Andrés Calamaro: operación retorno

Archivo Periodistico,Entrevistas,Musica 31 July 2006 | 0 Comments

Estuvo una larga temporada bajo tierra. Allí grabó discos dobles, quintuples y centenas de inéditos que subió gratis a Internet. Ahora regresó más limpio, más enamorado, pero igual de prolífico, con un disco de tangos en plan flamenco, otro doble donde lo homenajean hasta los Cadillacs, y un gran disco en vivo editado este año en Chile. Acá, conversa con la Zona desde Madrid. Acceso al exceso.


por J.C. Ramírez Figueroa para Zona de Contacto, 31 de julio 2006.

COSQUÍN STATE. Verano del 2005, Cosquín Rock. Los hoteles y las residenciales cordobesas tienen carteles de “no hay lugar” o “lleno”. En la calle los afiches anuncian con letra gigante el one night only de Andrés Calamaro.Y en los bares los chicos sólo hablan de eso, acariciando la entrada que guardan en sus bolsillos.

Hace seis años que no tocaba en vivo. Encapsulado en su depto madrileño y con el corazón roto, Calamaro grababa hasta once canciones por jornada y sólo bajaba para comprar cocaína. Veía salir el sol hasta tres veces por día antes de desmayarse. Su propia temporada en el infierno, entregada en cuotas de cedés quemados.

Canciones, canciones y más canciones que el mundo conoció gracias a Internet, Página 12, Clarín o la Rolling Stone argentina, cada vez que uno de sus periodista lograba internarse en el Vietnam privado de Calamaro. Todos regresaban con unos cuantos cedés inéditos, prueba que se trataba de “un loco, pero un loco trabajando”, según sus propias palabras.

En Cosquín, Attaque 77 termina su show. La Mancha de Rolando se sube al escenario alternativo. Nadie se mueve hasta allá. Las 15 mil personas miran hacia el principal y cantan “olé, olé, olé, olé. Andrés, Andrés”. En el backstage los músicos de La Bersuit Vergarabat, su banda de apoyo para la ocasión, lo abrazan. Finalmente, un Calamaro de barba, chaleco y camisa amarilla, sube al escenario. Y se para frente a un atril con las letras de sus propias canciones.

SOY EL CANTANTE. Como el protagonista de Garden State, Calamaro es el amigo perdido que regresa a casa. El Maradona del rock. “Siempre seguí la misma dirección/ la difícil/ la que usa el salmón” (El Salmón, 2000) es la canción que abre el show, su declaración de principios y metáfora de los días salvajes en España. La gente se la sabe de memoria, como todas las que cantó, hit tras hit.

“Prepárate, porque acá está pasando algo muy serio con tus canciones y tu repertorio” le habían dicho, en plan Nostradamus, Los Auténticos Decadentes, en cuanto se bajó del avión en Baires y –como es su costumbre- se puso a ensayar con bandas amigas.

Era la cuarta etapa del “Plan Retorno”, que continuó en el Luna Park, la edición del disco de tangos interpretados desde el flamenco (“Tinta Roja”, 06), el disco doble tributo donde versionan sus canciones Julieta Venegas, Kevin Johansen, Joaquín Sabina, Pedro Aznar o Los Fabulosos Cadillacs (especialmente reunidos para la ocasión) y un devedé en vivo pauteado para septiembre.

La primera etapa del plan fue cerrar por un tiempo la llave de la locura (personal y creativa), para centrarse en un elegante disco de versiones –que al final incluyó tres suyas también- llamado “El Cantante” (04). La segunda dejar las drogas. La tercera, regresar a su país.

“La amistad y el respeto son sagrados. No se piden. Se ofrecen. Sobre ser el músico argentino más querido y respetado, no creo que sea por méritos musicales, en el caso de ser cierta esa información tan graciosa que me honra tanto”, le dice Calamaro a la Zona desde Madrid, tras presentarse junto a Ariel Rot su ex compañero en Los Rodríguez en el Natural Festival de El Ejido en Almería junto a Placebo, The Pretenders y Guns N`Roses.

EL MEJOR DE LOS AMIGOS. Voy a salir a caminar solito. Sentarme en el parque a fumar un porrito. Y mirar a las palomas comer, el pan que la gente les tira. (“Loco”, Alta Suciedad, 1997).

Calamaro es aquel amigo en el que puedes confiar tus penas. No es sofisticado como Cerati, no juega al divo bohemio como Fito, no te lanza un vaso de whisky en la cara como Charly. Calamaro tiene calle, barra y humo, a pesar de vivir entre aeropuertos y hoteles cinco estrellas.

“Soy del centro. Crecí entre edificios, enfrente de una estación de trenes. No soy exactamente un chico de barrio, ni soy últimamente un chico. Puedes imaginarme egoísta, haragán, ermitaño y hacer un promedio. Tratando que el promedio no estropee esa buena imagen que estoy dando”, responde con esas frases de rocker pasado a ginebra, que tan bien quedan en sus canciones.

La imagen de Calamaro surge con ese chico que espera eternamente bajo la lluvia a su novia. Lo hace como un perro y con un “cohete en el pantalón”.

“Mil horas” (1983) de Los Abuelos de La Nada (grupo donde él era tecladista), fue su primer y sorpresivo hit. El más grande de la banda. Y como todos saben, cuando la mina llegó, lo miró y le dijo “loco/ estás mojado/ ya no te quiero/ na na na”.

Con esa canción nació el Calamaro con el que uno se encariña, el tipo con voz pasada a barra de bar, el “perro ideal que aprendió a ladrar, y a volver al hogar/ para poder comer” (“Flaca”, 97).

En las canciones de Calamaro son las mujeres las que realmente tienen el poder dentro de las relaciones. Ellas son las que mandan, eligen, salvan y condenan. “No entendí si fui tu dueño/ o un borracho que pasaba/ soy grande pero tengo/ algo que aprender”, canta recordando a un ex amor en “El día mundial de la mujer”.

A pesar de eso, Calamaro no es un llorón: aunque el tema central de sus canciones sea el amor no correspondido, el amor perdido y la invención de la soledad, Calamaro nunca canta desde el suelo, siempre lo hace con la dignidad del que sostiene un ramo de flores nunca entregado, con el corazón hecho pedazos. Y lo hace escribiendo frases para el bronce, que se verían excelentes como nicks de msn.

“Te quiero/ pero te llevaste la flor/ y me dejaste el florero…/ me dejaste el vestido y te llevaste el amor/ pero igual/ te quiero” (“Te quiero igual”). Tan simple y brutal como un tipo honesto.

LA MAQUINA DE HACER CANCIONES. “Te dedico mis canciones porque sientes que la vida no está hecha de canciones. Está hecha de pedazos de tormenta. Está hecha de malditas sensaciones”. “Mi Rock Perdido” (Los Rodríguez, Sin Documentos, 1993)

1987. Vicentino y Andrés Calamaro discuten en un estudio de grabación sobre el sonido de “Mi novia se cayó en un pozo ciego”. Calamaro hace algunas recomendaciones sobre el ritmo y mueve las perillas. Meses después esta canción de Los Fabulosos Cadillacs sería número uno, el primer gran clásico de la banda.

Ese fue el primer efecto de la bola de nieve Calamaro: su toque como productor y colaborador en varios hits del rock de los ochenta desde Enanitos Verdes hasta nuestros Upa! Mientras tanto, seguía componiendo y sacando buenos discos, pero sin mucha repercusión. Una máquina de hacer canciones. Aunque los hits propios, vendrían en la década siguiente.

-¿Cuándo te diste cuenta que tenías el “don” de convertir canciones en hits?

-Más que tener el don de las canciones, estaba más compenetrado en pensar: “Dios mío, perdí el don”. Ni siquiera canto lo que me gustaría escuchar. Extrañamente eso hace a mis canciones populares. Es una pregunta también que me hago.

-Tus letras generalmente tienen que ver con el amor y la tristeza…

-Sí. No entiendo como el dolor no me bloqueó totalmente. En cualquier caso es mucho más agradable bloquearse de alegría. No sufrí más que la media de las personas. ¿Si es inevitable pasarla mal? Apostaría por lo contrario. Además, el amor es la salvación. Incluso morir de amor es digno

- ¿Por qué tus discos solistas de los ochentas no tuvieron éxito en Argentina, si estaba en ellos el germen de Los Rodríguez en cuanto a rock, letras y onda?

-Es inevitable que existan tiempos buenos y tiempos medianos. Supongo que habría que mirar el panorama completo de esa época, sumarlo todo. Tampoco soy tan exitoso. Soy desconocido en la gran mayoría de los países del mundo. Con Los Rodríguez tampoco fue un súper éxito. Conseguimos trabajar y vivir de la música. Pero no éramos unos jovencillos tampoco.

-A propósito ¿es cierto lo que contó Pablo Ugarte, que te fuiste a España a fundar Los Rodríguez con tu paga como productor de UPA!?

-Es cierto, aunque no es menos cierto que necesité otras grabaciones para ahorrar los novecientos dólares que me llevé a Europa, descontándole ticket.

Calamaro dice que ”Alta Suciedad” (1997) fue una grabación extraordinaria. En Los Rodríguez su pluma y capacidad compositiva elevó al grupo a kilómetros del resto del rock ibérico, con canciones como “Sin documentos” o “Dulce condena”. Tras ese grupo nació un nuevo punto de partida para Calamaro: el de su éxito en Argentina y Latinoamérica, y la revalorización de sus canciones de los ochentas, como la inigualable “No se puede vivir del amor”.

Con el éxito apareció su muy privada, pero a la vez pública, temporada infernal. Porque Calamaro es el chico terrible del rock con eñe. Un cantautor que tomó la locura, el miedo y asco de seguir apenas vivo después de romper con la chica de su vida (le quedó un tatuaje con el nombre de su ex como marca), y lo convirtió en discos tan impresionantes como el doble “Honestidad Brutal” (1999) o el quíntuple “El Salmón” (00).

“La época fue tremenda. Confieso que buscaba respeto y repertorio y lo encontré. Incluso eligiendo el camino más complicado”, dice recordando su época de exceso, compositivo y del otro.

Y DICEN QUE NO DUERME. Una noche de 1998 Calamaro se quedó solo en su depto. La chica se había ido, la cama era más grande, y la almohada al lado de la suya aún olía a perfume. Calamaro no quería dormir. Tampoco podía hacerlo, pero en lugar de sólo revolcarse en el polvo, empezó a jugar con la portaestudio, el piano y la guitarra. “Creaba sobre los ritmos programados de los teclados baratos”, cuenta.

Calamaro no salió de esa esfera voluminosa de canciones, soledad y pupilas dilatadas hasta cuatro años después. Dejó de dar recitales y entrevistas. Después, comenzaría a grabar 50, 100, 500 canciones que subiría a internet. Su aislamiento fue total, salvo por la edición de “El salmón” (00) un disco quíntuple de 103 canciones. Fue lo único que se supo de él, aparte de algunos reportajes que lo mostraban bastante demacrado, pero impresionantemente productivo. Y claro, una vuelta a Buenos Aires para volver a encerrarse y repetir el procedimiento yonqui-compositivo de Madrid.

-“Eso duró algunos años. Sobreviví al Salmón y remonté ese mismo río una o dos veces más. Lo bueno de esa época-síndrome es que no llegaba mucha información a ninguna parte. La realidad pedía discos que no editaban, canciones ocultas y ocultistas, romper la baraja, no salir de gira. Es doloroso no dar a conocer la obra, pero es funcional y es de un orden artístico, lógico y ético. No compartir la música con el público es noble. Lo que pasó es que pasó”.

-Tú si que viviste en el lado salvaje. ¿Cómo saliste de ahí, entonces?

-No sé si habrá sido para tanto, así tan salvaje. Es que no me acuerdo. Científicamente sigo saliendo de ahí y todavía me estoy recuperando.

Con lo último, Calamaro se refiere al psicoanalista. “Cambié una droga por otra, es verdad”. Y todo lo que vino después: su reclusión en una zona campestre, su disco de versiones y la vuelta definitiva a Buenos Aires. Desintoxicado, recuperado y feliz con su novia, con la que tendrá su primer hijo.

-Andrés, lo último… Hace casi diez años que no tocas acá. ¿Qué onda?

-No tengo una respuesta aceptable para eso !!! Supongo que soy un itinerante regresado. Canto de prestado con agrupaciones que siguen su camino (Bersuit) o se van con Paco de Lucia (sus músicos actuales). Lamento tanta demora. Casi una ausencia…

Tagged in , , , ,

Rock chileno: los exiliados del sur

Archivo Periodistico,Musica,Reportajes 9 December 2005 | 0 Comments

En los 90s Chile era un país adolescente. Uno que salía al mundo, engrupido con la llegada de MTV, los multicines, Internet, el cable. Y las bandas de rock sonaban muy parecidas a las de afuera. Una década después, un montón de bandas suenan propias, con canciones donde conviven identidad y globalización. De esas, Los Bunkers son los más populares. Un proceso rockero que también habla del país. Y que partió con cuecas sonando ahí, en MTV.

Por J.C. Ramírez Figueroa (en colaboración con Marcelo Ibañez) para Zona de Contacto, 9 de diciembre 2005.

ESTOY VERDE. “Estoy verde porque pase algo por aquí/ pero ya empiezo a desesperar/ podría haber algo como/ una fiesta!/ podría haber algo como/ unas chicas!/ podría haber algo como/ no sé/ podría haber algo cómo/ una revolución…”. La canción se llamaba “Una revolución en mi barrio” y con mis amigos la cantábamos en la esquina cada vez que no pasaba nada. Y eso era casi siempre. Nada-mucho, poco-más Pánico nuestro primer cd: Combo discos, 500 copias, Bruce Lee en fondo rosa, un disco que compré a medias con un amigo en el Dos Caracoles. Teníamos 16 años.

“Una revolución/ en mi barrio/ en mi esquina/ y todas/ todas esas chicas saldrían a bailar por mi calle/ y en mi cama/ A la policía, los políticos y toda ese gente del Estado les decimos/ conchetumadre…”. Bendita adolescencia. La canción se convirtió en un himno callejero a pesar que ni la Rock & Pop la tocara mucho (¿se acuerdan cuando la Rocka era realmente “la radio del rock chileno”?) Un himno que resumía el sentir de cualquier adolescente chileno en la mitad de los 90s: después de una infancia bajo el imperio del mal, era hora de la fiesta. Esa era nuestra revolución.

Pánico representó eso a nivel no mainstream: hijos de exiliados, sonando a una fiesta playera tipo Pixies, disfrazándose arriba del escenario y enseñándonos a jugar de nuevo, sin miedo. Tipos con onda, mucha onda. Y los amamos por eso. Porque eso fueron los noventas en Chile: un grupo de adolescentes que empezaban a cambiar los uniformes por la ropa de calle. Una época donde pintarse el pelo, tatuarse o ponerse un piercing nos parecía una declaración de principios (aún recuerdo el impacto que me produjo ver el video de “Corazón de Sandía” de Los Tetas en el Canal 2 y sus pelos de colores), un grito de libertad que te traía problemas, y no sólo un asunto de onda como ahora.

En los 90s todo Chile era un adolescente que se engrupía fácilmente, wannabes celebrando la llegada de MTV como la de un ejército libertador, rogándole a papá por el teve cable y leyendo a Fuguet hablar sobre River Phoenix (Ok, Fuguet nos enseñó a escribir y nos abrió la cabeza. Le debemos demasiado: desde Tarantino hasta Bukowski. Pero también hay que reconocer que se engrupe en extremo ¿O alguien nos puede explicar su incondicional amor por Phoenix y Henry Rollins?)

La economía chilena comenzó a crecer. Pasamos de ser el hermano pobre y piola, al “jaguar de Latinoamérica” que mandaba icebergs a Sevilla. Tan nórdicos, tan fríos, tan engrupidos. En los estelares millonarios de la época había una pregunta que se repetía sin cesar, cuando el entrevistado era una mega estrella extranjera. “¿Cómo somos los chilenos?, ¿qué conocen de Chile?”.

Como todo adolescente no teníamos claro quienes éramos y necesitábamos que el mundo nos lo dijera.

Cultura pop, Internet, cable, multicines. La globalización abriéndote la cabeza. Una ola que llegó casi sin aviso. Un mar en el que nos sumergimos con una sonrisa de oreja a oreja, y que con el tiempo —crisis económica de por medio— nos hizo aguantar la respiración, revolcarnos, tragar sal, y salir a flote. Los jóvenes empezaron a “empoderarse” tecnológicamente. Blogs, flogs, sellos independientes, raves, fiestas callejeras, etc. Con el tiempo aprendimos a hacer cosas y a digerir lo que llegaba de afuera. A tener mirada propia.

¿Y ahora? Bueno, ahora los adolescentes siguen siendo lo que siempre serán: unos wannabes en busca de identidad. Pero la diferencia, gran diferencia, es que con medios propios y una mirada más escéptica. Una que obliga a entender que todo es un juego. Que si te vistes de negro y vas a la Blondie tu enemigo no es el rapero que va a sus fiestas (como sí lo era en los 90s, donde las “tribus” se odiaban entre sí).

De pronto nació una generación que creció sin miedo. Una que tiene claro que opinar es su derecho, aunque a veces opine puras leseras. Con el tiempo, entendimos que en esto de la globalización vivimos en la periferia. Y que eso puede ser una ventaja: miras para todos lados y sacas lo mejor. Así terminas conociendo más bandas, películas o libros que un tipo que respira en Nueva York, París o Londres. Porque ellos sólo se miran su propio ombligo. Tú tienes el mundo. Y entre medio, empezamos de a poco a valorar lo nuestro.

Las semillas rockeras de los 90s comenzaron a brotar, al fin, en una síntesis que no se refugia estúpidamente en el Chile que no fue, sino que se alimenta de ambos lados. Identidad y globalización. Lo malo es que la mayoría de esas bandas (Matorral, La Floripondio!, Taller Dejao, etc.) siguen sin sonar en la radio. Lo bueno es que la Zona sigue escribiendo de ellos.

Pero, ¿cómo empezó todo esto?

CUECAS, AQUÍ, EN M-T-V. Tuvieron que aparecer Los Tres en el Unplugged de MTV, entre videos de Oasis y Soundgarden, para mostrarnos que la cueca no era esa música de viejos que sólo sonaba en las fiestas patrias, con historias campestres que no nos podían interesar menos. Nunca sospechamos que Los Huasos Quincheros, que por tanto tiempo tuvimos que escuchar obligados, escondían a Roberto Parra y sus amigotes. Cuequeros con más calle, vida y mirada que cualquiera de esos rockeros con camisa de franela o chasquilla british. Chilean punks.

Al fin teníamos un pasado decente. Así como los gringos tenían sus blueseros, nosotros teníamos a los cuequeros. En la Yein Fonda nos dimos cuenta que también se peinaban con los foxtrots, tangos, tonadas, y eso que el tío Roberto bautizó como jazz huachaca. Aprendimos los primeros acordes de guitarra con “¿Quién es la que viene allí?” al mismo tiempo que con “Wonderwall”.

“Nuestra dictadura fue la más cruel, porque por opción se mató la semilla que estaba germinado durante la Unidad Popular, sepultando todo. En Argentina nunca se persiguió a los artistas. De hecho la cultura siguió funcionando como siempre. Acá te obligaban a cortarte el pelo”, dice Mauricio Basualto, batería de Los Bunkers. En este ambiente, era lógico que perdiéramos la pista de esa gente. Pero lo más increíble es que fue en MTV, antes que en cualquier radio o canal nacional, donde descubrimos lo que nos escondieron: la buena cueca. Y nos dimos cuenta que sí teníamos una historias “rockera”, que los 70s y 80s fueron un obligado stand by. Afortunadamente Los Tres apretaron el botón adecuad

ENTRAN LOS BUNKERS. Cuando Los Tres se separaron todo eso quedó flotando en el aire, disperso. Álvaro Henríquez se encargó de continuarlo, hasta que desde la misma ciudad, cinco chicos que también habían visto el “Unplugged”, lo hicieron llegar a la nueva generación. Su argumento era el mejor: canciones con identidad que silban en el cerebro todo el día. Porque los Bunkers se elevaron por encima de sus influencias adolescentes —Beatles, Kinks, Oasis, los mismos Tres—, para recuperar la memoria de su infancia. Todo eso antes de llegar al segundo disco.

Con ellos empezamos a intrusear los viejos vinilos de los papás y tíos, descubriendo que Violeta Parra maneja la melancolía mejor que Radiohead, que Los Jaivas suenan únicos e irrepetibles y que las canciones de Víctor Jara son grandes lecciones de historia, como las de Dylan. La diferencia es que a él sí le entendemos las letras.

“El mejor recital que he visto en mi vida fue el 2002 en una Yein Fonda. Se presentaron los Chileneros y quedamos vueltos locos. Nunca había visto tanto desparpajo, energía y fuerza”, recuerda Basualto.

“Vida de Perros”,el último disco de Los Bunkers que se lanza en Santiago mañana, tiene canciones que recuerdan a Franz Ferdinand o Los Ángeles Negros, sin dejar nunca de sonar a ellos mismos.

EL FUTURO DE CHILE. “La actitud correcta al vivir en la periferia es abrirse. Porque acá tenemos un montón de cosas que hacer. Mi novia es de Estados Unidos y se sorprende que acá bandas chicas tengan acceso a la prensa. Acá todo es más familiar, más cálido. Y ya no es como en los noventas, donde las tribus marcaban territorio. Ahora se convive mejor. Se entienden mejor las cosas”, dice Gonzalo Planet de Matorral. Claro, lo mejor de vivir acá es que puedes mirar en las dos direcciones, aprendiendo a desprejuciarte.

Parado desde la periferia de la globalización tienes dos opciones: puedes ser como un adolescente que escucha a Simple Plan o Good Charlotte y formar una banda para calcarle el sonido, o puedes buscarte uno propio. Y hay mucha gente que lo está haciendo. Porque ahora los hip hoperos chilenos samplean Camilo Sesto o Lucho Barrios y no sólo funk gringo. Y una buena parte de los rockeros aprendió a tocar cueca eléctrica.

Ahora preferimos Vía X que MTV. Ahora podemos escuchar a Gepe mezclar Radiohead con Violeta Parra, Matorral sonando a los Stones y Los Jaivas, Perrosky bluseando a Atahualpa Yupanqui o La Floripondio! encendiendo la mecha con sus guarachas reggae y delirio a lo Tommy Rey. O los propios Pánico, que dejaron de sonar como Pixies para experimentar con cumbias y electrónica. Todos, sin dejar de sonar endemoniadamente rockeros.

Sí, buena parte del rock chileno ha cambiado. Y de nuevo tienes dos opciones: puedes seguir encerrado viendo MTV, y enterarte de lo que pasó debajo de tus narices diez años después, o salir a verlos en vivo. ¿Te lo quieres perder?

Tagged in , , , , , , , ,

La aventura literaria de Jaime Casas

Archivo Periodistico,Entrevistas,Libros 13 November 2005 | 0 Comments

Fue clandestino y se inventó que era escritor mientras lo perseguía la CNI. En su última novela, el ganador del Premio Consejo Nacional del Libro habla de un bestial recorrido por la culpa y la inocencia. Mientras, se las arregla vendiendo pan en el invierno, humitas en el verano y trabajando con su overlock haciendo chaquetas y suéteres para la gente del barrio. Acá el secreto mejor guardado de las letras criollas.

Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 13 de noviembre 2005.

UNA SEMANA DESPUÉS que a Augusto Pinochet se le ocurriera posar con esos famosos -y horribles- anteojos oscuros y comenzara a redactar la nueva historia de Chile con sangre, otra pequeña batalla se libraba en un céntrico edificio de Santiago.

-Ya, mierda. El que salga elegido tendrá que quedarse acá, resistiendo. Eso es lo que acordamos todos. Lo máximo que le podrían echar serían cinco años. El resto, pa’fuera no más, hasta que esta huevada se arregle un poco.

Los tipos se miran. Escriben nombres en los papeles. Carraspean. La misma voz cuenta los votos y dice fuerte:

-Jaime Casas Barril.

Por alguna razón, al escuchar su nombre, el escritor Jaime Casas recordó una noche en el sur, cuando trabajaba para la Unidad Popular junto a campesinos y mapuches. Otro Chile era posible en esa época y ahí mismo escribió en un cuaderno: “Empiezas a adueñarte de tu destino cuando dejas de elegir y comienzas a decidir. Hay que ser protagonista, no testigo”.

Rápidamente tuvo que descolgarse del recuerdo, mirar fijamente a sus compañeros, apagar su cigarrillo y levantar la voz.

-Acepto. Si empecé en esto, quiero continuarlo también.

OVEJA NEGRA. Jaime Casas (1949) podría ser el secreto mejor guardado de la literatura chilena, aunque no tenga biblioteca en su casa ni le interese darse a conocer. Es la oveja negra de una de las familias fundadoras de Coyhaique. El niño que descubrió que los profesores mienten, en vez de refugiarse en la cama de sus papás, decidió que la escuela estaba en la vida.

Pero Casas es, sobre todo, un hombre pionero de su propia vida, que decidió buscar la verdadera libertad hasta encontrarla y que sin querer queriendo corrió para contársela a los demás a través del lápiz y el papel. Y uno le cree, porque te mira a los ojos cuando te habla. Como el papá de “Big Fish”, la película de Tim Burton. Y va narrando su historia mientras los pajarillos copulan y sobrevuelan su jardín en la comuna de La Reina.

Para él, el sistema no existe. “Me lo paso por la raja”. No es propietario de nada. De hecho, firmó un documento donde le entregaba el poder de todas sus pertenencias a su esposa. Paga el arriendo con el dinero ganado con sus libros, pero principalmente haciendo pan en el invierno, humitas en el verano y zurciendo ropa que vende en su barrio. En su pequeño taller se amontonan chaquetas y suéteres. Eso sí que es ser independiente. En su living hay dos computadores, donde se conecta para hablar con sus hijos que estudian en Francia y para escribir una novela (“aún no sé cómo terminará, es todo un desafío para mí, es vivir mientras la vas haciendo”).

CON LA CNI EN LOS TALONES. “En los ’80, la CNI me pisaba los talones, así que me escondí en una casa de San Luis de Macul. Antes ya había trabajado de frutero. Había salido varias veces del país. Estudié. Pero ahora estaba acá y como durante el día no hacía nada, y para evitar sospechas de los vecinos, se me ocurrió agarrar la máquina de escribir y decir que ése era mi trabajo. Hasta el momento, sólo había hecho panfletos y documentos. Fui escritor por accidente”. Y lo dice muy en serio.

A principios de los ’90 debutó con “A su imagen y semejanza”, libro donde Dios baja a imponer orden a un tipo que finge ser el demonio para engañarlo, sin darse cuenta que se le quedaron las llaves del cielo adentro. “Aunque no me considero escritor, ¿quién puede hacerlo desde que Cortázar señaló que era un aficionado? (…) Se supone que las persecuciones habían terminado, pero existía esta otra que se llama censura de los medios. Y claro, como atacaba a Dios y los críticos de libros nunca lo entendieron, nunca más me pescaron”. Luego, publicó “El maquillador de cadáveres” (“hay que ser muy pajarón para no notar la obvia lectura política y social del país que tiene la profesión que le da el título”) y “La noche de Acevedo” (“es curioso, yo he vivido harto pero por pudor no lo pongo en mis libros. Acá me basé en las historias de mis amigos. Ellos son los protagonistas. Un buen narrador es capaz de escribir en tercera persona y no mirarse el ombligo todo el tiempo”).

El año pasado lanzó por LOM dos obras: “Leprechaun” -relato breve donde persiguen a una mujer que sí cuenta sus sueños-, y “Un esqueleto bien templado”. Esta última (ganadora del Premio Consejo Nacional del Libro) es la historia de Manuel Tran Beltrán, hijo bastardo de un terrateniente vasco y una mapuche. Un día, su madre, junto a sus compañeros, se toman el fundo y Manuel decide escapar a Santiago para inventarse un futuro, porque él es de los que cree que el pasado no existe. “Lo importante es emocionar. Estoy de acuerdo en eso de que la inteligencia no comunica nada. Lo que nos hace vivir y acercarnos a la realidad es la emoción que provocan las buenas historias. No creo en las pirotecnias narrativas. Tampoco, en los personajes perdedores. Es un camino demasiado fácil. A mí me importan los que salen adelante. Lo peor que ha pasado es que los pescadores, carabineros o prostitutas dejaron de escribir”.

AL SUR DEL SUR. La obra de Casas son puros pedazos de vida con olor a bosque sureño; con personajes que deciden atravesar bestialmente la basura que los envuelve. “Mi obra es una proyección mía, eso es cierto”, y cuenta sobre su primer recuerdo -un árbol floreciendo-; sobre ser el octavo hijo de una familia de comerciantes; su infancia carente de rejas y pródiga de amigos en la Patagonia; cuando aprendió a leer pero, en vez de ser el “superdotado de la familia”, prefirió disimularlo; cuando cantaba boleros en prostíbulos siendo menor de edad; cuando pescaba salmones con la mano, y el brutal cambio: cuando tenía 11 años y lo enviaron a un colegio de curas en Temuco. Era 1960 y se le acabó la inocencia: “Descubrí el clasismo, la mentira, la violencia. ¡Y en un colegio católico, más encima! No por casualidad, el primer día libre en esa ciudad me recibió un maremoto”. Y claro, logró salvarse junto a su hermano y una señora que tomaron entre los dos y continuó estudiando en Concepción, donde se enamoró de una chica que lo obligó a irse a Santiago junto a ella.

“Antes a los 20 años, ya eres un hombre. Ahora siguen viviendo con los papás. Nuestra generación no sólo escuchaba a The Beatles, sino que también discutía a Hegel antes de entrar a clases”. Y así, a los 22 años, ya era vicepresidente del Indap y activo integrante de la Unidad Popular.

EL PIONERO. En “Un esqueleto bien templado”, Tran Beltrán camina hacia Santiago sin un peso. Sólo lo salva por momentos tener buena pinta, heredada de su padre vasco. Pero también lo condena porque es violado, en una de las escenas más bestiales del texto. Sin embargo, se para y levanta la frente a la luna. Y comienza una búsqueda desesperada de la inocencia, a pesar de la culpa. Y sale adelante.

“Yo me siento un pionero. Pero por el camino que yo transito no ha pasado nadie. Yo pasé noches sin comer. Estuve en situaciones jodidas, donde mi vida peligró. Y acá estoy. Entero”. Claro, porque Casas tiene los dedos de su mano derecha visiblemente más cortos. Una señal ineludible para los que querían detenerlo. Pero dice que mientras menos disimulas un defecto, menos gente lo nota. Aunque en ocasiones debía pasar mucho tiempo con las manos en los bolsillos. “Lo que me salvó fue la capacidad de convencer. De hecho, para preparar este libro yo iba a Franklin, preguntando por Tran Beltrán. Y los tipos me juraban que lo habían visto. Ahí me di cuenta que el personaje funcionaba. Y aparte, que como vivía en total soledad, mantenía diálogos con mi niño interior. ¿Jaime, me imaginabas así de adulto? Y me respondía que sí”.

Casas se queda callado un momento. Dice que todo está en sus libros. Que para entenderlo hay que leer el mundo que te propone. Y, mientras atardece sobre Santiago, pienso que hay muchas cosas que le quedan por contar. Y los pájaros siguen revoloteando por su patio.

Tagged in , , ,

El estallido parisino

Archivo Periodistico,Reportajes 11 November 2005 | 0 Comments

Arde la periferia de París. Toque de queda en los ghettos de inmigrantes. ¿Las causas profundas? Las de siempre: discriminación, pobreza y desigualdad. Una noticia que leemos en la sección Internacional. ¿Pero cómo estamos por casa? ¿Es realmente una noticia tan distante?

por J.C. Ramírez Figueroa para Zona de Contacto, 11 de  noviembre 2005.

CLANDESTINOS. 27 de octubre. Bouna Traore (15) y Zyed Benna (17) ríen y conversan con sus amigos -todos de orígen africano- en la esquina de un barrio periférico de París. La verdad, no hay mucho que hacer, aparte de fumar hash o soñar con unas zapatillas Nike o un scooter. El liceo los prepara para la universidad, la realidad casi siempre les ofrece limpiar baños, podar el césped o aplanar calles con un currículum que rechazarán luego de leer el apellido de raíz extranjera. En sus casas la hermana chica está enferma, el padre aún no llega de su trabajo temporal y la radio sintoniza una lejana señal de Marruecos, Túnez o Argelia. Países que fueron colonia y que ahora son una carga para el ex imperio. Y en la calle, al menos existe aire, hip hop y gente que está en la misma que ellos. O sea, en ninguna parte.

Aunque les aseguren que son “ciudadanos franceses”, claro. Aunque no lo parezcan. Porque cuando la policía les fue a pedir los documentos, ellos salieron huyendo. Instintivamente. Sin pensarlo mucho se escondieron en un transformador de alta tensión. Sus amigos escucharon la explosión que los mató. Y comenzó el estallido en Francia. Al otro día 400 jóvenes de origen árabe se enfrentaron a unos 300 policías y más de 40 vehículos fueron incendiados. Cientos de camisetas con la leyenda “Muertos por nada” son impresas para una marcha pacífica. Pero el fuego ya se estaba extendiendo a otras localidades del país, repletas de inmigrantes que buscaban un destino y sólo encontraron pan duro en la mesa.

UNA TRIBU EN PARIS. “Existe una mayoría de hijos de inmigrantes que se quedaron en la periferia de París, conformando ghettos. No se sienten parte ni de Francia ni de su país de origen; de hecho, ni siquiera han viajado a conocerlo. Ellos son vistos por el ciudadano promedio como rebeldes y delincuentes. De hecho, dan susto”, cuenta Mamoun Ghallab (20, en la foto). Él es marroquí y llegó a París hace dos años. Ahora está en Chile como estudiante de intercambio de Ciencias Políticas en la Universidad Católica de Chile. A él lo salvó venir de una familia acomodada (su mamá es doctora y su papá exportador agrícola) y haber recibido una educación que lo dejó hablando francés a la perfección, lo que le permitió ser visto como uno más.

Dice que los chicos de los ghettos son distinguibles por su uniforme, cruza entre el fútbol y hip-hop –las dos grandes vías de escape para ellos-: zapatillas con onda, gorros y los calcetines encima de los jeans, nada muy distinto a las poblaciones chilenas. Para esos adolescentes será muy difícil entrar a la universidad debido a lo deficiente de la educación pública en los extramuros. Nada muy distinto, otra vez. “Envían a profesores jóvenes y sin preparación. Los únicos dispuestos a trabajar en esos lugares tan duros”, cuenta Ghallab.

“Para rematar, la policía los trata pésimo. Cada vez que hay un problema, ya sea en París o en los suburbios, la emprenden contra ellos. Por eso surgieron las pandillas”, dice Ghallab, quien ha seguido las noticias desde Chile. Lo que no le deja de sorprender, eso sí, es la intensidad del conflicto. “Pero claro, es algo que lleva más de 30 años”, concluye.

PARÍS ESTABA EN LLAMAS CUANDO DESPERTÉ. Elsa Delacroix (20, en la foto) creció en la zona francesa de la periferia de París, rodeada de hijos de inmigrantes. Ahora estudia Ciencias Políticas en la Universidad Católica. “Ellos viven en barrios duros, feos, sin infraestructura ni centros culturales. Es evidente que se van a sentir marginados. Es fuerte el odio de la policía hacia ellos. Yo veo como los amedrentan y les preguntan por sus identificaciones”, cuenta. Percepción que es compartida por Francisca Allamand: “El francés te mira distinto si tienes acento norafricano. A los latinos al menos nos encuentran exóticos, tal vez porque no somos tantos comparados a ellos. Hay mucho inmigrante. Te subes al metro y la mitad proviene del África dura”.

Francisca Allamand (24) es chilena y hace un par de meses reside en París como estudiante de intercambio de Ciencias Sociales en la prestigiosa Universidad Sciences-Po (Fundación Nacional de Ciencias Políticas). Desde allá responde el llamado de la Zona. “El gran tema es la crisis de los valores de la República. En todas partes se habla de eso. A pesar del toque de queda y la calma que llega de a poco, es “El” tema. Por ejemplo, en un diario sale un artículo donde se analiza punto por punto el fracaso de los planes de educación, la crisis del empleo, la seguridad, las fallas de las políticas migratorias”. Francisca dice que no por casualidad los manifestantes incendian hospitales y escuelas de sus propios barrios, sin avanzar hacia el centro de París, donde todo se mantiene calmo. “Un profesor me explicaba que eso era un “signo de inmovilidad”: queman lo que el Estado les ofrece”.

El baldío –la periferia parisina- es un territorio duro como muchas periferias. Un lugar dominado por pandillas y donde todos se conocen. Es como algunas poblaciones chilenas, pero repleta de gente de otra cultura y religión que no se siente parte del sistema.

¿COMO ANDAMOS POR CASA?. Hacinamiento, discriminación, mala educación y falta de oportunidades son problemas globales, que en mayor o menor medida afectan a todas las grandes ciudades. Porque casi todas poseen un cordón periférico que las rodea. Quizás por eso, si uno compara las cifras que miden la discriminación y falta de oportunidades de los hijos de inmigrantes en Francia con lo que sucede en Chile, se da cuenta que al parecer sólo hay una gran diferencia: acá, los afectados son compatriotas.

Según la BBC,el desempleo entre los graduados universitarios franceses es de un 5%, mientras que el de los descendientes de nacionales del norte de África en la misma condición académica, alcanza un 25,5%.

En Chile, un estudio de Seminarium Head Hunting publicado el 2003, demuestra que sólo un 18% de las personas educadas en liceos fiscales ocuparán posiciones relevantes en las empresas. La baja movilidad social queda en evidencia en el estudio “Clasismo, discriminación y meritocracia en el mercado laboral: el Caso de Chile”, de los economistas de la U. de Chile Javier Núñez y Roberto Gutiérrez.

Ahí se demuestra que en Chile, de dos egresados de la misma carrera, de la misma universidad y con igual rendimiento académico, pero uno proveniente de un colegio particular y el otro de uno fiscal, recibirá mejor sueldo aquel que estudió en colegio privado. La principal razón: la red de contactos que se establecen en esos colegios, donde los apoderados son los principales dueños del poder económico del país. Otro tipo de ghetto.

Eso obviamente ayuda a mantener la pésima distribución del ingreso que se produce en nuestro país: en Chile, el 20% de la población más pobre recibe sólo el 3,9% del ingreso nacional y el 20% de la población de más altos ingresos capta el 59,5% del ingreso nacional. O sea, los más ricos tienen un ingreso 14,5 veces superior al que reciben los más pobres. Con eso nos ganamos el premio de ser uno de los países con peor distribución del ingreso del mundo, al nivel de Níger y Zambia. ¡Viva Chile!

“A mí no me parece un error comparar al chico de origen árabe o africano de un baldío de París, con uno que viva en una población de Santiago de Chile. Guardando las proporciones, en ambos países, detrás de una apariencia próspera se esconde marginalidad, desigualdad y exclusión. Pero no tienen tanto que ver con los bienes de consumo, sino con la posibilidad de desarrollar una vida plena”, señala el historiador Sergio Grez.

Especialista en movimientos populares, Grez vivió más de una década en París. Para él, lo sorprendente es que haya tardado tanto en manifestarse el descontecto de la población de inmigrantes en Francia. “La educación no es la solución de todos los problemas. Yo no creo eso. Es más un asunto de estructuras, porque por muy buenos profesionales que salgan, si no tienen trabajo, no llegamos a ninguna parte. La reforma (a esas estructuras) debe ser radical, redistribuyendo el ingreso o redistribuyendo el poder”, postula.

Al parecer, no existe mucha diferencia entre una tarde en una esquina de la periferia de Santiago, o de Arica, Temuco, París o Puerto Montt. Lugares donde muchas veces no hay mucho más que hacer, aparte de fumar y soñar con las zapatillas de marca.

¿Y QUE DICEN LOS CANDIDATOS?. Durante algún tiempo, todos los candidatos presidenciales coincidieron en dar relevancia mediática al tema de la desigualdad. Analizando sus programas de Gobierno, veremos que todos aspiran a una mejoría de la calidad de la educación y a generar condiciones que acorten la brecha entre los ricos y pobres. Pero de soluciones concretas, casi nada. Esto es lo que encontramos:

Sebastián Piñera: Propone una lista de cosas como “erradicar el analfabetismo” o “mayor acceso a la educación” mediante el conocido sistema de créditos.

Joaquin Lavín: Promete “ampliar el financiamiento para la educación superior y crear un “nuevo trato laboral”

Michelle Bachelet: Busca promover “la innovación empresarial” para tener ciudadanos más emprendedores.

Tomás Hirsch: Habla de “reajustar los sueldos, salarios y pensiones mínimos”.

A fin de cuentas son frases, ideas, eslóganes con formato de propuesta. Tal vez debamos buscar alguna letra chica en sus programas.

Tagged in , , , , , , ,

Violeta Parra, la exiliada del sur

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 8 November 2005 | 0 Comments

Por J.C. Ramírez Figueroa para Zona de Contacto, 8 de noviembre 2005

Si una buena canción es capaz de detener el tiempo, Violeta Parra congelaría los punteros de todos los relojes del mundo hasta destrozarlos. Porque Violeta canta desde el rincón más puro de su alma, sus notas suenan como salidas desde las vísceras de nuestra historia.

Si a la Violeta casi nadie la escucha, es simplemente porque vivimos en un país sin memoria. Porque Violeta maneja la melancolía ancestral, mejor que cualquier grupo brit. Ella canta y toca en chileno, con esa melancolía de los días abochornados del sur, cuando la abuelita dice “va a temblar” mientras uno espera que llueva o que salga el sol de una buena vez. Ahí surgen sus canciones, precarias como la hoja de parra azotada por el viento.

Violeta cambió el folclor, desnudándolo para hacerlo de nuevo. Ya sea cueca o tonada, creó arte a partir de la simpleza, inventando nuevos acordes y afinaciones, jugando con las palabras -”Mazúrquica Modérnica” es un gran ejemplo de ello-, grabando a los cantores en el campo y parándose ante el público de París o Chillán de la misma forma: vestida con sus canciones.

¿Realmente alguien puede escuchar “Run Run se fue pal norte” o “Qué pena siente el alma” sin sentir el corazón diseccionado?

Con Violeta, el tiempo no existe más.

Tagged in , , , ,

Ian Curtis: dividido por la felicidad

Archivo Periodistico,Ensayos,Musica 28 August 2005 | 0 Comments

“Tengo el espíritu, pero perdí las emociones”, bramaba en el primer disco de Joy Division. El alma de la agrupación británica trabajó en un hospital de enfermos mentales para robar drogas y condujo al punk hacia una habitación ártica, cerrada y oscura. Hace 25 años, el hombre que reemplazó el lema “jódete” por el “estoy jodido” se colgó del techo de su casa. Una película en camino y otra en cartelera nos recuerdan su legado.

Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 28 de agosto 2005.

FUE LA INDOMABLE voz de Iggy Pop y no el silencio, el soundtrack del suicidio de Ian Curtis hace 25 años. Si el aullido punk lo había salvado, era lógico y necesario que también le brindara un abrazo apretado al final, cuando la idea que lo perseguía en camarines, pruebas de sonido y el lecho junto a Deborah Woodruff, su esposa, se materializó en la soga encontrada en algún rincón de su casa en Macclesfield, Cheshire, norte de Inglaterra.

Después de escribirle una carta pidiéndole perdón por sus infidelidades, subrayó una película de Herzog que iban a pasar por televisión y dejó corriendo el disco “The idiot”. Su chica lo encontró tendiendo en la cocina. El elepé hacía mucho que había dejado de rotar y un nuevo miembro ingresaba al selecto club integrado por Brian Jones, Jimi Hendrix, Nick Drake o Tim Buckley. Faltaba una década para Cobain. Y dos para Elliott Smith. Todos ellos varones sensibles, con paredes de amplificadores dentro del pecho y la realidad nublada y rutinaria allá fuera; dos universos en fatídica colisión.

¿Sería tan importante Curtis si no hubiese dejado un cadáver hermoso? Porque hoy todo nos recuerda a él: “24 hours party people” -el delirante retrato de la eclosión musical manchesteriana y que aún sigue en cartelera-; el sonido de bandas hype como Interpol, The Bravery, Kasabian, Franz Ferdinad o The Killers; la recuperación estética del nazismo; el inminente rodaje de “Control”, película basada en “Touching for a distance”, la biografía escrita por Deborah a mediados de los ’90; sus temas encabezando los recuentos de clásicos de la historia pop y, por supuesto, las portadas de la prensa especializada.

Ahí lo contemplamos, siempre en blanco y negro, con su camisa de niño bueno, su impecable corte de pelo y sus ojos al borde de la locura. Pero, definitivamente, la principal razón para extirpar inútiles debates casuísticos es una colección de canciones que si te pillan desprevenido pueden empujarte por escalones que muchos pisaron pero que pocos regresaron para contar lo que vieron.

EL FRÍO MISTERIO. Joy Division, con apenas dos discos oficiales -“Unknow pleasures” (1979) y “Closer” (1980)-, nos enseñó aquella pieza oscura y fría al final de la escalera. ¿Cómo? Definiendo un sonido que -aunque alimentado del Bowie modelo “Low”, The Velvet Underground, Sex Pistols, la vanguardia electrónica alemana o del mismo Iggy Pop- creció y maduró por exclusiva responsabilidad de Bernard Summer (guitarra), Peter Hook (bajo) y Stephen Morris (batería). Ellos -que terminarían creando clásicos tecnopop y usando esas horribles zapatillas adulto joven bajo el nombre de New Order-, junto a Curtis supieron expandir los límites de la canción punk, esculpiendo claustrofóbicos ritmos y atmósferas, quitándole protagonismo a las guitarras para dotar a cada instrumento de un papel creativo, extrayendo nuevas armonías a los mismos viejos acordes de siempre. Conquistando territorios vírgenes tanto líricos como musicales, que van desde el salvajismo punk de “Warsaw” hasta el sublime himno “Atmosphere”; desde la asfixiante “I remember nothing” hasta la historia de la epiléptica que se aferra a los transeúntes en “She lost control”; desde el amargo hit “Love will tear us apart” hasta las ráfagas de viento que sostienen la gravísima voz de Curtis en “Disorder”. Llámenlo postpunk, pop siniestro, gótico, industrial. Lo cierto es que Robert Smith acusó recibo al fundar The Cure, al igual que Bauhaus, Echo and The Bunnymen, Low, Galaxy 500, Jesus and Mary Chain, Pixies, Sonic Youth y Radiohead. El futuro había llegado. Y era una habitación húmeda, donde el eco te devolvía todo lo que gritabas. Pero, al menos, podías bailar en ella mientras todo se caía en pedazos.

Porque Curtis intuía que el baile era una buena respuesta. Especialmente cuando no se entendían las preguntas. En sus directos aprovechaba el novedoso concepto rítmico de la banda -lento pero rápido- para agitar las manos y moverse como si vomitar letras apenas bastara para espantar sus miedos. Aunque era demasiado introvertido para hacerle saber a la gente que estaba mal (un rasgo típicamente inglés, basta recordar la reacción tras los recientes ataques terroristas en el metro).

Sólo quedaban textos, como “tengo el espíritu/ pero perdí las emociones” o “creo que los sueños siempre terminan/ no se elevan/ sólo descienden/ pero ya no me importa”, y sus ataques epilépticos en escena. Para aproximarnos al líder de Joy Division hay que escuchar a quienes subieron al escenario a socorrerlo, mientras los fans construían el mito del rockero maldito y cuyas palabras se recopilan en cientos de reportajes. Deborah decía: “Tenía una personalidad dividida que quería entender. (…) Él necesitaba desesperadamente a alguien que lo aconsejara, pero no iba a actuar para los demás convirtiéndose en lo que querían que fuera”. Jon Savage (periodista): “Su música caga a cualquier banda de hoy. Los pones al lado de Primal Scream y te da risa. (…) Ian en vivo te despejaba hasta el vacío”. Peter Hook (bajista, compañero de banda): “Hacía lo imposible por ocultar una parte de su personalidad”. Martin Hannet (productor del grupo, muerto en 1991): “Era del norte de Manchester. Una ciudad de ciencia ficción. (…) Todo es arqueología industrial, plantas químicas, almacenes, canales, vías de tren. (…) Allí la incidencia de enfermedades es un 50% superior al resto del país. ¿Deprimente verdad?”. Tony Wilson (periodista y jefe del sello Factory que los editó): “Usó el punk para expresar emociones complejas. Pasó del jódete al estoy jodido”.

¿Y qué decía él?

“Ninguna canción es sobre muerte y fatalidad. Vienen más bien de la confusión, porque no sé bien lo que quiero. Aunque ahora me siento bien. Al fin estoy haciendo lo que quiero hacer”.

UN CHICO MUY NORMAL. Natalie, su hija, lloraba desconsoladamente y al músico no le importaba demasiado. Tenía 24 años y le asustaba hacerse cargo. Hasta que los llantos lo desesperaron tanto que la tomó entre sus brazos, le cantó algo al oído y la bebé se calmó. Esa paz era precisamente la que andaba buscando desde siempre. Sensible, ratón de biblioteca, cándidamente obsesionado por el nazismo y el sicoanálisis, generoso con sus libros y discos, del Partido Conservador, fanático de Jean Paul Sartre, Hermann Hesse, James Dean, Jim Morrison y William Burroughs -se dice que éste lo trató pésimo al abordarlo en un encuentro cultural en Bruselas- y los discos de MC5, Bowie y Lou Reed. Cuando era escolar se metió a un programa de reinserción laboral de enfermos mentales sólo para robar las drogas de los estantes. Pero también iba engrosando una carpeta titulada “Canciones, poemas, novelas”, que a Deborah le pareció el colmo de lo pretencioso cuando lo conoció. Ella fue su novia de toda la vida, aunque reconocía que era tan inseguro, posesivo y celoso, que fue capaz de lanzarle en su propio matrimonio un “bloody mary” en la cabeza sólo porque estaba conversando con un tipo que resultó ser su tío. Aparte de estos arranques, parecía un tipo normal. Algo reservado, pero normal. Que trabajaba en una disquería para mantener a su familia. Que pagaba la cuenta del agua, la luz y el gas. Que ensayaba todos los fines de semana hasta pulir el sonido de su banda. Nadie podría adivinar lo que pasaba por su mente. De hecho, sus ex compañeros enumeraban sus maldades como profanar bares de hotel o mear ceniceros.

EL FIN DE LA FIESTA. Faltaba un día para tomar el avión y comenzar la primera gira por Estados Unidos. Pero eso tampoco le importó a Curtis. Nadie podría afirmar bien las razones de su autoinmolación. Claro, no se le veía sonreír demasiado y sus letras evocaban estados mentales tan optimistas como su adorado cuadro “El grito”, de Munch. También hay que reconocer que la obra de Joy Division -cuyo nombre alude al sector de prisioneras judías obligadas a tener sexo con los soldados nazis-, aunque roza la perfección, presiona siempre la misma tecla de la náusea y el miedo de vivir. Es que las emociones de Curtis terminaron respirando en sus grabaciones hasta dejarlo completamente vacío y superado por los laberintos de su enfermedad.

La habitación a la que llegó -y nos invitó a entrar- era tan oscura que él mismo se perdió de vista. El fotógrafo alemán Anton Corbijn, responsable del video de “Atmosphere” -donde unos encapuchados del Ku-Klux-Klan cargaban con una gigantografía de Ian Curtis por una playa-, junto a los New Order, Deborah y el buen Tony Wilson, intentarán iluminar algo en “Control”, film que recién está en etapa de preproducción. Pero mientras la esperamos, detengámonos en una escena de “24 hours party people”, la otra cinta donde es retratado. Citando a John Ford, Wilson afirma que entre la leyenda o la verdad se queda con la primera. Y la leyenda dice que cuando Iggy Pop se detuvo en el tocadiscos y tras enterarse de la noticia, el periodista y jefe del extinto sello Factory pidió a un típico pregonero británico que en ese momento entrevistaba, anunciar a los cuatro vientos y en directo para toda Manchester que había muerto Ian Curtis, vocalista y líder de Joy Division y autor de “El amor nos desgarrará”. Era el 18 de mayo de 1980. Nada de apologías al artista sufrido o el nacimiento de un nuevo mito del rock and roll; menos, un lamento funerario. Sólo las canciones. Porque al final, lo único y definitivo que nos queda es la música.

Tagged in , , , , , ,

EL G8 DEL LIVE 8

Archivo Periodistico,Entrevistas,Musica 15 July 2005 | 0 Comments


El Live 8 fue la Teletón que los rockeros le organizaron a África. Pero los que sacaron la voz no son hippies de poleras agujereadas, sino mega estrellas que visten Gucci, manejan Rolls Royce y amasan fortunas. Acá, los cálculos comparados.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Zona de Contacto en Wikén, 15 de julio 2005

Paul Mc Cartney. Quizás cuando Sir Paul Mc Cartney tocó “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” junto a U2 en Londres, pensó en la sonrisa de los niñitos africanos que, probablemente, nunca han escuchado a Los Beatles. Pero eso no importaba mucho. La imagen de Lennon en la pantalla gigante era la mejor pancarta pacifista que podía acompañarlo. Mc Cartney protestó por la vergonzosa situación del continente negro, pero en ninguna estrofa cantó que su fortuna de mil 390 millones de dólares, según Forbes ­la publicación que desmiembra a los famosos en cifras­ equivale a toda la deuda externa de Ruanda. Ups. Quizás ese día no tuvo tiempo para sacar el saldo en el cajero más cercano a su mansión.

Elton John

Elton John no sólo piensa en trajes rococó y en componer réquiemes para princesas. También se hizo un espacio en la agenda para reflexionar frente a su piano, sobre las condiciones de miseria que viven los africanos, quienes ni se enteran de que los 44 millones de dólares que guarda en su caja fuerte según Forbes, son 50 mil veces el ingreso per cápita anual de Madagascar. O que el precio estimado del remate de su flota de 20 Rolls-Royce, un Ferrari, un Aston Martin y un Jaguar es 17 mil 500 veces el producto interno bruto per cápita de Etiopía. O sea, que el pestillo de uno de sus autos es algo así como el pozo acumulado del Kino en las tierras del rey León.

Pink Floyd


Roger Waters aportó con su granito de arena tocando clásicos con la mejor banda de covers de Pink Floyd que existe. O sea, Pink Floyd. Y de pasadita aumentó las ventas de su compilatorio “Echoes” 1.343%, según la tienda HMV, y las ventas de “The Wall” 3.500% en Amazon. En fin, el lado oscuro de la luna mediática del Live 8. Lo bueno es que como estos cabros tienen conciencia so-cial-global, David Gilmour aclaró que donaría esas ganancias a la causa africana, en lugar de ponerlas en sus famoso chanchito volador. Lindo gesto. Algo así como Gilmour llevando una alcancía llena de monedas de peso al banco. Porque si sumamos su patrimonio con el de Roger Waters y el de Nick Mason, tenemos la misma cifra que el presupuesto anual de Ruanda: 351 millones de dólares

Sting

Sting ya había hecho labor social ayudando a un país tercermundista cuando protestó contra Pinochethey Dance Alone”. Casi veinte años después, sigue luchando por causas nobles. En el Live 8, Sting cambió la letra de “Every Breath You Take” en Londres para decir “Los estamos mirando”, como si los presidentes del G8 fueran a mojar la cama del puro susto. La cosa es que algunas publicaciones como el Times, sí miran a Sting y lo tienen incluido dentro de su lista de músicos más ricos. Así saben que sus ingresos anuales, por 321 millones de dólares, equivalen al presupuesto anual de Níger. con “T

Madonna

1985. Madonna cantaba en el Live Aid, la primera causa que convocaba a los artistas más top del mundo. Ahora, en un mundo donde hasta BritneyPamela Díaz por los brillantes, las joyas que la diva usó en ese video cuestan 24 millones de dólares, lo mismo que gana Burundi en un año por sus exportaciones. Además, la plata que comparte con su marido, Guy Ritchie, es la misma suma que Etiopía recibe en ayuda económica en un año; es decir, 408 millones de dólares. Capaz que al día siguiente tenga a cualquier Presidente africano en la puerta de su casa con la mano estirada y una tira de adhesivos para ponerle en la solapa. es un neoclásico, la chica material volvió a ponerse una mano en el corazón. Pero no en la billetera. Más hubiera ayudado si un lanza le hubiera tironeado el cuello durante la filmación de su último videoclip. Porque con un gusto un poco más exquisito que el de

Bono

Subido en el escenario del Live 8, Bono demostró ser el Don Francisco del rock, aunque con el plus de la opinión propia y el look exclusivo: sus anteojos Bulgari cuestan 448 dólares, o sea, más de la mitad del PIB per cápita de Burkina Faso. Si con la sola gira Vértigo recaudó 185 millones de dólares, la misma cantidad de ingresos anuales de Burundi, se podría decir que Bono es un país. Y un país que estaría dentro del G8. Curiosamente, la estrella de U2 no figura en ningún ranking confiable de músicos millonarios. Quizás sea una especie de mecenas de las causas altruistas sin que nadie lo sepa. Pero uno con mansión en Dublín.



Jay Z.

Su música es la mutación de ritmos que descienden directamente de la esclavitud. Pero a estas alturas, lo único que comparte Jay Z con África es el color de la piel. Y también que con sus 576 millones de dólares podría cancelar un tercio de la deuda externa de Ruanda. Aunque claro, en la práctica eso no lo comparte. Aunque no haya cobrado ni un dólar por el tiempo invertido en el Live 8. Una delicadeza.

Robbie Williams

Igual que Sting, Williams también se ha preocupado de los problemas de Chile. Por eso protestó contra la pésima calidad de la educación chilena cuando dejó plantado a Lucho Jara con su inglés versión mapudungún. Esta vez el turno de su preocupación fue África. Con su carita de ángel y bien suelto de cuerpo, pregonó por la condonación de su deuda externa. Total, con los 147 millones de dólares que tiene en el banco, 98 mil veces el producto interno bruto per cápita de Uganda, cualquiera estaría tranquilo.

Tagged in , , , , ,

Pages: 1 2 3 Next