Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 20 de mayo de 2009.
Justin Bieber es un canadiense de 16 años, presentado en todas partes como el futuro del pop. O al menos el que romperá corazones en la generación post-Jonas Brothers. Un chico que hace caso a sus asesores: dio la declaración simpaticona de rigor (“soy un muy buen besador”), cantó y tocó batería en el “American Idol” y lanzó una secuela de My world (2009), su exitosísimo debut. Obviamente el producto está bien hecho. Primero un equilibro entre R&B con producción electro-ochentera-láser y baladas. Segundo, una voz de “niño” en la tradición del Michael Jackson de “Ben” o el Joey McIntyre de New Kids On The Block. Tercero, una estética urbana-ganadora que puede provocar identificación y amor en sus fans adolescentes. A pesar de su extraño parecido con la Ellen Page de la película “Hard candy”. Después de todo ambos son compatriotas.
Las aspiraciones comerciales tras la “creación” del galán tween han dado éxito. Tal como Lady Gaga, Bieber ha colonizado los gustos de su público objetivo. “Stuck in the moment” es una canción entretenida y bien construida, con esa batería bien arriba en la mezcla. “Up” suena madura y soul, descolgándose desde los riffs y el punk-pop de Hannah Montana. “Somebody to love” suena canchera, incluso indietrónica en la línea de las producciones de MGMT o Julian Casablancas. Habrá que esperar a ver qué musica elige hacer, porque claramente aún está en manos de sus productores.
Fenómenos como el de Justin Bieber deberían hacernos replantear el estado del pop. O más bien poner las cosas en su lugar. Porque al final es el rock el que ha perdido terreno. El pop -desde Lady Gaga a Demi Lovato- sigue llenando estadios y apareciendo en TV. Tal como en la economía global, en la música mainstream cuando los gerentes dicen que hay crisis es cuando cosas mejor están.
Justin Bieber / ”My world 2.0” (2010, Island)
1. Baby (feat Ludacris), 2. Somebody to love, 3. Stuck in the moment, 4. U smile, 5. Runaway love, 6. Never let you go, 7. Overboard (feat Jessica Jarrell), 8. Eenie meenie (feat Sean Kingston), 9. Up, 10.That Should Be Me.
Este miércoles 28 de abril en el Centro Cultural Amanda, el músico estrenará canciones del disco que lanzará en julio, junto a sus clásicos con Electrodomésticos y su disco El replandor. Pero eso no es todo, también está por entrar a grabar un disco de boleros.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 27 de abril 2010. Fotos: Matías Espinoza (excepto afiche recital)
Carlos Cabezas pasa más tiempo haciendo música que tocándola en vivo. Por eso cada una de sus presentaciones es un “evento”, como la que hizo en el Liguria junto a Electrodomésticos -su histórica banda- en diciembre pasado. Este miércoles 28 de abril (ver recuadro) se presentará en el Centro Cultural Amanda en plan solista. O, “rockero adulto”, término que le provoca risas pero que termina redefiniendo: “Yo creo que hacer rock adulto se refiere a madurez… Después de todo uno ha vivido muchas cosas en todo este tiempo y algo debe haber aprendido, ¿no?”.
También se entusiasma hablando de dos discos que está preparando casi en forma paralela. Ambos, por cierto, aun sin título. El primero, lo publicará el sello Oveja Negra, en julio. Una colección de doce canciones que mezclan desde folclor al particular pop-rock que le conocemos. El segundo, lo empezará a grabar en mayo junto al bajista Fernando Julio y será de boleros. Género en que ya ha incursionado haciendo bandas sonoras (“El chacotero sentimental”, 1999).
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 23 de abril 2010.
Si en Chile hay tantos que viven dentro de las canciones de Andrés Calamaro, Fito Paez o el Joaquín Sabina en modo rockero, resulta insólita la indiferencia hacia Enrique Bunbury. ¿Será por su impostadísima voz en Héroes del Silencio? ¿O los botellazos recibió esa banda por “osar” telonear a Iron Maiden en 1996? ¿O, quizás, el siniestro y bailable cover de Rafael de su hit “Maldito duende” [ver video acá]?. Lo curioso es que en países como México o Centroamérica es un ídolo. Y para qué hablar de España, donde siempre se aparece en las listas entre Los Planetas y Amaral. Es decir, mientras en otros contextos se toma en serio, acá sólo provoca extrañeza.
Las consecuencias según el mismo Bunbury es su disco más oscuro e intimista. Como si los politóxicas encuentros con Calamaro (de la que salió la gran canción “All you need is pop”, 2000) o los abismos líricos compartidos con Nacho Vegas (remitirse al doble El tiempo de las cerezas, 2006) hubiese enderezado su camino como cancionista. Es díficil explicarlo, pero frases como “fui un turista de la belleza” o “el regateo de mi ficción” musicalizadas y fraseadas por él, tienen una carga simbólica a años de luz de, digamos, Ricardo Arjona. Marca la diferencia también el cuidado en la producción. Nada de mezclar rancheras con country blues, como lo ha hecho antes. “Un disco de cámara” definición que reconoce haberse inventado mientras presentaba su disco anterior Hellville de luxe (2008) “Musica suceptible de ser tocada en una habitación, donde todo instrumento tiene un papel concreto”, dijo al diario El País.
Y esto se debe no solo a la cuidada instrumentalización y arreglos (violines, órganos Rhodes). Es más bien a cierta forma de trabajar las canciones que sumergen al auditor atento a una profunda melancolía. Esto es evidente en “El boxeador”. Una historia presumiblemente ambientada en México (“La virgen de Guadalupe te protegerá”) y que toma el arquetipo del guerrero del ring y cómo seguir adelante a pesar de los golpes. Lo que puede ser un cliché de la derrota, se redime con una serie de acordes en el puente tan tristes como el órgano Hammond y una guitarra desértica.
Ese estado mental, entre la derrota y la ternura, entre la incomunicación y la ruptura (pareja, política, social) se hace oscuro en “21 de octubre”, amargo en “Nunca se convence del todo a nadie de la nada” y claro en el notable rescate de “Frente a frente”, popularizado por Jeanette, y cantando a dúo con Miren Iza. Si el single de 1981 era ingenuo y algo infantil, la nueva versión reconoce lo catastrófico e intenso de la historia relatada. Es interesante como Bunbury es capaz de la instrospección, el alto vuelo instrumental, una voz teatral (pero mucho más moderada que en su época con Los héroes del silencio) y los estribillos, puentes y acordes irresistibles. Esto incluye la desesperada “Los habitantes”, la balada folk “De todo el mundo” (con violín y órgano dylaniano) o la misma “Las consecuencias”. Un muy buen disco si buscas perderte con canciones en tu idioma.
Bunbury / ”Las consecuencias” (2010, EMI)
1. Las consecuencias (asustar un poco), 2. Ella me dijo que no, 3. El boxeador, 4. Frente a frente, 5. 21 de octubre, 6. Lo que más te gustó de mi, 7. Los habitantes, 8. Es hora de hablar, 9. Nada del otro mundo, 10. Nunca se convence del todo a nadie de la nada.
Enrique Bunbury (voz, guitarra acústica, piano, armónica, violín chino, sintetizador y coros), Álvaro Suite (guitarras, dobro, sitar eléctrico, mandolina y coros), Jordi Mena (guitarras, lap steel, dobro y saw), Jorge “Rebe” Rebenaque (piano, órgano y teclados, vibráfono, tuba y acordeón), Robert Castellanos (bajo y contrabajo) y Ramón Garcés (batería y percusión)
Músicos invitados: Miren Iza (voz y coros), Adam “Sr. Lobo” Vitusá (bajo), Ana Cabañol y Morto (coros), Ana Belén Estaje (violín y viola) y Pablo Valeta Guillén (cello).
Encontré la versión traducida de la célebre reseña de Chuck Klosterman al disco de Guns N`Roses.
Yo estaba trabajando en la radio cuando llegó el primer single -en un CD-R- del mismo nombre.
Tal como con la nueva de Metallica, no quise decir nada.
Y me fui a revisar un guión.
Hacer un re-análisis de Chinese Democracy no es como hacer un review de música. Es algo así como hacer un review de un unicornio. ¿Debería primeramente estar chiflado para pensar que algo así existe? ¿Debería compararlo –al unicornio- con caballos convencionales? ¿Con rinocerontes? ¿Tiene esa mitología un impacto real en su valor, o debe ser examinada dentro de un vacío cultural, como si esta criatura no fuera más (o menos) especial que el resto del reino animal? He estado pensando sobre este álbum durante 15 años; durante ese lapso, he pensado en este disco más de lo que he pensado en China, y tal vez tanto como he pensado en los principios de la democracia. Esto es un poco parecido como cuando ese oso grizzly finalmente se comió a Timothy Treadwell: Intelectualmente, siempre lo había visto venir. Tenía que hacerlo. Su existencia misma se construyó en torno a esa conclusión. Pero aún así uno no puede prepararse psicológicamente para el oso que te come vivo, sobre todo si el oso lleva puestos unos cornrows.
He aquí tres cosas simples de Chinese Democracy: Tres de las canciones son asombrosas. Cuatro o cinco son muy buenas. Los registros de voz están brillantemente grabados, y las guitarras son –generalmente- más interesantes que las guitarras en los Use Your Illusions. Axl Rose tomó algunas curiosas -y absolutamente innecesarias- desiciones sobre el montaje de este proyecto, pero eso juega en su favor tan seguido como se retracta de aquella larga experiencia. Así: Chinese Democracy es bueno. Bajo cualquier circunstancia normal y a mitad del camino, yo le daría una A.
Pero nada acerca de esas circunstancias es normal.
Por una razón, Chinese Democracy es (en demasía) el último “Old Media” álbum que nosotros contemplaremos en este contexto –es el último álbum que será patrocinado como una colección de autónomas pero conectadas canciones, el último álbum que será absorbido como una manifestación estática de a quien le pertenece la banda, y es el último álbum que importará más como un objeto físico que como un archivo de sonido proveniente de Internet. Esto es el final de todo eso. Pero la razón más significativa de que Chinese Democracy es anormal es por a) los motivos de su creador, y b) como esos motivos embargaron lo que el producto definitivo eventualmente se convertiría. La explicación de por qué Chinese Democacry tomó tanto tiempo para terminarse es no solamente porque Axl Rose es un perfeccionista inseguro; es porque Axl Rose se identifica asimismo como un serio, artista innato (aquí decía un-natural). No puede detenerse así mismo de anticipar cada interpretación y reacción posible de su trabajo. Sospecho que le importa en menor medida el grado en que a la gente le gusta su música, y más acerca de “cómo se toma”, independientemente de la sentencia de los escuchas definitivos. Esta es la razón por la que él estaba tan paralizado por la construcción de Chinese Democracy -él no podía escribir ni grabar nada sin obsesionarse sobre cómo sería recibido, tanto por a) la gente que piensa que es un genio puro, como b) las personas que piensan que él es poco más que un millonario, pelirrojo Stephen Pearcy. Todas esas opiniones dispares tienen un valor idéntico para él. Así, me voy a tomar a Chinese Democracy tan seriamente como Axl Rose quisiera, haciendo que todo esto sea mucho menos sencillo. En esta coyuntura de la historia, rockear no es suficiente.
El más raro -y todavía más predecible- aspecto de Chinese Democracy es la forma en que el 60% de las letras parecen activamente comentarios sobre el proceso de hacer el álbum en sí. El resto de material vocal tiende a sugerir una especie de resumen abstracto sobre una indefinida relación amorosa marcada por la traición, pero que podría ser la manera en la que todas las canciones hard-rock se presentan cuando el cantante toca una gran cantidad de piano y sólo usa pronombres. La pista más loca, “Sorry”, recuerda de manera escalofriante a Pink Floyd y va probablemente dirigida hacia el ex baterista Steven Adler, aunque supongo que también podría ser sobre Slash o Stephanie Seymour o hasta David Geffen. Incluso podría tratarse sobre Jon Parales, porque hasta donde que yo sé –la lista de enemigos de Axl es bastante larga (aquí decía “Nixonian”) a estas alturas.Las canciones más inspiradas son “Street of Dreams” (la canción que se había filtrado se llamaba “The Blues”) y la excepcionalmente satisfactoria “Catcher in the Rye” (una suave y más sofisticada versión de “Yesterdays” que ocupa un punto de vista conceptual a la libre conciencia con un estilo a lo Elton John o la mitad de la era Queen). La frágil balada “This I Love” es triste, melodramática, y con un gusto tradicional. Hay muchos momentos en los que es imposible saber quién le está hablando Axl, por lo que se siente como si él se estuviera hablando asimismo (e inevitablemente sobre sí mismo). No hay congénitamente más historia que contar, pero es lineal y convincente. La mejor descripción sobre la calidad literaria –de las canciones- sería probablemente “efectivamente narcisista”.
En cuanto a la música en sí, en realidad es mucho mejor de lo previsto. No suena viejo (fuera de tiempo) o fake-industrial, y la guitarra de trituración que se hizo en la versión final (que estoy asumiendo que aún es Buckethead el predominante) es alienígena y perversa. Una canción como “Shackler’s Revenge” es inicialmente del tipo promedio, hasta que llega al solo y luego se convierte en el equivalente sonoro de un robot de lucha libre ruso reticulando un pitón. Cuando las personas se lamentan de la disolución del Guns N ‘Roses original, la persona en la que siempre se centran es Slash, y tiene sentido. (Su lento blues metal fue el vórtice del grupo musical.) Pero es realmente mejor que Slash no esté en este álbum. Lo que es cool sobre Chinese Democracy es que realmente se hace sonar como una nueva empresa, y no puedo imaginar que ese fuera el caso si Slash estuviera dictando el sentir de cada riff. Los miembros de GNR que Rose extraña más son Izzy Stradlin (que con sus esfuerzos escribió o co-escribió muchos de los tonos más memorables de la banda) y Duff McKagan, el infravalorado bajista que hizo Appetite for Destruction tan devastador. Porque McKagan trabajó en numerosas bandas de Seattle antes de incorporarse a Guns N ‘Roses, se convirtió en el creador de los arreglos para muchas de las pistas pre-Appetite, y su filosofía siempre fue a tomar el camino de menor resistencia. Pero Rose es totalmente lo opuesto. Él toma el camino de mayor resistencia. A veces parece que Axl cree que todas y cada uno de las canciones de Guns N ‘Roses tienen que emplear todo lo que Guns N’ Roses tiene la capacidad de hacer –tiene que haber que una parte suave, una parte dura, un tramo de falsete, algunos “plinking” piano, algunos R &B; mierda, un poco de Judas Priest, infrahumanos efectos de sonido, aullidos al estilo Robert Plant, chirridos de delfines, viento, sobre-sentimentalismo, y una cáustica modernización del blues. Cuando él es capaz de equilibrar temporalmente esas cualidades (lo que ocurre en “Chinese Democracy” y en “IRS”, los cortes más rockeros del album), es extensa y entretenida y profundamente impresionante. Las altísimas voces aplastan todo. Pero a veces Chinese Democracy sufre del mismo ineludible problema que paralizó proto-épicas canciones como “Estranged” y “November Rain”: Es como si Axl estuviera intentando desesperadamente obtener una imposible canción de ensueño desde el interior de su cráneo hacia CD, y el resultado es un sobre-producido remolino que hace que todos los punk-tontos se mofen. Su ambición es noble, pero muy irrealista. Es como si Jeff Lynne tratara de hacer Out Of The Blue sonar más como Fun House, pero con batería de jazz y la vocalista de Motown.
A lo largo de Chinese Democracy, la pregunta más importante nunca fué, “¿Qué estaba haciendo Axl aquí?” sino “¿Qué pensó Axl que estaba haciendo aquí?”. La canción “If The World” suena como si tuviera que ser el tema para una película de la era Roger Moore-James Bond, todo el camino hasta el título. En “Scraped”, hay un puente vocal que suena sorprendentemente similar a un puente vocal de la extrema canción de 1990 “Get The Funk Out”. En la mencionada “Sorry”, Rose de repente canta una inocua linea (“But I don’t want to do it”) de un modo bizarro, con un acento casi Transilvánico, y no puedo comenzar a especular en cuanto a por qué. Quiero decir, uno tiene que asumir que Axl pensó en todas estas individuales opciones un mínimo de mil veces en los últimos 15 años. En algún lugar de Los Ángeles, debe haber 400 horas de cinta DAT con nada en ella a excepción de múltiples versiones de las vocales de “Sorry”. Entonces, ¿por qué es ésta la que finalmente escuchamos? Que le hizo decidir finalmente, “¿Sabes, he puesto en balanza todas mis opciones y todas sus posibles consecuencias, y me voy con el acento de vampiro mexicano. Esta es la visión de la cual me abrazo. Pero sólo en esa línea! El resto de ella será cantado solo como un no-muerto humano”. A menudo, ni siquiera me importa si sus opciones funcionan o no. Sólo quiero saber qué esperaba Rose que ellos(as) harían.
En “Madagascar”, él muestra MLK (¿la posible restitución de “One in a Million”?) Y (por segunda vez en su carrera), la película Cool Hand Luke. Teniendo en cuenta que las únicas personas que se preocupan por el interés de Rose en Cool Hand Luke son los que ya están obsesionados con su iconografía, el mensaje mesiánico de condenados de esa película que debe profundamente (y previsiblemente) resonar con su mismo ser. ¿Pero como eso contribuye a “Madagascar”, una metáfora meteorológica sobre toda esa gente sin nombre que quería pararlo de construir Chinese Democracy en la lunática manera que él vió ajustar? A veces, escuchar este disco se siente como ver los últimos cinco minutos de Los Sopranos. No hay respuesta aceptable a este tipo de situaciones hipotéticas.
Sin embargo, me veo impresionado por lo cerca que está Chinese Democracy de satisfacer la absurdamente imposible expectativa auto-generada, y no tan secretamente deseo que este haya sido un triple álbum. He mantenido un nivel de vida decente haciendo chistes fáciles acerca de Axl Rose en los últimos 10 años, pero ¿cuál es el verdad finalmente? La última verdad es la siguiente: Él hace las mejores canciones. Ellas suenan de la forma que yo quiero que una canción suene. Algunas de ellas parecen idiotas al comienzo, pero me encanta la manera en que terminan. Axl Rose puso demasiado tiempo y esfuerzo en demostrar que él era un super-talento que el resto de la humanidad se olvidó que siempre había sido. Y eso lo lastimará. Este álbum puede ser un tanque comercialmente. Algunas personas masacrarán Chinese Democracy, y por todas las razones que usted espera. Pero él hizo algo bueno aquí.
A los catorce usaba una polera blanca con este estampado. Y asustaba a la gente.
MI HERMANO ME PREGUNTA por teléfono si quedan entradas para Metallica. Le digo que aunque hubiesen, no tiene sentido seguir enriqueciendo a esos muertos. Que el Death Magnetic es el disco que debieron sacar en vez del Load. Que por porfiados, jamás podrán volver al sonido pre-Bob Rock. Que a sus nuevas canciones veloces y “chacales” se notan las costuras, como los cambios de ritmo que en el Kill`em all les salían impecables (“¿Te has fijado que ese disco tenía más de hardcore a lo Bad Brains que heavy metal?”, le dije una vez y se lo demostré poniendole videos en youtube, que buen hermano que soy).
Él, que tiene una impresionante colección de discos, elepés y revistas de heavy metal, incluyendo el Hysteria de Def Leppard (edición americana) que le regalé para su cumpleaños se ríe y me dice que seguramente volverán.
Sé que el heavy metal y sus derivaciones (las mismas que paulatinamente fue encarnando Metallica: NWOBHM, thrash, speed metal, neo heavy metal, neo hard rock y -horror- sinfónico) provee de chistes, parodia y menosprecio a críticos, periodistas y el indie de Pitchforkmedia. Tengo claro que es cierta la acusación de “bastardizar el blues” (desde Cream y Small Faces en adelante). También reconozco cierto machismo en las letras y la glorificación de lo infantil, a través de la épica medieval.
Los fans tampoco ayudan: el ensayo Flamigera Bola de Rock de Kiko Amat sobre Saxon provocó violentas y algo descerebradas defensas en el ambiente heavy metal hispano. Uno se esperaba un debate de alturas, algo de autocrítica (la misma que le faltó a la Concertación y antes al MIR) o al menos una tesis interesante.
Sin embargo Metallica escapa, sospecho que sin planearlo, de esta caricatura. Mientras Slayer y el resto del thrash cometía la torpeza de marketearse con la estética ocultista, la banda intentaba articular un desesperado mensaje que se podría resumir en alienación hacia el capitalismo tardío estadounidense. “Master of Puppets”, “Fade to Black”, “Search and Destroy” y todas las demás, no sólo atrapaban por lo rápido, fuerte, bien armada que eran. Había algo que hacía que te identificaras.
A los catorce yo vivía en un estado muy propicio para el heavy metal: odiaba a mis compañeros, no me interesaba estudiar (aunque me iba muy bien en Castellano, Historia y Francés), no tenía novia y me lo pasaba encerrado en la pieza de arriba sin saber adonde ir. En cierto punto necesitas escuchar una descarga eléctrica que vaya hacia algún lado. Me imagino que en los cincuenta eso pasaba con el hard bop, o antes con Wagner, o ciertos pasajes de La Consagración de la Primavera, o Bach. Y durante un verano al menos, no dejaba de escuchar a Metallica.
Que raro, nunca lo había reconocido así.
Supongo que es la madurez: no tienes que fingir tus gustos para quedar bien con el colectivo.
Estaba mirando la lista de los 200 mejores discos de la década de Pitchork. Y noté algo extraño sobre el top 10. Es obvio que hay un límite en lo que se puede leer en una encuesta de críticos. Pero Pitchfork es una de las pocas instituciones que puede decirse que resulta influyente, en términos del material que cubre y de los juicios que formula. Pitchfork a la vez lidera y refleja a un público que es sustancial y sin embargo relativamente definido. Podríamos llamarlo “post-indie”, lo que significa que Pitchfork es lo más cercano, en la era moderna, al NME de los años posteriores al punk (cuando su perspectiva era distintivamente rockera pero con una apertura a música situada por fuera de este esquema, desde el reggae al disco, pasando por el funk, África y el jazz). Los participantes en la encuesta –el staff de Pitchfork- son personas que pasan muchísimo tiempo escuchando de forma intensa un rango realmente amplio de música. Así que parece improbable que su evaluación colectiva de lo que resultó importante en la última década esté privada de significancia. Y, en todo caso, en función de abrir el debate, voy a avanzar tomando como presupuesto que los resultados de esta encuesta significan algo
Deterioro de la músiva vs. calidad y cantidad, más sobre Funeral de Arcade Fire y una tesis sobre la fragmentación del rock acá [...]
The Beatles es al rock lo que el Papa al catolicismo, si se me permite la comparación. Lo terrible es que mientras los católicos admiten cierto grado de crítica o pensamiento disidente, cada disco de los “fab four” pertenece a la categoría ex catedra.
Con los Beatles todo es divino, historico, insuperable. Esto incluye no sólo su carrera oficial, sino las maquetas rechazadas por el sello Decca, inmmuerables reediciones antológicas y ese mashup que fue Love (2007). La opinión dominante es que ellos son LA VERDAD ABSOLUTA revelada e incuestionable. Así, cada melómano del rock/pop tiene internalizada ideas fuerza como
The Beatles evolucionaron en cada disco, adelantándose a todas las bandas de su tiempo e inventándolo todo incluso separarse (1)
Su historia está ordenada por episodios como una novela (2)
Fueron la voz de los años sesenta
Canciones como “Yesterday” o “Let it be” son patrimonio de la humanidad
Nadie los superará jamás.
Engañosas en su simpleza de “cliché”, estas ideas –esparcidas por fans, managers y prensa especializada– esconden un fondo perturbador y reaccionario: con The Beatles, la música popular llegó a su cima y cualquier obra ajena a la discografía Beatle, ya nace devaluada.
Pero hay una cuenta pendiente entre los de Liverpool y The Kinks. Conócela tras el salto[...]
El 3 y 4 de noviembre tocará la banda en Chile. Una buena oportunidad para atestiguar el renacimiento de quienes, gracias a sus poderosas canciones e integridad artística, pavimentaron el camino a Nirvana y al resto de las bandas que echaron al pop maqueteado de Michael Jackson de todos los número uno. El grupo estaadounidense cerrará las dos noches del festival SUE en el Arena Movistar:
J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 25 de octubre 2008.
R.E.M. es una institución en la música pop contemporánea. Una banda que pasó del circuito college (universitario) directo a las multiventas, sin transar absolutamente nada. Y en plenos noventa, mientras las nuevas bandas imitaban su música y actitud, decidieron jugar un poco con la distorsión y la electrónica. En el camino perdieron un integrante, pero este año regresaron más fuertes que nunca. Su disco Accelerate es la síntesis de todas estas luchas. Con dramatismo y belleza, R.E.M. confirma por qué es la gran banda estadounidense de los últimos veinticinco años. A continuación, cuatro razones para no perderse los shows que brindarán en Santiago el próximo lunes 3 y martes 4 de noviembre.
R.E.M. PAVIMENTÓ EL CAMINO A LA “NACIÓN ALTERNATIVA”. Antes de caer en una clínica de rehabilitación, escaparse, apuntarse en la cabeza y convertirse en la última leyenda del rock, Kurt Cobain, líder de Nirvana, tenía algo claro. “Nuestro próximo disco sonará hermoso, etéreo y acústico. Como el último de R.E.M. Si pudiera componer al menos un par de temas tan buenos como ellos lo hacen… Dios, son lo máximo”, dijo a la grabadora de la revista Rolling Stone. Cobain se refería al Automatic for the People (1992). Obra que coronó una carrera iniciada con el explosivo single “Radio Free Europe” (1981) y que estalló con Green (1988) y Out of Time (1991), el mismo elepé que contenía “Losing My Religion” y la irónica “Shiny Happy People”. El disco elogiado por Cobain contenía toda la integridad musical posible en una obra de música pop. Himnos redentores (“Everybody Hurts”), actualizaciones de la música de raíz estadounidense (“Drive”, “Find the River”), pop de herencia sesentera (“Sweetness Follows”) y estribillos cautivantes en su simpleza (“Man on the Moon”). Era la marca de fábrica del grupo, que, contradictoriamente, logró escalar en los rankings, radios y canales de música. Su sonido, dramático y de raíz folk, rock y pop, permitió que el cerrado ambiente estadounidense se tornara receptivo a Nirvana, Pearl Jam y el resto de las bandas más “subterráneas”. Un antídoto contra música maqueteada como New Kids on the Block o de típica brutalidad americana tipo Guns N’Roses.
RESCATARON LA MÚSICA QUE NO ESCUCHAN TODOS. “No somos otra banda fiestera. No tocamos new wave. Y no tenemos nada que ver con B-52 ni ninguna otra banda de la ciudad”, decía un enfurecido y pelilargo Michael Stipe en octubre del 82. “No creo que estemos listos para los grandes auditorios. Estamos más concentrados en escribir canciones y ser la mejor banda en vivo”, declaraba en la misma entrevista el guitarrista Peter Buck.
¿Cómo llegarían a ser los más grandes de todos? En el rock, la historia también la hacen los ganadores. Elvis, Beatles, Led Zeppelin, Pink Floyd o Metallica. Sin embargo, también existe un “canon alternativo” que agruparía a bandas y solistas creativos e influyentes, pero que jamás obtuvieron el reconocimiento masivo.
Música que si se escuchara con atención, convertiría al rock en algo más que riffs básicos y de contracultura domesticada. Discos que sonaban todos los días, por ejemplo, en la disquería Wuxtry Records de Athens, Georgia. Allí trabajaba Peter Buck, quien se dedicaba a tocar la guitarra y atender a los clientes. Es fácil detectar a través del sonido R.E.M. la música que escuchaban junto a Michael Stipe, estudiante de fotografía y pintura. La cristalina mezcla de country/folk y rock de los Byrds, la suciedad y belleza de Velvet Underground, el power pop dramático y tierno de Big Star. También la fuerza renovadora del post-punk o su equivalente estadounidense con The Replacements o Husker Du. Un sonido que podía pasar de los estribillos pop a la alta velocidad del hardcore.
Los mismos álbumes que sonaron en una fiesta en 1980, cuando se conocieron con Bill Berry (baterista) y Mike Mills (bajista). Aunque digan que R.E.M. en realidad no significa nada, en neofisiología se conoce como “Rapid-eye-movement”, la fase profunda del dormir, cuando se producen los sueños. Con ese nombre se presentaron por primera vez en una iglesia de Athens, tras unos meses de ensayo. Inmediatamente a R.E.M. se le clasificó dentro del subestilo jangle, llamado así debido al jangling (rasgueo) de las guitarras, una música que sin renunciar a lo pop, no encajaba con los sintetizadores o el heavy metal radial.
MÚSICA PARA PERDEDORES. “R.E.M. tiene el don de captar el pulso de la generación. Una rápida revisión de algunos de los singles de sus últimos álbumes es capaz de deprimir a cualquiera. Pero la depresión no es existencialista a lo Pink Floyd ni necesariamente dark o politizada. Más que depresión, lo que Stipe siente -y transmite- es angustia, ansiedad, neura. No tiene nada claro, pero tampoco quiere seguir así. Está enojado, pero ni tanto. Más bien está asustado”, escribía Alberto Fuguet en 1991.
R.E.M. había pasado de secreto a voces a la masividad, gracias a canciones como “The One I Love” o la extraordinaria “It’s the End of the World As We Know It (And I Feel Fine). Ambas de Document (1987), su último disco para el sello independiente IRS.
A diferencia del egocentrismo de U2, la única banda que le hacía el peso, R.E.M. había optado por la muy personal mirada de Michael Stipe. Un tipo que había jugado a cantar sin que se entendiera muy bien lo que decía en discos como Recknoning (1984). Ahora había aprendido a sacar la voz y convertirse en la voz de los perdedores, los que no lograron ser lo que querían, los que no aprendieron a vivir en la sociedad post-capitalista.
“Nuestras canciones son para aquellos a los que nadie eligió para bailar en la fiesta de graduación. Los que tenían la cara con acné. Los que se quedaron al lado del parlante toda la noche y terminaron solos”, dijo alguna vez Michael Stipe. Luego vendría “Losing My Religion”, la respuesta a todas las bandas que sonaban como ellos en el ruidoso Monster (1994), el activismo político, la renuncia del baterista Bill Berry y los desesperados intentos por seguir adelante en Up (1998) o Reveal (2001).
EL IMPULSO ACCELERATE. “Lo hicimos al estilo antiguo. Reflexionamos entonces dónde nos encontramos culturalmente en 2008, y creo que hicimos un gran trabajo, encontrando las canciones, la actitud y el sentimiento adecuado”, señaló Michael Stipe en una reciente entrevista para “El Mercurio”. En efecto, mientras Around the Sun (2004) sonaba vacilante y, a ratos, como si parodiaran su propio estilo (escuchar “Leaving New York”, “Make It All Ok”), Accelerate (2008) se aleja de los guiños electrónicos y pianos afectados y elige la misma fórmula que usaron a mediados de los noventa: las guitarras y el impacto emocional en seco.
Desde la furia de “Living Well Is the Best Revenge”, pasando por el country/folk de “Houston” hasta las descarnadas modulaciones de Michael Stipe en “I’m Gonna D.J.”, Accelerate es un álbum perfecto para defender en vivo y que, de paso, captura estos años de crisis y confusiones.
El festival SUE
La versión 2008 , será el lunes 3 y martes 4 de noviembre en el Arena Movistar. R.E.M cerrará ambas noches. La primera incluirá además a los británicos Kaiser Chiefs y los estadounidenses Mars Volta. La segunda noche, actuará The Jesus and Mary Chain, banda escocesa celebre por mezclar altos niveles de ruido con un pegajoso pop heredero de los sesenta. Son una de las favoritas de R.E.M. Entradas de 11.000 a 55.000 pesos. Más información: www.sue.cl y www.rockandpop.cl (radio oficial). La discografía de R.E.M., se encuentra en en Chile bajo el sello Warner.
Jane Birkin actuará este sábado en el Teatro Oriente, pero ojo, que no se ha quedado en el pasado, y tras colaborar con gente como Beth Orton, Franz Ferdinand y Manu Chau está tan potenciada como con sus amigos mods que protagonizaron Blow Up, cinta que con su polémico desnudo, la llevó a la fama.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 13 de marzo 2008.
Paul Weller, lider de The Jam y héroe del pop inglés, decía que bastaba ver una foto de los Beatles para entender los ’60. Que la ropa, peinado y sobretodo actitud podían sintetizar perfectamente el espíritu de una época. Lo mismo podría aplicarse a Jane Birkin, cantante inglesa pero residente en Francia que se presenta el 15 de marzo a las 21:00 en el Teatro Oriente de Providencia.
Minifalda, flequillo “modette” y una mirada de estar sumergida para siempre en 1968. El “año eje” para la contracultura del siglo pasado, donde en París “mayo duró doce meses”, en Inglaterra se disfrutaba de la colorida explosión del “Swinging London” y en California se vivía el “Verano del amor”.
“Una revolución sociocultural” -define Birkin dede París y luego, como el juego de asociaciones que hacen los que vivieron fuerte una época, comienza a enumerar: “Minifaldas baratas, Michael Caine, Twiggy, los Rolling Stones, los Beatles… claro que sería genial tener una máquina del tiempo y volver allá”, responde entusiasmada.
La influencia Birkin. Desde Bryan Ferry a Dominique A, desde Manu Chau a Jarvis Cocker (quien tocará la misma noche), todos los músicos que han colaborado con ella en Rendez vous (2004) y Fictions (2006), saben que ella es un ícono, aunque ella no responde cuando se le pregunta por qué. Al parecer Birkin jamás ha dejado de estar “demodé”, tal como sus amigos londinenses de los ’60. Intensa, elegante y pop, sus últimos discos son una extensión de su mito.
Y que además, como si fuera un inmenso plus, los músicos más jóvenes como los mismos Franz Ferdinand la miran desde abajo, porque saben que estuvo más que cercana a Serge Gainsbourg, el renovador de la chanson. Basta verla, con su legendaria blusa transparente, caminando de la mano con Gainsbourg. O gimiendo en el hit del año siguiente: “Je t’aime, moi non plus”. Un bombazo de pop beat que por primera vez explicitaba el acto sexual en una canción. La primera versión fue grabada y censurada por la misma Brigitte Bardot, y ahí apareció Jane Birkin, quien ya se había hecho famosa por su topless en la película “Blow Up” (1966) de Antonioni, donde también aparecían The Yardbirds con el gran Jeff Beck rompiendo su guitarra a lo Townsend o a lo Hendrix.
-¿Sabía que el tema fue un suceso en Sudamérica? ¿Escuchó la versión que grabó el popular puertoriqueño Chayanne (Extasis, 1992)? -¡No lo sabía! Me gustaría escuchar esa versión. Hay más de cien versiones registradas, incluyendo dúos de chicas japonesas, hip-hop y especialmente la de André Bourvil y Jacqueline Maillán grabada 1970 (parodia de la canción) donde participamos Serge y yo también.
-¿Y valdría la pena construir una máquina del tiempo y retornar a los ’60 a la época del “Swinging London”? -¡Yo me apuntaría! Siento orgullo, tal como Serge, por los ’60. Creo que jamás me he ido de allí. Pienso en la revolución sociocultural que dejó, las minifaldas baratas, los muchachos “cockneys” (de los barrios bajos británicos) o las fotos de David Bailey (quien introdujo el término “Swinging London” y fue la inspiración del protagonista de “Blow Up”). También en que las guapas eran Jean Schrimpton y Twiggy, cuando la moda dejó de ser para las damas elegantes. Pienso en John Barry (compositor de bandas sonoras), Michael Caine, Terence Stamp, los Stones. Pero antes que todo, la alegría Beatle. Los ingleses de los ’60 eramos los “top of the world”. Por eso Antonioni eligió retratar esta ciudad en “Blow Up”, porque eramos “demodé”. Incluyendo el tocino que comíamos, ja ja.
-La canción popular actual ha perdido todas las grandes orquestaciones de los ’60. ¿Cree que hay que regresar a ello o es simplemente la evolución? -No debe regresar. Todo evoluciona simplemente. Integrar las tendencias celtas, romanescas, multiculturales y moverse a través de ellas. Por eso Internet y los nuevos sistemas de grabación son geniales. Todo el mundo graba sus propios discos. Eso es más interesante.
-¿Qué le parece el trabajo de su hija Charlotte? Últimamente la vimos encarnado a Sarah, la esposa de Bob Dylan en la película “I’m not there” (2007).
-Pienso que es lo más “verdadero” de la película. Ejemplar, justa, como siempre. Para mí es la actriz más “rara” de su tiempo. Desde los doce años se me hizo evidente. Su Jane Eyre (1996) de Zeffirelli, era un milagro de calma, y de emoción contenida que en 21 gramos (2003) se fue perfeccionado. La ciencia del sueño (2006) me parece genial. Yo no soy tan actriz como ella.
-En una entrevista reciente usted dice: “Gainsbourg, siempre estará conmigo”. ¿Cree que ustedes fueron la pareja que renovó la canción francesa? -Él sí y para siempre. Es una referencia constante y yo trato de manatenerla, aunque no es fácil. Si me llaman para un concierto en Sao Paulo, por ejemplo, es porque canté “Je t’aime” con él. Tengo mucho que agradecerle. Entonces, si estoy aquí es porque Serge está conmigo. ¡Y él lo sabía!
-¿Qué vamos a ver de usted esta en Chile? -¡Encuentro increíble que yo les pueda interesar! Haré todo, para que ustedes no salgan desilusionados. ¡Gracias por venir a verme!
Sexo Pop
Desde Elvis, las canciones que sonaban en la radio jamás aludieron al sexo. Pero con los gemidos de Jane Birkin, en este clásico compuesto por el gran Gainsbourg, pasamos de los dichos a los hechos. Ojo, que esta chica, ícono de los sesenta, nos visita el 15 de marzo.
“Si hubiera sexo de verdad, habríamos grabado un disco doble”. Así justificaba Serge Gainsbourg, el feo más deseado en la historia del pop, el revuelo provocado por los gemidos, textos explícitos y más gemidos de “Je t’aime… mai non plus” (1969).
Aunque fue popularizada junto a Jane Birkin (ver recuadro), la primera versión fue grabada un año antes, cuando el verano del amor, literalmente, acababa.
En un sudoroso estudio de sonido, Gainsbourg y Brigitte Bardot grababan el disco de pop sicodélico “Bonnie and Clyde”.
El compositor francés estaba obsesionado con grabar la “canción de amor definitiva” y convenció al símbolo sexual que gimiera simulando un orgasmo sostenido. El ritmo funk que marcaba la batería y órgano Hammond sólo hacía más accesible el intenso diálogo.
Ella dice que lo ama, él responde jugando con las palabras “yo tampoco”/”a más no poder”. Luego, se entregan a un jadeo que deja bien claro que la controvertida relación entre el amor sentimental de una mujer y el corporal de un hombre, reflejado en la letra, terminan en el mismo lugar.
La grabación incomodó a la Bardot, que al parecer sólo se dejó llevar, y solicitó no divulgarla. Es probable que fuese ante los comprensibles celos que provocaría en su marido, Gunter Sachs, millonario fotógrafo y amigo de Dali y Andy Warhol. También porque podría afectar su imagen, según ella.
La grabación recién se reeditó en los ochenta, hasta hacerse masiva en “Best of BB” (1996). Gainsbourg, enojado, encontró en Birkin, quien ya se había desnudado en “Blow Up”, de Antonioni, a la muchacha perfecta. En lugar de sonar experimentada como Bardot, Birkin delgada y de flequillo sonaba como una Lolita de Nabokov jugando a lo que aún no sabe.
“Je t’aime… mai non plus” se convirtió en un hito y motivo de debate tanto en El Vaticano como en la España franquista. Jamás una relación sexual había sido hecha single.
Después vinieron versiones lamentables como la de Chayanne con Natalie (Éxtasis, 1992), perversas (Brian Molko-Asia Argento, 2003) y curiosas (Cat Power-Karen Elson, para el tributo a Gainsbourg preparado por la revista “Inrockuptibles” el 2006). Lo importante es que desde acá el sexo y no sus insinuaciones se vuelve pop y aparece en las canciones que escuchamos en la radio.
MÓJATE LAS OREJAS. El sexo en las canciones pop puede entenderse como la biografía erótica del “público joven y adolescente”. Hoy cuesta imaginar que este lucrativo target surgió debido a la explosiva tasa de natalidad (baby boom) durante la Segunda Guerra Mundial y el posterior Estado de bienestar propicio para el consumo.
Antes pasabas de niño a adulto y ahora surgía esta etapa intermedia, donde sorpresivamente había tiempo para explorarse mutuamente en lugar de casarse y envejecer juntos. Tampoco existía la música pop como género. Elvis Presley y Cía. eran animales en celo civilizados por el baile; Los Beatles y Los Stones cristalizaban las contradicciones de cualquier aproximación, debatiéndose entre “tomar la mano” o “pasar la noche juntos”: “I wan’t to hold yout hand” y “Let’s spend the night together”, respectivamente.
“Je t’aime ” sería el puente hacia la locura de la música disco, donde el acto se explicita en los gemidos de Donna Summer, Barry White e incluso nuestras Frecuencia Mod con “Duele, duele”. Los brutales gemidos del controvertido clásico house “French Kiss” (1989), de Li’L Louis, eran sexo maquinal y con la protección que permiten las máquinas y las baterías programadas.
BIRKIN VIENE DE VUELTA. El show de Birkin (62 años) está programado para el 15 de marzo en el Teatro Oriente (Pedro de Valdivia Norte 099) a las 21:00 horas. Entradas entre $ 20.000 y $ 25.000. La chica, aparte de ser un ícono de los sesenta casi como Bob Dylan, ha generado el interés de gente como Manu Chau, Beth Gibbons (Portishead) o Bryan Ferry, que participaron en el álbum de duetos “Rendez-Vous” (2004).
En “Fictions” (2006), disco que vienen a presentar, aparte de las versiones de Tom Waits o Neil Young, siguen colaborando músicos como Johnny Marr (el extraordinario guitarrista de Los Smiths), Neil Hannon, de Divine Comedy, el compositor neoyorquino Rufus Wainwright y Dominique A, que también estuvo en Chile a principios de año.
En 1987 la banda más emblemática del pop inglés decidió separarse. Johnny Marr odiaba el divismo de Morrissey y éste declaraba ser más amado que admirado (“a diferencia de Eric Clapton”). The Smiths, la cara más visible de un movimiento que trató de resistir el oscurantismo de Margaret Tatcher a fuerza de buenas canciones, letras inteligentes …y el jangle de la guitarra.
Por J.C. Ramírez Figueroa
1. The Smiths terminaron casi a los balazos. Era 1987 y la banda cargaba con la contradicción de ser venerada por fans y ninguneada en el “mainstream”. Furiosos, titularon su compilatorio “The World Won´t Listen” (“El Mundo No Escucha”). Morrissey había dicho que la diferencia entre él y Eric Clapton es que a éste sólo podrían admirarlo, jamás amarlo como a él. Pero las deudas no se pagan con amor y Johnny Marr, el agudo y talentosísimo guitarrista -que trató de estúpido a Jimi Hendrix por morir de sobredosis y ahora gira con Modest Mouse- se enfrentó al vocalista. Estaba harto de su divismo, sus covers del pop más lastimero de los sesentas y sus múltiples manías de persona “asexuada” (fue celebre por declarar que era virgen) y “vegetariana”, (prohibía a la banda fotografiarse comiendo carne). Andy Rourke y Mike Joyce -bajo y batería, respectivamente- sólo miraban como moría, a los puños, la banda más emblemática del pop inglés de los ochentas.
Hacía apenas tres años que habían debutado con “The Smiths” logrando a) devolver las guitarras -y la “humanidad”- a una escena infectada de sintetizadores, (desde Michael Jackson hasta Van Halen pasando por la banda sonora de “Footlose” número uno ese año); b) letras sorprendentemente directas con titulos como “Girlfriend in a coma”, “Panic” o “Anoche soñé que alguien me amaba”; y c) una colección de canciones gloriosas y sensibles, pero que esquivan el lloriqueo o el lamento torpe, recuperando el rockabilly, el mejor glam de los setentas y el power pop, Mezclémoslo con el lirismo de “Mozz”, con un pie en el teatro y otro en el festival de Eurovisión y un discurso político antimonárquico (el mejor disco según la crítica se llamó “The Queen is Dead”) y tenemos una bomba.
Sin embargo, y para escándalo de los fans, The Smiths no son ningún milagro de la genética pop, sino la cara más visible de un enorme movimiento subterráneo desarrollado en la Inglaterra de Tatcher. Como señalaba el periodista/ensayista Simon Reynolds, en 1977 los Sex Pistols con sus escándalos y singles asegurando el “No future”, apenas eran una parodia del punk: terminarían potenciando la maquinaria industrial del pop en lugar de destruirla.
Lo interesante estaba en el naciente post-punk, el sello Factory, los diseños de Peter Saville que emulaban irónicamente el progreso industrial, en Joy Division, Gang of Four, entre los obreros y estudiantes de arte que formaban bandas.
De allí vienen The Smiths. Por algo son capaces de rechazar ofertas de 75 millones de dólares por reunirse. Es un asunto de honor. O tal vez, simplemente sigan sin soportarse.
Pensar que dejaron de hablarse hace 20 años.
2. “Para la vanguardia postpunk, el punk había fracasado porque había intentado destronar a la Vieja Ola del rock usando música convencional (rock´n´roll de los ´50, garage punk, mod) que precedían a las megabandas dinosaurio como Led Zeppelin y Pink Floyd. Los postpunks se decidieron a avanzar, sostenidos en la creencia de que “los contenidos radicales requieren de formas radicales” -escribe Reynolds.
Y lo radical a fines de los setentas no era acelerar el viejo rock and roll de Chuck Berry. Era abrirse a la música jamaicana, el funk, disco, jazz y la electronica alemana. Del “experimento” aparecieron bandas fallidas, es verdad, como The Durutti Column, pero la actitud produciría una revolución (incompleta).
Los bajistas aprendieron los tics del roots reggae, los bateros invertían los patrones ritmicos usando el “tomb”, los guitarristas economizaron los efectos y los letristas dejaron de copiar a Dylan, rescatando a Huxley, Duchamp, o Phillip K. Dick. Inevitablemente, el “armado” de las canciones se divorciaría del rock progresivo y del punk supuestamente revolucionario. El sonido tuvo su auge comercial en la “New Wave”, que metía en un mismo saco a Duran Duran y R.E.M. Pero que también ya tenía su ruta independiente, una que increíblemente juntó este post-punk con el rock tradicional podía acabarse, vía cancion pop.
El semanario New Musical Express quiso sacar a la luz, tal como lo hizo en 1981 a todas estas bandas de pop sensible y letras políticas que pertenecían a la misma escena de los Smiths. Una escena conocida como “Jangle”, debido al frenético “jangling” (rasgueo) que hacían a las guitarras y la fuerte influencia del The Byrds, The Who, Kinks, Velvet Underground y el “A Hard Day´s Night” de los Beatles. El cassette, distribuído por correo, se conoció como C-86 (recordemos que los viejos cassettes de grabación se llamaban c-30, c-60 o c-90).
Escucharlo ahora aun sorprende. Todas las cualidades de los Smiths emergen también en bandas que jamás sonaron en las radios: The Bodines, Mighty Mighty, The Weeding Present, McCarthy. En el cassette también estaba el debut de Primal Scream y algunas bandas de punk “cubista” y caótico. Lo notable era que capturaba una escena “indie” –potenciada por sellos como Rough Trade y otros mas pequeños aun como Sarah Records- que a diferencia del modelo estadounidense no esperaba que viniera un gran sello a darle distribución mundial. Acá -y esto es lo importante de la compilación- se recoge una escena que autogestionaba sus recitales, sacaban singles, editaban fanzines y los músicos armaban otros sellos y teminaban la carrera en la universidad, al mismo tiempo.
Como estas bandas no tenían nada que defender (ni sello, ni relaciones con los medios, ni promoción radial) se arriesgaron a hacer contracultura y cuestionar las instituciones con melodías y coros pegajosos. Incluso los Smiths se bautizaron asi porque era el apellido más común y vulgar que existía. “El nombre del grupo no significa nada, simplemente cumple con su propósito. Creo que es muy importante no ser definido dentro de categoría alguna. Una vez que te defines, te limitas y eso musicalmente me aterra.”
Mientras, la Tatcher –“dama de hierro”- estaba en el poder y la vida no era muy amable para los obreros e inmigrantes en la isla. Así los McCarthy –vaya nombre- tenían canciones con titulos como “And Tomorrow the Stock Exchange Will Be The Human Race” (“y mañana se transará en la bolsa la raza humana”) o “We are all bourgeois now (“somos todos burgueses ahora”). Uno de sus integrantes sostenía que la política explicaba mejor al ser humano y el mundo que la psicología.
3. Cuando los Smiths se separaron –y su banda “hermana” The Housemartins abrazaba el gospel político- la escena independiente inglesa estaba muy desarrollada. Así Clare Wad y Matt Haynes decidieron rastrar lo mejor del pop sensible/político de Bristol y alrededores y publicarlos en su sello Sarah Records. Tal como en Factory en este sello un disco era tan importante como un fanzine, siendo enumerado como tal. Por ejemplo, el Sarah 004 coresponde a un fanzine y luego el Sarah 005 a un single. El plan era editar solo 99 obras en un formato accequible, con fotos de la ciudad y con la conocida ética “hazlo tu mismo”.
Escuchar las bandas –algunas jamás reeditadas- es sumergirse en la historia no oficial del pop. Aquella que incluso escapa al canon de la “alternatividad” ochentera impuesta por Pixies y Sonic Youth. Acá hay alta sensibilidad, guitarras de rasgueos imposibles y atmósferas que te dejan con un nudo en la garganta, por muy duro que seas. Bandas como Another Sunny Day, Heavenly –pioneras del rock de chicas furiosas con flequillo, Field Mice, Sea Urchins o el compositor estadounidense East River Pipe suenan impresionantes.
Esa fue la herencia de los Smiths, tal como dice la canción con la que Morrissey cierra sus conciertos, “una luz que nunca se apaga”. En plena época britpop, Gene con su disco Olympian nos dio una clase rápida de por qué esta banda es fundamental, luego vino Internet y aparecieron Luxure –los Smiths italianos-, My Favorite, The Sterns y un millar de herederos repartidos por el mundo, aunque, por supuesto, jamás logrando los aplausos del mainstream. Sólo bandas como Travis –que vienen a Chile en noviembre- conservan cierta ética y tics que hicieron queribles a los cradores de “Panic”. Por ejemplo su vocalista Frank Healy ha señalado que por decisión propia no quisieron marketearse, ni cambiar de look ni hacer “farándula”, aunque el precio fue alto: Coldplay –que habían partido casi paralelo- obtuvo fama planetaria.
4. Para los Smiths la individualidad –sobretodo si es torturada- era la forma más exquisita de lucha política. Y Morrissey –quien aseguraba tener “la adolescencia más deprimente de la historia de la humanidad”- supo sacarle partido hasta la saciedad. En realidad, él mismo se sacó partido, creando un personaje a veces insoportable. Marr, el guitarrista no ha sido menos y en las entrevistas se muestra descreído y algo resentido con su pasado. Secretamente no puede entender por qué su compañero de banda es tan adorado.
Pero esa tensión fue la gracia de los Smiths. El rockismo de Marr –fan de los Byrds y George Harrison- y el dramatismo de Morrissey. Es en sus letras –y jamás sabremos si fue calculado o espontáneo- donde parece como si alguien las hubiese escrita para uno. Ni siquiera la banda más heroica de metal podía decir: “black is how i feel on the inside that`s why i wear it on the outside” (“me siento negro adentro, por eso me visto negro afuera”).
No por casualidad una banda emo decide bautizarse como “Panic at the disco!” en honor a Panic, donde el protagonista mandaba a colgar al dejota porque las canciones que ponía no tenían nada que ver con su visa. Sin embargo los Smiths tienen cierta perversidad –en las fotos blanco y negro de sus portadas, en la ambigüedad de las letras— la belleza sublime en los arreglos, notas y fraseos que lo elevan a años luz de estas bandas de punk emocional.
5. Hace 20 años que no existen. Sólo Morrissey ha lucrado con el recuerdo de la banda –aunque ahora se pasea por Roma o Mexico o California feliz de la vida y eso genere sospechas en sus fans- y ni eso, porque sus irregulares discos solistas se sostienen por si solos. Es mejor decir que la banda ha sido tan elegante que incluso han reinventando el “no” a las peticiones de reunión. “El dinero no es todo” dijo Morrissey quien consideró tonto volver a hablarse con gente que dejó de ver hace todo ese tiempo (e incluso lo enjuiciaran). La influencia está viva básicamente por internet, en las bandas perdidas y las bandas nuevas que las redescubren, en los homenajes al c-86, en las guitarras jangle de los años de gloria del indie inglés. Pero investigando, se puede reconstruir fácilmente la época en que el pop rockeó como nunca.
Tom Waits está vivo y pasó por Buenos Aires, en el marco del reciente festival de cine independiente. Habló de películas y canciones, respondió preguntas y claro, aporreó el piano ante un auditorio en pleno orgasmo. Después fue a ver a jóvenes tangueros, un partido de futbol y una secreta inspección de locales porteños donde tocar.
BARRERAS PAPALES en plena Avenida Corrientes. Es sábado por la noche, hace demasiado calor y los transeuntes abandonan su rutina de cafés-librerías-teatro para contemplar a la multitud apretujada frente al Teatro Presidente Alvear. Hay guardias y una pantalla gigante también. “Venite pronto, che. Tom Waits dará una conferencia y dicen que también va a tocar!. Pero no nos dejan entrar sin invitación, la puta que los parió” grita un flaco de barba por su celular.
Suspenso. Una van se estaciona. Se abren las barreras y ante la incredulidad de los fans -que hasta levantan carteles ofreciendo dinero para conseguir la puta invitación- el mismísmo Waits se baja, levanta la mano derecha y saluda amablemente, sin quitarse su mítico sombrero. Saltan los celulares y cámaras digitales.
Es que su llegada a esta clase magistral organizada por el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires debía ser inmortalizada. Sobretodo, sabiendo que el músico es famoso por no dar entrevistas ni salir de giras “prefiero pasármela en la casa con mi esposa”. Después de todo tiene 59 y hace rato que abandonó la mala vida.
Adentro se encienden las luces (sorpresa! hay un piano!). Afuera, todos los ojos son para las pantalla gigante. Los periodistas encargados de conducir la entrevista lo saludan. Y él les dice a un auditorio ya entregado: “Hola!”. Gritos. Aplausos. Silencio.
PAPÁ DE LEJOS. Antes -aunque cueste creerlo- nadie queria a Tom Waits. Ni siquiera él mismo. Ya a los 18 era un viejo que daba tumbos por Los Angeles, con una petaca de whisky y su voz de monstruo, buscando cualquier antro abierto y equipado con piano. Eran los sesentas y como fugado de una novela de Bukowsky, trazaba un plan para completar el puzzle dejado por el padre ausente -abandonó su hogar hacía siete años- precisamente siendo como él.
“Mi padre era pura Rebeldía por partida doble”, confesaría el músico a la revista Mojo el 2004, recordando a este cantante y viejo bohemio llamado Jessie Frank, en honor a los bandidos Jessie y Frank James. ÉL le enseñó en guitarra las canciones de Woodie Guthrie, Harry Belafonte y corridos mexicanos. En los restaurants, cada vez que cruzaban la frontera, papá Waits pedía a los mariachis que por favor fueran a cantar a la mesa. Al final, la familia regresaba al hotel, mientras Jessie seguía cantando con ellos, regresando con los pajaritos, después de dormir en las colinas, mirando las luces de la ciudad y tomando tequila.
Entonces, el adolescente Tom convirtió a Louis Armstrong, Nat King Cole o Howlin`Wolf en sus figuras paternas. Los Beatles, que estaban en plena efervecencia, pasaron de largo. Su único contacto con la “contracultura” fue al dispararle casualmente a un amigo mientras practicaban puntería. En el hospital fue a visitarlo un primo hippie e intrigado, decidió partir a la cercana San Francisco, cuna del “verano del amor”. Terminó más interesado en la célebre librería City Lights y los cafés que en los recitales de Jefferson Airplane. Tom Waits ya era el vivo retrato de su padre.
Pero algun error habrá cometido en su destilada búsqueda paterna que, tras canciones, borracheras, vagundeo y la edición de “Closing Time” (1973) su sorprendente debut, fue adoptado por Frank Zappa para telonear sus shows. Y ahora lo cuenta entusiasmado entusiasmado dejando las bromillas al enciclopedismo de los entrevistadores -mientras le tiran datos duros él respondía “eh, si” o “eh, no”- y entregándose él a su público que le seguía la corriente.
ÉCHALE LA CULPA A FRANK ZAPPA.“Era una experiencia religiosa. Como si me tiraran a los leones. La primera noche inventaron un cantito para pifearme diciéndome que era malísimo. Creo que Zappa me estaba usando como termómetro rectal, claro que no en el sentido literal, jaja, sino para medir la temperatura del público, gente muy melómana. Cuando terminaba él me preguntaba “hey, Tom, como está la gente hoy”. Era una situación tristísima, pero pensaba: el show bussines es así y estoy pagando el piso. Así desarrollé un gran sentido del humor”- dice moviendo las manos.
Envalentonado por la experiencia, siguió dándole al trago y a la redacción cancionera. Sus ambientes aguardentosos, donde se desenvuelven texturas swingeras y blues, vientos, pianos maltratados, espesos riffs e historias degeneradas fueron un impacto al corazón de la industria de la cultura. Porque para entender a Waits no puedes poner sus discos mientras haces el aseo o comes con amigos: debes ensimismarte. Y como esto es casi un antónimo de la música pop, hasta el día de hoy Waits es acusado de sobrevalorado. O de todo lo contrario. Pero esto no es el planeta Arctic Monkey, esta banda británica que te ofrecen con la excusa de “haber tenido el disco de debut más vendido de la historia. Afortunadamente.
“A todos nos gustan las canciones” -dice, con esa voz que tiene- “Lo importante es que a ellas les gustes tú. Por eso debes coquetearles, hacerte el interesante, para que se queden contigo. Pero es un lío mantenerte atractivo todo el tiempo para que no nos abandonen. Hay que seducirlas, pero no sé si lo he aprendido, a pesar de los años. Uno no debería tenerse tanta confianza”.
MÚSICA PARA LOS OJOS. Waits dice que aunque le guste mucho trabajar en cine no se considera actor y reconoce que “las películas son caras y difíciles de hacer”. Fue camarero en “La Ley de la Calle” de Coppola, colaboró con Godard, estuvo en “Vidas Cruzadas” del finado Altman, se hizo amigo de Roberto “La Vida es Bella” Benigni y Jim Jarmush. ¿Cómo olvidarlo filosofando con Iggy Pop en “Coffe & Cigarrettes”?
“Si no te gusta tanto tu papel, pero aceptas trabajar igual, te aseguro que a la mitad de la grabación ya te quieres matar. Es como una relación de pareja: algo infernal puede salir en el camino. Hubo películas en que me dije: No puedo decir esta frase. No es graciosa. Y no va a ser graciosa porque yo lo diga”.
Su fuerte, claro, son las canciones para bandas sonoras: “One From The Heart” (del mismo Francis Ford), “Una noche en la tierra”, “Fight Club”, “12 Monos”, “La Tormenta Perfecta”, “Shrek 2″. Siempre con el inconfundible swing de sus manos sobre el piano. Mientras, paralelamente sacaba discazos como “Rain Dogs” (1985), “Bone Machine” (1992) o “Real Gone” (2004). “A veces quieren que mejores y salves una película con una canción. Y eso no se puede. Aunque a veces una canción puede iluminar un filme, pero no sé las leyes para lograr ese efecto”.
WAITS PORTEÑO. Fueron las profundidades de los ochentas -entre la cirrosis, los amigos y los proyectos cinematográficos- el peaje donde finalmente Waits se convirtió en hombre. En esos años abandonó el alcohol -que jamás interrumpió su actividad compositiva-, reconoció que también le gustaban los Rolling Stones y formó una familia.”Mi hijo es el baterista de mi banda y se queja que le pago poco”, confesó.
De su padre quedó el amor por la tradición músical estadounidense y la voz -”Desde niño que usaba bastón y trataba de hablar ronco como los adultos”. Pero el camino que trazó en su adolescencia al piano de clubs de mala muerte californianos ya es otro.
Por eso ahora ahora lo vemos con cara de enojado -Bob Dylan es un viejito gagá al lado de él- , impecablemente vestido -los Strokes y Franz Ferdinand quedan en ridículo-, arriesgandose a grabar discos triples para el pequeño sello independiente Anti, como si volviera a tener 17 y cerrando la Master Class -que al final se convirtió en un emocionante monólogo con preguntas- aporreando el piano para tocar “You Can Never Hold Back Springs” y “Tom Trambeurt`s Blues”
Después del show, antes que el público -con gusto a poco, obviamente- recuperara la respiración tomó la van y se fue a cenar con el medíatico gobernador de la ciudad Jorge Telerman, alguien dateó a Waits para ver a la Orquesta Típica Fernandez Fierro unos jovenes tangueros con look rocker que estuvieron recientemente en Chile. El domingo partió a Liniers a ver el partido Vélez/Boca
Lo que nadie supo fue sobre su tour un tour secreto por los teatros porteños como El Gran Rex buscando un local donde hacer algun show, emocionado por la devoción argentina. El Luna Park le pareció horrible.
“Uno hace las canciones cuando ellas desean que lo hagas. ¿Desaprovecharás el momento? Si lo haces, al final te enojas mucho, porque después termina escribiendolas Bruce Springsteen. No me pasó, pero nadie está libre”
PARA ESCUCHAR A TOM WAITS.
Closing Time. 1973.
Su debut. El equivalente a una larga noche en una taberna, atendida por un Waits pianista, rudo y confidente. Sorprende su voz ronquísima que con el tiempo iría volviéndose prácticamente death metal (pero con neuronas). Jazz, Rithlim and blues y una canción que fue versionada por Tim Buckley ese mismo año: “Martha”.
Small Change. 1976.
Disco que potenciado por su evolución poética que fue muy popular en pleno advenimiento punk. “Step Right Out” o el mismo “Tom Traubert Blues”. Piano, bohemia y sobria ebriedad. Mucho piano y saxofón para ambientes sórdidos.
Rain Dogs. 1985.
Una tapa que cruza perfecto el London Calling con cualquiera de los Smiths. Y como el mensaje se vuelve más poderoso con los contrastes, acá no hay nada de punk ni de jangle londinense. Acá hay rock primal, con instrumentos como el trombón, la marimba y el banjo, pero con unas guitarras espesas tapándolo todo en función de canciones como el hit “Downtown Rain” o “Big Black Mariah” con su adorado Keith Richards en guitarras.
Bone Machine. 1992.
Un disco bruto que jamás será un hit, pero como bien señalaba la revista Mojo: “marca un punto aparte en su carrera”. Rock and roll de ultratumba, voces que asustan y pulsiones africanas. El ADN del sonido negro, reactualizado en un disco/juego que al parecer dejó muy contento a su autor y a nosotros nos sirve para disfrutarlo y sobretodo conocer los límites creativos del viejo Waits.
Orphans. 2007.
Su último e impresionante disco triple. “Orphans: Brawlers, Bawlers And Bastards” (“Huérfanos: Alborotadores, Gritones y Bastardos” ¿un guiño a las novelas de Soriano?) Una eléctrica y poderosa colección de versiones de rockabilly, country, blues y folk (eso que llaman “Americana”), tan buena como manejar un cadillac por las míticas carreteras yanquis con un grupo de forajidos. Es cosa de escuchar “The Return of Jackie and Lucy” o “Low Down” (con ese sonido de guitarras al máximo y baterías machacantes pero en un estudio de los años cincuentas) para caer rendidos ante este viaje a la semilla.
CONOCERLO ES AMARLO SIETE COSAS QUE HAY QUE SABER DE TOM WAITS.
7. A pesar de ser amigos con el cineasta Jim Jarmush estuvieron a punto de irse a los golpes. Según Waits, Jarmush estaba poniendo demasiado de su cosecha y la obra en rigor era un clip promocional “Me dijo: ‘Mira, no es tu película. Es una promo para mi canción’ (…) Recuerdo que lo encerré fuera, en el párking, y él aporreaba la puerta y gritaba ‘Jim! Voy a encolarte la cabeza a la pared!’ No pegó mi cabeza en la pared. Pero es verdad que en realidad los videoclips no son películas mías, son películas para una canción. Hace mucho que aprendí esto”.
6. Colaboró Junto al escritor William Burroughs colaboraron en una obra musical (“operística humorística”)The Black Rider. “Hablaba todo el tiempo de reptiles, armas e insectos. Si le conversabas de eso, le caías bien”, dijo Waits.
5. Keith Richards participó en la sesiones de Rain Dogs, aunque Waits se confesó incapaz de seguirle su ritmo tóxico. A propósito de las declaraciones del Stone, diciendo que jaló las cenizas de su padre, Waits dice “Bueno, no puedo opinar de eso. Total, eran las cenizas de “su” padre, no del mío”.
4. Los Ramones versionaron “I don’t wanna grow up” como último single en 1995. Waits les devuelve la mano y grabó en su último álbum “The return of Jackie and Judy”.
3.”¿Que pasará arriba”? le preguntó Waits a Martin Perez (editor de Radar de Pagina 12 y uno de los engargados de conducir la entrevista). “Este teatro está lleno de gente que no sabe inglés. pero sabe las letras de todas tus canciones, lo que sea que hagas va a estar bien”, le respondió, pero el músico no se convencía. “Me sorprendió lo nervioso que estaba, al punto que necesitó usarnos a nosotros, los que lo entrevistamos para tranquilizarse” -confidencia Martin- “Como artista, es un sobreviviente de las guerras de los setentas, el que más se dedicó al alcohol. Y realmente es uno de los mejores letristas desde Johnny Mercer, algo que nadie podría negar después de escuchar Orphans, el disco triple de baladas que recién editó”.
2. Joaquin Sabina: “Yo quería ser como Tom Waits, sabiendo que si hubiese nacido en España jamás hubiese encontrado disquera. Waits también es rock and roll”
1. Medio en broma, medio en serio Waits señaló: “Buenos Aires me facina. Estuve en el cementerio, una tienda de mascotas y un conscesionario de autos”.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 11 de marzo 2007.
FUE EN MAYO DE 2003 que el gruñón de Roger Waters incomodó a un adolescente periodista alemán, que estaba más interesado en preguntarle sobre política y bares underground, que de conmemorar los treinta años del Dark Side of the Moon y su remasterizada edición surround 5.1. El disco de los cuarenta millones de copias vendidas y los catorce años en la -¿influyente?- revista Billboard , que el músico inglés presentará el próximo miércoles en el Estadio Nacional. “Jamás nos tomamos la calle. La sociedad era tan cuadrada como ahora. Después de cumplir sus horarios de trabajo venían a desmadrarse a los recitales. Si encuentras ese ‘Londres vibrante’, avísame, porque para mí jamás existió”, le respondió al desprevenido joven.
Waters parecía haber olvidado la imagen de Syd Barret frente al micrófono, empuñando la guitarra y mirando el techo, en la Navidad de 1966. Pink Floyd inauguraba el UFO Club, situado en el subterráneo de un cine londinense, frente al célebre teatro Dominion: Barret murmuró la palabra “ignición” e inmediatamente se lanzó con el riff de Interestelar overdrive, mientras, entre luces y diapositivas de colores, la banda subía el volumen, despegando con público y todo, lo más lejos que sus perversas melodías bluseras, ambientes interplanetarios e impecables trajes mods los podían llevar. Al final de ese concierto, la EMI les extendió un contrato para grabar su debut en los estudios Abbey Road, lugar donde se encontrarían con unos bigotudos Beatles, que trabajaban en las históricas sesiones del Sgt. Pepper`s Lonely Hearts Club Band; disco inigualable, con sus orquestas sinfónicas, cintas unidas al azar pasadas al revés y silbatos para perros en 15KHz de frecuencia, puestos por Lennon a última hora, sólo para ocupar un surco vacío de un disco que debía escucharse completo. Ellos, ya dos años antes, con Rubber Soul, habían renunciado a fabricar colecciones de singles, asumiento el formato larga duración como una aventura “autoral” total, donde todo es importante, desde el filtro de la fotografía en la portada hasta el sonido que eran capaces de lograr en el estudio.
Barret tomó nota y compuso The Piper at the Gates of Dawn (editado exactamente hace cuarenta años). Un disco áspero y sofisticado, repleto de referencias al espacio e improvisaciones sobre densos riffs. Con un éxito moderado, el disco creció con los años hasta transformarse en un significativo testimonio del año 1967; de cuando los discos de rock and roll se convirtieron en obras de arte. A meses del lanzamiento, Waters se disculpaba ante la Melody Maker por “no sonar tan bien como quisiéramos”, aunque remarcaba su confianza en “el gran talento como músico y letrista de Syd Barret”. Pero años después, más en confianza, confesaba ante unos espantados periodistas que esa música le parecía un caos y que jamás le gustó la banda hasta que él tomó el control, comprometiéndola con sus traumas en lugar de la original locura espacial.
CUANDO TODOS LOS DISCOS ERAN BUENOS. Mick Jagger, autocensurándose en el show de Ed Sullivan para poder presentar Let`s Spend the Night Together (cantaba Let`s Spend Some Time Together), que abría la edición estadounidense del melancólico y rotundo “Between the Buttons”. Los Beatles sonriendo con sus trajes señoriales a los asistentes del lanzamiento del Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band (para muchos el mejor álbum de todos los tiempos). Jimi Hendrix aprendiendo este último de memoria y tocando el tema homónimo en un festival de Londres, y luego en el Monterrey Pop Festival, donde deja a Eric Clapton en ridículo y eleva la apuesta destructora de Pete Townshend (The Who) -quien ya tenía en mente su ópera rock/show de radio, The Who Sell Out-, en el mismo festival donde se presentó la sorprendente Janis Joplin. Jim Morrison escandalizando con su psicodrama en el Whisky A Go Go, mostrando los temas de su extraordinario primer disco con The Doors. Los neoyorquinos de Velvet Underground polarizando belleza y sordidez en The Velvet Underground and Nico. Brian Wilson tratando de superar el Pet Sounds con el misterioso , fallido y finalmente rescatado Smiley Smile. Love descubriendo el pop de cámara y sus arreglos de cuerda o corno francés en Forever Changes. Rolling Stones nuevamente, respondiéndoles a los Beatles en el incomprendido y psicodélico Their Satanic Majesties Request. The Kinks asumiéndose como cronistas sociales en Something Else.
¿Hubo otro año en que se corriera tanto a las disquerías sin jamás sentirse estafado?
No fue la contracultura hippie ni el LSD -un factor contextual, más que el inductor definitivo de la creatividad-. Tampoco Vietnam, la Guerra Fría o el movimiento estudiantil. Menos, esa idealización boba del rock como “vehículo de la rebeldía y transgresión”. La extraordinaria producción discográfica de 1967 se explica primero, por la lógica (aunque aceleradísima) evolución del rock and roll. Segundo, por una competencia entre los artistas ya no por encabezar el hit parade, sino por grabar el disco más genial. Tercero, porque la industria permitía y estaba abierta al riesgo y la creatividad. Las bandas empezaron a desentrañar partituras de Bach, acordes de bossanova, canciones medievales, efectos de sonido o ritmos latinos. Las letras -desde Strawberry Fields Forever a White Rabbit- retornaban a la niñez como una burbuja más o menos cínica de la realidad. Eso hasta que la música explotó con la violencia social del año siguiente y se inventó la rentable mitología del rock de estadios, con sus promotores, giras y prensa asociada, mandando todo al carajo.
VOLVER AL FUTURO. Ahora nadie corre a las disquerías. Ni siquiera se bajan completos los álbumes. Volvimos a la era pre-Rubber Soul, salvo que los singles se llaman mp3 y se almacenan en un pendrive o un iPod. La industria se cerró, descafeinando la embestida punk los setentas, cuando John Lydon de los Sex Pistols se paseaba con una polera que decía “Yo odio a Pink Floyd”. Asimismo sucedió con la new wave ochentera y la moral alternativa/college de los noventas. La industria pauteó cada disco-megabanda-que-prometió-salvar-el-rock-and roll como U2, Oasis, The Strokes, Franz Ferdinand o incluso Coldplay, volviéndolo un “producto” predecible donde se adivina en cada “corte” el insano esfuerzo por agradar a todos sin arriesgar absolutamente nada.
Tal vez el Ok Computer de Radiohead y específicamente su single Paranoid Android fue un canto de cisne al espíritu del ’67. Muchos compararon la banda de Thom Yorke con Pink Floyd, obviando que los primeros lograron posicionar en los medios una canción larga, irresistible y que no se parecía a nada, mientras los dos mayores éxitos de Pink Floyd bajo la administración Waters fueron una balada acústica (Wish You Where Here) y una canción-disco (The Wall).
Roger Waters aseguró recientemente tener nuevas canciones, pero que aún no es el momento de mostrárselas a la humanidad. Por eso prefiere eternizar Dark Side of the Moon y los grandes éxitos de “su” banda. Cuando Syd Barret comenzó con los indicios de locura, Waters tomó las riendas del asunto y aterrizó a Pink Floyd, transformándolo en un espectáculo que dejó a todo el mundo con la boca abierta. Pero ya estaba lejos de aquel año 67, en que escoltaba a Barret, como en la imagen que encabeza este artículo. Ahora era él el protagonista, aunque insistiera en negarlo. Protagonista del “Londres vibrante”, que nos había regalado tantas satisfacciones estéticas y discográficas.
Años más tarde Waters diría que la banda fue un caos, hasta que el tomó las riendas, tras la partida de Syd Barret (elc ompositor de la obra) y la condujo al lado oscuro de la luna.
1967. 3 DISCOS
The Velvet Underground – The Velvet Underground and Nico.
Ruido, literatura, esmog, resaca y belleza. Y la portada de Warhol.
The Kinks – Something Else byThe Kinks.
El rock como forma de reportaje.
The Jimi Hendrix Experience – Are You Experienced?
“Jamás en la historia de la humanidad se había escuchado algo así”, sentenció Sting.
Oscuro, literario y rockero, Nacho Vegas transita por la misma senda de Nick Cave y Bob Dylan, pero en nuestro idioma. Ahora prepara su desembarco como solista y con un proyecto paralelo junto al ex Héroes del Silencio Enrique Bunbury. A fin de año viene a Argentina y tal vez inyecte su veneno en Santiago. Esta es su primera entrevista para Chile.
Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 19 de noviembre 2006.
Detrás de un cristal, cuatro putas invitan al extranjero a entrar mientras bailan un transpirado vals. Un padre no puede evitar mirar la mancha oscura que dejó su hijo Simón en el colchón después de suicidarse. Ante el juez, Ramona dice que mató a un hombre por culpa del calor y la humedad, y además porque esta vida iba a ser otra y algo salió mal. En el Bar La Sed Mortal, un borracho comienza a pedir perdón por todas las cosas y un payaso le cuenta que hasta los perros se ponen tristes después de eyacular.
Nacho Vegas (31 años, Gijón) escribe canciones que no sólo se escuchan, sino que también se leen. Y si una buena canción es aquella que te obliga a dejar cualquier cosa que estabas haciendo, el compositor español da en el blanco. Pedazos de un hombre/espejo roto que duele y muchas veces corta, desde “Actos inexplicables” (2001) y “Cajas de música difíciles de parar” (2003) hasta los simultáneos “Desaparezca aquí” (Limbo Starr) y “El tiempo de las cerezas” (Emi) –álbum doble junto al ex Héroes del Silencio Enrique Bunbury–, este flaco se ha convertido en el secreto mejor guardado del rock ibérico.
Aunque –tras sus constantes apariciones como artista o disco del año en la revista “Rockdelux”, el lanzamiento continental del disco con Bunbury y la bendición del YouTube de Internet– no es difícil encontrarlo, con sus gafas oscuras y su chaqueta de terno, caminando la senda de Nick Drake, Leonard Cohen o Nick Cave.
LOS CUATRO PASOS. Lo primero fue escuchar a Morrissey. “Era sensibilidad, ambigüedad sexual, provocación, belleza… todo. ¿Qué más se le puede dar a un adolescente desencantado con el mundo y hambriento de mitos a los que aferrarse?”, escribió el propio Vegas en un fanzine español dedicado al cine.
Luego, aprendió guitarra –inspirado en Sonic Youth– y formó bandas como Eliminator Jr. y Manta Ray. Después se encerró a leer y empezó a escribir letras en castellano. “Uno de los defectos de mi generación es abusar del inglés que oculta carencias y pone una frontera entre tú y lo que quieres decir”, manifiesta. Finalmente decide cantar en solitario.
Esos fueron los cuatro pasos de Nacho para convertirse en Nacho Vegas. Un compositor que ha sido saludado por “Página 12”, “Rolling Stone” e “Inrockuptibles”, y que ya inició el desembarco en nuestro continente con su sello Limbo Starr. El primer puerto es Argentina.
“El rock tiene una urgencia particular que lo hace muy excitante, especialmente cuando eres joven. La poesía es más sintética. El peligro es que puedes escuchar música lavándote los dientes, adoptando un papel pasivo, mientras que un libro siempre es activo. Los discos que más disfrutas también son activos”, explica Vegas al teléfono desde Gijón.
Y en su música, que alterna la electricidad despiadada y una perversa calma acústica, se detecta fácil un ADN de bibliotecas y rock. Pero, además, Nacho Vegas se salta el recurso del estribillo tarareable para caer en una zona del alma del oyente a la que pocos saben llegar. Historias de culpa, drogas, insomnio, muerte y amor condensadas en personajes miserables y atrapados por el destino como en los grandes dramas griegos.
“Unamuno decía que la gente prefiere el infierno a la nada. Lo único bueno del sufrimiento es que te hace sentir vivo. Y una de las cosas que más luces arroja sobre la naturaleza humana son los dilemas morales, el enfrentamiento con uno mismo”, dice soltando una bocanada de humo al auricular.
Aunque reconoce que hay un sentido del humor implícito en sus textos, se percibe un exquisito cinismo de cantautor a negarse a explicar lo que las canciones evidencian. “Es necesario llegar a un punto donde se crea una distancia entre la canción y el autor, trascender el puro relato autobiográfico. Las canciones sirven para cuestionarse a uno mismo y lo que te rodea, y uno puede intentar reconocer sus errores sin dramatizar todo. La tentación, cuando utilizas la primera persona, es caer en el ombliguismo”, explica.
Vegas estaría tocando a fin de año en Ciudad de México, iniciando su plan de promoción junto a Bunbury –del cual ya se desprende el single “Días extraños”, con aires a canción de carretera y al “Everybody’s talking” de Harry Nilsson– y además aprovechará de visitar Buenos Aires en plan solista, aunque no se descarta un showcase en Santiago de Chile.
“Yo creo que las canciones salen del desorden, de los sentimientos confusos y encontrados, un caos que escapa de la lógica y que uno necesita ponerle melodía y letra. La gente cree que mis canciones son tristes, pero eso es reducirlas. Transmitir esa sensación de absurdo es difícil”.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 12 de noviembre 2006
YA NO ES LA PULPA CONCENTRADA en el “Álbum Blanco”, “Revolver”, “Abbey Road” o “Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band”; sus obras maestras. Tampoco la apetitosa cáscara de sus sesiones para la BBC o la remasterización de la película “A Hard Days Night” o el DVD de su primera gira por EE.UU. o los inéditos y tomas alternativas del rotundo disco/documental “Anthology”. Ni siquiera las vitaminas de sus hits planetarios reunidas en “One”. La gota de Paul, John, Ringo y George que nos ofrecen para cerrar este 2006 se llama “Love” y verá la luz el 20 de noviembre. Una palabra que será disco y ya es neón en Las Vegas anunciando el musical del Cirque du Soleil que lo utiliza de banda sonora. La manzana Beatle sigue exprimiéndose.
Hace una década, el misterio era “Free As A Bird”. Se decía que Yoko hizo las pases con Paul, entregándole unas inéditas maquetas de John, que al fin los tres músicos volvieron al estudio y que Ringo fue el más entusiasta con la reunión, a pesar de la fantasmal mezcla que hizo Jeff -Electric Light Orchestra- Lyne. Pero nadie pudo escuchar la canción hasta la salida del volumen uno de la antología. Ahora las cosas funcionan distinto: la página web de la compañía teatral está habilitada y nos cuenta que la obra “evoca el exuberante e irreverente espíritu de Los Beatles, interpretado por la juvenil y urbana energía de un reparto de sesenta artistas internacionales”. En el trailer que nos ofrece, aparecen bailarines, trapecistas y equilibristas vestidos de todos los colores y bailando pedazos de canciones hábilmente hiladas. Un intento, supuestamente, de recrear el mundo del Sargent Pepper, The Fool on the Hill o Lucy in the sky with diamonds, personajes clásicos del imaginario Beatle.
LOCURAS DE MARTIN. Más revelador es visitar el website de la banda, registrarse y escuchar las cuatro canciones que nos adelanta: “Octopus Garden”, “Lady Madonna”, “While My Guitar Gently Weeps” y “Strawberry Fields Forever”, su single. En esta última, se escucha a Lennon sólo con su guitarra -la primera toma registrada de la canción-, luego entra una guitarra psicodélica, después los violines y finalmente las percusiones de Ringo, que ya conocemos en la versión original. La sorpresa viene al final, que mezcla las trompetas inspiradas en Bach de “Penny Lane”, el clavecín de “Piggies”, la coda de “Hello, Goodbye”, todo junto y revuelto, mientras el buen Ringo sigue dándole a los tambores. Lo impresionante es que George Martin y su hijo Giles, los responsables de esto, en ningún segundo quedan en ridículo: suena muy pero muy bien.
PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD. ¿El mundo necesita un nuevo disco de Los Beatles? Los Rolling Stones se sostienen en sus giras monumentales, Bob Dylan en hiperventilar su leyenda, Brian Wilson en narrar mil veces -cuando está lúcido- la grabación del “Pet Sounds”, The Who en sacar un disco de vez en cuando nuevo recordando lo rupturistas y modernos que fueron, Jimi Hendrix en sus infinitas horas de estudio y Led Zeppelin en películas como “Almost Famous”.
Pero los fab four son los únicos, donde cada reedición, remezcla o toma alternativa nos conduce, directo y sin peajes, a esta pulpa contenida en sus canciones, sacándoles brillo, ayudándonos a desentrañar su ADN y a capturar, una y mil veces, la evidente genialidad del grupo que, con 25 años promedio, abandonaban el pop formal para aumentar decibeles, abrirse al ska, folk, canción francesa o gospel, coquetear con las orquestas sinfónicas y valerse de la electrónica. En el caso de Los Beatles, ninguna grabación se reduce a la simple anécdota o la curiosidad de saber cómo se comportaban en los estudios de Abbey Road, sus desafinaciones o si alguna versión era mejor que la que salía en el disco. Los bosquejos valen tanto como la versión definitiva, porque es el “work in progress” de una obra que ya es patrimonio de la humanidad y no nos aburrimos de escucharla porque las canciones sostienen a Los Beatles y el mundo necesita las canciones de Los Beatles.
LOVE IS ALL YOU NEED. “No ha habido jamás nada parecido a The Beatles (…) Pero es como si a uno le preguntaran cómo es su hija. Ningún buen padre dejaría de encontrarla bonita”, declaraba George Martin durante su insólito paso por Chile como jurado del Festival de Viña del Mar en 1987. El productor, a pesar de su formación docta, vio en estos jovenzuelos de chaqueta de cuero y covers de Chuck Berry y Buddy Holly, el renacer del rock and roll y después, el futuro de la música popular. Hasta el término “quinto Beatle” le queda chico: Sin su influencia y asesoría musical, no existiría ni “Yesterday”, ni “Sgt Pepper`s”, ni “Because” ni nada.
Ringo, Paul, Yoko y Olivia Harrison le solicitaron que trabajara con ellos en el montaje de Guy Laliberté, amigo personal de George y fundador del Cirque du Soleil. Martin se sentó en la consola junto a su hijo y revisaron el archivo Beatle, donde se conserva cada instrumento, cada detalle de la voz, cada efecto. Tal vez en algún momento Giles le dijo “Papá, no seamos fomes, si es una remezcla, que sea verdaderamente una remezcla y además, que suene cool y mis amigos no me molesten por el resultado” y así fueron tomando trozos de canciones, superponiéndoles pedazos de batería de otros temas, solos de guitarra o fragmentos vocales, escapando ingeniosamente del concepto “Best Of” y jugando en el mejor sentido con el auditor/fan: es imposible no sonreír al distinguir el teclado de “In My Life” emergiendo en plena “Strawberry Fields Forever”.
Finalmente el proyecto se convirtió en disco. Serán 78 minutos de música con sonido 5.1, además de un DVD con sonido sorround que estira diez minutos más el álbum. La idea es reproducir el ambiente del espectáculo del Cirque du Soleil en el hotel Mirage de Las Vegas, en un teatro hecho para tener una visión y sonido en 360 grados. En la conferencia de prensa celebrada en México, donde se presentó el disco/banda sonora, se hizo firmar a los asistentes un documento donde se comprometían a no revelar nada más sobre el disco que la página web, aunque ya la New Musical Express publicó la lista de canciones que van desde “Help” hasta “Hey Jude”, pasando por las no tan conocida “Glass Onion”, el medley de “Drive My Car”-”The Word”- “What You`re Doing” y , obviamente, “All You Need Is Love”.
“Escuché cosas que había olvidado que habíamos grabado”, dice Ringo. “Este álbum reunió a los Beatles nuevamente, porque de repente John y George estaban junto a Ringo y a mí”, explica el políticamente correcto de Paul. Se publicó que la curva de ventas de la Emi es paralela a Los Beatles. Es decir, ellos además sostienen al sello. Y con la muerte de dos de sus integrantes, las decisiones artísticas con el legado del grupo pueden ir a cualquier lado, especialmente por el descalabro emocional de Mc Cartney, que justo cuando cumplió 64 -como su canción-, su vida afectiva se convirtió en escándalo nacional, con las acusaciones de Heather Mills de que es “drogadicto y violento”, mientras la prensa le descubría a ésta su oscuro pasado de actriz triple equis. Paul, el chico que hacía todo bien, declará que responderá enérgicamente a su ex esposa.
Es inevitable extrañar a Lennon y preguntarse qué habría opinado de tanto jugo Beatle -no olvidemos el reciente Let It Be Naked, un capricho de Paul, quien nunca soportó las mezclas del Phil Spector, el héroe de John-. Mientras Mc Cartney se entendía a la perfección con George Martin, Lennon se limitaba a tomar la guitarra, cantar y decirle al productor -según él mismo relató en México- “Bueno, tú sabes, métele algunas cuerdas, algo de metales. Ese es tu trabajo”.
Marky Ramone es el único sobreviviente de la banda que creó el punk. Él sabe que acá, la locura por los Ramones es mayor que en EE.UU, donde los Pistols se llevaron casi todo el crédito y Green Day la plata. “Para mí los Pistols son las Spice Girls del punk”, fue una de las frases para el bronce que se mandó en la entrevista. Pero le da lo mismo, él sabe que es leyenda.
Por J.C. Ramírez Figueroa (en colaboración con Guillermo Scott) para Zona de Contacto, 1 de septiembre 2006.
DON RAMÓN. Si no fuera por las arrugas, Marky se vería idéntico a como aparece en las tapas de sus discos con los Ramones. La misma chaqueta de cuero, la misma chasquilla y, obvio, las mismas converses. Mientras come una ensalada, se queda pegado en una vieja foto del trompetista Joe Sullivan que reposa sobre una pared del restaurante Bluebird de Providencia. Entonces mira a los ojos para responder la primera pregunta. “Claro que soy un sobreviviente. Mírenme: estoy vivo y respirando”, dice recordando a Joey, Johnny y Dee Dee, el resto de la familia Ramone que ya no está.
Marky Ramone es un punk amable. Y sigue siéndolo hasta que unos tipos de terno dejan la puerta abierta, a pesar que él les había pedido cortésmente que la cerraran porque hacía frío. Probablemente ni sabían quien era. Entonces, el baterista que a los 26 años abandonó el apellido Bell, grabó “I wanna be sedated” (78) y se fue a girar con la banda que creó el punk, levanta su metro 85 de estatura, les grita “asshole” y se vuelve a sentar aguantándose las ganas de ponerles un combo.
Marky llegó a los Ramones en 1978, como un suplente recomendado por el entonces baterista titular, Tommy Ramone. Marky entró a la cancha y supo jugar bien entre cada “one, two, three, four”, durante cada noche, ciudad y show. “No tuve que adaptar nada. Tommy y yo venimos de la escuela Ringo Starr. Él es grande, fresco, el mejor. Yo sólo tocaba un poco más rápido que Tommy. Y no pienses que nuestro estilo es fácil. Hay que ser muy preciso”
-¿Cuando te diste cuenta que ya eras un Ramone, que estabas integrado?
-Siempre lo fui. Hasta cuando me salí de la banda, aun seguía recibiendo dinero. En esa época (1981) yo estaba tratando dejar el alcohol. Ramones es lo que yo soy: un tipo normal al que le gusta tocar la batería”.
HEY HO, LET´S GO. 1978. En el CBGB´s los Ramones juegan de local y los Sex pistols son la visita que por entonces, se llevaba los créditos como creadores del estilo. Intimidados, los ingleses beben cerveza y miran de reojo al camarín. No saben como abordar a la banda que creó el estilo que ellos escaneron. Siguen bebiendo hasta que deciden acercarse a Los Ramones. Los neoyorkinos no pescan demasiado y en lugar de saludarlos, le pasan una chela a Johnny Rotten. La cerveza estaba meada. Los británicos ni se enteraron.
Los Ramones punkeando a los punks británicos. La historia la cuenta Marky entre risas, asegurando que es verdad.
-¿Es cierto que Syd Vicious les temía?
-El quería que nos presentaran. Estaba con Nancy y estaba seriamente borracho. Sid cuando chupaba se ponía muy odioso, rudo, quería pelear conmigo. Eso te dice como era su carácter y cuando supo que yo era un Ramone nos hicimos amigos, el era un fan de Dee Dee. Nos hicimos amigos porque nos juntábamos a tomar juntos, carreteábamos y eso. Una relación muy wasted.
-¿Qué pensabas realmente del punk inglés?
- “Para mí los Pistols son las Spice Girls del punk. Malcolm Mclaren, los juntó, los peinó, los vistió y les puso el Sex a los pistols. Eran punks fashion y eso es. Pero no eran una mala banda, no hacían mal punk. Eso sí, sin los Ramones no serían nada, ellos solo eran una banda de pop rock, se sentaban con sus pelos largos y tocaban la guitarra, eran unos hippies no hay ninguna diferencia entre ellos y Neil Young. Los ingleses tiene esa fijación con ser los que cambiaron la historia, ellos siempre dicen que inventaron el rock o el punk. Pero los que partieron todo fueron Elvis, Chuck Berry, Little Richard y tipos como ellos”.
-¿Por qué crees que durante mucho tiempo en EE.UU el crédito del punk se lo llevaran los Pistols por sobre ustedes?
-“Nunca fuimos portada de Rolling Stone porque éramos una banda nueva, el punk era nuevo, no era tan grande como ahora. Las bandas que la llevaban eran los Stones, Neil Young, Grateful Dead, Jefferson Airplane. Los hippies seguían dándole a estas bandas y la prensa no le dio a los Ramones una chance. Le dieron una portada a los Pistols y a nosotros, que inventamos el punk, no. Al final dijimos, jodánse, ¿a quien le importa?”
-Cuando ingresaron al Salón de la Fama Eddie Vedder los presentó. ¿Quien te hubiera gustado que los presentara?
-Me hubiera encantado que fuera Little Richard, Jerry lee Lewis o Dion de Dion & the Belmonts.
PUNKSTAR. Marky es una estrella de rock, pero se comporta como si nunca hubiera salido del garage. “Dylan ni en broma haría esto, ¿pero qué más da?”, dice mientras algunos oficinistas parecen reconocerlo pero no se atreven a saludarlo.
Marky se siente el responsable de mantener vivo el legado de los Ramones, mal que mal, es el último de lo mohicanos. Viaja por el mundo cantando los hits de la banda, está escribiendo un libro y tiene un programa de radio en la estación punk más importante de Estados Unidos (Satelite radio). Y acaba de formar una nueva banda, con las leyendas americanas del punk. Así se gana sus monedas. Mejor eso, que andar macheteando como los chilean punks.
-“Es una idea que tuve con mi amigo John Cafiero. Él juntó a la gente: Jerry Only, bajista de los Misfits, Dez Cadena guitarrista de Black Flag e Ivan Jullian, guitarrista de Richard Hell & the Voidoids. Yo escuché los demos y me enamoré del proyecto. Hicimos unos shows para ver como funcionaba y me gustó la onda. En verdad, durante mucho tiempo no quería hacer nada aparte de tocar los temas de los Ramones. Con Osaka hicimos un muy buen álbum así que vamos a tratar de hacer una buena gira”.
-¿Qué escuchas por estos días?
-”Escucho a tipos como Mozart, Bach, Beethoven y Wagner. Ellos eran verdaderos punks, no tenían electricidad ni baños, sus condiciones de trabajo eran una mierda, morían muy jóvenes pero hacían excelente música y por eso los respeto”.
-Plop… ¿Cuál es tu relación con Pablo Echaurren, el pintor chileno hijo de Matta?
-Es un amigo. Su padre es un genio, un verdadero artista. En mi última visita a Italia, Pablo me regaló un cuadro muy bonito de los Ramones tocando. Es un gran tipo
-Por último, ¿qué opinas del la escena emo?
-Es mejor que escuchen eso a que se influencien por bandas como Cinderella, Wasp, Whitesnake o Poison. Prefiero el emo mil veces.
Juan Carlos Ramírez Figueroa, (1979, Higueras Talcahuano). Periodista Profesional, reportero freelance y ensayista especializado en contenidos digitales y reconvertido a los estudios culturales. He escrito para La Nación Domingo, El Mercurio, Zona de Contacto, Artes y Letras, RTV/Mira (revista de tv cable), El Guachaca, Rockaxis, Mira El Péndulo (Lima/Miami) y La Mano (Buenos Aires), entre otros. También he sido columnista/productor en radio Rock and Pop y brevemente "columnista" de Via X. Actualmente escribo en Paula y La Nación Domingo. Todos los viernes critico discos en Emol. Y también presento Lucha Libro en Radio Uno (97.1 FM) desde las 8:30. Acá ordeno y recopilo mis publicaciones, artículos, links y textos dispersos.