Bicicletas – ”Quema” (2010, Sony Music)
Por J.C. Ramírez Figueroa para Emol, 9 de julio 2010.
¿Por qué las bandas surgidas del pop independiente rockean de otra forma?. Hace unos años nada más, Bicicletas era una clásica banda indie argentina. Ésas con estribillos hermosos y arreglos entre cristalinos y densas improvisaciones noise. Sin embargo en el disco Quema -y la prensa porteña lo hace notar- dan un giro al rock más clásico. Uno que viene desde el blues y los riffs apocalípticos. Eso se comprueba desde el tema homónimo que abre el disco: pura electricidad y velocidad.. Sin embargo, inmediatamente viene “11 y 20” que si tiene una melodía y sintetizadores alejando su propuesta de, digamos, La Renga.
Esta dicotomía entre el pulso rockista y la pasión melódica domina todo el disco. Pero jamás logra sintetizarse del todo. “Araña negra” es un boogie denso y que recuerda a toda esa escuela que más tarde se llamaría “stoner” y que fundarían magistralmente Pappo Blues y Pescado Rabioso. O “En tu cara”, un rock afilado y con solo de guitarra por supuesto. Sin embargo hay algo en la disposición de acordes, la producción o la voz del cantante que marcan la diferencia.
Pero lo más interesante es cuando aflora el viejo lado indie de la banda. “Pica pica” es tan rockera como las anteriores e incluso se basa en apenas un acorde, pero el estribillo que empieza a surgir al final es excelente. O la bellísima “Pájaros de fuego”, con un notable juego entre teclados y rasgueo de guitarra. Son precisamente los momentos más melódicos los que hacen volver al disco. Mientras lo “rockero” -para los medios argentinos es “lisérgico”- se disfruta más en vivo, lo “pop” es ideal para escucharlo con audífonos. Y en estos tiempos, donde se camina tanto o se trabaja frente al computador, es precisamente lo que necesitamos.
Bicicletas / ”Quema” (2010, Sony Music)
1. Quema, 2. 11 y 20, 3. Hoy, 4. Araña negra, 5. Conversación, 6. Pájaros, 7. La puerta, 8. Cara de rojo. 9. Pica pica, 10. En tu cara, 11. Escaleras, 12. Tren
Julio César Crivelli (voz y guitarra), Feredico Wiske (guitarras), Agustín Pardo (bajo), Ignacio Valdez (sintetizadores) y Mariano Repetto (batería)
Hay quienes afirman que el pop está tan codificado que basta ver una carátula para adivinar como son las canciones, las letras y la voz del cantante. Esto en ningun caso es malo, por supuesto. Solamente ilustra la inherente relación entre imagen y música que algunos cínicos niegan. Por ende, no es casual el look “nocturno” de Inevitable, incluyendo una bola de discoteque en la contratapa. Desde “Sábado en la noche”, el disco ofrece una buena cruza de rock y baile. Lo interesante es que en lugar de incitar la danza desde el post-punk (como el 85 por ciento de las bandas contemporáneas desde Franz Ferdinand en adelante), Los Tréboles recurren al disco-funk.
Basta poner sobre la mesa todos los últimos títulos de tween pop para comprobar cuan desactualizadas están las baladas. Esos lentos de voces prodigiosas (y algo sobreactuadas) que dominaron el cancionero juvenil. No por nada la revista Rolling Stone postulaba que gracias a Jones Brothers y Hannah Montana -y no de los “rockeros”- las guitarras eléctricas siguen con buena salud para las nuevas generaciones. Si bien Latinoamérica tiene una tradición de canciones románticas-juveniles bien cantadas, la rapidez y descarga emocional de “lo eléctrico” está terminando por imponerse en el público más joven. Cinemarte, sin embargo, apuesta por el formato clásico: chicos bonitos, letras de amor y muchas baladas. Una apuesta arriesgada, sin duda.
Vista en perspectiva, la producción del Calamaro “renacido” brilla por su desprolijidad. O el zigzagueante paso del songwriter al mestizaje latino. Desde el subvalorado quintuple El salmón (2001) -con 103 canciones grabadas en su propia casa- y su publicitado retorno al negocio del pop cuatro años después, todo ha sido un caos. Ahí están, sobrevivientes, las decenas de mp3 -desde colaboraciones a inéditos- que en sus años oscuros colgó a internet. También las cajas compilatorias, tributos, discos en vivo y DVDs, en distintos formatos y precios. Y, por supuesto, las grabaciones oficiales: El cantante (2004), El palacio de las flores (2006) y La lengua popular (2007). El primero de versiones del repertorio latinoamericano. Los dos últimos, sostenidos por el mismo repertorio que subió a la red.
Álex Anwandter / ”Odisea” (2010, Oveja Negra)
Al parecer en el rock nacional todavía hay fe en el viejo recurso de subir el volumen del amplificador y sonar lo más fuerte posible. El debut de Milodonte es clásico en ese sentido. Incluso juegan con aquella idea, en el falso inicio de “Pescando sin anzuelo”. Treinta y un minutos a la deriva que son destruidos por un riff poderoso. Y de ahí el disco se vuelve imparable en lo eléctrico. Con la excepción del acústico “Cuatro acordes”, que de todas formas termina con la guitarra, el bajo y la batería siempre arriba.
Por J.C. Ramírez Figueroa para
Gepe / ”Audiovisión” (2010, Quemasucabeza)
Cuando un compositor de rock nacional tiene en su currículum estudios de piano hay que prestarle atención. Es muy probable que a la hora de construir canciones las teclas blancas y negras conduzcan a lugares algo más “inexplorados” que con la aburrida seguridad que proporcionan los acordes y riffs de de la guitarra. Y ya desde la animada canción “Parque de dimensiones”, cuya melodía y teclados juguetones recuerdan el mejor indiepop español, es evidente que el debut de Andrés Pérez Lecaros (Tropiflaite, La Bicicleta), cumple con las características de un “compositor interesante”.
Justin Bieber es un canadiense de 16 años, presentado en todas partes como el futuro del pop. O al menos el que romperá corazones en la generación post-Jonas Brothers. Un chico que hace caso a sus asesores: dio la declaración simpaticona de rigor (“soy un muy buen besador”), cantó y tocó batería en el “American Idol” y lanzó una secuela de My world (2009), su exitosísimo debut. Obviamente el producto está bien hecho. Primero un equilibro entre R&B con producción electro-ochentera-láser y baladas. Segundo, una voz de “niño” en la tradición del Michael Jackson de “Ben” o el Joey McIntyre de New Kids On The Block. Tercero, una estética urbana-ganadora que puede provocar identificación y amor en sus fans adolescentes. A pesar de su extraño parecido con la Ellen Page de la película “Hard candy”. Después de todo ambos son compatriotas.
EL JEFE: KEITH RICHARDS. “Mick Jagger necesita tener programado el día. Yo, en cambio, soy feliz con despertarme y comprobar que no estoy solo”, sonríe Keith Richards en el documental incluido en esta edición deluxe. Y todos tienen claro -desde el histórico productor Jimmy Miller hasta sus compañeros de banda- que en este disco el que mandó fue el guitarrista y su método basado en improvisar más que en planificar. Y en 1972 los Stones necesitaban urgente una dirección artística. A pesar del éxito de “Sticky Fingers” y la polémica por sus letras explícitas y esa portada diseñada por Andy Warhol que incluía un auténtico cierre de pantalón masculino. La persecución mediática a causa de las drogas, Mick Jagger convertido al jet set internacional gracias a su matrimonio con la modelo Bianca Pérez, y la flojera de Charlie Watts (batería), Bill Wyman (teclados) o Mick Taylor (guitarra), hicieron a Richards tomar el control. “Los discos dobles tienen un montón de cosas en contra. Es obvio que al existir tanto material también hay cierta confusión. Exile… fue creciendo en el tiempo hasta simbolizar una época. Se filtró lentamente… Ni siquiera queríamos hacerlo doble, simplemente se fue dando. Un desastre maravilloso”, confesaba Richards a la revista Mojo en 1997.

Si algo hay que reconocerle a la “generación Jonas Brothers/Hannah Montana” es que reinstalaron las guitarras eléctricas en un ambiente -el pop adolescente o tween- infectado por baladas y productores de R&B. O mejor dicho, volvieron a masificar los viejos códigos del power pop: distorsión, economía de recursos, estribillos chicle y tontas letras de amor. Y, con mayor o menor éxito, eso ya se convirtió en un estandar que también abarca generaciones algo más “adultas”. El debut de May, pseudónimo de Consuelo Shuster (n. 1982), apela a ese universo: canciones al hueso, pedales de efectos incluso en los lentos, ataques a hombres malvados. Un discurso pop de fácil asimilación y que gracias a una impecable producción y trabajo compositivo podrían ser perfectos himnos para la generación post-Fotolog.
Sofia -así, sin tilde- quiere devorarse al mundo anglosajón. Desde sus letras hasta las actualizaciones del blog están en inglés. La modulación es perfecta. Los referentes apuntan al post-grunge / aggro metal (Creed, Linkin Park) con destellos de Muse, Foo Fighters y cierto espíritu emocore. Y ya han ganado concursos de financiamiento y proyección para bandas nuevas en Inglaterra (Slicethepie.com) y Estados Unidos (Ourstage.com).
Si en Chile hay tantos que viven dentro de las canciones de Andrés Calamaro, Fito Paez o el Joaquín Sabina en modo rockero, resulta insólita la indiferencia hacia Enrique Bunbury. ¿Será por su impostadísima voz en Héroes del Silencio? ¿O los botellazos recibió esa banda por “osar” telonear a Iron Maiden en 1996? ¿O, quizás, el siniestro y bailable cover de Rafael de su hit “Maldito duende” [
“En una ciudad de muñecas y muñecos inflables /en una familia regida por la moral de un sex shop / vive Miss Garrison, una adolescente de hule anarquista hasta su último orificio”. Son los primeros versos del texto recitado que, entre pianos y bases programadas, abre Tire y empuje, el debut del grupo Miss Garrison. Y es precisamente el sexo en su faceta más sórdida y desesperada, el tema que sostiene el disco. Tanto la letra y como la música intenta aproximarse a eso que Lacan llamaba lo “fantasmático”. Eso inconfensable y que permanece oculto en la mente hasta el coito. De ahí que los quiebres, riffs de guitarra, redobles, remolinos de efectos y sobre todo, los gritos de la cantante intenten reproducir una relación sexual en ambientes enrarecidos.
Hace un par de años se acuñó en Chile el termino “shúper” para englobar cierta estética juvenil rebosante de flúor, sintetizadores, neones y música bailable. El término, una derivación del argot “shúper loco”, tuvo en MGMT una de sus máximas fuentes de inspiración. Su disco debut Oracular spectacular (2008) y especialmente sus singles “Time to pretend” y “Kids”, fiesteros y con un teclado dominante, fueron destacados en cuanta página web existe. También aparecieron en películas adolescentes (“Sex Drive”, “Whip It”) y las revistas especializadas los elevaron como nuevos chicos prodigios del indiepop. Igual de importante fueron las estudiadas fotos promocionales de la banda: caras pintadas, gafas, gorritos bolivianos, torsos desnudos, collares, pelos ensortijados, pantalones rojos, post-hippismo. En contexto donde la difusión de las bandas está relativamente nivelada, una buena sesión disperdigada en google images marca la diferencia.





















