentas y el power pop, Mezclémoslo con el lirismo de “Mozz”, con un pie en el teatro y otro en el festival de Eurovisión y un discurso político antimonárquico (el mejor disco según la crítica se llamó “The Queen is Dead”) y tenemos una bomba.

Sin embargo, y para escándalo de los fans, The Smiths no son ningún milagro de la genética pop, sino la cara más visible de un enorme movimiento subterráneo desarrollado en la Inglaterra de Tatcher. Como señalaba el periodista/ensayista Simon Reynolds, en 1977 los Sex Pistols con sus escándalos y singles asegurando el “No future”, apenas eran una parodia del punk: terminarían potenciando la maquinaria industrial del pop en lugar de destruirla.

Lo interesante estaba en el naciente post-punk, el sello Factory, los diseños de Peter Saville que emulaban irónicamente el progreso industrial, en Joy Division, Gang of Four, entre los obreros y estudiantes de arte que formaban bandas.

De allí vienen The Smiths. Por algo son capaces de rechazar ofertas de 75 millones de dólares por reunirse. Es un asunto de honor. O tal vez, simplemente sigan sin soportarse.

Pensar que dejaron de hablarse hace 20 años.


The Sound Of The Smiths 2. “Para la vanguardia postpunk, el punk había fracasado porque había intentado destronar a la Vieja Ola del rock usando música convencional (rock´n´roll de los ´50, garage punk, mod) que precedían a las megabandas dinosaurio como Led Zeppelin y Pink Floyd. Los postpunks se decidieron a avanzar, sostenidos en la creencia de que “los contenidos radicales requieren de formas radicales” -escribe Reynolds.

Y lo radical a fines de los setentas no era acelerar el viejo rock and roll de Chuck Berry. Era abrirse a la música jamaicana, el funk, disco, jazz y la electronica alemana. Del “experimento” aparecieron bandas fallidas, es verdad, como The Durutti Column, pero la actitud produciría una revolución (incompleta).

Los bajistas aprendieron los tics del roots reggae, los bateros invertían los patrones ritmicos usando el “tomb”, los guitarristas economizaron los efectos y los letristas dejaron de copiar a Dylan, rescatando a Huxley, Duchamp, o Phillip K. Dick. Inevitablemente, el “armado” de las canciones se divorciaría del rock progresivo y del punk supuestamente revolucionario. El sonido tuvo su auge comercial en la “New Wave”, que metía en un mismo saco a Duran Duran y R.E.M. Pero que también ya tenía su ruta independiente, una que increíblemente juntó este post-punk con el rock tradicional podía acabarse, vía cancion pop.

El semanario New Musical Express quiso sacar a la luz, tal como lo hizo en 1981 a todas estas bandas de pop sensible y letras políticas que pertenecían a la misma escena de los Smiths. Una escena conocida como “Jangle”, debido al frenético “jangling” (rasgueo) que hacían a las guitarras y la fuerte influencia del The Byrds, The Who, Kinks, Velvet Underground y el “A Hard Day´s Night” de los Beatles. El cassette, distribuído por correo, se conoció como C-86 (recordemos que los viejos cassettes de grabación se llamaban c-30, c-60 o c-90).

Escucharlo ahora aun sorprende. Todas las cualidades de los Smiths emergen también en bandas que jamás sonaron en las radios: The Bodines, Mighty Mighty, The Weeding Present, McCarthy. En el cassette también estaba el debut de Primal Scream y algunas bandas de punk “cubista” y caótico. Lo notable era que capturaba una escena “indie” –potenciada por sellos como Rough Trade y otros mas pequeños aun como Sarah Records- que a diferencia del modelo estadounidense no esperaba que viniera un gran sello a darle distribución mundial. Acá -y esto es lo importante de la compilación- se recoge una escena que autogestionaba sus recitales, sacaban singles, editaban fanzines y los músicos armaban otros sellos y teminaban la carrera en la universidad, al mismo tiempo.

Como estas bandas no tenían nada que defender (ni sello, ni relaciones con los medios, ni promoción radial) se arriesgaron a hacer contracultura y cuestionar las instituciones con melodías y coros pegajosos. Incluso los Smiths se bautizaron asi porque era el apellido más común y vulgar que existía. “El nombre del grupo no significa nada, simplemente cumple con su propósito. Creo que es muy importante no ser definido dentro de categoría alguna. Una vez que te defines, te limitas y eso musicalmente me aterra.”

Mientras, la Tatcher –“dama de hierro”- estaba en el poder y la vida no era muy amable para los obreros e inmigrantes en la isla. Así los McCarthy –vaya nombre- tenían canciones con titulos como “And Tomorrow the Stock Exchange Will Be The Human Race” (“y mañana se transará en la bolsa la raza humana”) o “We are all bourgeois now (“somos todos burgueses ahora”). Uno de sus integrantes sostenía que la política explicaba mejor al ser humano y el mundo que la psicología.

The Smiths3. Cuando los Smiths se separaron –y su banda “hermana” The Housemartins abrazaba el gospel político- la escena independiente inglesa estaba muy desarrollada. Así Clare Wad y Matt Haynes decidieron rastrar lo mejor del pop sensible/político de Bristol y alrededores y publicarlos en su sello Sarah Records. Tal como en Factory en este sello un disco era tan importante como un fanzine, siendo enumerado como tal. Por ejemplo, el Sarah 004 coresponde a un fanzine y luego el Sarah 005 a un single. El plan era editar solo 99 obras en un formato accequible, con fotos de la ciudad y con la conocida ética “hazlo tu mismo”.

Escuchar las bandas –algunas jamás reeditadas- es sumergirse en la historia no oficial del pop. Aquella que incluso escapa al canon de la “alternatividad” ochentera impuesta por Pixies y Sonic Youth. Acá hay alta sensibilidad, guitarras de rasgueos imposibles y atmósferas que te dejan con un nudo en la garganta, por muy duro que seas. Bandas como Another Sunny Day, Heavenly –pioneras del rock de chicas furiosas con flequillo, Field Mice, Sea Urchins o el compositor estadounidense East River Pipe suenan impresionantes.

Esa fue la herencia de los Smiths, tal como dice la canción con la que Morrissey cierra sus conciertos, “una luz que nunca se apaga”. En plena época britpop, Gene con su disco Olympian nos dio una clase rápida de por qué esta banda es fundamental, luego vino Internet y aparecieron Luxure –los Smiths italianos-, My Favorite, The Sterns y un millar de herederos repartidos por el mundo, aunque, por supuesto, jamás logrando los aplausos del mainstream. Sólo bandas como Travis –que vienen a Chile en noviembre- conservan cierta ética y tics que hicieron queribles a los cradores de “Panic”. Por ejemplo su vocalista Frank Healy ha señalado que por decisión propia no quisieron marketearse, ni cambiar de look ni hacer “farándula”, aunque el precio fue alto: Coldplay –que habían partido casi paralelo- obtuvo fama planetaria.

4. Para los Smiths la individualidad –sobretodo si es torturada- era la forma más exquisita de lucha política. Y Morrissey –quien aseguraba tener “la adolescencia más deprimente de la historia de la humanidad”- supo sacarle partido hasta la saciedad. En realidad, él mismo se sacó partido, creando un personaje a veces insoportable. Marr, el guitarrista no ha sido menos y en las entrevistas se muestra descreído y algo resentido con su pasado. Secretamente no puede entender por qué su compañero de banda es tan adorado.

The Smiths - The World Won't Listen 2Pero esa tensión fue la gracia de los Smiths. El rockismo de Marr –fan de los Byrds y George Harrison- y el dramatismo de Morrissey. Es en sus letras –y jamás sabremos si fue calculado o espontáneo- donde parece como si alguien las hubiese escrita para uno. Ni siquiera la banda más heroica de metal podía decir: “black is how i feel on the inside that`s why i wear it on the outside” (“me siento negro adentro, por eso me visto negro afuera”).

No por casualidad una banda emo decide bautizarse como “Panic at the disco!” en honor a Panic, donde el protagonista mandaba a colgar al dejota porque las canciones que ponía no tenían nada que ver con su visa. Sin embargo los Smiths tienen cierta perversidad –en las fotos blanco y negro de sus portadas, en la ambigüedad de las letras— la belleza sublime en los arreglos, notas y fraseos que lo elevan a años luz de estas bandas de punk emocional.

5. Hace 20 años que no existen. Sólo Morrissey ha lucrado con el recuerdo de la banda –aunque ahora se pasea por Roma o Mexico o California feliz de la vida y eso genere sospechas en sus fans- y ni eso, porque sus irregulares discos solistas se sostienen por si solos. Es mejor decir que la banda ha sido tan elegante que incluso han reinventando el “no” a las peticiones de reunión. “El dinero no es todo” dijo Morrissey quien consideró tonto volver a hablarse con gente que dejó de ver hace todo ese tiempo (e incluso lo enjuiciaran). La influencia está viva básicamente por internet, en las bandas perdidas y las bandas nuevas que las redescubren, en los homenajes al c-86, en las guitarras jangle de los años de gloria del indie inglés. Pero investigando, se puede reconstruir fácilmente la época en que el pop rockeó como nunca.

Publicado en Rockaxis, noviembre de 2007

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