062. Podría Ser El Comienzo De Una Brillante Carrera

Autobiografia 8 June 2008 | 0 Comments

Advertencia: hiperventilación moderada y terapéutica. Copiado y pegado de word.

La casa de mis abuelos, donde viví los primeros cinco años tenía todo lo que más tarde comenzaría a pesarme. Un equipo de música de los sesentas con olor a madera, luces espaciales retro-futuristas y una colección que íba desde tangos hasta hard rock tipo Deep Purple. La cocina, con su un par de despensas gigantes, un refrigerador repleto de dulces, pasteles y postres. Siempre estaban cocinando mariscos o pescado. Una estufa a leña, con un gato gordo y refinado durmiendo. El otro comedor (teníamos dos), lleno de vasos finos y con su gran secreto: en la mesa dejaban instrumentos: guitarras, banjos, panderos, mandolinas. Si, mis abuelos paternos eran protestantes, casi unos pioneros americanos que tocaban hillbilly. Abajo de la escalera habían autopistas, legos y playmobils. En el segundo piso, una cama gigante y comoda donde me tiraba con mis revistas o con chocolates de las cajas míticas repletas de golosinas que me compraban (donde incluso podía esconderme dentro) y que permanecía en la otra casa, la de atrás. Al lado, un baño gigante, con un rico olor a jabón fino y más allá estaba una pieza intermedia que siempre tenia la luz prendida, porque no llegaba el sol (error de diseño perdonable: la casa quedaba al lado de un cerro donde antes hubo un castillo y se podía ver la bahía de Talcahuano). Al fondo vivían mis abuelos, con el ruido de radio siempre sintonizada en un partido o, como le decía mi abuela paterna “audición”. Al fondo, como decía antes, vivíamos nosotros antes del “sueño de la casa propia” de 1985. Una pieza para mis papás y otra para mí con un Sony Trinitron donde veía “monitos animados” y seriales (y los grababa en una radiocasetera Phillips). Por cierto, siempre me gustaron los Tom y Jerry de los sesentas (se notaban los giros psicodélicos que afectaban a sus guionistas) y Baretta (serie de los setentas de un detective que tenía un papagayo de mejor amigo). También tenía un montón de autitos, juegos de ingenio, modelos para armar, figuritas de acción, robots. Y bueno, el corazón contento, porque todos (papá, mamá, abuelos, tía Isabel, tía Nancy, tío Luis) me querían. No tenía idea de las grietas (pasar de ser el “centro” de la casa a ser una persona del montón en el colegio y universidad) que se desplazarían durante toda mi vida, tras haber dejado esa casa y que estoy tratando de resolver. Duelos sin elaboración (no tengo plata para un psiconalista) como mi adicción a hacer las cosas rápido y sin pensarlo mucho, porque estimo que si no lo hago a esa velocidad la gente se aburrirá y dejarán de prestarme atención (y valoración) y tal vez nunca vuelva a ser el “centro”, el “lider”, el más listo de la clase.

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