Después del horror

ESTUDIÉ DOCE AÑOS EN TALCAHUANO. De primero básico a cuarto medio. La rutina era así: a las 6:30 el despertador conectado a la radio Nacional, Chilena o “El Sereno de Doña Inés” (donde leían los diarios de la mañana); arreglarme; tomar un café Eco con pan tostado; elegir algún cassette para soportar los recreos; colectivo a las 7:40 y a las 8:05 afuera del colegio, tratando de no hacer contacto visual con mis compañeritos, que a esa hora se contaban chistes malos o hablaban del “carrete” del fin de semana.
Doce años viendo el mismo paisaje porteño: la villa Higueras, neblina, tren sobrenivel, población La Libertad, industrias de harina de pescado, algunas abandonadas y otras activas, el humo saliendo por las tuberías de Huachipato, el faro, la remodelación de departamentos, la Tortuga, la “ventana al mar”, los barcos, las gaviotas, la lluvia, el mal olor, los containers, kioskos y “paradero por favor”.
Como todos, renegué de Talcahuano. Aunque me daba algo parecido a la rabia cuando los santiaguinos se reían mi olorosa y contaminada ciudad, no hacía mucho por defenderla.
ESOS DOCE AÑOS ME LOS PASÉ ESCAPÁNDOME A CONCEPCIÓN, metido en los “flippers”, ciclos de cine snobistas, disquerías que exhibían orgullosas sus Genesis o Jethro Tull, la tienda de comics “Casa del Figurín”, librerías de viejo, el Llanquihue, donde mi mamá siempre me pedía dos completos con chucrut y una Orange Crush en vaso, la U de Conce. Todo lo pencopolitano.
Después vino la Universidad, donde ya no tenía motivos para ir a Talcahuano. A veces daba vueltas por mi colegio, para pedirle algún consejo existencial a los pocos profesores buenos que tuve. O la biblioteca que quedaba al lado de la Tortuga, donde me saludaban de nombre. Pero sentía haberme deshecho al fin, de ese puerto contaminado.
Sin embargo, algo me pasó, que el invierno de 2007 “regresé” a Higueras. Me había cambiado de la pieza horrorosa del ucraniano y la mendocina que arrendaba y estaba a la espera que me tuvieran lista una casa para arrendar (detrás de una sala de ensayo) y no se me ocurrió nada mejor que escribir mis reportajes desde mi casa.
No sé bien cómo, pero empecé a escribir en el café Marbella de Talcahuano. Todas las tardes, tomaba el colectivo, sentía el olor marino (hace años que no hay olor malo en Talcahuano, me explican mis papás), pasaba por la Iglesia San José, la Plaza y me sentaba a pedir un expreso doble con soda y pan tostado con mantequilla. Lo hice durante todo ese invierno.
Empecé a investigar sobre Talcahuano (recibió una importante inmigración francesa en el siglo dieciseis y dicesiete, hay una canción folk inglesa dedicada a la ciudad, fue el puerto más importante antes de Valparaíso), me metí a los cerros, me sorprendí con la arquitectura, tomé el tren hacia Concepción, en definitiva, me entendía mejor, estaba más calmado, sentía que la gente -desde su forma de hablar- era “mi” gente, a diferencia, no sé, del típico colega que vive en Providencia.
También pensaba en Daniela, la llamé desde el terminal de buses antes de ir a Santiago -iba a las pautas, sin que nadie supiera que ya no vivía allá- tenía tantas ganas de traerla para acá.
LA ÚLTIMA VEZ el 1 y 2 de enero de este año, recorrí el puerto junto a mi amigo Igor. Me dio un extraño ataque de hipo. Estuve una hora así y luego vino un dolor brutal de estómago. Al otro día, ya mejorado, me fui a caminar por el mar de noche.
Pensé en Daniela, en mi vida, en el puerto y me bajó una pena extraña.
Escuché el mar, miré La Tortuga y la biblioteca, esquivé a las parejas escondidas en los roqueríos y tomé un colectivo.
Ahora sólo se puede entrar al puerto con mascarilla.























Sé que ya no está el Talcahuano al que me querías llevar. Pero puedo esperar toda la vida a que sea el mismo otra vez, para que me lleves por fin.
Te amo.