¿Que pasó con las primeras mediaguas de Curanilahue?
En 1997 se inició un proyecto social destinado a terminar con los campamentos del país. El primer paso se dio en la Octava Región. La mediagua era sólo un peldaño para que las familias recuperaran la dignidad y salieran a luchar por la vivienda definitiva. ¿Qué pasó con los primeros beneficiados?
J.C. Ramírez Figueroa para La Nación, 25 de julio 2007.
Acceso norte a Curanilahue. Una gran mano tallada en madera saluda. Abajo se lee: “Tengo las manos partidas, pero hay pan en mi mesa”. La frase puede pasar inadvertida. Perdida. Como esta húmeda ciudad de 30 mil habitantes, entre la Ruta de la Madera, los bosques de pino y las empresas forestales. Sin embargo, ayuda a entender el sur de Chile post-reconversión minera. Ése que apareció en los noticiarios, cuando el trabajador Rodrigo Cisternas, durante la huelga de la Forestal Arauco en mayo pasado, embistió tres vehículos policiales con una máquina cargadora y fue muerto por Carabineros. Una zona protagonista frecuente de reportajes televisivos por sus récords nacionales de alcoholismo, sida y desempleo. El lugar donde exactamente hace diez años se construyeron las primeras 350 mediaguas de Un Techo Para Chile.
“Espere, que le mostraré el certificado que me dieron ellos”, dice Margarita del Carmen Aravena. En 1997, ella juntó los 20 mil pesos “simbólicos” (una cifra asequible que, sin embargo, evitaba convertir a la mediagua en una “limosna”) y postuló a este proyecto nuevo ideado por el Hogar de Cristo, un grupo de universitarios y el sacerdote jesuita Felipe Berríos. “Eran esforzados los chiquillos. Los recuerdo recorriendo toda la ciudad, embarrados y nosotros ayudándolos en la construcción y preparándoles un buen almuerzo”. Y lo cuenta, mientras sirve café y sopaipillas junto a sus nietos, con la estufa encendida.
Su mediagua, ubicada en la empinada avenida Libertad, les duró una década. En ese tiempo la forraron con zinc, la ampliaron y la “enchularon” para que vivieran más o menos bien diez personas, entre hijos, nietos, parejas. Este año, sin embargo, la construcción original se cayó debido a los fuertes temporales. Afortunadamente, Chile Barrio se encargó de reconstruirla. “Resistió bien, fíjese. Nosotros sabíamos que esto era una solución de emergencia y realmente nos ayudó a tirar para adelante”.
Mediagua con ampliación. Benito Baranda, director social del Hogar de Cristo, explicaba en esa época que las mediaguas eran una “medida de parche”, entendida como incentivo para familias que vivían en condiciones de pobreza y hacinamiento. La idea era entregarles dignidad para que pudieran “salir a pelearla” por su vivienda definitiva. Y basta recorrer Curanilahue y comprobar como el proyecto ha cambiado el perfil de la ciudad.
Aunque algunos abandonaron sus mediaguas, las usaron de gallineros o las terminaron arrendando, la mayoría -690 de 700- las transformó y las mejoró. Y eso se nota mirando los cerros: colores luminosos, techos firmes, ampliaciones.
“Es impresionante ver como la gente las transforma” -dice Javier Ponce, coordinador social Arauco del Hogar de Cristo-. “Un caballero le construyó un segundo piso a su mediagua. Porque el gran problema de Curanilahue es que no hay terrenos. Estamos rodeados por cerros”
Ponce tiene grabada la imagen de 200 universitarios con impermeables amarillos acarreando paneles, tablas y vigas, “desparramados por la ciudad”, empapados. De hecho, el libro de Felipe Berríos que explica la historia de Un Techo Para Chile se llama “Todo comenzó en Curanilahue”.
Emilia Morales vive con sus 7 nietos, la mayoría trabajadores forestales. A ellos les pesa lo sucedido con Cisternas. Se dice que los carabineros lo remataron, aunque tienen claro que no fueron efectivos de Curanilahue. “Su esposa vio el cuerpo y dijo que tiene más balazos de los que se dijo”, explicó uno de ellos. Emilia nos muestra la mediagua, que ha resistido precariamente esta década. “La casa donde estábamos antes era muy vieja y éramos muchos. Y con la mediagua que nos construyeron el 97 la situación se alivió”.
Inteligentemente, convirtieron la mediagua en dormitorios, anexándola a la casa antigua. Chile Barrio se encargó -como un proceso ya prácticamente establecido- a construirles una casa nueva, más amplia, integrando la antigua mediagua.
“En verdad, la mediagua misma fue una solución, porque permitió el emprendimiento, desde esa misma mediagua” -piensa Ponce, mientras mira el humo proveniente de las estufas a leña, tan común en Curanilahue.
El Chile que queremos. Marisol y Juan Carlos tienen esa sonrisa que en Santiago simplemente no existe. Están haciendo el aseo de su amplia y luminosa casa. La mediagua se la dieron a su hijo mayor (“la privacidad es importante”). También se ganaron un proyecto para convertir el barro que corre frente a su hogar en pavimento. “Lo pasamos bien con esos cabros”, cuenta Marisol. “Nosotros, como mucha gente, necesitábamos tener un lugar digno para criar a nuestra familia. Curanilahue está más bonito ahora. Y la gente todavía se ayuda, especialmente en situaciones complicadas como los temporales”.
Los niños juegan sobre el suelo de madera. En Curanilahue está empezando a llover otra vez.

