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I. Me desperté con otra replica. Mi gato se esconde debajo de la cama. No entiendo nada y ¡PAF! vuelve todo a mi cabeza. Otra vez. La imposibilidad de comunicarme con mi gente de Talcahuano y Concepción, la estupidez del 80% de la cobertura (cómo odio a la periodista del primer despacho desde Concepción, la repetición de la palabra “dantesco” o los twitteos de gente haciendo “chistes” o contando lo bien que están), los cínicos llamados a la calma de Bachelet o la ONEMI diciendo que todo está bien, sin tener idea de lo que estaba pasando (o su indignante negación del maremoto), el alarmismo por sobre la razón y las decisiones adecuadas, la imposibilidad siquiera de llamar a Daniela, mi novia para que me diga que todo va a estar bien.
II. No quiero escribir. Apenas puedo, con la máquina encima de la cama, arrodillado, rezando prácticamente (entre los edificios, emerge la cúpula de la Iglesia Santa Ana), intentando ganarle al shock. Porque es fácil relajarse y comentar las noticias de la tele por Twitter si te comunicaste con tu familia, pero esto es otra cosa.
III. ¿Cómo fue? Me acosté en cuanto terminó el horrible show de Ricardo Arjona. Tenía que criticar el Festival de Viña para Emol. Hice un par de apuntes -”El discurso de R.A. alude a la mujer más como “invento”/proyector de culpas masculinos que a una realidad que decirle que no o decirle que es un pésimo letrista”- y me acosté.
De repente, mi cama bailaba, mi gato se escondía abajo de ella y yo -acostumbrado- seguía tirado, pero cuando escuché los gritos y alarmas de autos, vi el apagón total (vivo en un noveno piso y el balcón tiene vista panoramica hacia el norte de Santiago), explosiones y humo me desesperé.
Pensé en mi novia, mi familia, los pocos amigos que me quedan (a lo sumo 2 o 3) y morir gloriosamente ante el posible derrumbe. Después intenté abrir la puerta, pero estaba atascada. El horror. Un vecino echa abajo el cerrojo. Meto al gato en una jaula, guardo una carta de mi novia, el viejo mac, mi billetera y bajo por las escalares inundadas.
Me quedo abajo, junto al resto del edificio, escuchando la radio desde un auto.
Hay muertos.
IV. Ahora veo en la tele los saqueos en Concepción. La gente está sin agua ni comida. Un carabinero se aburre de tanto hueveo y deja a las mujeres entrar al supermercado. Otros se llevan electrodomésticos. YA NO LOS APOYO. SI EMPIEZAN A CARGARSE A GENTE INOCENTE, NO. La ideología del capitalismo tardío es tan asfixiante que es más fácil escandalizarse con un saqueo “relativamente” pacífico a una corporación (cuando en general es al revés) que ante una presidenta diciendo que no va a heber tsunami, a pesar que los especialistas lo hayan dicho. La idea es de Frederic Jameson y no de Zizek, aunque nadie se ha dado cuenta. Y con eso se me fue a la muerda el tono aterrado de este texto.
V. Me han llamado por teléfono un par de amigos, desde Bs. As. me llegan mails y hasta el conserje me pregunta si me siento bien. Y ni siquiera me animo a responder. Recién ahora me doy cuenta lo solo que estoy, encerrado en este departamento. En mis cinco años santiaguinos he pasado hambre, enfermedades, neurosis, exilio social y fracasos profesionales. También pasé de mi etapa Zelig, a arrender una pieza miserable con un ucraniano y su histérica esposa mendocina. Todo cambió cuando conocí a Daniela. Fuimos amigos durante unos diez meses, hasta que nos dimos un beso mítico y, gracias a ella, todo empezó a moverse de nuevo.
Pero ahora todo vuelve a ser como antes.
Incomunicado.
Angustiado.
Y con mi gato preguntame qué pasa.
Dios: si todo sale mal, déjame despedirme de mi puerto y escaparme de Chile, que ya tengo demasiado de él.
Daniela, ojalá que quieras acompañarme en eso.


por escaparme contigo de esta mierda, y tú sabes a lo que me refiero, me voy contigo hasta reykjavik. te amo