38, 39, 40. UNA FIESTA


Creo que mi único buen momento en Santiago antes de conocer a Daniela y tener trabajo estable fue meterme en un café, desplegar mis cosas (libros, discos, cuaderno), pedir un cortado y de repente mirar como empezó a caer una lluvia torrencial frente al ventanal.
Y eso es lo que necesito de una ciudad: la lluvia, el despliegue y el café como refugio de la urbanidad de las sociedades post-industriales. Aunque sin esa misma sociedad no habría nada de lo que estoy escribiendo.
En fin, el asunto es que me encantan estos días que me siguen desde Concepción: nublados, relativamente fríos, con viento. Daniela recordaba cuando nos juntamos un día después que nevó. Que excelente fue.

-Las colas interminables hasta para comprar un Super 8 en el kiosko.
-No pedir permiso en ninguna situación lo que genera choques, malos ratos, peleas
-Extrema timidez civil vs. Extrema rudeza de trato, una contradicción fascinante, en verdad.
-A veces, en los peores momentos aparece alguien con un buen chiste en voz alta, para que todos sonrían.
-Cualquier cosa gratis provoca una nueva cola: el diario que reparten a la mañana en el metro, por ejemplo.
-La comida mala que venden en la calle.
-Cruzar una intersección es casi como jugar el frogger.
Con Daniela ibamos caminando por Santa Lucía y nos cayó una gota de agua. Era alguien que estaba botando el agua de las macetas hacia la calle, sin importarle las decenas de peatones que pasaban a esa hora. Le grité algo así como “fíjate lo que haces, idiota”. Extraño, pero efectivo.

El sábado me metí al Audiomúsica de Concepción. Envalentonado por el expreso doble, el Belong y el frío de mi ciudad, iba decidido a probar todos los instrumentos. Así que aunque había olvidado donde quedaba -en parte por la destrucción dejada por el terremoto caminé y caminé hasta encontrarlo.
No quiero extenderme en mi “historia como ejecutante de música”. Es aburrida, llena de fracasos (es un decir) y cuando lo hago no puedo despegarme de ese tonito post-adolescente, al que no vale la pena recurrir. Si GGM escribía para que lo quisieran más, yo quiero que el lector se aleje un poquito de los discursos oficiales. Pero ese es otro tema.
Sólo puedo decir que, tanto el sábado como hoy junto a Daniela tuve una iluminación. No sólo porque nos reencontramos sorprendentemente con N.B. uno de mis pocos compinches musicales perdidos, sino porque el sonido del piano mientras le tocaba un pedazo de “Azul marino” era tan embriagante que me está haciendo pensar en volver a las canchas de una buena vez. Pero de verdad. Por eso lo escribo acá.

Las imágenes promocionales de Never let me go son engañosas. Como acertadamente publicó un crítico de Página/12, parecieran “una sesión fotográfica para lanzar la temporada otoño-invierno de una casa de ropa para jóvenes tristes”. La traducción y el afiche oficial no ayudan mucho.
Pero ese “Nunca me abandones” es por la canción que le dará vueltas a la protagonista, mientras recuerda como fue criada en una escuela de niños clonados, cuyo destino -que ella padecerá algo más tarde, debido a su cargo como “cuidadora”- será donar órganos para los humanos “originales”.
Estamos en un mundo ucrónico, donde el descubrimiento de la clonación en 1952 llevó la expectativa de vida a más de 100 años hacia 1967 se nos contextualiza al principio. Y la protagonista -Kathy O. (Carey Mulligan, la misma de An Education)- contempla a un joven a punto de dar su “tercera donación”. La última que pueden dar los clones antes de morir (evidentemente, el corazón). Después son dejados en la camilla, mientras el personal médico se retira a hacer otras cosas.
Ella lo mira, con una tristeza infinita. La misma que tienen todos los clones, aunque no comprendan bien por qué tienen tanta “sed de vivir”. Después de todo están hechos para no superar los treinta años.
“No es mi intención presumir, pero estoy orgullosa de todo lo que he hecho”, racionaliza la joven. Porque los clones, supuestamente, funcionan como humanos pero no sienten -ni entienden bien- las pulsiones. Por ejemplo, nadie se ha escapado, porque sencillamente no fueron educados para la libertad.
Y volvemos al internado donde entendemos toda la escena: el joven donante que la mira es quien le mostró esa canción cuando eran niños. Y ella se había quedado sola cantando el “bésame, bésame, bésame”, sorprendida de lo que estaba sintiendo por él. El problema es que había otra compañera que lo besó antes. Y, más tarde, surgió espontáneamente el mito de que si una pareja sentía amor verdadero -supuestamente comprobable en los trabajos de arte que les encargaban las autoridades del colegio- podían aplazar las donaciones.
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Había olvidado la secreta guerra entre el pasajero que pone su brazo en el separador de sillas. O cuando no ponen aire acondicionado. O cuando lo suben a una temperatura tropical. O el sonido de las bases de cumbia que salen de los audífonos. O las películas malas. Es que con Daniela viajamos en cama premium (aunque ahí el problema son mis ronquidos). Por último en el avión no te das cuenta cuando lo tomaste y cuando llegaste.
Pero aun así, muerto y todo, fui al centro a las 8:30 de la mañana. Y terminé en este café, tomandome un expreso con un pastel, leyendo El Sur (gente de mi universidad en la redacción) y escribiendo en mi libreta el esqueleto de CBB, con sus siete capítulos.

Esto es lo nuevo del gran disco The world that never was.
Habría sido un buen nick, si fuera un tipo deprimido.
Pero el viernes Daniela me puso uno mejor.
Por cierto, Michael nos tiene cordialmente invitados a nosotros a verlos en vivo y recorrer NYC.
Pronto, más informaciones.