En Talcahuano

Vengo de hacer las entrevistas y tomar las fotos. Hay olor y viento de mar. Le escribo a Daniela. Tengo pasajes para la noche. Me tomo un café en el centro de Talcahuano y hojeo LND.

Vengo de hacer las entrevistas y tomar las fotos. Hay olor y viento de mar. Le escribo a Daniela. Tengo pasajes para la noche. Me tomo un café en el centro de Talcahuano y hojeo LND.

Es como “Que Bello Es Vivir” pero con VHS, inmigrantes latinos y Michel Gondry. Anoche la vi y me despertó al socialista capitalista que todos tenemos dentro. Trataba de explicársela a Daniela: dos amigos se quedan cuidado una roñosa tienda de VHS. Uno de ellos, Jack Black tiene un accidente y queda magnetizado, borrando todas las cintas que toca. Y ante la presión por hacer funcionar el negocio, de salvar el honor y, de divertirse, empiezan a grabar sus propias versiones de “Cazafantasmas” o “Una Pareja Explosiva”. Y mientras, el dueño del local, fan de un jazzista mítico, intenta copiar el bussiness de las tiendas de DVD. Que buena película.
El trailer acá y la web, que está buenísima.
Mi computador se magnetiza.

Siempre vuelvo a este librito.
Leo el prólogo.
Y subrayo.
Procedí a servirles algunos litros de pisco sour, un brebaje chileno de cuarenta grados, extirpado de la uva, el cual, aquí, se bate con limón, azúcar, hielo, clara de huevo, y cuyo efecto permite al beneficiario olvidarse sin más de nombre, apellido, edad y, en el caso de los casados, frecuentemente de su estado civil. Pero lo que pensábamos como antídoto a la curiosidad, obró en otro sentido.
minuciosamente derrotados, los emigrantes latinoamericanos comenzaron una militancia en guetos de melancolía que muchas veces les impidió asumir las pasiones cotidianas de los países que les ofrecían refugio-
(…) sus hijos tenían otra urgencia: aprendían el idioma anfitrión en la escuela, los apasionaba la calle, sus jóvenes almas entraban en contacto con las de seres de su misma edad y compartían con énfasis adolescente los ídolos del cine, la canción, la televisión, los locales de baile y los bares, los cafés universitarios, las primeras palpitaciones sentimentales, los desfogues eróticos, los libros y los chistes. Si los padres habían entrado en un tiempo de recogimiento, de reflexión y tristeza, a ellos se les ofrecía la expansión, las exploraciones de lo desconocido, la aventura de emigrar hacia el otro, la posibilidad de ser diferente en un medio homogéneo, con todo lo que tenía de riesgoso y excitante, en fin, toda la prosa aireada de temas juveniles que ventilaban en las calles las letanías y reprimendas hogareñas.
Fueron muchos los hogares que se quebraron, incapaces de vivir entre paréntesis, en el limbo entre un país real que no aceptaban y un país fantasma que no los aceptaba a ellos. Arreciaron las separaciones y los divorcios.
(…) Durante mucho tiempo, ése fue el sabor que predominó en mi boca. Exactamente hasta que un día conocí en Berlín al primer personaje que inspiraría No pasó nada. Me lo presentó mi hijo adolescente, mientras pulsaba sin compasión un contrabajo entre las indecisas murallas de mi viejo departamento berlinés, con la siguiente frase: «A éste le gusta más la literatura que la música.» Bajo el estruendo de los onomatopéyicos zum-zum del ronco instrumento le pregunté qué le gustaba leer.
—No me gusta tanto leer, como escribir —me dijo.
—¡Vaya! ¿Y cómo es que va lo uno sin lo otro?
—Lo que pasa es que si leo, temo que me influya otro estilo.
—¿Y cómo es tu estilo?
—Al lote.
(…) me encontré en ocasiones con vivaces líderes bárbaros convencidos de que la cultura es dañina para la autenticidad, y alguna vez tuve éxito polemizando con ellos y haciéndoles ver que la espontaneidad sin sofisticación era candidata segura al lugar común, así como la naturalidad sin ironía era como beber un dry Manhattan sin la aceituna.
Supe que este muchacho había venido a casa para organizar con mi hijo una velada rock a beneficio de la resistencia chilena. Es decir, la organización la poníamos los padres que trasnochábamos sobre nuestros mimeógrafos grabando volantes donde se anunciaba el fin inminente de la dictadura, y la música era el aporte de los jóvenes, quienes por cierto comulgaban mejor con Led Zeppelin y The Electric Light Orchestra que con Quilapayún e Inti-Illimani. El chico había traído un «poema» como contribución a la «jornada de lucha y rock», con la esperanza de que mi hijo y su banda amateur le pusieran música y la cantaran. El texto le temblaba en la mano, pues mi hijo, que adoraba la violencia verbal de Jim Morrison, acababa de rechazárselo con un bruletazo: «Es cursilería soft.»
Viéndolo en ese desamparo lo invité a mi estudio, le propiné un café alemán, brebaje muy poco estimulante, y le pedí que me mostrara el texto rechazado y algún otro más que traía archivados en una carpeta empastada con el rostro de Elvis Costello inserto en un par de miopísimos anteojos. La «cursilería soft» la puedo reproducir al detalle, pues la guardé entre los materiales con que hice mi novela No pasó nada. Decía:
Échate el pelo con la mano atrás
échate lentamente el pelo con la mano atrás
échate una vez más lentamente el pelo con la mano atrás
échate otra vez más una vez más lentamente el pelo con la mano atrás
échate infinitamente otra vez más una vez
más lentamente el pelo con la mano atrás.
Le puse un quintal más de azúcar al café para mejorarle el sabor y me recliné en la poltrona con las manos cruzadas tras la nuca.
—Lo encuentra demasiado repetitivo, ¿cierto?
—No, hombre, más que repetitivo, rítmico y obsesivo.
Ladeó el cuello y se me quedó mirando como esos pájaros alucinados de los bosques nocturnos.
—Rítmico y obsesivo —repitió.
Se sobó las manos igual que si acabara de recibir un regalo inconmensurable. Su probable depresión parecía haberse esfumado.
—Repetitivo, rítmico, y obsesivo —le rimé.
—Repetitivo, rítmico, obsesivo y definitivo —dijo, golpeándose las rodillas.
Se levantó con ese desgarbado arresto juvenil donde parece que los huesos fueran repúblicas independientes de las articulaciones.
—¿Usted cree, tío, que eso que leyó es poesía?
Hay que advertir que el vocablo «tío» para llamar al padre de un amigo era en ese tiempo una actitud muy en boga. Me detengo en ese término pues he sido muchas veces víctima de él cuando me he acercado con intenciones ambiguas a hijas jóvenes de compatriotas, quienes al aplicármelo me han hundido en el más sublime ridículo y en la más estimulante inhibición.
—No me digái «tío», ¿querís?
—¿Por qué no?
—Porque es una cursilería —le dije vengativo.
—Y el texto también, ¿verdad?
—El texto está bien. ¿Cómo te inspiraste para escribirlo?
—Estaba en un café y en la mesa de enfrente había una muchacha leyendo un libro. Cada cierto tiempo se echaba el pelo para atrás sin dejar de leer. Y eso me emocionó.
—Te emocionó.
—Sentí que estaba enamorado de ella.
(…) No se me hubiera ocurrido escribir con una experiencia como ésa un poema, y menos del estilo del chico chileno, pero entendía minuciosamente su emoción. Cientos de veces, la presencia de ciertas mujeres me había cortado el aliento. Junto al placer de verlas existir allí tan plenas, excitantes y ajenas, me acometía un sentimiento de belleza que inevitablemente desembocaba en una «emoción» que me provocaba dolor. De alguna manera me parecía tranquilizante que un adolescente comulgara con una pasión como la mía. En verdad, ya comenzaba a considerarla un daño de la edad.
(…) Había que contar la experiencia del exilio no desde las víctimas directas, es decir los padres conscientes e ideologizados, sino desde los hijos, quienes dentro de la familia estaban en los valores del terruño, pero que en el aura de las calles extranjeras tenían que acomodarse a la ley de la sobrevivencia. Ni la nostalgia, ni el recuerdo, ni la improbable alborada que prometían las canciones protesta para cuando cayera el dictador servían de salvoconducto en esos laberintos llenos de ansias.
Desde ese día, cada vez que visitaba a mis amigos incursionaba un poco en las vidas de sus herederos. Les hurgueteaba sus discos, libros y revistas, alababa sus afiches deportivos y cinematográficos en la pared, permitía que sus compañeras del liceo corrigieran mi chirriante pronunciación del alemán, y no perdí ocasión de provocarlos para que me hablaran sobre sus conflictos con los «viejos», sus dilemas con la calle y la escuela y el color de su cabello y el tinte de su piel, y sobre todo acerca de cómo arreglaban cuentas con su país natal, que cada día se alejaba más y que parecía aglutinarse sólo en cuatro o cinco iconos: el palacio presidencial en llamas bombardeado por los golpistas, una foto de Allende, los discos de Quilapayún, la bandera tricolor con la estrella «solitaria», el compañero llegado del «interior» a quien había que prestarle la cama por algunos días.
A las pocas semanas ya tenía mi veredicto: nuestros muchachos navegaban fluidamente en un doble código: aceptaban los retos del nuevo ambiente y al mismo tiempo no se desafiliaban del universo de sus padres.
(…) Pero al momento de vivir, me enseñaron algo que un día bauticé como «ironía democrática». Es decir, estaban dispuestos a burlarse de todas las necedades del mundo, pero en primer lugar de ellos mismos. Conocí a muchos amigos del poeta «reiterativo», los entrevisté grabadora en mano, hablé con sus novias, fui a sus partidos de fútbol en los pastos del Tiergarten, me olvidé de mi rol de observador y entré una vez a la cancha para reclamar un penal contra mi hijo que yacía demolido en el área chica por un panzer de ojos verdes y hombros de rugbista. A veces los vi llorar sobre las faldas de sus madres, y otras veces estuve cuando ellos las consolaban con mimos, canciones, promesas o mentiras piadosas.
Hasta que un día de otoño dejé de lado todos mis apuntes, mis casetes y mi silencio, y dejé que Nopasónada contara su historia con pelos y señales.

(Y “Rhapsody in blue”)
Como la pareja de la foto mientras tomábamos once en el local francés.

Estoy en la biblioteca y llueve.
Ayer, estuvimos celebrando las vacaciones de Daniela (yo hace años que no tengo).
Y finalmente, continuando con mi ciclo vi esta película.
Ahora estoy metido en unos textos sobre “crítica” y también tengo sobre la mesa una biografía de Fellini, un ensayo sobre “El odio a la música” y unos textos de jazz, porque me creo un beatnik.