
“Si Paul Simon invita a pasar, Radiohead te cierra la puerta en la cara. No es algo criticable, pero el problema está en que, antes del portazo, Radiohead te llamó varias veces por teléfono para asegurarse de que no fueras a faltar a la cita”
Rodrigo Fresán en el ejercicio comparativo entre “You`re The One” y “KId A” publicado en Página/12
Yo también tengo mito fundacional: el verano de los 13 años me lo pasé grabando canciones de la radio y descubrí el milagro del pop y rock y todo eso. Me sentaba al lado del 3×1 Sony en el living, con varios cassettes. Toda la noche. No era fácil: basuras como Dr. Alban o Vilma Palma e Vampiros y su “Pachanga” -bueno, sus guitarras sincopadas no estaban nada mal- sonaban todo el tiempo y había que tener algo de paciencia recorriendo el dial para encontrar algo bueno. Hasta que agarré de madrugada unos guitarrazos y un estribillo increíble, que me recordaba otra canción que también había grabado mientras mis compañeritos daban sus primeros besos con lengua.
¿Distorsión heavy en el pop? ¿Coro romanticón setentero? ¿Que era eso? Días después me enteré que la banda se llama Radiohead, la canción sampleada era “The Air That I Breathe” (popularizada por The Hollies) y que eran nuevos, ingleses y probable respuesta al grunge de Nirvana y Pearl Jam. Todo eso lo leí en una revista Wikén que los presentaba como “sabor del mes”. Y su nombfe, como era de esperar, tenía que ver con Talking Heads.
La letra era bien significativa si tienes frenillos, acné y nadie te tomaba muy en serio (el cliché que ha sostenido el 95% de la cinematografía iniciática): “Soy un bicho/soy un raro/¿que mierda hago acá?/yo no soy de este lugar/yo no soy este lugar” o “quiero tener el control/quiero un cuerpo perfecto/quiero un alma perfecta”.
Con el tiempo fui entendiendo que la letra era un chiste. Una feroz parodia a la canción de amor. Y la música, claro, estaba a la altura, en la tradición de los Rutles o Spinal Tap. Después de todo, la misma banda relataba como Jonny Greenwood odiaba la canción y decidió apretar el pedal de la guitarra que no debía.
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Un amigo se compró el Pablo Honey (1993) sólo por “Creep”, que incluía también la otra versión editada para el mercado estadounidense con un redoble de batería al principio y sin los garabatos. La versión acústica la tocaban en la radio, por supuesto, yo la grabé. El disco era bueno, aunque no tenía mucho que ver con su hit. El resto de las canciones era en serio. Me gustaba mucho “Anyone Can Play Guitar”, “Thinking About You” y “I Can`t”. En verdad todo el disco era emocionalmente fuerte, triste y que muchas veces, apretaba la garganta. Nadie a nivel masivo hacía canciones así. Y yo lo escuché tanto que me lo sabía de memoria y si no tenía el walkman hacía el play mental y volvía una y otra vez a estas canciones. Es importante decir que al mismo tiempo estaba descubriendo en profundidad la obra de los Beatles.
Quizá por eso no me compré el sorprendente The Bends (1995). Ya tenía suficiente con descifrar el White Album. Yo mismo leí como obtuvo 6,5 en la relativamente exigente sección de discos de la revista Rock and Pop y fue destacadísimo en la Extravaganza! (que acertadamente no ponía notas porque “no estamos en el colegio y esa mala costumbre de calificar”). Yo ya estaba en segundo medio y aunque me gustaba “High & Dry” y sobretodo “Fake Plastic Trees” recién lo vine a escuchar completo unos cinco años después. A Concepción habían llegado muy pocas copias y estaban carísimas. Pero con esas dos canciones me bastaba: una de las primeras que saqué en guitarra fue “Fake…”. Y, bueno, seguía metido en “Martha My Dear” o “While My Guitar Gently Weeps”.
Y entonces reventó Oasis y la efervecencia britpop. Yo ya tenía el “Definitely Maybe”, leía las andanzas de los Gallagher en las New Musical Express o Q del Instituto Británico y también me corté el pelo al estilo mod. La melancolía me tenía harto. Además que intenté traducir las letras de Radiohead y francamente no decían nada que me interesara en esa época. Thom Yorke no es Morrissey, y lamentablemente no le interesa serlo. ¿Qué es eso del “Karma Police” que arresta a la gente o los amaneceres chupando limone?. Además, no podía confiar en una banda que empezó a jugar a Pink Floyd (“Paranoid Android”). Y, bueno. ¿es necesaria tanta tristeza tipo “No Surprises” y esas arengas a derrocar al gobierno cuando lo que uno quería era una tonta canción de amor incluso tan ambigua como “Reel Around The Fontain”?
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Después, mientras ellos sacaban discos “sin hits” y extrañas arengas mileniaristas, yo seguí asintiendo los comentarios exaltados de mis conocidos y amigos sobre la buena banda que eran. Hasta ensayé una tarde con una banda tributo a ellos. Y grité y barrí con el puño las cuerdas de guitarra. Incluso me sorprendí con sus avances compositivos y técnicos de sus discos “raros” e intentaba saber que acordes eran, sentado frente a un amigo que tenía las obras completas y bootlegs de estos ingleses. El año pasado, incluso, escribí para El Mercurio una nota sobre In Rainbows. Claro que me lo bajé vía rapidshare. Le regalé el disco a mi novia. No les iba a estar pagando por algo que ni sabía bien como sonaba. Y, bueno, me gustó mucho “House Of Cards”. Pero ya era demasiado tarde.
La revolucionaria idea de que el auditor le ponga el precio al disco (en verdad la mayoría terminó bajándoselo en torrent y, ¿como puedes ponerle precio si no sabes qué se viene) fue una excelente estrategia de marketing para volver a lo mismo de siempre. No seamos ingenuos.
Así, la venida de Radiohead a Chile reactivó la extraña brecha entre los melómanos que usaban la palabra “sónico” en serio en los noventas y los enojados (y monoliticos) consumidores de música con wi-fi (no confundir con oyentes). Algunos los encuentran “viejos” y otros se enojan porque agotaron las entradas para el primer recital y resulta que el verdadero primer recital será un día antes. Es que se sumó una nueva fecha. La polémica se centra en nada y cada uno reclama lo que se supone es el punto crítico. Si, porque Chile no es ni un país Beatle ni un pais Stone. Es un país Radiohead y se habla sobre el tema.
Yo no sé aun si iré. Sabiendo que Chile, como leí en alguna parte, es el cajero automático de Sudamérica y que las bandas tocan en piloto automático, no es muy alentador hacer cola, gastar plata y estar varias horas parado en cancha y mirando de lejos el escenario. No es muy despierto eso. Y antes de ponerme a escribir otra cosa, pienso que sólo acá se asocia tanto a Radiohead con la idea de depresión y no conque fracasaron en sus canciones porque comenzaron a creerse inteligentes.