En iPop: Steve Jobs y John Lennon
La iPop apareció este fin de semana en Kioskos.
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Gracias Manuel Maira (editor) y Rodrigo Valdivia (diseñador) por los archivos.
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Los Rolling Stones reeditan su obra maestra. Una exploración apasionada y excesiva a las raíces de la música estadounidense. La misma que aprendieron a amar en una Inglaterra destruida por la guerra. Y grabada en una situación de leyenda: en la Riviera Francesa, huyendo de la justicia, en un camión-estudio que arrendaron a Deep Purple.

Robert Frank heredando al rock su trabajo de Americans
J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 16 de mayo 2010.
Ya es tradición. Cada vez que The Rolling Stones lanza un disco original -no grandes éxitos ni devedés en vivo-, la mitad de la crítica los acusa de multinacionales del rock. O peor, una pandilla de abuelitos que sacan mediocres álbumes sólo para justificar sus lucrativas giras mundiales. La otra mitad, más generosa, nos asegura que ésta sí es, por fin, “su mejor producción desde…”. Y los puntos suspensivos los rellenan con el lujurioso “Voodoo Lounge” (1994), el animado “Tatto you” (1981, el de “Start me up”) o el bailable “Some girls” (1978). Incluso, el más lejano “It`s only rock and roll” (1974). Puntos de restauración de una carrera extensa, en la que lograron reinventarse o, al menos, sumar nuevos hits globales para sus futuras compilaciones. Pero nadie, jamás, se atrevería a comparar un nuevo lanzamiento de los ingleses con el doble “Exile on Main St.” (1972).
Una obra maestra y punto cúlmine en su exploración por las raíces estadounidenses. También conocido como “el último gran disco Stone” -junto a Sticky Fingers (1971), Let it bleed (1969) y Beggars banquet (1968)- que se relanza este lunes 17 de mayo con diez inéditos, temas descartados, libro y documental. Sin embargo, como suele suceder en estas reediciones, uno siempre termina volviendo al núcleo, en este caso las dieciocho piezas desesperadas, urgentes y bañadas del Estados Unidos profundo, afroamericano. Esa Norteamérica de predicadores, carreteras, armas, vicio y redención.
EL JEFE: KEITH RICHARDS. “Mick Jagger necesita tener programado el día. Yo, en cambio, soy feliz con despertarme y comprobar que no estoy solo”, sonríe Keith Richards en el documental incluido en esta edición deluxe. Y todos tienen claro -desde el histórico productor Jimmy Miller hasta sus compañeros de banda- que en este disco el que mandó fue el guitarrista y su método basado en improvisar más que en planificar. Y en 1972 los Stones necesitaban urgente una dirección artística. A pesar del éxito de “Sticky Fingers” y la polémica por sus letras explícitas y esa portada diseñada por Andy Warhol que incluía un auténtico cierre de pantalón masculino. La persecución mediática a causa de las drogas, Mick Jagger convertido al jet set internacional gracias a su matrimonio con la modelo Bianca Pérez, y la flojera de Charlie Watts (batería), Bill Wyman (teclados) o Mick Taylor (guitarra), hicieron a Richards tomar el control. “Los discos dobles tienen un montón de cosas en contra. Es obvio que al existir tanto material también hay cierta confusión. Exile… fue creciendo en el tiempo hasta simbolizar una época. Se filtró lentamente… Ni siquiera queríamos hacerlo doble, simplemente se fue dando. Un desastre maravilloso”, confesaba Richards a la revista Mojo en 1997.
LA GRABACIÓN: CAOS EN LA RIVIERA FRANCESA. Villa Nellcôte es un lujoso conjunto de casonas francesas que sirvió de “asilo político” para los Rolling Stones. No sólo querían evadir los altísimos impuestos británicos (tema que atormentó a Los Beatles también), sino también las redadas de Scotland Yard por microtráfico de drogas. Keith Richards y su esposa, Anita Pallemberg, traen el camión/estudio “Rolling Stones Mobile Unit”, que también utilizarían Led Zeppelin y Deep Purple y conectan todo a la red central de electricidad. El mito -nunca comprobado ni negado del todo- dice que todo el que entró en la villa entre julio y noviembre de 1971 experimentó un extraño proceso de animalización. Mucho sexo, drogas y fiestas interminables. Jornadas maratónicas donde aún bajo los efectos de la juerga se pasaba a grabar. También pasarían a visitarlos amigos como John Lennon y Yoko Ono.
LAS CANCIONES: UN DESASTRE MARAVILLOSO. El título del disco también es revelador: “Exiliados de las grandes avenidas”. Por un lado alude a este escape a Francia para rebelarse al puritanismo y economía capitalista anglosajona. Pero también por explorar, con respeto y pasión, una música que en parte gracias a su generación (Beatles, Kinks, Byrds, Dylan) terminaría siendo global: el folclore estadounidense. Desde el riff crudo y el grito (“Oh yeah”) de “Rocks off”, el primer tema del disco hasta los intensos gospels que lo cierran, “Exile on Main St.” se hace cargo de la profunda identificación que tuvieron los jóvenes ingleses de la postguerra con la música negra y el folclore de la primera mitad del siglo XX. Pobres, bombardeados, víctimas de los juegos del poder, la generación de Los Beatles y Rolling Stones tenían motivos para sentirse parte de los lamentos y dolores del blues, folk, country, boogie-woogie, bluegrass, hillbilly o sentidas baladas que plagan este disco. Tan desordenado como el Álbum Blanco de Los Beatles, acá los instrumentos suenan todos arriba, al punto que Mick Jagger debe destrozarse las cuerdas vocales por encima de la batería, las secciones de viento y las guitarras (“Rip this joint”). También hay temas que parecen ser grabados en una sola toma (“Sweet Virginia”) y otros que terminarían por fundar el estilo que sobre todo en Argentina se perpetuaría como “sonido rollinga” (el single “Tumbling dice”). También hay piezas que el britpop terminaría rescatando como la hermosa “Let it loose” que el grupo Ride copia desde el efecto de la guitarra hasta la estructura en “Only know”. Volver a este disco es acompañar a los Rolling Stones no como mito del periodismo rock o gran corporación, sino como a un grupo de compiladores folclóricos, no muy distintos de Violeta Parra, Chico Buarque o Atahualpa Yupanqui, buscando un poco de verdad en la música ancestral y -como viajeros del tiempo- rescatarla primero en vinilo y ahora en mp3. ¿Cómo no respetarlos?
MAÑANA SE LANZA
“Exile on Main St.” se lanza mundialmente vía sello Universal en formato CD simple y CD doble este lunes 17 de mayo, incluyendo la versión remasterizada y diez temas inéditos, como la ya estrenada en radios “Plundered my soul”. Destacan, además, la balada “Following the river”, “Dancing in the light” y “Pass the wine” en la misma línea de rescate folclórico del disco homenajeado. Además, se anuncian versiones alternativas de “Soul survivor” y “Loving cup”. También se estrenará el documental “Stones in exile” en el Festival de Cannes este 19 de mayo, que posteriormente se convertirá en DVD.
Guns N’ Roses comienzan a ser interesantes cuando le quitamos toda la leyenda maldita de estrellas de rock y nos quedamos con sus grandes canciones. Piezas que reactualizan el sonido Rolling Stone y lo cruzan con el punk y hard rock de los ’80. Esas son las cenizas que quedan y que Axl Rose está dispuesto a defender.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 18 de marzo 2009.
Guns N’ Roses es una desmesura histórica en el rock and roll. Desde sus psicoanalizados videos con coreografías de delfines (“Estrangled”) hasta los 35 millones de copias vendidas con Appetite for destruction (1987). Pasando por excentricidades como “trabajar” con una prostituta en el estudio o interrumpir o llegar tarde a sus shows. Y, sobretodo, tardar quince años en grabar Chinese democracy (el disco que vienen a presentar) o lanzar un disco doble (Use your illusion, 1991) con, al menos, cinco canciones que duraban más de siete minutos.
“La historia de Guns N’ Roses es la del chico que le pegó al grande, del que triunfó a pesar de tener todo en contra. La banda, que combina lo mejor y lo peor del heavy metal, es el grupo más importante del año, esté uno de acuerdo o no (….) Su poderoso sonido es el soporte que tienen para explorar no tanto el lado oscuro del sueño americano, sino la carencia de este”, escribía Alberto Fuguet en 1988 cuando la banda desembarcó en el país -y el mundo- cautivando tanto al público del pop latino como a los thrashers.
Sin embargo, el secreto del éxito y posterior caída de Guns N’ Roses fue su identidad corporativa.
Luis Almendra es un “artista de acción” que ha convulsionado el sur de Chile con sus delirantes acciones de arte. Primero se disfrazó de guardia para proteger su propia obra (y dio entrevistas como tal). Después destruyó todo el trabajo, haciendo una fotonovela sobre ello, que ya va en su cuarta edición. Más adelante trató de dormir y comer dentro de un tagadá en movimiento. La saga continúa junto a los perros de Becerro y una acción sorpresa el 26 de enero. Ojo, con el arte.

Por J.C. Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 18 de enero 2009.
UN ARTISTA DISFRAZADO de guardia de seguridad protege su propia exposición. Un travesti sana a un enfermo con la leche de sus pechos. Pacientes del psiquiátrico se disfrazan de superhéroes y marchan por el centro de Concepción desplegando una alfombra roja. Un pez gigante sobrevuela el río Biobío hasta hundirse en el mar. Un personaje intenta desafiar la fuerza de gravedad de la máquina más vomitiva del mundo: “el tagada”. Otro, arranca el corazón crudo de un vacuno y se lo come en un palacio patrimonial que pronto será demolido para construir el segundo mall de Concepción.
Son episodios documentados -y revividos vía Youtube- en el sorprendente blog de Luis Almendra (29). Un artista-de-acción criado a un costado del Estadio Higueras, en Talcahuano y en plena ebullición.
La próxima semana comenzará su desembarco en Santiago para producir junto a la connotada artista Elizabeth Neira, la fotonovela “El Dios de los perros”. Ambos compartirán con los célebres perros embalsamados de Antonio Becerro. La obra, que incluirá una acción de arte sorpresa, será el quinto número de una novela gráfica iniciada por Almendra el 2005.
Aunque reniega del concepto performance (“se ha manoseado tanto que pierde su sentido al igual que la política”, dice, sus acciones artísticas son verdaderos “acontecimientos convulsivos”, como él mismo dice. Pero lo más importante es que cada una de sus obras funcionan como acciones sueltas y dementes de una exploración mayor: el viaje al corazón de los monstruos y sueños incumplidos que mueven la maquinaria de la “chilenidad”. Bienvenidos al planeta Almendra.
AMOR DE POBRE

“Artista se pone en guardia para defender su creación” titulaba el diario Crónica de Concepción (14-10-2003). En la foto aparecía el autor, uniformado, cuidando su exposición “Amor de pobre sólo puedo darte”, en la penquista Sala Andes. Fue su primera obra tras llegar de Ámsterdam. Había ganado una beca del Museo de Bellas Artes, gracias a la pintura–instalación “El bello durmiente”. Se trataba de un cuadro enmarcado en un catre de cama en donde se representaba a sí mismo durmiendo. Y bueno, masturbándose, tras una colorida frazada.
Los medios penquistas se sorprendieron con este guardia/artista. “Fue intuitivo. En la precaria sala de arte no había nadie cuidando y algunos empezaron a robarse cosas y objetos de la muestra. Así que decidí convertirme en el cuidador y a las vez cambiar mi personalidad por la de mi falso hermano gemelo. De hecho, durante el desarrollo de la acción di una entrevista en la radio como el guardia Alfonso Almendra, hermano gemelo del autor. El uniforme fue un préstamo de mi padre”.

Es más: el guardia terminó siendo parte fundamental de la obra -que incluía cosas como huevos que se reventaban con cohetes y el dibujo de una pistola junto a la frase “cuando tenga ganas de matarme lo haré con balas de juguete”- y todo terminó abruptamente con una máquina retro excavadora destruyendo la muestra y dando muerte al “gemelo”.
“Recuerdo que para ese entonces a un profesor de la U. de Conce le interesó mucho la situación ocurrida. Para él toda esta acción era una metáfora de lo que finalmente les ocurría a muchos artistas jóvenes en el país: terminas en la invisibilidad, con tu propuesta plástica destruida y olvidada en algún lugar”. Y fue tal el estímulo, que Almendra conoció la liberación artística de ser “otra persona” y que su estudio performático “Amor de pobre solo puedo darte”, se convirtió en su primera novela gráfica. Una revista que iniciaría una impresionante saga protagonizada por el mismo autor y sus delirantes transformaciones.
ILUMINACIONES EN EL ESTADIO HIGUERAS

La Villa Presidente Ríos, nombre oficial de Las Higueras, es un oasis residencial cubierto por cerros entre Concepción y Talcahuano. Detrás, emerge un gigantesco parque industrial con sus chimeneas vomitando humo día y noche.
En los ochenta, Huachipato organizaba en su estadio, un espectáculo navideño que incluía desfiles, cuentos y fuegos artificiales. Un milagro, entre las ollas comunes y la dictadura. El pequeño Almendra se impresionó mucho con el evento. “Para mí aquel espectáculo fue uno de mis primeros encuentros con el universo del arte de acción o perfomance. Algo insólito. Era como tener en el patio de tu casa a “La Fura Dels Baus” pero a la chilena y a la cresta del mundo. Hasta el día de hoy intento recuperar la intensa emoción que provocaba esa orgía de formas plagadas de barroquismo y extrañas imágenes. En parte la obra que realizo se remite bastante a todo ese imaginario”, dice. Por eso a su productora “en bancarrota” la bautizó como “Huachistáculo”, en honor al “maestro de ceremonias” que presentaba el show, quién tuvo un final trágico, según cuenta Luis: en su última aparición comenzó a incendiarse cayendo en medio de la cancha.

Para Almendra su taller es el espacio público, la calle es su centro de operaciones. Por tal motivo entre varias de sus acciones esta haber dormido en los cementerios y techos de las casas en plena zona industrial. “En esa época yo era un mochuelo viviendo sólo y pasando apreturas económicas. Dormía en una pieza chica, sin ventanas. Un día asqueado de ese cuarto decidí convulsionar e interferir mi vida cotidiana. Así que me fui a dormir a la calle sin siquiera saber que tal acción vislumbraba otra forma vivir”. Así que se fue por un tiempo con cama y pijama, mientras las gaviotas formaban la letra “v” encima de él. Los que ven las fotos no pueden creer que el paisaje de tuberías y tumbas no haya sido photoshopeado.
“Para mí el sur de Chile en general es una especie de paraíso exuberante a la hora de llevar a cabo estas acciones de arte. Si trataras de ocupar una calle de Barcelona o Berlín la policía o guardia urbana te pondría obstáculos, sobre todo siendo ilegal; antes de realizar tu acción tendrías que dar explicaciones acerca de quién eres, ya que en aquellos territorios todo está normado. La gente también se acerca con otra disposición. Incluso en Santiago. En cambio acá se puede inventar y hacer casi de todo… quemar una cama en la mitad de un puente por ejemplo. Hasta los travestis prefieren venir a Conce, donde pueden crear sus espacios y no hay ningún neonazi hueveándolos”, dice Almendra mientras toma una cerveza en un local de la Diagonal que conduce al hospital de Concepción. Varios amigos entran, lo saludan felices y salen.
FOTONOVELAS

El verano de 2004, Almendra volvió a aparecer en los medios penquistas. Su nueva acción consistía en paralizarse dentro en una nave de cartón cubierta de avisos económicos, en el centro de Concepción.
“La gente pensaba que yo era una estatua humana, pero la verdad es que yo permanecía inmóvil por más de seis horas dentro de esto que parecía un robot pobre o espanta pájaros urbano. El episodio por supuesto era chiflado ya que las personas se sentían estafadas al ver que el armatoste no se movía… jejejeje, incluso en varias oportunidades trataron de botarme. Y pensar que en el fondo dicha acción para mí era una forma personal o ingenua de protestar acerca del indecente sistema laboral para jóvenes chilenos”
Pero lo más notable vino tiempo después, con la segunda parte de su fotonovela “biográfica” titulada “Una funeraria llamada Jesús de Nazareth”, donde el cuerpo del guardia/artista ahora se descompone al estilo película Gore hasta cobrar nueva vida. En la tercera parte, “Quirófano” (2006), comienza la reconstrucción y en “Historia de un hombre que fue devorado por un pez”, comienza el conflicto con una criatura marina infernal.
EL DIOS DE LOS PERROS

A Becerro le impresionó el trabajo de Almendra y le propuso prestarle las instalaciones del centro de arte experimental “La perrera” para continuar su alucinante fotonovela. Entre perros disecados, el protagonista de la obra, escapando del pez mutante tiene entre otros, un encuentro con los canes, que, como ha dicho Becerro son el más fiel reflejo de la chilenidad: sin un pasado y expulsados a la carretera, viviendo de lo que encuentran cada día.
“No tengo claro aún lo que haremos en vivo. Tampoco quiero contar mucho. Lo importante es que trabajaremos una semana con los perros y habrá una performance sorpresa. Será violenta y explorará actos físicos que no son muy trabajados por los artistas de acá”, dice Almendra, enigmático. Dice, además que gracias a Elizabeth Neira, que se ha destacado por su exploración de los tabúes sexuales, podrá llevar su obra a otro nivel. “El dios de los perros”, séria el quinto tomo de su fotonovela, que espera pronto editar en una versión de lujo.
“Tú me preguntas por el sentido de mi obra. Pero es una pregunta y repuesta compleja por que hasta el momento y siendo franco no tengo claro de quién soy, por lo mismo no sé bien hasta dónde quiero o puedo llegar. Pero si puedo reconocer el interés -mediante estas obras- de generar un “contra – universo”, o zona en el mundo en donde no existen las certezas de la vida capitalizada. Y para esto se me hace necesario vivir intensamente la vida subjetiva, destruyendo paulatinamente mi educación para reeducar mis sentidos. De todos modos no creas nada de lo que digo”, cierra Almendra, mientras sus amigos entran al local, lo saludan y se van.
ACCIONES NOTABLES DE ALMENDRA EN CONCEPCIÓN/TALCAHUANO

EXPEDICIÓN ICONOCLASTA (NOVIEMBRE 2008): “Colectivo de interferencia y convulsión de la vida cotidiana. Gestado en las dependencias del servicio de psiquiatría del hospital regional de Concepción. Es la vida imaginaria de un grupo de personas unidas por la acción creativa. Intentan desafiar el cáncer geométrico de la vida cotidiana y reanimar el cuerpo humano mediante la observación de los relámpagos.
Los integrantes de “Expedición Iconoclasta” han decidido destruir sus nombres y regalar el número de Rut a los vendedores de tumbas. Disfrutan de los bingos bailables y son empedernidos coleccionistas de los más extraños sonidos de la ciudad.
Ya han realizado acciones. Por ejemplo han trazado un camino invisible por la ciudad de más de cuarenta metros y de color rojo. Para ellos no existe la certidumbre, solo flujo y acción”.

2. SISMO. ACCIÓN COMPUESTA POR UNA TRILOGÍA. SISMO 1 – SISMO 2 – SISMO 3 (2005-2008): “En cada acción se presenta el intento de un grupo de personajes por desafiar la fuerza de gravedad de la máquina más vomitiva del mundo llamada TAGADÁ. Una de las formas para desafiar ésta es comiendo tallarines o durmiendo sobre la estructura centrífuga”.

3. CONCIERTO PARA ORGANO (2006): Camino en el centro de concepción. Bajo mi chaqueta, a la altura de mi pecho llevo escondido el corazón ensangrentado de un Vacuno.
Las calles viven repletas de Banderas y consignas políticas pregonando el último día de elecciones para concejales de la octava región.
Me dirijo al palacio Castellón… sitio que pronto será destruido para construir un centro comercial llamado Hites… mientras tanto el lugar es ocupado por el deseo de invadir y liberar la vida cotidiana.
Subo los escalones para encontrar en el salón principal un intenso concierto de Bach para órgano.
En ese instante, y rodeado de gente extraigo el corazón bajo mi chaqueta para devorar su tercera parte.
EL MANIFIESTO “HUACHISTÁCULO”
“Lo sagrado y las prohibiciones cotidianas. La creación de las imágenes y la libre expresión del sueño. El lenguaje y la pulsión alucinatoria. La fiesta de los instintos y la acción social. La expansión de nuestros estados de conciencia y de subconciencia. La elucidación (aclaración) de la subconciencia colectiva. La gestión política de nuestra propia existencia. Todo esto es concebible cuando hayamos conquistado la soberana multiplicidad del ser. Y querrá decir que habremos sobrepasado el arte, que hemos ido más allá del teatro y alcanzado la vida”
HUACHISTACULO
MANIFIESTO ICONOCLASTA
ICONOCLASTA:
Destruye los símbolos de la opresión.
ICONOCLASTA:
Subvierte el orden establecido.
ICONOCLASTA:
Quema imágenes de tus enemigos.
ICONOCLASTA:
La violencia simbólica alimenta tu odio.
ICONOCLASTA:
Su autoridad no merece ningún respeto.
ICONOCLASTA:
No tengas compasión por los líderes.
ICONOCLASTA:
Decapita estatuas y rompe retratos.
ICONOCLASTA:
No hay nostalgia para un sistema caducado.
ICONOCLASTA:
Su destrucción es tu deber.
ICONOCLASTA:
Empuña tus armas.
Acciones de arte, colaboraciones con artistas gráficos como Adaos, youtubazos, fotonovela, adelantos:
Por J.C. Ramírez Figueroa para Paula.cl, 15 de diciembre 2008
Antes de dejarse la chasquilla en “v”, Bettie Mae Page, era una típica señorita de Nashville con tanta fe en Dios como ganas de ser famosa. Después, sólo los Beatles pudieron hacerle la pelea en esto de convertir un corte de pelo en contracultura.
Sí, porque la Page encarnó las pulsiones eróticas de la generación de postguerra, la del miedo a la bomba nuclear. Y convirtió el erotismo en algo pop, alegre, irónico. Su intuitiva irreverencia frente al conservador desnudo puritano fue su marca de fábrica desde sus trabajos como pin up, hasta su coronación como conejita Playboy en marzo de 1955.
Por eso, en las célebres fotos sadomasoquistas de sus inicios aparece riéndose. Ella sabía lo ridículo que es estar vestida con un látigo y otra mujer entre las piernas. Estas sesiones se distribuían por correo privado a principio de los cincuenta, al mismo tiempo que modelaba en traje de baño para revistas más masivas. Lo que quería era celebrar el cuerpo. Jamás se desnudó completamente y muchas sesiones eran con ropa corriente.
“Creo que Dios me dio el talento de posar para fotografías y eso hace feliz a la gente. No puede ser algo malo, ¿verdad? Si a él le disgusta, me lo hará saber de alguna manera”, decía en la película The Notorious Bettie Page (2005).
La cinta resume un calvario parecido al de Marilyn Monroe: abusada por su padre y criada en un orfanato. Se casó a los veinte y se tituló de profesora de artes, tomando paralelamente cursos de actuación. Su marido se fue a la guerra y ella lo pasó mal. Se divorció a los veinticuatro y se marchó a Nueva York. Después fue descubierta por un policía aficionado a la fotografía y por los hermanitos Irving y Paula Klaw, que tenían un negocio sadomasoquista, vieron en ella el futuro del erotismo.
Antes, sus fotos sólo se veían a escondidas. Ahora sus retratos circulan libremente en internet, en sitios como Bettiepage.com o grrl.com. Y no sin razón. Para la generación punk de los setenta y, sobretodo, para la actual que posa en páginas de erotismo punk -como alt.porn y Suicide Girls-, Bettie Page es un ícono. Una mujer que difería totalmente de la rubia platinada o la morena complaciente. Aunque no sepan su nombre, todas están bajo la influencia Bettie Page: Uma Thurman usó el mismo peinado en Pulp Fiction de Tarantino. Natalia Oreiro la homenajeó tanto en la revista Rolling Stone como en el video de Tu Veneno, y así suma y sigue.
Pero la Page no estaba enterada de su revival, aunque a veces daba entrevistas y cobraba derechos de autor. A fines de los cincuenta, Bettie ya había desaparecido tras una polémica judicial por cargos de pornografía contra los Klaw. Dicen que se convirtió al cristianismo (lo que no sorprende porque siempre fue creyente), que se casó varias veces, que tuvo depresión, que fue detenida por atacar una casa, que viajó a Angola a misionar.
El pasado jueves, murió de un ataque al corazón en Los Angeles, mientras muchos pensaba que ya estaba muerta. Algo le pasó a fines de los cincuenta que jamás ha sido aclarado en sus biografías o películas, que hizo que dejara sus sueños cinematográficos y de modelaje. “Nunca entendí cómo alguien creyó que posar atada fuera algo sexy. No me parece”, dijo en algún momento. Tal vez encontró la escalera al cielo.
El 3 y 4 de noviembre tocará la banda en Chile. Una buena oportunidad para atestiguar el renacimiento de quienes, gracias a sus poderosas canciones e integridad artística, pavimentaron el camino a Nirvana y al resto de las bandas que echaron al pop maqueteado de Michael Jackson de todos los número uno. El grupo estaadounidense cerrará las dos noches del festival SUE en el Arena Movistar:
J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 25 de octubre 2008.
R.E.M. es una institución en la música pop contemporánea. Una banda que pasó del circuito college (universitario) directo a las multiventas, sin transar absolutamente nada. Y en plenos noventa, mientras las nuevas bandas imitaban su música y actitud, decidieron jugar un poco con la distorsión y la electrónica. En el camino perdieron un integrante, pero este año regresaron más fuertes que nunca. Su disco Accelerate es la síntesis de todas estas luchas. Con dramatismo y belleza, R.E.M. confirma por qué es la gran banda estadounidense de los últimos veinticinco años. A continuación, cuatro razones para no perderse los shows que brindarán en Santiago el próximo lunes 3 y martes 4 de noviembre.
R.E.M. PAVIMENTÓ EL CAMINO A LA “NACIÓN ALTERNATIVA”. Antes de caer en una clínica de rehabilitación, escaparse, apuntarse en la cabeza y convertirse en la última leyenda del rock, Kurt Cobain, líder de Nirvana, tenía algo claro. “Nuestro próximo disco sonará hermoso, etéreo y acústico. Como el último de R.E.M. Si pudiera componer al menos un par de temas tan buenos como ellos lo hacen… Dios, son lo máximo”, dijo a la grabadora de la revista Rolling Stone. Cobain se refería al Automatic for the People (1992). Obra que coronó una carrera iniciada con el explosivo single “Radio Free Europe” (1981) y que estalló con Green (1988) y Out of Time (1991), el mismo elepé que contenía “Losing My Religion” y la irónica “Shiny Happy People”. El disco elogiado por Cobain contenía toda la integridad musical posible en una obra de música pop. Himnos redentores (“Everybody Hurts”), actualizaciones de la música de raíz estadounidense (“Drive”, “Find the River”), pop de herencia sesentera (“Sweetness Follows”) y estribillos cautivantes en su simpleza (“Man on the Moon”). Era la marca de fábrica del grupo, que, contradictoriamente, logró escalar en los rankings, radios y canales de música. Su sonido, dramático y de raíz folk, rock y pop, permitió que el cerrado ambiente estadounidense se tornara receptivo a Nirvana, Pearl Jam y el resto de las bandas más “subterráneas”. Un antídoto contra música maqueteada como New Kids on the Block o de típica brutalidad americana tipo Guns N’Roses.
RESCATARON LA MÚSICA QUE NO ESCUCHAN TODOS. “No somos otra banda fiestera. No tocamos new wave. Y no tenemos nada que ver con B-52 ni ninguna otra banda de la ciudad”, decía un enfurecido y pelilargo Michael Stipe en octubre del 82. “No creo que estemos listos para los grandes auditorios. Estamos más concentrados en escribir canciones y ser la mejor banda en vivo”, declaraba en la misma entrevista el guitarrista Peter Buck.
¿Cómo llegarían a ser los más grandes de todos? En el rock, la historia también la hacen los ganadores. Elvis, Beatles, Led Zeppelin, Pink Floyd o Metallica. Sin embargo, también existe un “canon alternativo” que agruparía a bandas y solistas creativos e influyentes, pero que jamás obtuvieron el reconocimiento masivo.
Música que si se escuchara con atención, convertiría al rock en algo más que riffs básicos y de contracultura domesticada. Discos que sonaban todos los días, por ejemplo, en la disquería Wuxtry Records de Athens, Georgia. Allí trabajaba Peter Buck, quien se dedicaba a tocar la guitarra y atender a los clientes. Es fácil detectar a través del sonido R.E.M. la música que escuchaban junto a Michael Stipe, estudiante de fotografía y pintura. La cristalina mezcla de country/folk y rock de los Byrds, la suciedad y belleza de Velvet Underground, el power pop dramático y tierno de Big Star. También la fuerza renovadora del post-punk o su equivalente estadounidense con The Replacements o Husker Du. Un sonido que podía pasar de los estribillos pop a la alta velocidad del hardcore.
Los mismos álbumes que sonaron en una fiesta en 1980, cuando se conocieron con Bill Berry (baterista) y Mike Mills (bajista). Aunque digan que R.E.M. en realidad no significa nada, en neofisiología se conoce como “Rapid-eye-movement”, la fase profunda del dormir, cuando se producen los sueños. Con ese nombre se presentaron por primera vez en una iglesia de Athens, tras unos meses de ensayo. Inmediatamente a R.E.M. se le clasificó dentro del subestilo jangle, llamado así debido al jangling (rasgueo) de las guitarras, una música que sin renunciar a lo pop, no encajaba con los sintetizadores o el heavy metal radial.
MÚSICA PARA PERDEDORES. “R.E.M. tiene el don de captar el pulso de la generación. Una rápida revisión de algunos de los singles de sus últimos álbumes es capaz de deprimir a cualquiera. Pero la depresión no es existencialista a lo Pink Floyd ni necesariamente dark o politizada. Más que depresión, lo que Stipe siente -y transmite- es angustia, ansiedad, neura. No tiene nada claro, pero tampoco quiere seguir así. Está enojado, pero ni tanto. Más bien está asustado”, escribía Alberto Fuguet en 1991.
R.E.M. había pasado de secreto a voces a la masividad, gracias a canciones como “The One I Love” o la extraordinaria “It’s the End of the World As We Know It (And I Feel Fine). Ambas de Document (1987), su último disco para el sello independiente IRS.
A diferencia del egocentrismo de U2, la única banda que le hacía el peso, R.E.M. había optado por la muy personal mirada de Michael Stipe. Un tipo que había jugado a cantar sin que se entendiera muy bien lo que decía en discos como Recknoning (1984). Ahora había aprendido a sacar la voz y convertirse en la voz de los perdedores, los que no lograron ser lo que querían, los que no aprendieron a vivir en la sociedad post-capitalista.
“Nuestras canciones son para aquellos a los que nadie eligió para bailar en la fiesta de graduación. Los que tenían la cara con acné. Los que se quedaron al lado del parlante toda la noche y terminaron solos”, dijo alguna vez Michael Stipe. Luego vendría “Losing My Religion”, la respuesta a todas las bandas que sonaban como ellos en el ruidoso Monster (1994), el activismo político, la renuncia del baterista Bill Berry y los desesperados intentos por seguir adelante en Up (1998) o Reveal (2001).
EL IMPULSO ACCELERATE. “Lo hicimos al estilo antiguo. Reflexionamos entonces dónde nos encontramos culturalmente en 2008, y creo que hicimos un gran trabajo, encontrando las canciones, la actitud y el sentimiento adecuado”, señaló Michael Stipe en una reciente entrevista para “El Mercurio”. En efecto, mientras Around the Sun (2004) sonaba vacilante y, a ratos, como si parodiaran su propio estilo (escuchar “Leaving New York”, “Make It All Ok”), Accelerate (2008) se aleja de los guiños electrónicos y pianos afectados y elige la misma fórmula que usaron a mediados de los noventa: las guitarras y el impacto emocional en seco.
Desde la furia de “Living Well Is the Best Revenge”, pasando por el country/folk de “Houston” hasta las descarnadas modulaciones de Michael Stipe en “I’m Gonna D.J.”, Accelerate es un álbum perfecto para defender en vivo y que, de paso, captura estos años de crisis y confusiones.
El festival SUE
La versión 2008 , será el lunes 3 y martes 4 de noviembre en el Arena Movistar. R.E.M cerrará ambas noches. La primera incluirá además a los británicos Kaiser Chiefs y los estadounidenses Mars Volta. La segunda noche, actuará The Jesus and Mary Chain, banda escocesa celebre por mezclar altos niveles de ruido con un pegajoso pop heredero de los sesenta. Son una de las favoritas de R.E.M. Entradas de 11.000 a 55.000 pesos. Más información: www.sue.cl y www.rockandpop.cl (radio oficial). La discografía de R.E.M., se encuentra en en Chile bajo el sello Warner.
Se estrena en Chile la comentada colaboración entre Scorsese y los Rolling Stones: Shine A Light. El “documental”, que en realidad no es más que un estupendo recital en vivo. El mismo que deja en claro que si el rock de estadios sigue un guión, los Stones fueron los primeros en escribirlo. Porque no sólo son la banda más longeva de la historia: crearon las mega giras y encarnaron a la perfección un mito. Acá, la historia en cuatro actos de cómo lo hicieron.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Zona de Contacto, 11 de junio 2008.
SO GANGSTA. “Jumpin’ Jack Flash” (1968) acompañando a Robert de Niro en la iniciática Mean Streets(1973) o “Gimmie Shelter” (1969) por partida doble: en la intro de The Departed(06) y coronando los excesos tóxicos de Ray Liotta en Goodfellas(1990).
Dos canciones escritas por los Stones en su etapa más mafiosa, la época en que expulsaron a su propio fundador y guitarrista Brian Jones (1969), que apareció muerto en su piscina un mes después. Un momento clásico del rockandroll que varios artículoscalificaron como asesinato premeditado.
Dos años antes Jones, Jagger y Richards habían sido encarcelados por posesión de marihuana y eran el demonio rockandrollero que azotaba al mundo. Y ellos golpeaban de vuelta titulando su disco como “déjalos sangrar”, Let it Bleed (69), en abierta burla a los peleados Beatles del Let it Be (disco “póstumo” de los fab four grabado ese año, pero editado al siguiente).
El mismo año en que los Stones dieron un concierto gratuito en Altamont, San Francisco, para presentar aquel disco, y donde un fan terminó asesinado por los motoqueros Hell’s Angels encargados de la seguridad.
No es de extrañar entonces, que la elegancia gangsteril de los Rolling Stones de aquella época fascinara tanto a Martin Scorsese.
“Cuando era estudiante, yo daba vueltas alrededor de la música de los Stones. Los escuchaba e imaginaba escenas de cine. Y esas canciones me inspiraron para hacerlo… En mi cabeza hice esta película hace cuarenta años. Simplemente sucedió que recién pude filmarla ahora”, declaró “Marty” (como le dicen sus amigos Jagger y Richards), durante el estreno de Shine a Light(08).
Ese es el “documental” -en rigor es el registro de dos shows realizados en el neoyorkino teatro Bacon en septiembre de 2006- que junta a dos leyendas, y que se estrena el jueves 19 de junio en cines chilenos.
No es una película, ni un documental. Aquí no hay arqueología rocker como lo hizo Scorsese con Bob Dylanen su celebrada No Direction Home(05). Shine a Light (08) está más cerca de The Last Waltz(1978), la sentida filmación que hizo del adiós de The Band o a su primer trabajo como asistente de dirección en Woodstock:Un escaneo a rostros, muecas y actitudes, que generalmente se ven desde lejos. O en una pantalla gigante.
Pero Shine a Light también es el registro de una banda que protagonizó la revolución y posterior estandarización del rock and roll. Una banda que no sólo no ha muerto, sino que ha dado con la fórmula para vivir entre el reviente y las giras siempre fastuosas, siempre energéticas, siempre predecibles, sin importar el disco que lancen. Igual que U2 o Kiss.
A continuación, cuatro razones para entender cómo el rock and roll pasó de ser una revolución cultural a un parque de diversiones: un lugar seguro pero aparentemente arriesgado, que no molesta nadie. Y todo eso lo hicieron primero los Stones.
COPIAR Y PEGAR. Los Stones son de una generación pobre, posterior a los bombardeos alemanes de la II Guerra. Por eso las letras y la moral del blues y r&b que escuchaban por onda corta, les resultaron más inspiradoras que los “teen idols” de la época como Paul Anka o Cliff Richards. Así se conocieron Mick Jagger y Keith Richards: con una colección de discos bajo el brazo.
Liderados en un comienzo por Brian Jones, los Stones fueron profundos investigadores de la raíz estadounidense, por algo ahora son los primeros en presentar sus respetos al fallecido Bo Didley.
Sus primeros tres discos —el homónimo de (1964), Rolling Stones 2 y Out of Our Heads, ambos del 65— son antológicas versiones del rock and roll, soul y blues urbano estadounidense.
En la sexualidad de “I’m just want to make love with you” (Willie Dixon) o “Walking the dog”(Rufus Thomas), la velocidad de “Carol” (Chuck Berry) o “Route 66″ (Bobby Trump) y el soul de “Good times” (Sam Cooke), están casi todas las claves del sonido Stone.
Una revolución seguida por The Animals, Small Faces, The Kinks y The Who, que sorprendió y enojó a los autores originales, que acusaban a los Stones de robarles todo.
Eso, hasta que recibieron el golpe de vuelta cuando Otis Redding sacó su cover para Satisfaction, una original de los Stones.
A continuación, Redding tocándola en vivo en 1966. Ojo con la cara de Jagger al final del video: no sabe dónde esconderse. Al final no le quedó otra que declarar “Ottis la toca mejor que nosotros”. Es que en esa época los Stones recién se sacaban el uniforme de chicos buenos.
Los increíbles Aftermath (1966) y Between the Buttons (1967) fueron sus primeros discos compuestos íntegramente con material propio ¡Y cómo tocaban! Pero volvamos atrás: Los Stones presentados por Dean Martin en 1964, haciendo una versión de “Not fade away”, canción popularizada por Buddy Holly.
EL ROCK ES UNA MARCA. Casi siempre detrás de una gran mega banda, hay un muy buen manager. El de los Stones era un veintiañero y ex publicista de los Beatles llamado Andrew Loog Oldham, que les ofreció llevarlos a la cima el 64 con un plan claro: definirse como la antítesis de los Beatles. “Si ellos eran Cristo, nosotros seríamos el Anticristo”, teorizó. Así nació la marca Stones.
“Más que una banda, son un estilo de vida”, fue el primer slogan que escribió para su debut homónimo del 64. Le siguieron otros como: “¿Dejaría a su hija salir con un Rolling Stone?” y “Madres: encierren a sus hijas en casa porque vienen los Rolling Stones”.
Para cerrar la operación Oldham se reunió con Brian Epstein, manager de los fab four, y juntos acordaron planificar los lanzamientos de singles y discos de ambas bandas. Incluso los Beatles les dieron una canción: “I wanna be your man”, un año antes que Oldham encerrara en el baño a los Stones, para obligarlos a componer una canción propia.
Aunque Richards y Jagger señalen que no fue “exactamente así”, lo cierto es que el resultado a la salida del baño fue “As tears go by” (1964)
Durante la primera mitad de los 60s, mientras los de Liverpool sonaban limpios y disciplinados, los Stones eran sucios y salvajes. Todo eso se puede apreciar en este videocomparativo de “I wanna be your man”, tocada por ambas bandas.
Hasta que los Beatles se separaron, los Stones no dejaron de ser una respuesta a Lennon y McCartney. Sólo un par de ejemplos: cuando los Beatles sacaron Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band (67), los Stones editaron Their Satanic Majesties Request. Tras “All you need is love”,ellos lanzaron “We love you”. Y la lista sigue.
“Me gustaría listar todo lo que hicimos, contra todo que hicieron los Stones dos meses después”, diría un furioso Lennon en la famosa Rolling Stone Interview de octubre de 1970, cuya versión grabada la estrenó la BBC el 2005. Para oírla, acá.
Sexuales, malvados, rudos, viciosos y feos, parece que los Stones nunca se separaron sólo para seguir llevándoles la contra. A continuación dos clásicos videos del Rock & Roll Circus (1968). Primero tocando “Jumping Jack Flash”, para una audiencia top que incluía a Lennon y Yoko Ono.
PROTAGONIZAR EL MITO. Los Stones se adueñaron del concepto “rock and roll” completo, al convertirse en su mejor sinónimo.
Asesinatos, arrestos, drogas, supermodelos y muchos, muchos clásicos, cruzan su trayectoria. Una asociación de sexo, drogas y rock and roll que se convirtió en marca registrada, y que ha logrado resistir desde el punk que asoló Londres al “rock alternativo” noventero. Un grupo cuyos integrantes tienen más de sesenta años y que a pesar de su salvajismo, siguen de pie y llenando estadios.
Lo hicieron conjugando la calidad musical con el mito. Tenemos por una parte indiscutibles momentos de perfección rockera, como esa panorámica del pop psicodélico y beat inglés Between the Buttons (1967), el incendiario Beggars Banquet (1968, considerado por muchos, el mejor disco de los Stones) o el fundacional doble Exile On Main Street (1972) que sintetizó riffs, tres tonos y rock desesperado.
Esa forma de tocar estaba unida tanto en letras como sonido, al mito fundacional del rock. Y en los Stones siempre hubo perfectos protagonistas para encarnarlo: Richards el reviente. Jagger el sex symbol. Watts, el intelectual que iguala al sucio rock, con las expresiones artísticas más clásicas de la humanidad.
Las aventuras de los Stones se cuentan por cientos. Del libertinaje salvaje de las noches blancas de Keith Richards (64 años), quien siempre tenía una cajita con cocaína al alcance de la mano mientras grababa Exile… en París -en el mismo estudio que usó Deep Purple para registrar el himno del heavy metal “Smoke on the water”- a declarar que se jaló las cenizas de su padre, sólo hay casi cuatro décadas de distancia.
Mick Jagger (64 años) partió quitándole la novia a Keith (la italiana Anita Pallenberg, quien a su vez fue esposa de Jones) y ahora tiene siete hijos reconocidos de cuatro supermodelos (su novia actual es L’Wren Scout).
Nótese lo bajito de Mick, cosa que sorprende a todo el mundo, en esta foto.
Y Charlie Watts (67), el baterista que quería ser pintor, pero que renunció a ello por no tener talento. El único atormentado del grupo, el mismo que arma y desarma grupos de jazz para tributar a Charlie Parker y apoyó las “acciones de arte” del grupo como incluir una foto de un baño público(Beggars Banquet, 1968) o un cierre diseñado por Warhol(Sticky Fingers, 1971).
Todo eso se ve en Shine a Light: Un mega energético Jagger perreando con una entregada Christina Aguilera. Un muy pero muy carreteado Keith Richards mirando de reojo, haciendo chistes picantes y fumando como carretonero.
La diferencia de estilos de vida se nota: aunque seis meses mayor que Richards, en el escenario Jagger parece su nieto.
Watts haciendo gala de un sentido del humor parco, potenciando las canciones con la misma precisión de Ringo. Y la solidez de Ron Wood (que venía de los Faces de Rod Stewart), el guitarrista que se quedó en los Stones casi por casting a partir del 73-74.
Un “estilo de vida” que comenzó a suavizarse tras las internaciones de Richards y la vida sana publicitada por Jagger. Aunque en el imaginario, los Stones siempre serán salvajes y drogadictos.
Los dejamos con dos clásicos con 16 años de diferencia. Primero “ (I can`t get no) Satisfaction”, en su famosa versión censurada durante una aparición de tele en 1965.
UN PARQUE TEMÁTICO STONE. Los Rolling Stones fueron los primeros en tomar conciencia que el dinero estaba en los shows en vivo. Mientras los Beatles experimentaban en el estudio, ellos organizaban giras cada vez más monumentales. Si bien entre el 67-69 se tomaron un relativo descanso por drogas, de ahí casi no pararon más.
Con el devenir de las décadas, pasaron del salvajismo a convertir los mega shows en una montaña rusa: arriesgados sólo en apariencia. Porque eso que llamamos “rock de estadios” comenzó a fundarse con los Stones, y terminó de definirse con Led Zeppelin, Kiss y Pink Floyd.
Desde experimentos como el show televisivo Rock & Roll Circus (1968), que salió recién treinta años después, porque estaban celosos de lo bien que tocó The Who, al histórico concierto de Altamont donde murió un fan en cámara asesinado por los Hell’s Angels —la pandilla de motociclistas que le hacían la seguridad a los Stones, como se puede ver en el imperdible documental Gimmie Shelter(70)— ellos definieron los megaconciertos.
A continuación, los Stones tocando “Sympathy for the Devil”, con Jagger parando el tema y pidiendo que los “hermanos y hermanas se calmen” antes de proseguir. Pero el diablo ya había metido la cola: la “seguridad” había acuchillado a un fan en las primeras filas, sin que la banda lo notara.
Precisamente esos incidentes marcarían sus posteriores mega giras: seguridad, luces, puesta en escena, amplificación, espectáculo masivo. El lenguaje del rock de estadios. El refugio más digno que encontraron los Stones.
Es que desde el Tatto You (1981), sus discos son poco más que souvenirs de gira, justificativos del despliegue técnico y las notas de prensa que anuncien que “no, no se separan, aunque esta podría ser la última gira” y promocionan cada disco como “el mejor desde los clásicos de los setentas”. Pero basta escuchar los singles, para darse cuenta que sólo son una excusa para justificar las giras mundiales.
De su última gira es Shine a Light. Un show presentado por Bill Clinton, que incluye a un tímido Jack White, una canchera Christina Aguilera y al blusero Buddy Guy, el único que obliga a la banda a salirse de la rutina de saltos, miradas y frases perfectamente estudiadas, que de tanto repetir ya forman parte de ellos.
A no confundirse con su campaña promocional: Shine a Light no es ni una película ni un documental, menos una biografía. Es un encuentro de amigos de alta calidad. Un imperdible para cualquier rollinga y/o amante de Scorsese.
Un “Marty” en su expresión más payasa, transmitiendo a la perfección el show ultra controlado, de la banda más longeva de la historia del rockandroll. Todo salpicado con breves, divertidas y reveladoras entrevistas de archivo.
Una filmación que deja en claro por una parte que el sexo es mejor que las drogas (cosa de comparar a Jagger con Richards), pero sobre todo, que si el rock de estadios sigue un guión, los Stones fueron los primeros en escribirlo.
Shine a Light se estrena en cines el 19 de junio.
Baterista, operador informático, ex metalero, organillero y músico oficial de La Tirana. Estay (32 años) decidió traspasar los pulsos autóctonos a la batería. Grabó con Amongelatina, colaboró en el último disco de Jirafa Ardiendo y sigue dándole como caja ahora con un libro.

Vengo del metal. Tocaba la batería en un grupo thrash de Maipú, a mediados de los noventa. Me cargaba que cantáramos en inglés. Sé que cuando se es chico, la música que te pega generalmente viene de afuera, pero yo les decía que tratáramos de hacer las letras en español.
Ellos me respondían: “Es que no calzan con la música”. Me aburrí. Trabajaba de técnico informático en una compañía minera. En el norte. Pucha que se ganaba plata. Cuando volvía a Santiago tocaba en Amongelatina con Marcel Molina (ex Santos Dummont). Fue un salto experimentar ese estilo tirado al “lounge”, aunque jamás abandoné el doble bombo.
Me acuerdo que hace años había un rollo con la “globalización”. La pregunta era dónde estaban nuestras raíces. Los Tres y Joe Vasconcellos aportaron algo en redescubrirlas, pero siempre desde el pop. Yo, de metido y porque era autodidacto, me inscribí en la Escuela Moderna de Música.
El problema era que en la biblioteca no había muchos textos. Pero un profesor, de apellido Levy, que era seco y había estudiado con el baterista de Toto, me dijo: “Hay que cuidar la técnica, pero también el estilo”. Así que me dediqué a buscarlo.
Me puse a trabajar de vendedor ambulante y en la feria había que tener calle y ser pillo. Lo que ganaba me alcanzaba justo. Era excelente estar en el “mundo popular”. Lo que más me gustó fue esa “chilenidad” sintetizada en el “acá no ganamos mucho, pero puta que te cagái de la risa”.
ENTRE LAS FERIAS LIBRES Y LA BATUTA. Era rarísimo en la mañana escapar de los pacos y en la noche tocar en la SCD o La Batuta, con catering incluido. Ambos mundos me potenciaron. De hecho, a mí me hacían hablar con el público y yo aprovechaba todo lo aprendido en la calle.
Tuvimos conversaciones con el Eddie de Pánico cuando tenía Combo Discos. Pero justo firmaron con Francia y se fueron. Al menos pude hacer un solo cuando teloneamos a Holden en el Teatro Providencia (2000). Me gustó haber grabado con Amongelatina el disco “Saunacabaret” (2004). La banda sigue en funcionamiento, pero yo ya había encontrado mi rumbo: traspasar los ritmos tradicionales a la batería.
Mis compañeros me hablaban de músicos gringos y los míos estaban en Chile, como Tilo González (Congreso). Lo veía y decía: “¡Éste es mi baterista favorito!”. Se me ocurrió trabajar los ritmos tradicionales de Chile y traspasarlos a la batería, ya que no hay textos al respecto. Junto a Germán Concha (Bafona, organizador del Festival de Olmué) postulamos un proyecto al Ministerio de Educación.
Elegimos el norte por lo percusivo. Cuando fue aprobado, Osvaldo Cádiz, investigador y marido de Margot Loyola, me aconsejó ir a La Tirana y observar. Había que esperar que ellos te invitaran. Porque es complicado sacarle información al cultor tradicional. Cuidan mucho su oficio y tradición. Le temen al mal uso o que te apropies de su trabajo.
LA TIRANA: UNA CONFITERÍA. La Tirana es una verdadera confitería. Como cuando a un niño le dicen “come lo que quieras” y todo es tan rico y bueno que no puedes terminar de comer nada. Es tanta la información, los colores, el arte, la danza, la música, el potencial es tan grande que no alcanzas a comerte todo. Es la megafiesta, más que cualquier fiesta electrónica. Terminé participando como músico oficial del baile los tres años siguientes. De hecho, somos amigos con el director de la Gran Banda Wiracocha, la más grande del país.
Mi trabajo es etnográfico; es decir, meterme en el ambiente de la gente, almorzar y vivir con ellos hasta entender las claves musicales. Viviendo así te vuelves mejor persona. Si te fijas, acá en Santiago son las empresas las que organizan las fiestas. Allá las hacen ellos mismos. Descubrí cosas como que hay tres géneros distintos que usan el mismo ritmo: salto gitano, diablada y salto limpio. O también el sambo caporal, muy popular en los ochenta. Me demoré dos años en descifrar su rítmica, porque mientras los pies hacen un ritmo, las manos hacen otro. Mi método de texto tiene 200 ejercicios, además de un estudio sobre la percusión nortina.
DALE, DALE. También soy secretario de la Corporación Cultural Organilleros de Chile, que agrupa asimismo a los chinchineros. Mi averiguación sobre el chinchín y el organillo forma parte de mi segunda etapa de investigación. La primera fue el norte, ésta es el centro, y ahora será Chiloé.
Al estudiar esta música me hice chinchinero. La historia del instrumento es reinteresante. A fines del siglo XIX llegaron 300 organillos a Valparaíso. El chinchín se desarrolló después, basado en la idea del “hombre orquesta”. De hecho, trabajaron juntos, pero cada uno encontró su camino. Es chistoso saber que, por ejemplo, antes había grandes peleas entre ellos por quién guardaba la plata. Pero lo realmente interesante es saber que el chinchín es único en el mundo y que los extranjeros se impresionan mucho cuando ven a un ejecutante.
Con el organillo pasa algo parecido; Chile tiene una tradición que se ha mantenido. De hecho, los descendientes de Héctor Lizana, uno de los viejos impulsores del instrumento, ya están siguiendo sus pasos. Esto no se va a acabar tan fácil. Para eso estamos nosotros y la gente. Ah, y toqué chinchín en “Pulmonía” el nuevo disco de Jirafa Ardiendo (“Frágil”).
Desde su juventud, Dylan ha sido un cantautor con alma de viejo. Una piedra rodante que desde mediados de los 80s se mantiene en gira constante con su Neverending Tour, el que lo trae por segunda vez a Chile. Más que la leyenda que nunca quiso ser, a Dylan le gusta verse como un recopilador de las raíces estadounidenses. Porque para él, el pasado es el lugar donde habitan todas las respuestas. Aunque éstas claro, estén siempre flotando en el viento.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Zona de Contacto, 3 de abril 2008.
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DISCOS ESENCIALES:
The Freewheelin’ Bob Dylan (1963):
Una portada tan clásica como su sonido de guitarra y armónica. Una colección de himnos como “Blowin`in the wind”, “Masters of war”, “A hard rain are a-gonna fall”, todos tan certeros como impresionantes. Acá Dylan se volvió icono generacional.
Acáun video de la época para “Blowin’ in the wind”.
Highway 61 Revisited (1965):
La música de raiz (folk, country, blues) Dylan la hace pop, eléctrica e indomable. Abre con el clásico “Like a Rolling Stone” y después de un huracán de riffs y letras de amor/odio cierra con la surrealista “Desolation Row” donde T.S Elliot, el Fantasma de la Ópera y la Cenicienta comparten una fiesta alucinada que termina mal.
Acáun video de la época para “Like a Rolling Stone”
Blonde on Blonde (1966):
Su obra maestra. Disco doble grabado con músicos de Memphis, que expande las búsquedas musicales de Dylan (hay desde himnos del ejército de salvación hasta pop chicle) y sus líricas extraordinarias. Ejemplo de ello es “Visions of Johanna“, donde su protagonista en pleno insomnio se debate entre dos misteriosas mujeres. El rock como forma de arte.
Acáun video de la época para “Visions of Johanna“.
Blood on the tracks (1975):
Dylan jamás había escrito sobre su vida personal tan directamente. Para muchos es su mejor disco, uno que inaugura una especie de súb genero, el “álbum divorcio” (el Sea Change, 2002, de Beck sería un ejemplo moderno) donde narra el fin de una relación de pareja con toda la melancolía, el arrepentimiento y el odio que conlleva el proceso. En “Idiot Wind” dice “eres una idiota nena/ me sorprende que aun sepas cómo se respira”.
Acáun video de la época para “”Idiot Wind“.
Live 1966 (1998):
La oficialización de la grabación de un show en Manchester donde tras su soberbio set acústico enchufó la guitarra, por lo que un fan lo trató de “Judas”. Dylan arremete con, tal vez, la más rabiosa version de Like a Rolling Stone de todos los tiempos. El momento en que por primera vez en la historia, un artista pop se atrevía a tratar de idiota a su público. El mejor punto de partida para conocer musicalmente al cowboy eléctrico.
DYLANMANÍA:
No Direction Home (2005) de Scorsese es quizás la mejor forma para introducirse en el planeta Bob Dylan. Su educación sentimental formada por los viejos discos de country, blues y folk hasta su estrellato pop de mediados de los 60s están narrados acá por testigos, excelente material de archivo y él mismo. Lo encuentras en cualquier videoclub.
“Crónicas. Volumen uno” (2005), es su autobiografía centrada en la misma etapa y narrada con el mismo estilo que hablan los cowboys en las películas: áspero, preciso y rico en historias. Lo encuentras en librerías a $8.500.
El recién editado dvd “The Other side of the mirror” compila sus presentaciones en Newport, el festival de “folk abc1″ preferido por los snobs, beatniks y chicos universitarios gringos de la época, donde Dylan tocó por tres años seguidos (63-65), el primer lugar donde lo pifiaron por usar guitarra eléctrica. Precio de referencia $14.000.
Otra buena opción es “Dylan” disco que recopila todos sus singles desde “Blowin’in the wind” hasta la ganadora de Oscar “Things have changed” ($9.900).
También se reeditó en formato dvd el documental “Don`t Look Back” de D.A. Pennebacker donde cámara en mano se registra su gira acústica de 1965.
“Im not there” de Todd Haynes por otra parte, es una película que ficciona la biografía de Dylan, donde destaca la actuación de Cate Blanchett haciendo de un anfetaminado Bob modelo 1966. Su doble banda sonora incluye covers de Eddie Vedder, Sonic Youth, Yo La Tengo, Calexico y Cat Power. Estos últimos hay que encargarlos ya que no están editados en Chile.
El Elke es el sueño de cualquier astrónomo y su heredero Paris Bustos lo sabe. Hijo de un célebre investigador, consiguió fondos y auspicios para terminar este delirio de la tecnología que además de acercar las galaxias a la comunidad de la Octava Región, le permite estar cerca del cielo, sin salir de su casa.
Por J. C. Ramírez Figueroa Figueroa para La Nación, 18 de marzo 2008.

En la carretera que une Concepción con Tomé, entre un montón de casas de madera, se divisa una cúpula blanca. Una sorprendente estructura futurista visible también para los camioneros de la autopista interportuaria Talcahuano-Penco o buses interregionales que deben pasar obligatoriamente por la cercana Chillán. Es el observatorio astronómico Elke, ubicado en la parte más alta de Villa Los Radales, en Penco, allí donde las calles tienen nombres de estrellas como Antares, Canopus o Sirio.
“Fue una iniciativa de Arnoldo, mi padre. Logró que la Municipalidad de Penco las bautizara con el nombre de las estrellas que están justo sobre nosotros”, explica Paris Bustos (28 años), su hijo y heredero del proyecto inaugurado en 1962.
En efecto, fue el fallecido Arnoldo Bustos, un astrónomo aficionado que llegó tan lejos como su objetos de estudio: diseñó y construyó el observatorio, se hizo célebre por sus talleres en la Universidad del Biobío o la Técnica Federico Santa María y fue un gestor cultural que,en la época del cometa Halley en los ochenta, tenía hasta una tribuna en la televisión regional. “Todo lo aprendí de él. Cuando niño me empezaba a hablar de las estrellas, el espacio, las constelaciones. Me llevaba a sus charlas para apoyarlo con la información que me enseñaba”, explica Paris con nostalgia.
Éste no sólo heredó este delirio llamado Elke, sino que también la fuerza de la porfía. Más que sorprender por los cientos de proyectos en que participa, lo notable es que los gana. Precisamente el Fondart, la Municipalidad de Penco y el Observatorio Europeo Austral (ESO) permiten que el observatorio esté equipado y en perfecto funcionamiento.
ODISEA EN EL ESPACIO. Paris se ríe, pero literalmente es capaz de llegar al cielo sin salir de su casa. “A veces me quedo toda la noche escudriñando las galaxias con el telescopio”, explica. En lugar de la calma de los observatorios gigantes del norte del país, acá se escuchan micros, ladridos de perros y a veces hasta reggaeton proveniente de las fiestas de barrio. Pero a él no le importa mucho.
Este verano realizó, como cada año, “La Semana del cielo”, un apasionante inicio de temporada que logra juntar a los niños, pobladores de las villas cercanas y a los astrónomos profesionales de la zona. En el primer piso hay un escenario para las charlas donde se explica el origen del cosmos, los eclipses o cómo a partir de una fotografía se puede estudiar la composición de una estrella. En el segundo está el telescopio principal, además de otros secundarios, una máquina para tomar fotos y computador. “Es una de las cosas novedosas que hay en la comuna. No creo que haya otro abierto al público, ya que generalmente pertenecen al ámbito de las universidades. Vivo cerca y hace un año que lo voy a ayudar. Incluso Paris me ha enseñado a manejar los telescopios. Es infatigable, pero siento que necesita más apoyo. “, dice Roberto Villanueva (31 años).
En la municipalidad, en tanto, aplauden a Paris. “No en todos lados tenemos la posibilidad de contar con un observatorio “a la mano” como ocurre con el Elke. Es importantísimo para la comunidad y para la enseñanza. La mayoría de los colegios lo visitan. Además turísticamente es importante. La gente que viene en el verano pregunta por él para visitarlo. Por eso lo apoyamos”, dicen en la municipalidad.
UN LUJO PARA LA COMUNA. Tanta actividad tiene a Paris tranquilo, aunque algo tenso. Quiere dedicarse a la astronomía profesionalmente (ha estudiado otras carreras) y está reuniendo dinero para eso. Mientras tanto, construye telescopios a pedido, dicta clases en colegios y centros turísticos y continúa administrando el sueño de su padre.
“Somos hijos de una estrella que dejó su reflejo sobre nosotros, moviéndonos hacia lo desconocido. Tenemos que ser partícipes de nuestro pasado y viajar hacia el conocimiento de las estrellas”, dice Paris.
Paris Bustos, el responsable.
Este joven penquista tiene un observatorio en el patio de su casa. Y aparte de hacer telescopios e investigar la formación del universo, tiene un proyecto electrónico con Yogui Alvarado (Emociones Clandestinas) ¿Un genio? Mejor que eso: un tipo dando tumbos que duerme mirando las estrellas.
Por Juan Carlos Figueroa para La Nación Domingo, 24 de septiembre 2006,
Cuando explico que tengo un observatorio astronómico en el patio de mi casa, la gente me mira de arriba hacia abajo y no me cree. Es cosa de tomar una micro a Penco y bajarse en la villa Los Rodales. Distinguirás la cúpula blanca entre los techos y antenas. Arnoldo Bustos, mi papá, era un astrónomo autodidacta. De aquellos tipos desesperados por saber qué había sobre su cabeza. Con el primer sueldo en la refinería de azúcar CRAV donde trabajaba, compró un telescopio. No le costó conseguir financiamiento para su proyecto estrella, el Centro Astronómico Elque, inaugurado en 1962. Para mí, era un genio: hacía clases en la Universidad del Biobío, la Técnica Federico Santa María y Diego Portales, organizaba talleres en la comuna y tenía un espacio en la televisión. Sufrí mucho cuando falleció de un infarto el año 2000. En verdad, fue una mierda todo, pero entendí lo que significa ser el heredero de esto. Y me gusta.
Donde vivo, las calles tienen el nombre de la estrella que pasa por encima de ellas: Canopus, Antares, Sirio. Yo vivo en Alfa Centauro. Fue otra idea de mi papá. Tenía seis años cuando pasó el cometa Halley y los vecinos estaban vueltos locos acá y él les enseñaba feliz de la vida. A mí me interesaba el fútbol solamente. Recién a los 11 años, con un eclipse que vi -por la tele, más encima-, algo hizo click. Era como encontrar un pasadizo secreto en tu pieza y perderte allá adentro.
AISLADO. En el colegio no me pescaban mucho. O sea, hablaba de astronomía y mis profesores me hacían callar. Nunca me entendieron. Creían que yo estaba rayado o algo así. Es que no sabía quedarme callado. Lo que me salvaba eran los congresos de astronomía en los que me inscribía. Era genial para un adolescente penquista viajar, recorrer los observatorios grandes, como La Silla o El Tololo, y compartir con gente de mi edad que estaba en la misma. Ahí uno se siente acompañado. Mi viejo realmente me tomó en serio, cuando lo acompañé a una reunión con el director del Observatorio Europeo Austral.
“Paris, estoy orgulloso de ti. De verdad”. Eso me dijo en el bus de vuelta. Ahí sí que se me infló el pecho. Y créeme que no es normal que alguien de 17 años se demore menos de diez segundos en tener el objeto listo en el telescopio, de saberse la ubicación de cinco mil estrellas y que realmente pueda disertar de corrido las teorías sobre el origen de la galaxia o la composición de ella. Sentí una especie de vértigo. Me llegaba a dar miedo.
ADIÓS, PLUTÓN. Ahora yo soy responsable de este observatorio. El 2001 logré sacar adelante un proyecto Fondart y lo remodelamos. Ahora tiene una sala de conferencias, además de nueva implementación. Cinco telescopios, una cámara para fotografiar galaxias, un computador, biblioteca, sala de clases y una oficina. A pesar de dictar charlas, hacer cursos en colegios o centros vacacionales como las Termas de Chillán, estudiar astronomía bajo un convenio con la Universidad de Lancashire de Inglaterra siento que no he logrado tanto. Yo quiero ser astrónomo, pero siempre hay algo que me impide lograrlo. No sé muy bien qué es.
En los veranos organizo la Semana del Cielo. Es bacán porque vienen todas las familias, incluyendo los cabros chicos, a ver las estrellas. Les muestro mi observatorio, les cuento anécdotas, les explico cómo es posible saber de qué está hecho el universo con sólo fotografiar una galaxia. También estoy con el Yogui Alvarado, de Emociones Clandestinas, en un proyecto llamado Cosmofonic. Él se dedica a hacer música electrónica y yo voy lanzándole imágenes de galaxias. En estos momentos estoy investigando las estrellas de tipo binario en contacto, se llaman estrellas variables cataclísmicas. Puedo estudiar su evolución y compartimiento solamente por los cambios en su luminosidad. También construyo telescopios a pedido.
¿Plutón? Ya pasó a la historia. Ahora es un planeta menor, porque son restos de la formación del sistema solar hace 4.600 millones de años. Es bueno saber eso, porque vamos precisando cómo se comporta nuestro sistema. Esa es la gracia de la ciencia: cambiar el curso de lo que se conoce. Antes, por ejemplo, se creía que el universo estaba fijo, ahora en expansión.
Me gusta mucho esta vida. Tal vez estoy loco, no sé. Lo único que quiero es que mi padre siga estando orgulloso de mí. Y bueno, ¿sabes qué es lo mejor de todo? Que yo duermo acá, en el observatorio. O sea, lo más cerca del cielo que se puede estar en Penco.
En acción
Observatorio Elque. Centauro 13, Villa Los Radales, Penco. VIII Región. Concertar visitas: (41) 245 84 37.
Ringo Starr a pesar de ser el Beatle más querido en Estados Unidos, siempre se sintió inseguro por no hacer solos de batería. Los odiaba, porque sabía que su instrumento debía estar al servicio de las canciones. Después de mucho tiempo haciendo covers con su All Starr Band, regresa con un nuevo disco y con el convencimiento de que el mundo no es capaz de imaginar a Los Beatles sin él.

Por J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 20 de enero 2008.
Ringo fue el primero en renunciar a ser un Beatle. Eran las sesiones del “Album Blanco” (1968) y acababa de grabar las baterías de “Helter Skelter”, la canción más bestial jamás compuesta por los Beatles. Una caótica reacción de Paul McCartney ante declaraciones de Pete Townshend sobre lo supuestamente “heavy” y “desmadrado” que sería el nuevo single de los Who. La tercera y penúltima toma de la canción -cuyo título alude a un tobogán en espiral, popular en Inglaterra- duraba 27 minutos. Fue la más larga de toda la historia del cuarteto. Tan estresado estaba el baterista que en la versión que salió en el disco, entre cambios de volumen y guitarras recargadas, quedó registrada su frase: “I’ve got blisters on my fingers!” (“¡tengo ampollas en los dedos!”).
“Me marché por dos razones: pensé que no tocaba bien, y que los otros tres se sentían felices y unidos y yo no encajaba en el grupo” confesó Ringo en “Anthology” (2000). Después fue a visitar personalmente a cada uno de sus compañeros para decirles que no se sentía querido. Tal como en esa profética escena de “A Hard Day`s Night” (1964) donde se siente tan podrido que va a perderse en una playa, mientras de fondo suena “This Boy” (en los créditos aparecía como “Ringo’s theme”)
El renunciado baterista -que firma sus cheques como Richard Starkey- viajó a la isla de Cerdeña y se dedicó a tomar sol y andar en barco. El capitán le explicaba que los pulpos recolectan piedras preciosas, latas y botellas para ponerlas frente a su cueva como un jardín. Al músico le fascinó la idea y compuso “Octopus Garden”. “En aquella época yo también deseaba vivir en el fondo del mar”, declaró.
Hasta que llegó un telegrama firmado por George, John y Paul: “Eres el mejor baterista de rock del mundo. Vuelve a casa, te queremos”. Cuarenta años después del episodio que, aunque produjo el rotundo “Abbey Road” (1969), no logró salvar a la banda, Ringo está aquí, allá y en todas partes gracias a “Liverpool 8″. Si bien no ha parado de colaborar y sacar otros discos, este es el primero en demasiado tiempo que logra hacer tanto ruido como su clásico álbum de covers “Sentimental Journey” (1970) o el “Time takes time” (1992). La pregunta es, ¿podrá el mundo alguna vez tomarlo tan en serio como cuando renunció a su banda?
Con sus dedos llenos de anillos (“rings”), su carisma y conocimiento del mundo del espectáculo, Ringo fue el primer baterista “mediático” del rock. Un inspirador de miles de vocaciones por los bombos y platillos que paradójicamente fue arrasado por la pirotecnia y los solos interminables que dominaron la escena desde Keith Moon (The Who) y Mitch Mitchell (Jimi Hendrix Experience) en adelante. De hecho no es un invitado regular a las listas de grandes bateristas del rock.
Un buen Beatle. Pero con una mano en el corazón: ¿es posible concebir un universo paralelo donde el baterista de Los Beatles no sea Ringo? Beatlemanía, shows de televisión, la polémica gira del 66, viajes a la India, tensión en el estudio, Ringo, firme con las baquetas lo soportó todo. Incluso que sea históricamente reducido al “Beatle divertido”.
Un tipo capaz de decir con una inocencia desconcertante que su único sueño con el dinero que estaba ganando sería montar una “cadena de peluquerías, esas donde van las señoras elegantes”. O también, de bajarse, mover la batería y tocar en esos rudimentarios recitales de estadio estadounidenses, donde debían ir girando para dar la cara a todo el público que los rodeaba.
Sin Ringo, las películas de los Beatles no tendrían gracia. No por casualidad era el más querido de los cuatro en Estados Unidos. Tampoco estarían esas ingeniosas frases-eslogan salidas de su boca como “A Hard Day’s Night” (traducida en España como “Que noche la de aquel día”) o “Tomorrow Never knows”. Lennon las llamó “ringoísmos”. Tampoco habría ni “Yellow Sumarine”, ni los temas uno de las caras b, ni covers de rock and roll como “Honey Don’t” (de Carl Perkins), delirios tipo “You Know my name” (última cara b de la banda) o “With a Little help from my friends”. Temas compuestos por Lennon-McCartney pensando en su voz. Especialmente este último donde eleva su voz al máximo gracias al paciente ensayo en los estudios de Abbey Road. Y claro, tampoco tendríamos la ultramarina “Octopus Garden” compuesta por él.
“Eres el mejor”. Antes de los Beatles, la batería en el rock era cuadrada y algo aburrida. Con Ringo el instrumento recuperó el mismo protagonismo que en el jazz. Primero con el característico sonido de los platillos siempre arriba en clásicos como “Can’t buy me love”, una necesidad sonora debido al alto volumen de gritos de chicas en los conciertos. Luego, con las precisas figuras que creaba con sus instrumentos desde “Ticket to ride” en adelante. En este creaba un “pattern” de batería tan clásico y original como un riff de guitarra. Esto se repetiría en “Come Together” y “Tomorrows Never Knows” que para muchos, marca la cima de la música pop, siendo rescatada durante el auge de la música electrónica de fines de los noventas.
Después de la separación, Ringo se dedicó a colaborar con los otros tres Beatles por separado (es que no podían vivir sin él), participar en algunas películas, sacar discos más por placer que por obligación y salir de gira con la All Starr Band y The Rounheads (con músicos como David Gilmour, Billy Preston o Quincy Jones). Y ojo, que sus discos no están nada mal: “Ringo” (1973), “Goodnight Viena” (1974), Vertical Man (1998) y Ringorama (2003) . Incluso sacó un disco navideño llamado “I Wanna Be Santa Claus” (1999). Y su sentido del humor y citas a su legendaria banda se agradecen, porque debe ser realmente complicado vivir con el peso de haber cambiado la historia de la música Pop.
Ringo odiaba los solos de batería, porque intuía que si el instrumento no está al servicio de la canción, nada puede resultar bien. Pero también sabía que esa actitud generaba ciertos comentarios en otros bateristas que creían que una buena técnica eran 30 minutos de redobles. “Sus mejores cualidades eran la intuición, su sensibilidad y la firmeza de su ritmo. Siempre digo que si puedes dejar a un baterista solo y darle la espalda eres un tipo con suerte. Bastaba con indicar a Ringo la canción que íbamos a tocar, que sonaba fantástico y un ritmo firme y sostenido a tus espaldas”, señala McCartney.
A juzgar por el revuelo provocado durante la presentación del nuevo disco, parece que al fin el gran público está poniéndose de acuerdo en lo último en que The Beatles estaban de acuerdo: qué buen batero es Ringo. ¿Y que dice él?: “No soy un batería técnico de esos que se pasan 9 horas practicando al día. Pero cree un estilo, que con el Ginger Baker es el válido para el rock moderno.”
Liverpool 8 se llama el nuevo disco del batería. Más que un buen disco (que ciertamente lo es) es un recordatorio de sus virtudes, aunque las listas de grandes bateristas de rock sigan privilegiando los extensos solos a los redobles al servicio de la canción como los hacía él. Con una mano en el corazón: ¿es posible imaginar un mundo paralelo donde Ringo no sea el baterista de los Beatles? Ante las dudas, ocho certezas a favor del “Beatle divertido”.
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 22 de enero 2008.
Ringo odiaba los solos de batería, porque intuía que si el instrumento no estaba al servicio de la canción, nada podría resultar bien. Pero también sabía que esa actitud generaba ciertos comentarios en otros bateristas que creían que una buena técnica eran treinta minutos de redobles.
“Sus mejores cualidades eran la intuición, su sensibilidad y la firmeza de su ritmo. Siempre digo que si puedes dejar a un baterista solo y darle la espalda eres un tipo con suerte. Bastaba con indicar a Ringo la canción que íbamos a tocar, que siempre sonaba fantástico y un ritmo firme y sostenido a tus espaldas”, señala McCartney. Aquí otras apreciaciones, además de las de Paul, para recuperar la figura de Ringo.
1. En los duros días de Hamburgo, Ringo era respetado y temido por Lennon y compañía. “Yo seguía siendo un teddy boy (la version inglesa y dura de los rockers americanos) y hasta más tarde no descubrí que los otros me tenían un poco de miedo. Me lo dijo John: Nos infundías un poco de miedo, vestido como ibas a lo teddy boy, aficionado a la bebida y las canciones lentas”, recordaba Ringo en la autobiografía Beatle “Anthology” (2000).
2. Los Beatles lo eligieron. “La verdad es que empezamos a pensar que necesitábamos al mejor batería de Liverpool y, para nosotros, el mejor batería era un tipo, Ringo Starr, que se había cambiado el nombre antes que nosotros, que llevaba barba y que era adulto y del que se decía que tenía un zodíaco de Zafiros”, dijo McCartney. Así que antes de grabar su primer single “Love me do” a fines de 1962, expulsaron al desganado Pete Best y lo contrataron. A pesar de eso, debió conformarse con tocar el pandero durante la grabación.
3. El primer baterista estrella del rock. Aparte de sus anillos (“rings”, de ahí su pseudónimo), Ringo fue el primer baterista mediático de la historia del rock and roll. El responsable de cientos de vocaciones percutivas, a pesar de haber sido arrasado por la pirotecnia de los que vinieron inmediatamente después como Keith Moon (The Who), Mitch Mitchell (Jimi Hendrix Experience) y John Bonham (Led Zeppelín). Gracias al punk y postpunk su figura comenzó a ser recuperada. Ya era hora.
4. Puro estilo. Antes de los Beatles, la batería en el rock era cuadrada y algo aburrida. Con Ringo el instrumento recuperó el mismo protagonismo que tenía en el jazz. Aunque en lugar de solos, se trataba de patterns (patrones rítmicos), auténticos riffs (motivos musicales) creados con esa batería Ludwig que nunca abandonó. El estilo Ringo se puede rastrear en los platillos siempre arriba en clásicos como “Can’t buy me love”, una necesidad sonora debido al alto volumen de gritos de chicas en los conciertos. También, en las precisas figuras que creaba con sus instrumentos desde “Ticket to ride” hasta el funky de “Come together” pasando por “Tomorrows never knows”, una de las grandes cimas de la música pop, homenajeada por Noel Gallagher, Chemical Brothers e incluso Los Tres (en “Bolsa de mareo”). Pero sobretodo en los impresionantes redobles de “A day in the life”. Es que Ringo hace parecer fácil algo que definitivamente requiere maestría.
5. El Beatle más querido. Durante la Beatlemanía estadounidense (febrero 1964), el fab four más popular era Ringo. Los mismos Beatles le entregaban la canción uno del lado B en los discos o después lo honraron al componerle la significativa “With a little help from my friends” (donde le enseñaron a llegar a la nota final de la canción). Él, muy sereno, declaró luego que con el dinero ganado pensaba “abrir una peluquería de estas donde van las señoras elegantes”.
6. El primero en renunciar al grupo. No quiso ser más un Beatle. Eran las sesiones del The Beatles (el Álbum blanco, 1968) y acababa de grabar las baterías de “Helter skelter”, la canción más bestial jamás compuesta por los Beatles. Una caótica reacción de Paul McCartney ante declaraciones de Pete Townshend sobre lo supuestamente “heavy” y “desmadrado” que sería el nuevo single de los Who. Tan estresado estaba el baterista que en la versión que salió en el disco, entre cambios de volumen y guitarras recargadas, quedó registrada su frase: “I’ve got blisters on my fingers!” (“¡tengo ampollas en los dedos!”). “Me marché por dos razones: pensé que no tocaba bien y que los otros tres se sentían felices y unidos y yo no encajaba en el grupo”, confesó Ringo en “Anthology” (2000). Después fue a visitar personalmente a cada uno de sus compañeros para decirles que no se sentía querido. Tal como en esa profética escena del filme “A hard day’s night” (1964), donde se siente tan podrido que se arroja a la soledad de una playa, mientras de fondo suena “This boy” (que en los créditos aparecía como “Ringo’s theme”).
7. El jardín del pulpo. El renunciado baterista -que firma sus cheques como Richard Starkey- viajó a la isla de Cerdeña y se dedicó a tomar sol y andar en barco. El capitán le explicaba que los pulpos recolectan piedras preciosas, latas y botellas para ponerlas frente a su cueva como un jardín. Al músico le fascinó la idea y compuso “Octopus’s garden”. “En aquella época yo también deseaba vivir en el fondo del mar”, declaró. La canción es una de las mejores de Abbey Road (1969). Hasta que llegó un telegrama firmado por George, John y Paul: “Eres el mejor baterista de rock del mundo. Vuelve a casa, te queremos”. Cuarenta años después del episodio que, sin embargo, no logró salvar a la banda, Ringo está aquí, allá y en todas partes gracias a Liverpool 8. Si bien no ha parado de colaborar y sacar otros discos, este es el primero en demasiado tiempo que logra hacer tanto ruido como su clásico álbum de covers Sentimental journey (1970) o el Time takes time (1992). La pregunta es, ¿podrá el mundo alguna vez tomarlo tan en serio como cuando renunció a su banda?
8. Un showman. Después de la separación, Ringo se dedicó a colaborar con los otros tres Beatles por separado (es que no podían vivir sin él), participar en algunas películas, sacar discos más por placer que por obligación y salir de gira con la All Starr Band y The Rounheads (con músicos como David Gilmour, Billy Preston o Quincy Jones). Y ojo, que sus discos no están nada mal: Ringo (1973), Goodnight Vienna (1974), Vertical man (1998) y Ringorama (2003). Incluso sacó un disco navideño llamado I wanna be Santa Claus (1999). Y su sentido del humor y citas a su legendaria banda se agradecen, porque debe ser realmente complicado vivir con el peso de haber cambiado la historia de la música pop.
Ocho momentos de Ringo
1 Ticket To Ride (1965). La batería de Ringo crea un increíble clima que retrata perfecto la idea de Lennon: lo pesado y titubeante de una despedida que desemboca en una acelerada decisión.
2. What Goes On (1965). Ringo, como de costumbre, encabezando el lado b de los discos, sólo que esta vez con una canción compuesta por él. Un guiño country para el público estadounidense que lo había hecho su Beatle favorito.
3. Rain (1966). La cara “B” de “Paperback Writer”. La batería está grabada después que McCartney hizo el bajo. Todos saben la capacidad de Paul de construir catedrales de sonido; lo notable es cómo Ringo es capaz de unirse a estas líneas melódicas, especialmente en la pausa.
4. Yellow Submarine (1966). ¿Alguien imagina que esta canción pudiese ser cantada por otra persona?
5. With a Little Help From My Friends (1967). Literalmente: Los Beatles dedicándole una canción, donde superaría todos sus temores interpretativos.
6. Come Togheter (1969). Una batería imposible de replicar. Simplemente perfecta.
7. You Know My Name (Look up the number) (1970). Cierra el último single Beatle, cantando como el gran cantante de clubes nocturnos que fue.
8. Sentimental Journey (1970). Su primer disco solista, una colección de covers, que lo retrata como el perfecto showman que es.
A una semana del primer tributo criollo a Bob, conozca al hombre que giró con el músico en sus célebres presentaciones electroacústicas. Alan Pennebaker filmó a Hendrix, Janis Joplin y The Who en el festival de Monterrey. También siguió a Bowie en su último show como rey glam. A los 80 años es la voz más autorizada para hablar del rock.
Por J.C Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 3 de junio 2007.
Un teléfono suena en Nueva York
-¿Hola, con Alan Pennebaker?
-Ese soy yo.
-Aquí Albert Grossman, manager de Bob Dylan. Tenemos programada una gira por toda Inglaterra. ¿Quieres acompañarnos y grabar una película?
Un sueño húmedo para cualquiera. Especialmente si es 1965, la olla de la revolución está a punto de estallar y el músico estrella recién había decidido colgarse una guitarra eléctrica para grabar “Subterranean Homesick Blues”.
El director -que tenía 40 años y un impresionante curriculum documentando jazz, blues y música pop- fue a un bar del Village a conocer a Dylan, que arrendaba una suite del cercano Chelsea Hotel. Hablaron de discos y películas y se cayeron bien. La segunda vez que se vieron fue con el pasaje en la mano. Ya en Londres “Subterranean…” tendría imágenes imperecederas: la famosa secuencia de Dylan sosteniendo cartelitos y dejándolos caer al ritmo del insólito texto (“Johny`s está en el subterráneo/mezclando remedios/yo, en el pavimento/pensando en el gobierno”). Al fondo, nada menos que el poeta beat Allen Ginsberg aparecía en lo que en rigor se convertiría en el primer videoclip, aunque los fanáticos de Queen se enfaden. La cinta se llamó “Don`t Look Back” y rápidamente saltó del circuito underground para instalarse para siempre en las listas de los mejores rockumentales de la historia. Su versión en dvd se estrenó en el último Festival de Cine Independiente de Buenos Aires. Dónde el realizador y su mujer hablaron de lo que más saben.
PLAN SIMPLE
“Antes las consideraban películas raras. Los que ponían la plata ni siquiera querían verlas. Ahora, la gente no dice que va a ver ‘Don`t Look Back’, sino que a ver a Dylan con sus músicos y amigos”, explica. “Sensibilidad para la música, eso es lo que busco. Operar una cámara es muy fácil. El problema central es si hay o no historia. Si la hay y te engancha, la calidad o la exactitud de las imágenes pasa a segundo plano”, confesó Pennebaker en Baires.
Bajo esta premisa partió con sus amigotes en 1967 a California. Ahí se encontró con Jimi Hendrix quemando su guitarra, The Who tocando My Generation y Janis Joplin sangrando por dentro. “Monterrey Pop Festival” fue la coronación del rock como contracultura y movimiento artístico, antes que Woodstock se marketeara como tal. “Antes de Monterrey pensaba que lo único que encontraría sería música y gente divirtiéndose. Pero cuando apareció Shankar, a quien no conocía, fue una experiencia tan intensa que terminé colocándola casi en el climax de la película. Ni siquiera lo tenía planificado y sucedió. Hay que ser simple para hacer una película”.
Pennebaker siempre le pregunta a sus alumnos de Yale qué creen que mira un gato cuando mira por la ventana. “Yo pienso que la respuesta no importa. Creo en el cine instintivo. No como un problema estético, sino un encuentro de la realidad contigo. No es importante tener un esquema previo. Es la historia que debe sorprenderte”.
Tal como Shankar lo sorprendió, Pennebaker nos sorprende a nosotros. No es difícil trazar una ruta entre sus tres rockumentales fundamentales. Primero fue el rock como movimiento artístico popular abierto a la literatura y al surrealismo (Dylan), luego como fenómeno contracultural (Monterrey) y finalmente, asumiéndose como gran espectáculo, provocador y marketeable con el último show del David Bowie más glam (“Ziggy Stardus and The Spiders From Mars”).
Pero el lente de Pennebaker también registró a Little Richards, John Lennon en Canadá y Depeche Mode en una gira a fines de los ochenta. También trabajó con Godard (“One PM”), siguió a Kennedy durante su campaña de 1960 (“Primary”), narró la historia del auto de “Volver al Futuro (“De Lorean”), investigó el escándalo Clinton (“The War Room”) y también el auge de internet (“ Starup.com”).
Cuesta pensar que este gringo de lentes es el autor de todas esas imágenes que tenemos archivadas y que se repiten hasta el cansancio en las historias de rock del cable. Un tercer ojo que se cerró probablemente con Pink Floyd y la industrialización de los recitales. Porque las pulsiones de esa cámara “Pennebekeriana” no están en los dvds de U2 o Franz Ferdinand en vivo, están en los ojos del gato que mira por la ventana.
Tom Waits está vivo y pasó por Buenos Aires, en el marco del reciente festival de cine independiente. Habló de películas y canciones, respondió preguntas y claro, aporreó el piano ante un auditorio en pleno orgasmo. Después fue a ver a jóvenes tangueros, un partido de futbol y una secreta inspección de locales porteños donde tocar.
Por J.C Ramírez Figueroa para La Nación Domingo, 29 de abril 2007.
BARRERAS PAPALES en plena Avenida Corrientes. Es sábado por la noche, hace demasiado calor y los transeuntes abandonan su rutina de cafés-librerías-teatro para contemplar a la multitud apretujada frente al Teatro Presidente Alvear. Hay guardias y una pantalla gigante también. “Venite pronto, che. Tom Waits dará una conferencia y dicen que también va a tocar!. Pero no nos dejan entrar sin invitación, la puta que los parió” grita un flaco de barba por su celular.
Suspenso. Una van se estaciona. Se abren las barreras y ante la incredulidad de los fans -que hasta levantan carteles ofreciendo dinero para conseguir la puta invitación- el mismísmo Waits se baja, levanta la mano derecha y saluda amablemente, sin quitarse su mítico sombrero. Saltan los celulares y cámaras digitales.
Es que su llegada a esta clase magistral organizada por el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires debía ser inmortalizada. Sobretodo, sabiendo que el músico es famoso por no dar entrevistas ni salir de giras “prefiero pasármela en la casa con mi esposa”. Después de todo tiene 59 y hace rato que abandonó la mala vida.
Adentro se encienden las luces (sorpresa! hay un piano!). Afuera, todos los ojos son para las pantalla gigante. Los periodistas encargados de conducir la entrevista lo saludan. Y él les dice a un auditorio ya entregado: “Hola!”. Gritos. Aplausos. Silencio.
PAPÁ DE LEJOS. Antes -aunque cueste creerlo- nadie queria a Tom Waits. Ni siquiera él mismo. Ya a los 18 era un viejo que daba tumbos por Los Angeles, con una petaca de whisky y su voz de monstruo, buscando cualquier antro abierto y equipado con piano. Eran los sesentas y como fugado de una novela de Bukowsky, trazaba un plan para completar el puzzle dejado por el padre ausente -abandonó su hogar hacía siete años- precisamente siendo como él.
“Mi padre era pura Rebeldía por partida doble”, confesaría el músico a la revista Mojo el 2004, recordando a este cantante y viejo bohemio llamado Jessie Frank, en honor a los bandidos Jessie y Frank James. ÉL le enseñó en guitarra las canciones de Woodie Guthrie, Harry Belafonte y corridos mexicanos. En los restaurants, cada vez que cruzaban la frontera, papá Waits pedía a los mariachis que por favor fueran a cantar a la mesa. Al final, la familia regresaba al hotel, mientras Jessie seguía cantando con ellos, regresando con los pajaritos, después de dormir en las colinas, mirando las luces de la ciudad y tomando tequila.
Entonces, el adolescente Tom convirtió a Louis Armstrong, Nat King Cole o Howlin`Wolf en sus figuras paternas. Los Beatles, que estaban en plena efervecencia, pasaron de largo. Su único contacto con la “contracultura” fue al dispararle casualmente a un amigo mientras practicaban puntería. En el hospital fue a visitarlo un primo hippie e intrigado, decidió partir a la cercana San Francisco, cuna del “verano del amor”. Terminó más interesado en la célebre librería City Lights y los cafés que en los recitales de Jefferson Airplane. Tom Waits ya era el vivo retrato de su padre.
Pero algun error habrá cometido en su destilada búsqueda paterna que, tras canciones, borracheras, vagundeo y la edición de “Closing Time” (1973) su sorprendente debut, fue adoptado por Frank Zappa para telonear sus shows. Y ahora lo cuenta entusiasmado entusiasmado dejando las bromillas al enciclopedismo de los entrevistadores -mientras le tiran datos duros él respondía “eh, si” o “eh, no”- y entregándose él a su público que le seguía la corriente.
ÉCHALE LA CULPA A FRANK ZAPPA.“Era una experiencia religiosa. Como si me tiraran a los leones. La primera noche inventaron un cantito para pifearme diciéndome que era malísimo. Creo que Zappa me estaba usando como termómetro rectal, claro que no en el sentido literal, jaja, sino para medir la temperatura del público, gente muy melómana. Cuando terminaba él me preguntaba “hey, Tom, como está la gente hoy”. Era una situación tristísima, pero pensaba: el show bussines es así y estoy pagando el piso. Así desarrollé un gran sentido del humor”- dice moviendo las manos.
Envalentonado por la experiencia, siguió dándole al trago y a la redacción cancionera. Sus ambientes aguardentosos, donde se desenvuelven texturas swingeras y blues, vientos, pianos maltratados, espesos riffs e historias degeneradas fueron un impacto al corazón de la industria de la cultura. Porque para entender a Waits no puedes poner sus discos mientras haces el aseo o comes con amigos: debes ensimismarte. Y como esto es casi un antónimo de la música pop, hasta el día de hoy Waits es acusado de sobrevalorado. O de todo lo contrario. Pero esto no es el planeta Arctic Monkey, esta banda británica que te ofrecen con la excusa de “haber tenido el disco de debut más vendido de la historia. Afortunadamente.
“A todos nos gustan las canciones” -dice, con esa voz que tiene- “Lo importante es que a ellas les gustes tú. Por eso debes coquetearles, hacerte el interesante, para que se queden contigo. Pero es un lío mantenerte atractivo todo el tiempo para que no nos abandonen. Hay que seducirlas, pero no sé si lo he aprendido, a pesar de los años. Uno no debería tenerse tanta confianza”.
MÚSICA PARA LOS OJOS. Waits dice que aunque le guste mucho trabajar en cine no se considera actor y reconoce que “las películas son caras y difíciles de hacer”. Fue camarero en “La Ley de la Calle” de Coppola, colaboró con Godard, estuvo en “Vidas Cruzadas” del finado Altman, se hizo amigo de Roberto “La Vida es Bella” Benigni y Jim Jarmush. ¿Cómo olvidarlo filosofando con Iggy Pop en “Coffe & Cigarrettes”?
“Si no te gusta tanto tu papel, pero aceptas trabajar igual, te aseguro que a la mitad de la grabación ya te quieres matar. Es como una relación de pareja: algo infernal puede salir en el camino. Hubo películas en que me dije: No puedo decir esta frase. No es graciosa. Y no va a ser graciosa porque yo lo diga”.
Su fuerte, claro, son las canciones para bandas sonoras: “One From The Heart” (del mismo Francis Ford), “Una noche en la tierra”, “Fight Club”, “12 Monos”, “La Tormenta Perfecta”, “Shrek 2″. Siempre con el inconfundible swing de sus manos sobre el piano. Mientras, paralelamente sacaba discazos como “Rain Dogs” (1985), “Bone Machine” (1992) o “Real Gone” (2004). “A veces quieren que mejores y salves una película con una canción. Y eso no se puede. Aunque a veces una canción puede iluminar un filme, pero no sé las leyes para lograr ese efecto”.
WAITS PORTEÑO. Fueron las profundidades de los ochentas -entre la cirrosis, los amigos y los proyectos cinematográficos- el peaje donde finalmente Waits se convirtió en hombre. En esos años abandonó el alcohol -que jamás interrumpió su actividad compositiva-, reconoció que también le gustaban los Rolling Stones y formó una familia.”Mi hijo es el baterista de mi banda y se queja que le pago poco”, confesó.
De su padre quedó el amor por la tradición músical estadounidense y la voz -”Desde niño que usaba bastón y trataba de hablar ronco como los adultos”. Pero el camino que trazó en su adolescencia al piano de clubs de mala muerte californianos ya es otro.
Por eso ahora ahora lo vemos con cara de enojado -Bob Dylan es un viejito gagá al lado de él- , impecablemente vestido -los Strokes y Franz Ferdinand quedan en ridículo-, arriesgandose a grabar discos triples para el pequeño sello independiente Anti, como si volviera a tener 17 y cerrando la Master Class -que al final se convirtió en un emocionante monólogo con preguntas- aporreando el piano para tocar “You Can Never Hold Back Springs” y “Tom Trambeurt`s Blues”
Después del show, antes que el público -con gusto a poco, obviamente- recuperara la respiración tomó la van y se fue a cenar con el medíatico gobernador de la ciudad Jorge Telerman, alguien dateó a Waits para ver a la Orquesta Típica Fernandez Fierro unos jovenes tangueros con look rocker que estuvieron recientemente en Chile. El domingo partió a Liniers a ver el partido Vélez/Boca
Lo que nadie supo fue sobre su tour un tour secreto por los teatros porteños como El Gran Rex buscando un local donde hacer algun show, emocionado por la devoción argentina. El Luna Park le pareció horrible.
“Uno hace las canciones cuando ellas desean que lo hagas. ¿Desaprovecharás el momento? Si lo haces, al final te enojas mucho, porque después termina escribiendolas Bruce Springsteen. No me pasó, pero nadie está libre”
PARA ESCUCHAR A TOM WAITS.

Closing Time. 1973.
Su debut. El equivalente a una larga noche en una taberna, atendida por un Waits pianista, rudo y confidente. Sorprende su voz ronquísima que con el tiempo iría volviéndose prácticamente death metal (pero con neuronas). Jazz, Rithlim and blues y una canción que fue versionada por Tim Buckley ese mismo año: “Martha”.

Small Change. 1976.
Disco que potenciado por su evolución poética que fue muy popular en pleno advenimiento punk. “Step Right Out” o el mismo “Tom Traubert Blues”. Piano, bohemia y sobria ebriedad. Mucho piano y saxofón para ambientes sórdidos.

Rain Dogs. 1985.
Una tapa que cruza perfecto el London Calling con cualquiera de los Smiths. Y como el mensaje se vuelve más poderoso con los contrastes, acá no hay nada de punk ni de jangle londinense. Acá hay rock primal, con instrumentos como el trombón, la marimba y el banjo, pero con unas guitarras espesas tapándolo todo en función de canciones como el hit “Downtown Rain” o “Big Black Mariah” con su adorado Keith Richards en guitarras.

Bone Machine. 1992.
Un disco bruto que jamás será un hit, pero como bien señalaba la revista Mojo: “marca un punto aparte en su carrera”. Rock and roll de ultratumba, voces que asustan y pulsiones africanas. El ADN del sonido negro, reactualizado en un disco/juego que al parecer dejó muy contento a su autor y a nosotros nos sirve para disfrutarlo y sobretodo conocer los límites creativos del viejo Waits.
Su último e impresionante disco triple. “Orphans: Brawlers, Bawlers And Bastards” (“Huérfanos: Alborotadores, Gritones y Bastardos” ¿un guiño a las novelas de Soriano?) Una eléctrica y poderosa colección de versiones de rockabilly, country, blues y folk (eso que llaman “Americana”), tan buena como manejar un cadillac por las míticas carreteras yanquis con un grupo de forajidos. Es cosa de escuchar “The Return of Jackie and Lucy” o “Low Down” (con ese sonido de guitarras al máximo y baterías machacantes pero en un estudio de los años cincuentas) para caer rendidos ante este viaje a la semilla.
CONOCERLO ES AMARLO
SIETE COSAS QUE HAY QUE SABER DE TOM WAITS.
7. A pesar de ser amigos con el cineasta Jim Jarmush estuvieron a punto de irse a los golpes. Según Waits, Jarmush estaba poniendo demasiado de su cosecha y la obra en rigor era un clip promocional “Me dijo: ‘Mira, no es tu película. Es una promo para mi canción’ (…) Recuerdo que lo encerré fuera, en el párking, y él aporreaba la puerta y gritaba ‘Jim! Voy a encolarte la cabeza a la pared!’ No pegó mi cabeza en la pared. Pero es verdad que en realidad los videoclips no son películas mías, son películas para una canción. Hace mucho que aprendí esto”.
6. Colaboró Junto al escritor William Burroughs colaboraron en una obra musical (“operística humorística”)The Black Rider. “Hablaba todo el tiempo de reptiles, armas e insectos. Si le conversabas de eso, le caías bien”, dijo Waits.
5. Keith Richards participó en la sesiones de Rain Dogs, aunque Waits se confesó incapaz de seguirle su ritmo tóxico. A propósito de las declaraciones del Stone, diciendo que jaló las cenizas de su padre, Waits dice “Bueno, no puedo opinar de eso. Total, eran las cenizas de “su” padre, no del mío”.
4. Los Ramones versionaron “I don’t wanna grow up” como último single en 1995. Waits les devuelve la mano y grabó en su último álbum “The return of Jackie and Judy”.
3.”¿Que pasará arriba”? le preguntó Waits a Martin Perez (editor de Radar de Pagina 12 y uno de los engargados de conducir la entrevista). “Este teatro está lleno de gente que no sabe inglés. pero sabe las letras de todas tus canciones, lo que sea que hagas va a estar bien”, le respondió, pero el músico no se convencía. “Me sorprendió lo nervioso que estaba, al punto que necesitó usarnos a nosotros, los que lo entrevistamos para tranquilizarse” -confidencia Martin- “Como artista, es un sobreviviente de las guerras de los setentas, el que más se dedicó al alcohol. Y realmente es uno de los mejores letristas desde Johnny Mercer, algo que nadie podría negar después de escuchar Orphans, el disco triple de baladas que recién editó”.
2. Joaquin Sabina: “Yo quería ser como Tom Waits, sabiendo que si hubiese nacido en España jamás hubiese encontrado disquera. Waits también es rock and roll”
1. Medio en broma, medio en serio Waits señaló: “Buenos Aires me facina. Estuve en el cementerio, una tienda de mascotas y un conscesionario de autos”.
El rubio guitarrista fue el más salvaje y talentoso de la banda. Amó el blues por sobre todas las cosas. Inauguró la tradición de morir a los 27 años cuando terminó sus días flotando en una piscina en extrañas circunstancias. Avasallado por los planes comerciales del mánager de la banda que fundó, terminó luchando contra voces invisibles.
por J.C. Ramírez Figueroa para Artes y Letras, 30 de julio 2006.
Todo puede pasar en el Londres de 1969. Jimi Hendrix enchufa su Fender Stratocaster blanca e improvisa un blues. Es seguido por John Lennon en la guitarra rítmica y voz, mientras Brian Jones -el responsable de la insólita junta- sonríe como no lo hacía en mucho tiempo. Ya en las grabaciones del Rock and Roll Circus Lennon y Jones reconocieron estar aburridos de sus respectivas bandas. “Formemos una, entonces. Hablé con Jimi y está en la misma. Dejaremos la cagada”, se entusiasmó Brian. Días después, recibió la llamada de un asesor desconocido. “No te recomiendo hacer lo que estás haciendo. Este grupo supondría el fin de la Jimi Hendrix Experiencie, Beatles y nuestros Stones. O sea, las más grandes atracciones del pop británico y junto a ellas cientos de contratos de giras, mánagers, representantes, publicidad. Millones de libras ¿comprendes? Y hay gente que tal vez tú nunca hayas oído nombrar que no lo va a permitir. Y te lo digo en serio. ¡No lo van a permitir!”. Pasaron seis meses de la amenaza cuando el cuerpo de Jones, de 27 años, flotaba en la piscina de su mansión en Cotchford Farm en Sussex. La autopsia asegura sobredosis de drogas. Nadie estuvo muy convencido.
El capítulo es un eslabón perdido de la historia del rock. No hay grabaciones de los ensayos del grupo Lennon-Hendrix-Jones y ninguno de los involucrados está vivo para contarlo. La conexión ocurre cuando el cineasta británico Stephen Woolley en la reciente “Stoned” -disponible en dvd- replantea la tesis del asesinato. El culpable, según él, tras una década de investigación, sería Frank Thorogood, un obrero fallecido en 1991, que hacía reformas en su mansión.Varios biógrafos, como Geoffrey Giuliano, coinciden en que fue enviado por algún mafioso de la música británica para matarlo. En 1991, Steve Marriott líder de Humble Pie -histórica banda estadounidense- señaló “(…) Que alguien me explique la jodida razón por la que alguien llamó por teléfono a mi casa tres días antes de su muerte a las cinco de la mañana y me dijo ‘Sería mejor que no te mezclases con Brian Jones (…) Esto es sólo una advertencia amistosa: no te relaciones con Jones’ y colgó el teléfono”.
Marriott, quien también tenía en mente un proyecto junto al rubio Stone, falleció una semana después de estas declaraciones en un incendio en su casa. Raro ¿no?
La vida de Brian. Brian Jones fue el alma de los Rolling Stones. Pero ellos la vendieron para ganarles a Los Beatles. Y la encrucijada fue el éxito comercial. El mánager Andrew Loog Oldham -autor de los eslóganes: “¿Dejaría a su hija salir con un Rolling Stone? o “Los Rolling Stones son un estilo de vida”- en una reunión urgente en 1964, les señaló que si querían ser tan grandes como los Fab Four, deberían tener composiciones propias. Brian, que desde chico estaba obsesionado con el jazz de Charlie Parker y blues de Muddy Waters, prefería seguir investigando y haciendo versiones. El resto se alió con Oldham: la fama, el dinero y las chicas estarían a la vuelta de la esquina. Mick Jagger y Keith Richards se encargarían de las canciones.
Sin querer queriendo, fue dando su banda por perdida. Ni siquiera protestó. Inseguro y carente de afecto, prefería refugiarse en su condición de guitarrista principal y multiinstrumentista, además de las drogas para no contradecir al resto del grupo. Y eso que su aporte no fue menor: se le ocurrió el nombre, gestionaba personalmente las tocatas en los clubes londinenses, era el único con estudios de música y para los fans era considerado el líder. Obvio, porque al lado de él, los demás parecían adolescentes de pastoral juvenil. A pesar de su origen noble, de su brillantez en los estudios y lo mal que lo hacían sentir en clases debido al asma que le impedía hacer deporte, visita los clubes de jazz, decide comprarse un saxo alto y convierte a la música en el lugar donde nada le puede hacer daño. A los 15 años embarazó a una chica de 14 y, para evitar el escándalo, lo mandan a Escandinavia.
Sin mucho dinero, recorrió toda Europa, vivió en casas okupadas, se perfeccionó en el clarinete, saxofón, guitarra slide y piano, comenzó a presentarse en cafés y bares. Ya a los 19 años, con dos críos más a su haber y perfeccionado como músico, decidió fundar su propia banda de rock and roll, para lo que reclutó a unos desconocidos Jagger y Richards. Realmente entusiasmado con su proyecto, arrienda un sucio departamento con ellos. Hacía tanto frío que tenían que ensayar arropados en sus camas. A pesar del hambre y penurias, él los anima y enseña a Richards todo lo que sabe de guitarras. Rápidamente los Rolling Stones se convirtieron en la banda más negra y salvaje de toda Inglaterra, y no tardaron en aprovechar el camino trazado por Los Beatles, asumiéndose como su antítesis. Sobre el escenario, Brian se sentía como en casa.
Sí. Brian era el alma, porque esos 23 gramos que dicen que pesa no están en los otros discos de Los Rolling Stones. Es cosa de enfrentar el “Aftermath” (1966) o “Beetween The Buttons” (1967) con cualquier obra de los ’70 en adelante. Y aunque no aparece firmando nada, es el hombre tras los arreglos. Sin él fueron simplemente una banda de rock and roll. Como Kiss, como Aerosmith, como AC/DC. Agrupaciones respetables, por supuesto, pero sin el factor sorpresa, dormidas en los laureles y sólo para estadios. Tras estos álbumes, comienza a sufrir serios ataques de paranoia e inestabilidad, consume más y más drogas y se relacionacon la modelo Anita Pallenberg, con quien comparte colchón, juergas y golpes. Una noche de aquellas, ella corre a los brazos de Keith Richards, quien lo golpea de vuelta. Incapaz de controlarse y totalmente frágil, va recluyéndose en su mansión, grabando música folclórica en Tánger y viendo enemigos en todas partes.

Mariposas en el suelo. Hacía un mes los Stones lo habían expulsado, y a él no le importó demasiado. Aparte del proyecto con Lennon, había recibido una invitación de Dylan para unirse a su banda. Nunca se quejó del abandono en que lo dejaron sus compañeros, que él mismo había reclutado. Estaba de novio con una chica sueca, Anna Wohlin y había contratado unos obreros liderados por Frank Thorogood para arreglar su casa. La pareja y los obreros estuvieron comiendo y bebiendo. Brian luego de tomar unos tranquilizantes prescritos por su médico va a nadar con Anna y Frank. Luego, Anna fue a secarse y Frank a buscar cigarrillos. Los gritos de la esposa de éste anunciaron la tragedia -y esta versión oficial- que rápidamente dio la vuelta al mundo. Y volvemos al principio. Se dice que los demos fueron secuestrados, que van a exhumar el cadáver, que los Rolling Stones sabían de esto y por eso no se sorprendieron mucho, que todo era contradictorio, que era imposible que estuviera drogado, que hubo llamadas desesperadas del músico. La película y las biografías no se topan. Pero se relacionan. En el filme, se dice que Frank-que representaba a la Inglaterra conservadora- intentó darle un susto por unas deudas impagas fingiendo ahogarlo. En los textos, se asegura que este obrero estuvo obligado a matarlo, porque Brian era el chico talentoso, superestrella y querido (no por los Stones, claro está) y que podía desestabilizar la industria del disco.
En un concierto gratuito, Mick Jagger se despidió de él liberando mariposas de unas cajas. El problema es que la mayoría estaban muertas y cayeron al suelo. Y, además, el show fue horrible. Algo debe significar eso, aunque, como su muerte, seguirá en el más rockero de los misterios.