Violeta Parra, la exiliada del sur
Por J.C. Ramírez Figueroa para Zona de Contacto, 8 de noviembre 2005
Si una buena canción es capaz de detener el tiempo, Violeta Parra congelaría los punteros de todos los relojes del mundo hasta destrozarlos. Porque Violeta canta desde el rincón más puro de su alma, sus notas suenan como salidas desde las vísceras de nuestra historia.
Si a la Violeta casi nadie la escucha, es simplemente porque vivimos en un país sin memoria. Porque Violeta maneja la melancolía ancestral, mejor que cualquier grupo brit. Ella canta y toca en chileno, con esa melancolía de los días abochornados del sur, cuando la abuelita dice “va a temblar” mientras uno espera que llueva o que salga el sol de una buena vez. Ahí surgen sus canciones, precarias como la hoja de parra azotada por el viento.
Violeta cambió el folclor, desnudándolo para hacerlo de nuevo. Ya sea cueca o tonada, creó arte a partir de la simpleza, inventando nuevos acordes y afinaciones, jugando con las palabras -”Mazúrquica Modérnica” es un gran ejemplo de ello-, grabando a los cantores en el campo y parándose ante el público de París o Chillán de la misma forma: vestida con sus canciones.
¿Realmente alguien puede escuchar “Run Run se fue pal norte” o “Qué pena siente el alma” sin sentir el corazón diseccionado?
Con Violeta, el tiempo no existe más.

