Es difícil que la clave “C-86” abra alguna puerta. Ante la “crisis” universal del disco, la constante devaluación y actualización de estilos (retrorock, new rave (!!!), soul Motown) y la enfermante primacia del “hype” o los “one myspace wonders), es complicado el revisionismo de la ética y estética del pop underground se masifique.
Y por “pop” nos referimos al quebre con la cultura rock que llegó a su climax con el rock de estadios (arena rock) de Queen, Led Zeppelin e incluso el punk más mainstream o la NWOBHM. El quebre se basa tanto en el fin del patrón blues para construir las canciones como la politización del mensaje y la crítica directa al culto de la personalidad y facismo de los rockers.
Para algunos, es mejor así. Que las bandas de Sarah Records o los neozelandeses The Clean (que hacían lo mismo que Sonic Youth el año 79), The Wild Swans, Mc Carthy o The Softies continúen refugiadas en las carpetas de soulseek. El problema es que mucha gente que escucha esta música responde a cierto tipo de melómano egoista y enojado. Es el que postea en foros, el que encuentra todo malo, el que se identifica profundamente con los dependientes de “Championship Vinyl” pero que los encuentra algo básicos en sus gustos. Ellos quieren castigar al que no conoce tantas combinaciones de bombres para una banda, con furia de telepredicador.
El C-86, sabemos, era un cassette que se regalaba por correo a los lectores de la New Musical Express. Era la secuela del muy post-punk C-81. El título era la abreviación de los cassettes de grabación dependiendo de la duración de la cinta (C-30, c-60, c-90).
La compilación, se dividía entre el ruidoso punk DIY (The Mighty Lemon Drops, The Soup Dragons, The Wolfhounds), el anárquico pop cubista (The Mckenzies, Stump, Age of Changes) y jangle/twee pop (The Bodines, The Pastels, Mc Carthy, Mighty Mighty y los impresionantes The Wedding Present haciendo “This boy can`t wait”. Y claro, el emblemático “Velocity Girl” de unos jovencísimos Primal Scream.
Estas canciones no tenían nada que ver con el pop de sintetizadores o el heavy metal que sonaba en la radio, aunque se acercaba bastante a la sensibilidad de los Smiths y Housemartins. Esto incluía no sólo la forma de modular o el sonido de estudio, sino también con el frenético rasgueo de la guitarra, característica básica del pop underground inglés.
Es significativo que las bandas más melódicas y “pop” hayan terminando asociándose a este disco, a diferencia de Half Man Half Biscuit o el post-punk de The Mckenzies, de estructuras bastante más violentas. De hecho, la idea de esta compilación era entregar una visión panorámica de la escena independiente de fanzines, anoraks, política, punk y estribillos a lo Phil Spector.
A pesar de las referencias un tanto beatas y bobaliconas, el indiepop a-la-C-86 es la cristalización del pop como respuesta a la opresión del gobierno de Tatcher. En lugar de la furia skin a lo “This is England” o el no-future de “Trainspotting“, acá la sensibilidad se convierte en arma peligrosa si está procesada por las guitarras de los Byrds, el ruido ramonero, las muralles de sonido de Spector, las viejas bandas beat y motown y la libertad dejada por el pust punk (estilo llamado por el crítico Simon Reynolds como “la revolución incompleta”.
Así, el C-86 más que una compilación es un documento histórico de la época en que los gustos nos venían digerido por los agentes de prensa.